La magia de volar (1 de 3)

Asaltando los cielos

Aún me acuerdo de mi primer vuelo, y mira que era crío. Pero crío del todo, de tener solamente pelo en la cabeza, en vez de al revés. Fue con Iberia, porque me acuerdo de los colores del avión y además por esas décadas, la verdad, tampoco había mucho más para elegir. 😉 Puede que en un Boeing 727 de aquellos, pero no he hagas mucho caso. Hace demasiado tiempo.

Fue un vuelo horroroso. 😛 O, al menos, eso decían todos los adultos a mi alrededor, de divertidos colores entre el blanco, el verde y algún tono de violeta. Nos pillaron unas turbulencias bastante cañeras y luego una tormenta bravita mientras descendíamos hacia un aeropuerto invisible en medio de la noche. Había quien juraba no volver a pisar jamás una de esas máquinas infernales, si es que salíamos con bien.

Me encantó. 😀

Sí, puede que mi primera aventura aérea fuese en un "trasto viejo" como este. :-P Imagen: T. Rees vía Wikimedia Commons, Londres-Heathrow, 3 de octubre de 1981.
Sí, puede que mi primera aventura aérea fuese en un “trasto viejo” como este. 😛 Imagen: T. Rees vía Wikimedia Commons, Londres-Heathrow, 3 de octubre de 1981.

No, no te confundas. No es que yo, pequeño y todo, tuviese más agallas que el caballo de Espartero. Al contrario, por aquel entonces era un niño tímido y algo asustadizo, muy poquita cosa, que se mareaba hasta en los columpios. Pero de algún modo intuí que todo estaba bien. Que los aviones van por el aire, el aire se mueve y normal que se muevan como los barcos en el mar. Mucho tiempo después supe que yo tenía razón, y no todos esos adultos. 😉 Y me impresionó, me fascinó el poder de aquella máquina capaz ya no sólo de volar –que no veas qué pasote, aunque ahora nos parezca tan normal– sino además de hacerlo a través del viento, la tormenta, el relámpago y las tinieblas como si tal cosa.

Cuando llegamos hubo quien besó el suelo, y mira que en aquellos tiempos ni fingers ni nada: se amorró a la pista empapada, bajo la misma lluvia. Yo lamenté bajar. Desde entonces, soy eso que llaman un aeroespaciotrastornado; o sea, un chalado de las máquinas de volar por dentro o por fuera de la atmósfera terrestre. Me han dicho que ya antes apuntaba maneras: por lo visto, de chiquitín me quedaba flipado mirando los aviones y siempre me gustaron las cosas del espacio y todo eso.

Pero aquel día, cuajó. A bordo de aquel viejo 727 con los colores de Iberia, quedé enamorado de los cielos hasta hoy y probablemente moriré enamorado. Ya que todos hemos de morir, si se pudiera elegir, yo elegiría morir allá arriba, lo más alto posible, donde el cielo ya no es de color azul pastel y el sol brilla mucho más blanco. Algunas veces, los aviones me han dado de comer. Otras, por distintas razones, he pasado más tiempo en el cielo que en la tierra. Da igual. Cada vez que monto, sigo fascinado como aquel muchachín de ojos enormes, y me importa una higa si se nota por mucho que ahora sea un señor serio, grandullón, profesional y esas cosas de viejunos.

Así que cuando Iberia me propuso hablarte de todo esto y algunas cosas más… qué iba a hacer, sino aceptar. 😛 Si me aguantas, vengo a contarte un cuento. Un cuento asombroso, lleno de magia y aventuras, que además es verdad: la historia de cómo conquistamos el penúltimo imposible, ese sueño que durante milenios todos creyeron fantasías de visionarios, locos y sospechosos. De los hombres, las mujeres y las máquinas celestiales, y de cómo asaltamos los cielos hasta convertirlo en algo corriente, seguro y normal. Permíteme. Por favor. 😉

De las cosas que son capaces de volar.

La atmósfera terrestre vista desde la Estación Espacial.
Fotografía tomada desde la Estación Espacial Internacional sobre el Océano Índico, al atardecer del 25 de mayo de 2010 (hora local en tierra). Debido a un efecto óptico, pueden distinguirse perfectamente las distintas capas de la atmósfera: de abajo arriba, troposfera (roja-naranja-amarilla), estratosfera (blanca), atmósfera superior (azul claro) y espacio exterior (azul oscuro a negro). Todo lo que somos existe en esa delgada franja de colores cálidos entre el barro y el cosmos. Y todavía no conocemos ningún otro sitio adonde ir. Foto: NASA.

Básicamente, hay dos tipos de cosas que vuelan: las que pesan menos que el aire y las que pesan más. 😛 Curiosamente, la mayor parte de las cosas visibles que han volado pesan más que el aire, y por tanto jamás deberían haber levantado los pies del viejo barro que nos vio surgir. Entre los vivientes, todas las cosas que han volado pesaban más que el aire, porque todas las cosas vivas pesamos más que el aire. Las moléculas que nos componen, formadas sobre todo por carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno –CHON– son notablemente más densas y pesadas que ese gas invisible de nitrógeno y oxígeno al que pusimos el nombre de atmósfera terrestre o, más sencillamente, aire. Según me han contado, hay por ahí quien se piensa todavía que el aire es la nada, el vacío. Nada más lejos de la realidad. Si no te lo crees, siempre puedes dejar de respirarlo por unos minutos, a ver qué ocurre. 😀 O intentar caminar de cara a un huracán. 😉 Para encontrar algo que se parezca a “la nada”, o al verdadero vacío, hay que irse muy, muy profundamente a los abismos más remotos del espacio intergaláctico, y ni por esas.

El caso es que, desde el principio de la vida terrestre, todo lo que ha volado pesaba más que el aire. Incluso las bacterias, por mucho que los vientos arrastren unas cuantas a gran altitud. Entre quienes contamos más de una célula en nuestros cuerpos, se cree que los primeros en lograrlo estaban entre los primeros que se aventuraron fuera del mar: algún artrópodo evolucionando a insecto. Hay un fósil de unos 425 millones de años de antigüedad que, aunque sólo se conserva en parte, sugiere alas en su estructura corporal; un remoto antepasado de las libélulas que quizá surcó los cielos de Euramérica durante el maldito Devónico.

Meganeura.
Molde de un fósil de Meganeura. En el recuadro, el tamaño que podían llegar a alcanzar. Eran depredadoras carnívoras, que se alimentaban sobre todo de otros insectos y pequeños reptiles. Imagen: Wikimedia Commons. (Clic para ampliar)

Hace 312 millones de años, algo parecido a una efímera se posó en el barro de una llanura aluvial y ya no logró levantarse más; su cuerpo fosilizado con todas las estructuras necesarias para volar reapareció junto a un strip mall de la Massachusetts rural una era geológica después. Sólo le faltaban la alas, desaparecidas a lo largo de todo este tiempo. Hacia finales del Carbonífero y principios del Pérmico los cielos de Pangea ya estaban llenos de insectos voladores, algunos francamente grandes, aprovechando que la atmósfera terrestre tenía un 35% de oxígeno frente al 21% actual (no sólo es que la mayor proporción de oxígeno les permitiera crecer más, sino que además eso hacía una atmósfera más densa, y en las atmósferas más densas se vuela mejor.) Conservamos fósiles de Meganeuropis permiana con 43 centímetros de longitud y 71 de envergadura. Ah, sí, un detallito: todas estas megalibélulas primitivas eran depredadoras carnívoras, al igual que sus descendientes modernas.

En realidad el vuelo propulsado, al igual que ocurre con el ojo, ha evolucionado varias veces de manera independiente entre filos de la vida muy lejanos entre sí. Que sepamos, por lo menos cuatro veces: en insectos, reptiles, aves y mamíferos. Como hemos visto, los insectos fueron los primeros, hace una burrada de tiempo. Les siguieron los reptiles, bajo la forma de pterosaurios, que seguro habrás visto –es un decir– en Parque Jurásico. Aunque emparentados con los dinosaurios, no eran exactamente dinosaurios, sino otro clado distinto. Surgieron a mediados del Triásico y no se extinguieron, junto con sus parientes, hasta finales del Cretácico (228 – 66 Ma). Aún no está totalmente claro cómo volaban, pero sus extensas adaptaciones evolutivas para el vuelo evidencian que sí lo hacían, y muy bien. El más conocido, el que sale en todas las pelis e ilustraciones, es el pterodáctilo, que existió hace unos 150 millones de años.

Comparación de tamaño entre Quetzalcoatlus northropi, Quetzalcoatlus sp., albatros viajero, un ser humano y un caza de combate F-16
Comparación de tamaño entre Quetzalcoatlus northropi (el mayor de todos los seres voladores que han existido) con el Quetzalcoatlus sp., el albatros viajero (Diomedea exulans, el mayor de todos los seres voladores actualmente existentes), un ser humano y un caza de combate F-16. Imagen: Martyniuk, M.; Witton, M.; Naish, D. vía Wikimedia Commons / La Pizarra de Yuri. (Clic para ampliar)

Pero el mayor de todos ellos fue Quetzalcoatlus northropi, con 11 metros de envergadura y puede que más de 200 kg de peso; aunque durante algún tiempo se dudó de que un bicharraco semejante fuera capaz de volar, diversos estudios y simulaciones recientes deducen que sí, y además estupendamente: a más de 130 km/h, durante varias horas al día, a una altitud de unos 5.000 metros, con un alcance máximo de entre 13.000 y 20.000 km (o sea, más que los albatros modernos.) Hablando de albatros, que son los mayores voladores existentes, rara vez superan los 3,5 metros de envergadura y los 12 kg de peso. Quetzalcoatlus northropi fue el ser vivo más grande que ha volado jamás por sus propios medios. Tenía las alas más largas que un condenado caza F-16 (aunque era mucho más ligero.) Vivió a finales del Cretácico, hace unos 65 millones de años.

Después, como te decía, desaparecieron junto a los dinosaurios y un montón de cosas más, en la extinción masiva del Cretácico-Terciario. Bueno, no, no todos los dinosaurios se extinguieron. Quedaron unas pocas especies y una de ellas, unos raptores llamados Paraves, ya venían evolucionando en… eso, las aves. De hecho, incluso otros géneros más alejados como los famosos velociraptores tenían ya muchas características de las aves, incluyendo las plumas y algunas de ellas bastante complejas, parecidas a las remeras de los pájaros actuales. A decir verdad muchos dinosaurios tenían plumaje, lo que a lo mejor en las pelis no queda tan terrorífico como las escamas, pero es más cierto (además de más bonito, porque unos cuantos no debían tener mucho que envidiar a un pavo real.) Si quieres ver a un auténtico dinosaurio, sólo tienes que mirar a una gallina. O un gorrión. O un avestruz. O un águila. O cualquier otro pajarillo o pajarraco de los que tienen alas. En realidad, las Paraves dieron lugar a al menos cuatro géneros, pero sólo uno sobrevivió: los Aviales, o sea las aves modernas.

Las aves empezaron a aparecer incluso mucho antes de que el resto de los dinosaurios se extinguieran. Bichejos como el exquisitamente conservado Anchiornis (incluso con sus plumas de colores), el Xiaotingia, el Aurornis o el tradicional Archaeopteryx ya apuntaban muchas maneras de los pájaros actuales, y vivieron hace unos 160 – 150 Ma (o sea, cien millones de años antes de que los demás dinosaurios se extinguieran.) El Gansus (120 Ma) ya se parecía un montón a… eso, los gansos, las ocas y los patos de hoy en día. Todavía conservaban algunos rasgos primitivos, como dientes de reptil en el pico y garras en los extremos de las alas, pero fueron desapareciendo rápidamente hasta dar lugar a las Neoaves, también antes de que los demás dinos se esfumasen: surgieron hace unos 105 Ma. La mañana en que llegó el gran meteorito, buena parte de los pájaros modernos existían ya en formas más o menos primitivas. Los pterosaurios se fueron, pero insectos y aves siguieron surcando los cielos del Terciario como si tal cosa hasta el Cuaternario, o sea hoy.

Murciélago.
Los murciélagos son el único mamífero capaz de volar realmente. Al menos, por sus propios medios naturales. Imagen: Wikimedia Commons.

El vuelo aún tenía que evolucionar una cuarta vez, ahora para nosotros, los mamíferos. Entre quienes sudamos cuando hace calor y damos de mamar a nuestras crías, el más antiguo que se atrevió a planear fue una vecina de la parte de China –por entonces, Laurasia Oriental– llamada Volaticotherium antiquum que vivió hace unos 125 millones de años.  O sea, más o menos mientras aparecían las aves y los dinos seguían rondando por aquí. Volaticotherium antiquum es retatarabuela de las modernas ardillas voladoras.

Sin embargo, los mamíferos no somos muy buenos a la hora de volar. Planear como las susodichas ardillas, vale. Pero volar como los insectos, los pterosaurios o las aves nos cuesta más. Sólo hay un tipo de mamífero que haya evolucionado hasta perfeccionar el vuelo: los murciélagos. Aunque puede que algunos antecesores llegaran a ver a los dinos en persona, surgieron y se extendieron a partir de principios del Eoceno (aprox. 55 Ma), ya después del meteorito.

Los paleobiólogos siguen discutiendo si todas estas evoluciones ocurrieron de abajo arriba o de arriba abajo; esto es, si los primeros voladores miraron al cielo y se alzaron a él o si se lanzaron de las copas de las plantas y las cumbres de los montes al abismo, y terminaron volando así de bien. Sea como fuere, para cuando los primeros homínidos aparecimos sobre la faz de esta Tierra vieja, los cielos estaban llenos de cosas absolutamente fascinantes volando por todas partes. Y, conforme nuestros ojos adquirían una nueva luz, una luz jamás vista antes, sentimos curiosidad. Y, por qué no, envidia. Todas las leyendas conservadas de toda la historia de la humanidad incluyen a personas, entes o dioses humanoides que eran capaces de volar, residían en los cielos y demás. A imagen y semejanza, etcétera. Es opinión de este que te escribe que desde el día uno en que pudimos llamarnos humanos, soñamos con volar.

Siguiente: La magia de volar (2 de 3)