El movimiento feminista protesta contra el partido de extrema derecha y anti-feminista Vox tras el resultado de las elecciones.- REUTERS

No es una ola, es un tsunami

Este resurgir del feminismo, que domina la gran conversación política y social en todo el mundo, es el más diverso, integrador y global de la historia.

Marisa Kohan

5 marzo, 2019

Hay quienes discrepan sobre si estamos en la tercera o la cuarta ola del feminismo. Quienes piensan que la mera clasificación del movimiento en oleadas carece de sentido o incluso puede ser contraproducente. Lo que nadie discute es el hecho de que estamos asistiendo a un resurgir de la lucha feminista que por primera vez en la historia aglutina a mujeres de todas las edades, clases sociales, razas, identidades y lugares. Niñas de 12 años y activistas con varias décadas de lucha a las espaldas comparten una visión del mundo y una batalla que se dirime en las casas, las calles, en las empresas, en los parlamentos, en las cortes de justicia o en las redes sociales.

Sea cual sea el número de esta ola, estamos ante un verdadero tsunami que no se conforma con exigir derechos concretos, sino que cuestiona de raíz todas y cada una de las violencias machistas: de género, la económica, la judicial, la educativa, la laboral, la cultural, la medioambiental… “En estos momentos la lucha por el acceso a una vivienda es feminista, así como la lucha por los derechos laborales, por el cierre de los centros de internamiento de emigrantes… Y esto es algo nuevo. No se trata de reivindicaciones para las mujeres o para determinado tipo de mujeres, sino de cuestionar el modelo. El feminismo ve que la desigualdad de la mujer no es un error del sistema, sino el sistema mismo”, señala la abogada y activista Pastora Filigrana.

Para poder analizar la cuarta ola del feminismo conviene recordar algunos elementos que caracterizaron a las anteriores. La primera ola, que las pensadoras europeas sitúan en la época de Ilustración, sirvió para poner en evidencia que los recién estrenados derechos del hombre dejaban a un lado a la mujer. A esta ola pertenecen obras como la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, de Olimpia de Gouges, publicada en respuesta a la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Revolución Francesa, que negaba a las mujeres la condición de ciudadanas y derechos tan básicos como el del voto, la educación o al trabajo. En Inglaterra, Mary Wollstonecraft publicaba también su Vindicación de los derechos de la mujer.

La siguiente oleada, que es la que la tradición anglosajona considera como la primera, se produjo de finales del siglo XIX y a principios del siglo XX. Estuvo protagonizada, sobre todo, por el movimiento de las sufragistas y su reivindicación del derecho al voto femenino. Tras unas décadas de avance progresivo en todos los ámbitos de la vida pública y privada, el auge de los fascismos en buena parte de Europa supuso un importante freno y retroceso para millones de mujeres.

Cuestionando los pilares del sistema

La tercera ola del feminismo (que es la segunda para las anglosajonas) arrancó entre los años 60 y 70 del pasado siglo, y es considerada por muchos como una oleada de feminismo radical. Un movimiento que se vio espoleado por obras fundamentales del pensamiento como El segundo sexo, de Simone de Beauvoir, o La mística de la feminidad, de Betty Friedan. La lucha por los derechos de la mujer empieza por fin a cuestionar los pilares del sistema patriarcal, incidiendo en todas sus manifestaciones: desde la violencia sexual hasta los estereotipos sobre qué es y qué no es femenino.

Miles de personas participan en la Tercera Marcha Anual por la Libertad en Washington.- REUTERS/Joshua Roberts

La frase más emblemática de esta etapa es la de “lo privado es político”, que enfatiza la necesidad de tener poder político real para poder cambiar las estructuras que perpetuaban la discriminación de la mujer. El avance no es, sin embargo, lineal. “A cada ola le sigue una reacción del patriarcado, que es a la vez fuente de otra reacción feminista, y así sucesivamente”, explica la filósofa y profesora de la Universidad Complutense, Luisa Posada. Una dinámica en la que, tras lograrse importantes avances, a veces se producen retrocesos y pérdida de derechos que ya se consideraban adquiridos.

Tal como explica gráficamente Cristina Sánchez, filósofa y directora del Instituto Universitario de Estudios de la Mujer de la Universidad Autónoma de Madrid, las olas “se caracterizan por tirar, como piedras en el estanque que provocan ondas expansivas, nuevas demandas en el espacio público, que provocan a su vez acciones, y también reacciones”.

Para esta experta, las reacciones a los avances de las mujeres con las que contraataca el patriarcado suelen tener un mismo patrón de comportamiento: “El negacionismo de los temas; reacciones violentas, tanto en el terreno simbólico como del discurso político y social; y la creación de imaginarios y discursos que alertan sobre los peligros y desorden que suponen las demandas feministas en términos de destrucción del orden patriarcal”.

El romanticismo, Doris Day y las hormonas

Muchas de estas reacciones son tan sutiles que resultan difíciles de identificar. Rosa Cobo, teórica feminista y profesora de Sociología de la Universidad de A Coruña, detalla algunas de las ellas: “Tras la primera ola del feminismo ilustrado surgió el Romanticismo, la misoginia romántica. La respuesta a la segunda ola fue el psicoanálisis, como señala Kate Miller. La reacción a la tercera ola fueron Doris Day, Grace Kelly y la publicidad que reforzaba el estereotipo de la mujer perfecta que prefiere quedarse en casa”.

El movimiento feminista protesta contra el partido de extrema derecha y anti-feminista Vox tras el resultado de las elecciones.- REUTERS

“La reacción patriarcal que hemos tenido ha sido durísima», señala Cobo. «La publicidad, la conversión de la prostitución en un negocio internacional, la ideología que genera la mercantilización y la cosificación de los cuerpos de las mujeres. Creo que todo esto ha formado parte de la reacción patriarcal y del neocapitalismo del siglo XXI: la prostitución, los vientres de alquiler… y esto creo que es una afirmación ampliamente aceptada, independientemente de que seas abolicionista o regulacionista”.

La historiadora de la Universidad del País Vasco Nerea Aresti destaca cómo el movimiento sufragista no solo trajo consigo campañas de rechazo frontal al voto femenino, sino también un resurgir de las teorías misóginas más peregrinas. Algunas enarboladas en el sagrado nombre de la ciencia. “A principios del siglo XX surgen teorías que defienden la inferioridad de la mujer con argumentos científicos y empíricos de todo tipo. Se han utilizado argumentos tomados desde la craneología, la endocrinología y la neurología. Ideas encaminadas a demostrar que el organismo, el cuerpo y el cerebro de las mujeres son inferiores por naturaleza. Argumentos peregrinos que se hacían en nombre de la ciencia y que entraban en el debate público”.

En medio de este movimiento constante de acción y reacción, ¿podemos afirmar que estamos en la llamada cuarta ola? Según Posada, sin duda lo estamos. “Se ve en el movimiento MeToo, en las movilizaciones contra la sentencia de la Manada, en Argentina por el aborto, las marchas contra Trump y Bolsonaro, las cadenas de mujeres en India, el feminismo africano, que está muy activo en Uganda o Burkina Faso…” Una ola que, en opinión de la filósofa, tiene características muy específicas. “Es una ola que se ha activado contra la violencia, que aglutina de manera especial a muchas jóvenes y que tiene un carácter transnacional, propio del momento de globalización en el que vivimos. No me refiero solo a la violencia sexual, sino también a la desigualdad económica y laboral, la no redistribución de los cuidados, la pornografía, los vientres de alquiler, la prostitución. Y esto es lo específico contra lo que se ha levantado esta ola”, explica Posada.

Para Nerea Aresti, no es realmente tan importante determinar si estamos o no ante una nueva ola. “Lo que sí está claro es que estamos ante un resurgir del feminismo que no se había producido durante años”. Según Aresti, tras los avances de los años 70 y 80, “parecía que se habían logrado importantes cotas de igualdad. En España, tras el franquismo, se lograron cambios legislativos, sociales y de mentalidad que llevaron a muchos a pensar que el feminismo había dejado de tener sentido. Más aún, que el feminismo no era causa ni sujeto de estos cambios. Para muchas jóvenes, estos cambios parecían solo fruto de una evolución progresiva hacia la igualdad y no el resultado de una lucha”.

El feminismo domesticado de los 80 y 90

La feminista y antropóloga argentina Andrea D’Atri incide también en este punto al analizar los años 80 y 90: “Hubo una política por parte de los regímenes de incorporar demandas planteadas en los 70, pero quitándole los aspectos más subversivos o radicalizados, e incorporando el feminismo a las instituciones del régimen. Es cuando nacen los institutos de la mujer, los departamentos de género de las instituciones del Estado o en las grandes instituciones financieras internacionales como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional. Se crea así lo que algunas feministas definen como cierta tecnocracia de género”.

El movimiento feminista de Madrid celebra un eventazo para apoyar la huelga feminista del proximo 8 de mayo en el Matadero de Madrid EFE Emilio Naranjo

El cuestionamiento de esta sensación falsa de igualdad y de la pérdida de radicalidad junto a una virulenta reacción del patriarcado son, para muchas expertas, algunos de los elementos que explican el surgimiento de esta nueva ola. Para Aresti hay dos factores esenciales que han hecho añicos este espejismo de igualdad: la violencia sexual y la violencia económica, agravada notablemente con la crisis que estalló en el año 2008.

Para Cristina Sánchez está claro que estamos asistiendo a un movimiento social transformador que, más allá de etiquetas, supone un “salto cualitativo en la presencia masiva ahora de un movimiento intergeneracional, internacionalista e interclasista que, en todas partes, en casi todos los países, planta cara al status quopatriarcal, haciendo visibles los pilares sobre los que se asienta: la violencia y la exclusión de las mujeres de los lugares de toma de decisiones”.

“En este caso, desde hace un par de años estamos viendo el surgimiento en muchos países de movimientos de mujeres que reclaman sus derechos, su lugar en la vida social y política o una justicia que las escuche y las crea”.

La investigadora Cecilia Cienfuegos coincide en que asistimos a un momento de “efervescencia feminista”, pero alerta sobre el hecho de que presentar este movimiento en forma de olas puede ser contraproducente. “Esta idea de ola tiende a ser simplificadora y a buscar una uniformidad que no existe en el feminismo en general. Y es sano que no exista”. Cienfuegos explica que quien pone nombre y número a las olas es quien controla el discurso dominante en cada momento. “Cómo hemos ido nombrando a estas olas corresponde a una historia que es eminentemente blanca y occidental”, señala.

Identificar cada ola con la consecución de un derecho concreto supone además “como si hubiese un objetivo único. El derecho al voto, modificar la ley de aborto… Una vez conseguido este derecho, ¿qué más quieres? Puede tener un efecto desmovilizador”. Implica, además una idea de ruptura, como si se rompiese con lo anterior y se cerraran en falso los debates que venían de antes”, añade Cienfuegos.

Plantar cara al neoliberalismo

Uno de los elementos que más caracteriza a esta ola del feminismo es la crítica feroz a un modelo capitalista neoliberal que se sustenta firmemente sobre los pilares del patriarcado. Para que el sistema funcione, es condición necesaria contar con el trabajo de cuidados no remunerado de millones de mujeres y niñas. Mujeres que además ocupan los empleos más precarios, inseguros y peor remunerados. La cara más machista del capitalismo ha aflorado con fuerza tras la crisis que estalló hace ahora diez años y que trajo consigo más precarización del empleo, sobre todo el femenino, e importantes recortes del gasto social que redundan sistemáticamente en menos apoyo o más trabajo y responsabilidad para las mujeres.

Manifestacion feminista en protesta por la sentencia sobre los cinco miembros de La Manada condenados por abusos sexuales pero no por violacion a una joven madrilena durante los sanfermines de 2016 hoy en el centro de Madrid EFE Ballesteros

Según Posada, “muchas jóvenes están llegando al anticapitalismo a través del feminismo, no a través de otras teorías políticas como ocurría hace unas décadas. Entonces, meter el tema del feminismo era muy complicado en la izquierda. Pero estas jóvenes están llegando al anticapitalismo o al anti neoliberalismo a través de sentir que las tratan como mercancía”.

En este entorno, algunos movimientos feministas muy ligados a la lucha de clases que surgieron con fuerza en la década de los 60 y 70 del siglo pasado, y que durante décadas parecían haber estado acallados, han resurgido con fuerza. Es el caso del llamado feminismo del 99%, nacido al calor del movimiento Ocupy Wall Street en Estados Unidos. Una de sus máximas representantes, Nancy Fraser, afirma que durante las últimas dos décadas el feminismo tomó un giro neoliberal y mantuvo con este un peligroso flirteo.

Tal como lo describe Fraser, el feminismo renunció a una concepción más amplia y sólida de lo que significa la igualdad de género o la igualdad social en general, a favor de la meritocracia. Es decir, en “derribar barreras que permitan a un reducido grupo de mujeres talentosas avanzar hacia los puestos más altos de las organizaciones, en lugar de abolir las jerarquías”. Este feminismo de los “techos de cristal”, saltó por los aires con el advenimiento de la crisis económica, que puso blanco sobre negro la falacia de la igualdad supuestamente alcanzada.

No volver a las trincheras

Alcanzado este punto, ¿hacia dónde camina el feminismo? Según muchas de las expertas consultadas, hacia una movilización permanente, transversal e internacional que ya no se conforma con reclamar determinados cambios en el sistema político, económico, social y cultural, sino que cuestiona elementos esenciales del sistema.

Pastora Filigrana asegura que “defender los derechos conquistados es lo primero. Pero conformarnos solo con eso, no es posible. El sistema nos está expulsando, así que vamos a tener que defender lo conquistado, conquistando más cosas. Hay que organizar una resistencia que empiece a cambiar las reglas del juego”, señala.

Para Cecilia Cienfuegos está claro que “hay que salir de las trincheras en las que nos quieren meter. Hay que evitar caer en la lógica de la resistencia y no volver a la defensa de lo básico y lo irrenunciable. El feminismo está ahora en posición de plantarle cara al sistema de igual a igual y proponer un proyecto alternativo”.

En un momento en el que se habla a menudo de que el feminismo está en la diana de los neofacistas en todo el mundo, Cienfuegos señala rotunda que “el feminismo no ha sido puesto en el centro de los ataques. Nos hemos ganado a pulso esa centralidad”. Y hay millones de mujeres en todo el mundo que no están dispuestas a ceder esa centralidad que tanto costó conquistar.