Opinión

Ponte en su piel

Susana GisbertFiscal especialista en violencia de género

5 marzo, 2019

Me piden que escriba sobre qué necesita la Justicia para implementar una visión de género. La verdad es que no sé por dónde empezar. O tal vez lo sé demasiado bien. Es cuestión de perspectiva, y no solo de género. Como llevamos una temporada en que todo el mundo habla de la ley, incluso sin haberla leído, he pensado comenzar de otro modo. Por hacer un ejercicio de empatía, e invitarles a que lo hagan conmigo, poniéndonos en la piel de una víctima de agresión sexual.

Imaginemos por un momento que nosotras, o nuestra hija, hermana, madre o amiga han sufrido semejante tragedia. Cerremos los ojos y pensemos en todas esas circunstancias horribles que tantas veces hemos leído en diarios o visto en televisión sin apenas profundizar en ello. Y tratemos de sentir, aunque duela, lo que siente una mujer cuando uno o varios hombres la acorralan, la desnudan, la golpean y le obligan a tener sexo pese a su negativa, explícita o implícita.

La tortura acaba, acuden en nuestro auxilio, llega la Policía. Te aconsejan que no te laves, cuando lo que más deseas del mundo es meterte bajo una ducha eterna que te arranque el olor y el dolor de la humillación. Pero es primordial para salvaguardar todo vestigio de prueba. Así que no queda otra que aguantar un tiempo más con los restos pegados a la carne además de al alma.

Luego llega el reconocimiento médico, la primera cuenta del rosario de profesionales a los que habremos de contar una historia que querríamos olvidar. Exploración, preguntas, toma de muestras. Nuestra intimidad abierta en canal. Y, por más exquisitos que sean, por más que cuiden de no dañar, la sensación de intimidad invadida se repite.

Lo siguiente, si todo funciona, será la declaración en comisaría. De nuevo preguntas y más preguntas. Otra vez revivir lo que quisiéramos borrar. Insisten mucho en si quieres denunciar y explican que si no lo haces, no podrá perseguirse el hecho ni castigar al autor, porque la violación en nuestro Derecho no se persigue sin denuncia de la víctima. Y, aunque no tengas más que ganas de desaparecer, decides denunciar, pensando que, como tantas veces escuchaste, es lo correcto, que lo solucionará todo.

No sabes aún que la denuncia no es el final, sino el principio de un largo camino. Pero pronto te das cuenta por las preguntas que te hacen. ¿Dónde ibas? ¿De dónde venías? ¿Con quién estabas? ¿Qué ropa llevabas? ¿Los conocías? ¿Habías bebido? Y, aunque pregunten con cuidado, no puedes evitar sentirte juzgada. Y empiezas a preguntarte si no te creen, pero respondes tragándote las lágrimas de pena, de rabia y de vergüenza rogando que aquello acabe pronto.

De ahí has de ir al juzgado. De nuevo, hay de repetir cada humillación, cada detalle, cada momento. Pregunta el juez, la fiscal, preguntan letrados de acusación y defensa, torpedeándote con cosas que te parecen baladíes.

Por fin te vas a casa, pensando que acabó, que la pelota está en el tejado de profesionales que se encargarán de todo. Y empiezas a andar el camino de vuelta a tu vida, con ayuda de tu gente, con ayuda psicológica, con lo que haga falta. Poco a poco, te vas recuperando, logras que aquello no ocupe todos los espacios de tu pensamiento, puedes dormir alguna noche sin pesadillas. Y cuando crees que es posible superarlo llega una citación del juzgado. El juicio se ha señalado y sin tu declaración no hay nada que hacer. Desandas el camino andado y vuelven las pesadillas hasta el día del maldito juicio.

Te tratan con delicadeza. Un biombo que impide que veas a los salvajes que destrozaron tu vida, pero no basta. Solo pensar que están ahí hace revivir la angustia. Otra vez preguntas y más preguntas, otra vez te sientes cuestionada aunque te expliquen que necesitan saberlo para poder hacer justicia.

Mientras, varios periodistas toman notas. Aún no sabes que saldrás en los informativos, que personas que no te conocen debatirán sobre si ibas demasiado corta, si dijiste que no o solo lo pensaste, si estás demasiado entera para haber sufrido una salvajada así. Hablan de ti en foros y redes sociales como si fueras un personaje de ficción y no una persona de carne y hueso. Hay, incluso, quienes dudan de la veracidad de tu denuncia, quienes cuentan lo buenos chicos que son los acusados. Se repite cuando dictan sentencia, cuando interponen cada recurso. Y te preguntas si valió la pena denunciar o hubiera sido mejor callar, como han hecho tantas y tantas mujeres.

Todo este calvario es por el que puede pasar la mujer que denuncia una violación. Por más empáticos, profesionales y atentos que seamos, nuestro proceso judicial es así. Prevé una retahíla de actos y comparecencias en los que se reduplica el dolor y el trauma. Es obvio que algo hay que hacer para evitarlo y ese algo no es solo la formación en género de profesionales sino mucho más. Hay que revisar el proceso para que no revictimice eternamente, para que no interfiera en ese duro proceso de recuperación.

Con todo, vale la pena. Pero debemos hacerlo más fácil para que los puntos de sutura no abran la herida otra vez.