Fotografía tomada durante la Guerra Civil Española a fines de los años 30 de mujeres republicanas que disparaban durante un ejercicio militar en un lugar no identificado. (Foto por STF / AFP)

Women making revolution

Andrea Momoitio

5 marzo, 2019

El siglo XX transcurrió igual de rápido que cualquier otro siglo. Cien años, con sus respectivos 365 días, sus otoños, veranos, inviernos, primaveras, sus vidas, sus muertes, avances, retrocesos, cosechas y tierras quemadas. En definitiva, con esos topicazos que tienen todos los siglos. Entre 1901 y 2001 pasaron muchas cosas en el Estado español. Algunas, de hecho, siguen pasando. Eso que pasa entre un siglo y otro se llama ‘consecuencia’. Que yo esté escribiendo este artículo hoy y que tú lo estés leyendo, vete a saber cuándo, es una de esas consecuencias, el resultado de muchas batallas, un desenlace que, por justo que parezca, no ha sido precisamente inevitable.

El 1 de enero de 1901, martes, todos los relojes del Estado español se acomodaron al horario oficial según el meridiano de Greenwich. Empezaba así un nuevo siglo que, a pesar de todo, tendría su propio tempo, compás y ritmo. En la radio no sonaba ninguna canción y aquel martes nadie podía imaginar que, en menos de cien años, cuatro mujeres confesarían en televisión que disfrutaban de lo lindo comportándose como zorras.

Carmen de Burgos llegó a Madrid durante el primer verano de aquel siglo. Este artículo es una de las consecuencias de aquel viaje. Cargada de maletas y agarrando de la mano a la única de sus hijas que aún vivía, Carmen dejó atrás su Andalucía natal para hacerse un hueco en la gran ciudad. Era talentosa hasta para elegir los pseudónimos con los que firmó los textos de su vasta producción literaria. Entre ellos, Colombine o Perico, el de los palotes. La Real Academia de la Lengua Española recoge que la expresión de esta última obra se refiere a una persona indeterminada, alguien que nadie sabe quién es. No es difícil intuir que Perico era una mujer.

Virginia Woolf, escritora de la que hay tantas evidencias de inteligencia como de intuición, también afirmó que ese tal anónimo, tan prolijo en todas las disciplinas del saber, probablemente respondiera a pronombres femeninos. Julia no supo nunca qué eran los pronombres, ni tuvo más pseudónimo que “mamá”, pero ella también agarró las maletas y a todos sus hijos para marcharse. Dejó atrás Lantadilla, un pequeño pueblo palentino, para buscarse la vida en el Bilbao más gris e industrial de todos los Bilbaos que se recuerdan. Alguna vez debió ser joven, pero nadie puede confirmarlo. Siempre tuvo el rostro serio, la piel arrugada, la boca sin dientes.

Carmen de Burgos

Trabajó igual que trabaja una mula y lloró de rabia todas las traiciones de su marido. Él era un apuesto caballero, tan aficionado al dominó como a las mujeres, que tuvo el honor de ser de los primeros en verse ante los papeles del divorcio. A él también debió sorprenderle el arrojo de Julia, que nació para mujer y perdió parte de su identidad cuando dejó de ser la suya. Acumuló fotos y polvo en su pequeña casa hasta que murió igual de arrugada. Al divorcio en España le costó asentarse. Tras una primera aprobación durante la II República, el régimen franquista lo hizo desaparecer hasta que pudo retomarse ya en 1981.

Llegó tarde para Julia, que lloraba y lloraba al saberse engañada, pero del retraso puede culparse a cualquiera menos a Perico, el de los palotes. De Burgos puso su pluma al servicio de la causa secesionista siempre que tuvo ocasión. En 1904 publicó El divorcio en España, una obra en la que recogía las opiniones de distintos intelectuales de la época sobre aquella propuesta legislativa de las mujeres para separarse de sus respectivos maridos sin que Satanás pudiera hacer ya nada para evitarlo.

Entre las opiniones que recogió nuestra Carmen estaba la de una gallega, Emilia Pardo Bazán, que no quiso mojarse. La que sí se mojó mucho fue Julia. Ella, acostumbrada al clima seco de Palencia, tuvo que apañarse casi sin dinero para comprarse paraguas. Pero, si rugen las tripas, no importan tanto los truenos. Pasó la guerra como quien está acostumbrada a las penurias, austera y seria, empapada de melancolía, suspirando fuerte para hacerse oír. Qué menos, mujer, qué menos.

El asunto de los derechos de las mujeres en España es un asunto más confuso que meridiano durante el siglo XX. Los derechos al divorcio, al voto y al aborto van y vienen. Más bien, vienen con la República y se van con la dictadura franquista. En 1940, por obra y gracia del pequeño tirano, el tiempo abandonaría su lugar natural para igualarse al del centro de Europa. Ciao, Greenwich.

Las mujeres, además, perderían durante su dominio muchos de los derechos que se habían ganado, ellas solitas, durante la República. Aquellos años de libertad nos ofrecen grandes heroínas. Empiezan a resonar, poco a poco, las biografías de las grandes rebeldes rojas, aquellas valientes, intrépidas, excepcionales mujeres. El cine y la televisión nos han contado cómo murieron las trece rosas, quién era Marina Ginestà, hay un documental sobre las cinco milicianas que fueron asesinadas en Manacor, se nos hunden los ojos en lágrimas al ver fotos de mujeres rapadas, expuestas en la vía pública, condenas de por vida; pero hay un pero.

Siempre hay un pero. Una maldita conjunción adversativa, que niega todo lo anterior o, al menos, lo cuestiona. La memoria, el tiempo y la historia tienen dos cosas en común: todas son sustantivos llanos y conceptos inventados por los hombres. La historia, la memoria y el tiempo que se cuentan son los que tienen que ver con todos ellos y solo con algunas de nosotras, esas que hacen cosas que son tan importantes, que podrían haberlas hecho cualquiera de ellos. Kate Millet aseguró que “mientras nosotras amábamos, los hombres gobernaban”, pero nosotras hacíamos muchísimo más.

Rosario siempre se levanta muy temprano. Tan temprano que puede confirmar que hace años que nos engañan a todas con un viejo cantar. No. Dios no ayuda a nadie por mucho que madrugues. Dios, no, pero Rosario se levanta precisamente para eso. La rutina se quebró un día de otoño. Rosario vio de lejos que alguien esperaba en la puerta de su casa. Al acercarse, reconoció su silueta y temió lo peor. Era uno de los compañeros de trabajo de su marido. Ella se acercó y él agachó las orejas. En el barrio aún recuerdan sus llantos. Agarró sus trastos y ella también marchó. Llegó a un Raval donde entonces nadie hablaba inglés para vivir con su hermana. Desde la ventana de su nueva casa, sin granero, gallinas ni marido, quizá pudo ver cómo Ocaña paseaba su pluma por una Barcelona que ha sido aplastada por la que conocemos hoy.

Las sinsombrero.- Imagen del documental de idéntico nombre Tania Balló

A Francisca Nieto Blanco también le dio tiempo a encontrarse con algún Orgullo porque es mujer de dos siglos. Ella nació en una familia de derechas, pero acabó llamando a su hijo Alberto Progreso. Si lo del segundo nombre del muchacho resulta sorprendente, más curioso es aún que Francisca, además de colaborar con los huidos que regresaban del frente asturiano, fuera Miss Ponferrada. En una de las pocas entrevistas que concedió antes de morir aseguraba que su vinculación con la lucha antifranquista tuvo que ver con una cuestión espiritual de lealtad a su marido, que ya había muerto.

Ella hizo lo propio en 2007 tras una vida de quitarse el sombrero, un pequeño gesto sin apenas importancia hoy, que supuso una de las revoluciones culturales más importantes del siglo XX. Margarita Manso, Concha Méndez y Maruja Mallo, acompañadas por Federico García Lorca y Salvador Dalí, tuvieron el valor y la osadía de cruzar la Puerta del Sol sin sombrero. Aquel pequeño gesto, en el mismo siglo del destape, provocó una auténtica conmoción. Fue tal el escándalo que esa anécdota dio nombre a las mujeres de una de las generaciones de artistas más recordadas, la Generación del 27. Recordada es la generación porque las mujeres que participaron en esa ola han tenido que ser rescatadas mucho después. Aún, en las noches oscuras, se siente su rabia. En palabras de Concha Méndez: “Vine con el deseo de querer a las gentes/ y me han ido secando mi raíz generosa”. No es de extrañar.

Extrañar, lo que se dice extrañar, a estas alturas del siglo XXI ya no nos extraña casi nada. Hemos ganado algunas guerras a pesar de haber perdido tantas batallas. Ganamos la batalla para poder casarnos con quien nos diera la gana, sin saber cómo vencer la tiranía del amor romántico, sin haber acabado con la obligatoriedad del matrimonio; ganamos la posibilidad de formar gobiernos sin ser capaces de destruir sus estructuras violentas; ganamos la posibilidad de votar en un sistema democrático que se construyó sin tenernos presentes, que ahora no integra sino que anexiona alguna de nuestras reivindicaciones para que estemos tranquilitas; entramos a unas fábricas que no entienden ni atienden la vida, a unas condiciones laborales indignas, a una manera de entender las familias en las que no hay tiempo para el amor; ingresamos en los ejércitos porque nos ganaron también esa guerra, la de vivir en paz; aprobamos leyes, cambios en el código penal, protocolos y grandes programas mientras nos siguen matando sin piedad.

Cuántas madres habrán puesto este nombre a sus hijas para desearles así suerte. La madre de Mercedes no pensó en eso y por eso ella no se llama Piedad. No tuvo suerte, ni pena por no haberla tenido, porque tardó mucho en aprender qué era aquello que podrían traerte los tréboles si es que encontrábamos alguno de cuatro hojas. Creció en Burgos, en un pequeño pueblo que probablemente no lo sea administrativamente, en el que nunca nadie vio un trébol y mucho menos uno de cuatro hojas. Era presumida e inquieta. Quería echar una mano a su familia e ir guapa al baile, pero no sabía que ella también podía labrar el campo y en su casa no tienen dinero para comprar vestidos. Fue paso a paso: observación, hipótesis y comprobación. ¿Qué pasa si cortas por aquí y luego cortas por allá, si descoses esto y luego descoses esto otro? Así descubrió Mercedes los patrones. Luego tendría que encontrarse con muchos, de distintos tamaños, materiales y estilos, los que ejercían en la fábrica y los que ejercían en casa. Armada de aguja e hilo se fue enfrentando, uno a uno, a todos y cada uno de ellos. Ahora su memoria está hilvanada. Ha olvidado los jirones, las puntadas, los ribetes y todos los dobladillos.

Trabajadores de la mina. Imagen del Archivo del Museo de la Minería del País Vasco y del Archivo Municipal de Fotografías del Ayuntamiento de Muskiz