Imagen del proyecto 'Tras los muros' de Aitor Garmendia

¿Se puede ser animalista y comer carne?

Violeta Muñoz

9 julio, 2019

La salud y la creciente preocupación por las condiciones de los animales de nuestro menú parece estar detrás de un frenazo del consumo de productos de origen animal en España en los últimos años. Pero seguimos siendo el segundo país de la UE que más carne come. Atendiendo solo a lo segundo: ¿puede una sociedad que respete a los animales consumirlos? El debate es complejo y el veterinario de AVATMA Alfonso Senovilla explica que en la asociación que aglutina a 500 veterinarios contra el sufrimiento animal hay de todo: “Algunos somos veganos y otros no”.

Para el colectivo antiespecista NOR la respuesta es clara: elegir el antiespecismo. “Es la ideología política que surge de la situación de opresión hacia los animales. Es la idea de que existe un sistema de dominación de especies en la que el ser humano controla y explota a animales de otras; el antiespecismo se opone a ello”, explica la portavoz, Maialen Sagüés. Esta corriente considera “una incongruencia” declararse animalista y consumir animales.

“Denunciamos cualquier forma de explotación animal, desde el uso para experimentación, diversión, comida… pero vamos más allá: creemos que es nuestra responsabilidad analizar la forma en que nos relacionamos con los animales, ya sea en la convivencia con las especies más cercanas o en la forma que tenemos de destruir los hábitats de otras especies más lejanas», señala Sagüés.

Por su parte, Aitor Garmendia, el fotoperiodista autor de la investigación en mataderos Tras los muros señala que «respetar a un animal pasa por atender y considerar sus intereses, como el interés a no sufrir daños o a seguir con vida». «Por eso, toda forma de explotación debe ser considerada maltrato. En las granjas los animales son dañados de múltiples formas y muchos son enviados al matadero al poco de nacer. La industria no tiene ningún interés en proteger a los animales porque eso supondría su fin”, expresa el fotoperiodista, que entiende que una sociedad que respeta a los animales no debería consumirlos.

La otra gran vertiente de pensamiento se aglutina en torno a la producción extensiva, respetuosa con el  medio en el que se inserta y asociada a una urgente y obligatoria reducción del consumo de productos de origen animal. “Comer menos carne y mejor carne. Decir no a esa carne low cost producida en macrogranjas y que luego los supermercados venden en esos blisters a un euro de mucho plástico y jamón mal hecho… Esos son precisamente los productos que tenemos que evitar”, defiende Blanca Ruibal, de Amigos de la Tierra. “Invitamos a la gente a probar a gastar su presupuesto de carne de otra manera. En vez de comer carne barata cada día, comer una vez a la semana e invertir ese presupuesto en carne de animales criados con respeto a la naturaleza y ligados al territorio. Y cada vez hay más alternativas para encontrar esto”, asegura.

Desde esta perspectiva, la eliminación del consumo de animales no se contempla. “En nuestra cultura occidental y en muchos casos eminentemente urbana, nos faltan imágenes para reconocer el papel de los animales en la naturaleza”. Ruibal recuerda que los pastos absorben CO2, los excrementos de los animales abonan la tierra, y miles de millones de personas en el planeta son “pastoralistas, ganaderos extensivos, ganaderos trashumantes. Entendemos que ese medio de vida es realmente positivo para la naturaleza, para la biodiversidad, y que debe seguir existiendo y protegerse”.

La activista cree que equiparar la ganadería industrial a la de “una vecina que tiene 20 cabras, las lleva al monte, las ordeña y hace queso es injusto y de poca visión ambiental”. El debate es complejo y la propia integrante de Amigos de la Tierra también dice ser capaz de imaginar “un nuevo contrato con los animales” como el que propone el antiespecismo. Pero recuerda que la Humanidad lleva diez milenios viviendo con animales y la ganadería industrial solo tiene un siglo. “En estos momentos de cambio climático, es esencial mantener esos ecosistemas, fundamentalmente las praderas. En la Península Ibérica sabemos a qué lleva el abandono de la ganadería: a que no haya gestión del territorio, a incendios, a que se cierren caminos”.