Opinión

Un barrio llamado Carrús

Alejandro Torrús

3 de mayo de 2022

La madre de mi amigo Antonio, Conchi, cosía zapatos en casa. Sí, era aparadora. Cada vez que visitaba su casa, es decir, casi todas las tardes de mi temprana infancia, allí estaba. En la galería de su casa cosiendo y cosiendo zapatos en la máquina. Dispuesta a recibirnos del colegio, a darnos la merienda y a pedirnos que nos portáramos bien. Mi madre, que también cosía zapatos, era otra mujer especializada en dar la merienda a los amigos que subían a casa a echar la tarde. Ahora, las dos se encuentran de vez en cuando por las calles del barrio de Carrús de Elche y se paran a charlar. Se cuentan cómo están los hijos y cómo están ellas, si están trabajando o no, si van a tener pensión de jubilación o no y los dolores que cada una de ellas acumula en su cuerpo. La conversación, lamentablemente, termina pronto. Los hijos están bien y ellas no están trabajando, no van a tener pensión pese a haber trabajado toda su vida y los dolores… los dolores son muchos.

El caso de Conchi, la madre de Antonio, no es una excepción en mi vida y en mi barrio. La madre de mi amigo Paco, Manoli, también era aparadora. Ahora está jubilada, sin pensión y con dolores. O la madre de mi amiga Esther, Juani, que trabajaba a veces dentro y a veces fuera. Ella, al menos, sí consiguió los años mínimos de cotización. Tiene pensión. La madre de mi amigo Manu, Fina, por el contrario, todavía no ha llegado a la edad de la jubilación, pero ya sabe que no tendrá pensión. Ahora trabaja a ratos con su máquina de aparar desde casa para sacar un dinero. La opción de un contrato, a su edad, ni se la imagina.

Y así podría seguir poniendo ejemplos hasta completar todos los caracteres de este artículo. Pero ese no es el caso. El caso es explicar qué es Carrús, el barrio obrero por excelencia de la ciudad de Elche. El barrio que comenzó a ordenarse en la década de los 50 para acoger a las miles de personas migrantes que llegaban desde diferentes territorios del país conforme crecía y se expandía la industria del calzado en la ciudad. Mi generación es la de los hijos de aquellos niños que llegaban a la ciudad en los 50 y 60 junto a sus padres. La que escuchó varias veces de bocas de sus mayores el tópico aquel de "cuando yo llegué aquí todo era campo". Y era verdad. La infancia, nuestra infancia, es imposible pensarla separada de la vida de las aparadoras. Es imposible no pensar en el pedal, en los hilos, en el olor a pegamento, en el traqueteo incansable de la aguja y en las continuas prisas en casa por intentar avanzar y ganarle tiempo al reloj. Cosas del destajo.

Los hombres, los padres, trabajaban fuera de casa siempre más de ocho horas, en fábricas, y la mayoría de las mujeres lo hacían desde casa siempre pegadas a la máquina de aparar, con los niños colgando y una lista de tareas interminable. Las vacaciones se reducían (y se reducen) a 15 días y tampoco están pagadas para las aparadoras sin contrato. Una vez más, es el destajo. Y la cara dura de algunos, también. No conviene sacar de la ecuación, ni de este texto, aunque se haga realmente incómodo, a los que triunfaron y se convirtieron en nuevos ricos. Sí. A los mismos que apostaron en un momento de bonanza por montar una fábrica y ganaron dinero, mucho dinero, mientras reproducían el modelo de negocio del que, hasta no hace mucho tiempo, eran víctimas. Ellos arriesgaron su patrimonio, sí. El resto se dejó su salud y su tiempo en sacar adelante pares y pares de zapatos. A unos les ha quedado mucho. A otras no les ha quedado nada.

Así, con estos ingredientes, en el barrio se mezcla una especie de orgullo por haber mantenido a flote una industria tan potente como la del calzado; la rabia acumulada por la incapacidad de esa misma industria y esos mismos empresarios de dar cumplimiento a los derechos laborales de la mayoría de sus trabajadores y trabajadoras; y, por supuesto, el miedo. El omnipresente miedo. Miedo a que el trabajo desaparezca o, peor todavía, a que te echen, a que el jefe te dé un portazo en las narices. Porque ese miedo, incluso cuando te están explotando, existe. Nunca desaparece. Quizá es precisamente el que tiene muy poco el que más teme quedarse sin nada. No lo sé. Sí recuerdo que mi madre me repetía, después de lamentarse amargamente por las horas que echaba postrada ante la máquina y por estar quedándose "más estropeá que la cama de un loco", que ojalá el trabajo le aguantara hasta su jubilación. Que el zapato es muy "jodío", pero que era lo que había. Así, aunque esto no lo decía, yo podría seguir estudiando en Madrid y tantas otras cosas que mis padres echaron a sus espaldas con silencio y más horas de trabajo. Sin embargo, aún quedaban más injusticias. Más golpes. Cuando llegó la edad de jubilación miles de estas mujeres se quedaron sin derecho a pensión. Cincuenta años de vida laboral para cero euros de pensión. Así no solo hay pobreza. También se perpetúa la dependencia económica de las mujeres respecto a sus maridos.

Pero yo todo esto antes no lo sabía. No lo veía. Fue con los años cuando fui descubriendo que mi barrio, además de ser un barrio, también era una fábrica. Una fábrica intermitente donde prácticamente cada hogar era una subcontrata, cada ama de casa una trabajadora irregular y los locales de persiana a medio echar, centros de trabajo, y muchos de ellos, clandestinos. Pero todo eso tardé tiempo en verlo. Normalicé entrar a un taller semiclandestino casi cada tarde a decirle a mi madre que me iba a jugar a casa de cualquier amigo. Normalicé ver a mi madre trabajar de 8 a 13.30 y de 15.30 a 21.00. Yo, como otros, como todo mi barrio, pensé que aquello era normal hasta que llegó un momento en el que no. En el que te das de bruces con la realidad.

Se me quedaron marcadas en la memoria las caras de estupefacción cuando siendo ya estudiante de Periodismo en Madrid hablé del trabajo de mi madre. Efectivamente, aparadora. No olvido las caras de alrededor. Once horas al día, en negro, sin vacaciones pagadas, sin paro. Primero en casa y luego al taller de la persiana a medio echar. Recuerdo el sentirme como si llegara de un país diferente al de mis compañeros de conversación. Recuerdo cómo mi amiga y casi hermana Marina me dijo que ella creía que estas condiciones ya no se daban en una industria en España y yo contestar algo así como: "Yo pensaba que esto pasaba por toda España". Teníamos 18 años y hoy creo que los dos teníamos razón. Guardo peor recuerdo de la compañera de estudios que me contestó que la situación de los trabajadores de Elche es responsabilidad de los propios trabajadores. Por no haber luchado suficiente, por no haberse organizado, por no haber ido a la más salvaje de las huelgas. Quizá tenía razón. No lo sé. Yo, personalmente, no me siento capacitado para decirle a los trabajadores y trabajadoras que han cargado sobre sus espaldas con tanto sacrificio y sobreesfuerzo lo que han hecho bien y lo que han hecho mal. Prefiero situar el foco en los empresarios, en los que se han beneficiado con riqueza, pisos y coches de lujo y, muy especialmente, en la Administración. En el Ayuntamiento, en la Generalitat y en el Gobierno central. A nadie se le escapaba ni se le escapa lo que sucedía, lo que sucede, en este barrio, en esta ciudad y en esta industria. ¿Se han hecho cosas para revertir la situación? Por supuesto. Pero a la vista está que no han sido suficientes.

Ahora de vez en cuando salimos por televisión. Concretamente, una vez al año. Se trata del día en el que el INE anuncia el barrio con menor renta per cápita de España. Sí. Es Carrús. Afortunadamente para nosotros es evidente que mi barrio no es el más pobre de España. El problema, una vez más, es la economía sumergida. Los salarios con tickets de recibí y los beneficios escondidos en cajas de zapatos. Eso es una evidencia para todo aquel que haya pasado por allí dos tardes. Pero no. Cada año se escuchan y leen reportajes sobre delincuencia y drogas cuando llega el día de la efeméride. Cualquier excusa sirve en los reportajes y programas de televisión. El espectáculo prima y pocas veces se habla del fondo del problema. La realidad es mucho más complicada y compleja de lo que cabe en 45 segundos.

La solución al problema no es fácil. Parto del convencimiento de que no hay varitas mágicas para arreglar situaciones tan complejas como la naturaleza misma de una industria que permitió prosperar al municipio, a sus habitantes y acoger a tantos otros llegados de fuera. Tampoco aspiro a formular en estas líneas una suerte de receta que acabaría con la economía sumergida y la explotación laboral. Me conformo con que desde las instituciones comiencen a mirar el problema a la cara y las aparadoras dejen, por fin, de ser invisibles. Se trata de un problema que tiene nombres, caras y manos como las que se muestran en esta publicación. Me conformo solo con eso. Bueno, no. Una cosa más: paguen las malditas pensiones a las aparadoras.