Opinión

Dejar trabajar la palabra del otro

Josep Ramoneda Periodista, filósofo y escritor

11 septiembre, 2018

En el fondo, la cuestión de la democracia es: ¿cómo construir un ingenio que nos defienda de los abusos de poder? El principio de Stuart Mill lo podemos enunciar así: «La sola finalidad para la que los hombres están justificados a limitar, ya sea individual o colectivamente, la libertad de acción de uno de ellos es la propia protección». El daño a los demás es el límite de la libertad. Pero cada uno es dueño de sí mismo. Nadie puede «ser obligado a hacer o dejar de hacer algo, porque sea mejor para él». Cada uno es el mejor guardián de su salud. Nadie nos puede imponer ningún tipo de cuidado o redención. Es la ‘mínima moralia’ del liberalismo clásico.

Stuart Mill explora las relaciones libertad/autoridad, gobierno/súbditos, representantes/ciudadanos desde el prisma de su principio. Y nos advierte contra la tiranía del magistrado, de la opinión y del sentimiento, de los que quieren impedir cualquier disidencia o negar autonomía al individuo. Contra la tiranía de la mayoría, la interferencia legítima de la opinión colectiva tiene un límite en la independencia individual. Claude Lefort nos dirá que la democracia es un procedimiento, la prioridad es la libertad. Y por eso hay que combatir la tendencia a creer que los sentimientos son mejores que las razones. «Siempre que hay una clase dominante, una parte considerable de la moralidad del país emana de sus intereses de clase o de sus sentimientos de superioridad». Y así ha sido en todos los modelos de dominación que ha conocido la historia: plantadores/esclavos, príncipes/súbditos, nobles/plebeyos, hombres/mujeres.

Lefort nos recuerda que la libertad de palabra es un asunto público, no individual o privado. El uso público de la razón está vinculado a la libertad y al compromiso con el imperativo categórico. Quien toma la palabra en público debe hacerlo desde este doble compromiso. Y así debería ser la palabra en la escena pública. No debería caber el uso privado que hace alguien debido a una función determinada, de un cargo o de unos intereses propios. Es el discurso de los que no dicen lo que piensan sino lo que les han dicho que tenían que decir.

Ernst Gellner, en su excelente libro ‘Lenguaje y silencio’, distingue entre la concepción individualista y atomista del conocimiento, que cree que descubrimos la verdad solos y nos equivocamos en grupo, y la visión orgánica del conocimiento, que le vincula al desarrollo de la carga conceptual de una comunidad lingüística y cultural. ¿Cómo pasar del yo al nosotros sin dejar girones de libertad por el camino, para ampliar la libertad –que se conquista colectivamente– sin convertir al hombre de fin en medio? Esta sería una de las funciones del ingenio democrático: defendernos del abuso de poder, del expolio de la condición de ciudadanos para convertirnos en súbditos o patriotas. ¿Cuáles son los límites? La autonomía del individuo, tratado como fin y nunca como medio.

Claude Lefort nos recuerda que la libertad sólo se puede vivir en sociedad, «implica una relación con el otro», por eso «ser libre es la misma cosa que desear la libertad, y desear la libertad es desear no ser siervo de nadie». La claudicación ante la libertad la describirá Etienne de la Boétie poniéndole nombre: servidumbre voluntaria. Para el amigo de Montaigne, los secretos de la sumisión, de la aceptación voluntaria del dominio de uno sobre todos está en la costumbre, la pirámide del interés (el sistema clientelar, diríamos hoy) y el miedo. Como recordaba Voltaire: «Los humanos no tienen ningún remordimiento de las cosas que tienen la costumbre de hacer», incluso si se trata de limitar la libertad propia o de los demás. Y el miedo refuerza la desconsideración por la libertad y la aceptación de discursos destructores de lo social. Como recuerda Ash Amin, «una nube negra de xenofobia se extiende por Europa».

El espacio público es un espacio simbólico, que requiere unos protocolos de comunicación, una disposición al diálogo: dejar trabajar la palabra del otro. «Disposición a mirar con los ojos de los demás para aprender», dice Peter Sloterdijk. La tolerancia y el reconocimiento no significan relativismo –la ilusión de que todo tiene el mismo valor y dignidad, la banalización de la palabra contra la curiosidad y contra la voluntad de reconstrucción de la verdad–. Contra el relativismo, el principio de increencia: toda creencia compartida es un juicio que no juzga, una verdad que no se pone en duda, una propuesta que no se examina. «Pensar es aceptar que los prejuicios no pueden ser compartidos como prejuicios». En democracia, en una cultura de libertad, los prejuicios sólo se pueden compartir como lo son y sabiendo que lo son, por razones de moral provisional u opción concreta. La libertad adquiere su máxima expresión política en el espacio público. Por ello es una exigencia democrática que se den las condiciones mínimas de igualdad para que la libertad sea susceptible de ser ejercida. De lo contrario, el espacio público es un espacio secuestrado por los que ejercen la hegemonía social en cada momento.

En una de las replicas a Nafta, en ‘La montaña mágica’ de Thomas Mann, Settembrini dice: «Verdadero, bueno y justo es lo provechoso por el Estado, su salvación, su dignidad, su poder es el criterio moral. Muy bonito: con ello cualquier delito encuentra las puertas abiertas y la verdad humana, la justicia, la democracia… ya me diréis dónde quedan». A esta idea que disocia la política de la libertad y la entiende como sistema de control y encuadre corresponde uno de los tópicos ideológicos del momento: la afirmación «no hay alternativa», prefiguración del autoritarismo posdemocrático que nos amenaza. Quizás visitar los fundamentos de las libertades modernas nos permita afrontar con menos prejuicios las amenazas a los derechos fundamentales que vive hoy Europa (y Catalunya y España, también).