Dos agentes de la unidad de la Policía Municipal de Madrid especializada en violencia machista atienden a una denunciante.- CHRISTIAN GONZÁLEZ Dos agentes de la unidad de la Policía Municipal de Madrid especializada en violencia machista atienden a una denunciante.- CHRISTIAN GONZÁLEZ

El riesgo es el machismo

Miguel Lorente AcostaForense y profesor universitario. Fue Delegado del Gobierno para la Violencia de Género

5 marzo 2020

Algún riesgo existe sobre las mujeres como consecuencia de la violencia de género, cuando en nuestro entorno más del 55% de los homicidios que sufren se produce en el contexto de las relaciones de pareja y familia (UNODC, 2015). Y no debe de ser algo circunstancial cuando es una realidad que se produce en todo el planeta de forma similar, sin que en ningún lugar se perciba como un problema criminal serio, ni mucho menos social.

Una sociedad como la nuestra, capaz de generar 60 asesinos de media cada año en violencia de género, tiene que tener algo en esa manera de entender la convivencia y las relaciones de pareja para que esta realidad violenta se mantenga, y para que, paradójicamente, lo haga con un debate que niega su realidad y que intenta desviar la atención con argumentos como el de las “denuncias falsas”, que “todas las violencias son iguales” o que “las mujeres también maltratan”.

Y aunque pueda parecer una barbaridad ese planteamiento, el resultado demuestra que tiene éxito, pues al final sólo el 1-3% de la sociedad reconoce la violencia de género como uno de nuestros problemas graves (Barómetros del CIS), y lo que antes sólo era un debate social crítico con esta violencia y los instrumentos dirigidos a erradicarla, ahora también son posiciones institucionales que desde diferentes Parlamentos autonómicos y desde el nacional intentan dar pasos para volver a invisibilizar la violencia de género.

El riesgo está en estas circunstancias sociales, porque el machismo es cultura, no conducta. La conducta se produce como consecuencia de las referencias que establece la cultura para que el hombre que lo decida las coja y las aplique a sus circunstancias particulares, primero como control, luego como agresión y, finalmente, como homicidio. Pero siempre ha contado con ese «manual de instrucciones» proporcionado por lo que la cultura ha dicho que “»debe hacer un hombre» cuando la mujer «no se comporta como es debido». Y no son circunstancias excepcionales las que originan la violencia de género, sino la «normalidad» que impone el machismo.

Por eso a pesar de que ninguno de los 60 hombres que matan un año asesinan al siguiente, ese nuevo año hay otros 60 hombres diferentes que lo hacen. Al próximo año otros 60 hombres nuevos volverán a asesinar a sus parejas o exparejas, y así cada año. Recordemos que desde 2003 más de 1.000 hombres han asesinado a sus parejas y exparejas. Y todo ello desde esa normalidad social y cultural que lleva a las víctimas a decir lo de “mi marido me pega lo normal”, y que la última Macroencuesta (2015) muestra que se trata de una razón compartida por el 44% de las mujeres que no denuncian, al justificar que no lo hacen porque la violencia que sufren «no es lo suficientemente grave».

Esa misma forma de entender la violencia de género y de darle un significado que lleva a creer que se trata de problemas internos de la relación, y que, por tanto, no deben «airearse», o que es la propia mujer la responsable con su conducta y actitud de que el marido le pegue, es la que hace que el 75% de las víctimas no denuncie, y que incluso en los casos más graves, cuando se produce el homicidio, es decir, cuando ha existido un grado de violencia tan intenso y tan prolongado que ha permitido escalar hasta el homicidio, alrededor del 80% de las mujeres no haya denunciado la violencia que conduce al asesinato. Pero tampoco lo han hecho los entornos y muchos profesionales que, desde la sanidad, el trabajo social, las administraciones… han podido intervenir sobre el caso a partir de las manifestaciones que revelaban su realidad o su sospecha.

Y si esas circunstancias sociales influyen sobre cada uno de los casos particulares, también lo hacen cuando tienen que valorarse tras la denuncia, puesto que las referencias sobre el significado de lo ocurrido vienen marcadas por esos mismos parámetros dados por el marco establecido por la construcción social y cultural. El resultado también es objetivo.

Si tomamos los datos de las Macroencuestas y del Observatorio del CGPJ, comprobamos que de los 600.000 casos de violencia de género que se producen cada año se denuncian un 24-25%, y de esos casos denunciados sólo se condenan alrededor del 22-24%. Si ponemos en relación las sentencias condenatorias con el total de casos, el porcentaje de condenas se sitúa alrededor del 5%. Es decir, el 95% de los hombres que maltratan a sus parejas no tiene ninguna consecuencia desde el punto de vista judicial, una situación que se traduce en «impunidad», y que perciben perfectamente cuando muchas víctimas comentan que tras decirles a sus parejas que no soportaban más la situación y que los iban a denunciar, muchos respondían con una sonrisa en los labios diciéndoles, «denúnciame, no me va a pasar nada».

Cualquier aproximación a valorar el riesgo en violencia de género tiene que tener en cuenta este contexto de «normalidad», «invisibilidad», «impunidad»… que es el machismo. Porque ese machismo no viene dado por determinados elementos, sino que, entre otras muchas cosas, es la manera de entender lo que significa ser hombres y mujeres según, y la manera de integrar los elementos que definen la forma de relacionarse, entre ellos la violencia de género.

La valoración del riesgo es un elemento clave para prevenir nuevas agresiones y proteger a las mujeres que la sufren. Una protección que abarca el aumento de la gravedad de la violencia, y la prevención del homicidio, pues como recogen los estudios al definir este tipo de violencia, describen que se trata de una «violencia cíclica de intensidad creciente». Es decir, la continuidad de la violencia significa más violencia, y ese incremento puede llevar al homicidio. Si no se evita que el agresor llegue a ese nivel de violencia en el que decide asesinar a su pareja, será muy difícil impedirlo, puesto que se trata de un «crimen moral» que hace que el asesino no tema a las consecuencias de este, por eso la mayoría de estos asesinos se entrega voluntariamente o se suicidan para no vivir el rechazo ni la crítica de sus entornos.

La valoración del riesgo, en consecuencia, ha de hacerse sobre el agresor, con independencia de que las actuaciones policiales lleven una primera aproximación a través de la víctima, y ha de realizarse por los equipos forenses de los Institutos de Medicina Legal teniendo en cuenta toda la información disponible para llevarla a cabo, entre otros elementos los datos de Viogén que nos dan datos sobre los agresores denunciados, pero recordemos que estos sólo representan alrededor del 25% del total, y que el 80% de los que asesinan no han pasado por Viogén. La valoración del riesgo ha de hacerse con instrumentos específicos que aborden la realidad del agresor y las circunstancias del caso de forma próxima, y ha de llevarse a cabo atendiendo a la situación y a las exigencias que la toma de decisiones judiciales requiera, por eso debe realizarse con carácter urgente cuando así se requiera, y de forma programada cuando no haya una urgencia que resolver. Es lo mismo que ocurre en la atención sanitaria con la respuesta que se da en los servicios de Urgencias, primero se resuelve el problema inmediato, y luego se sigue con el tratamiento desde el servicio hospitalario que tenga que intervenir.

Y tenemos que mejorar los instrumentos y la forma de aplicarlos (formación, especialización, multidisciplinariedad…), porque los datos sobre las valoraciones de riesgo en los homicidios, siendo conscientes de que el riesgo es una situación dinámica y cambiante y que ningún instrumento lo delimita de manera completa y para siempre, indican que aún hay un espacio grande que queda sin abarcar o sin valorar adecuadamente por la aproximación que hace en la actualidad. Y parte del problema no está en las circunstancias particulares de cada caso, sino en el contexto social y cultural que le da significado.

La realidad es objetiva, tenemos unas circunstancias alrededor de la violencia de género que, primero, la niegan; después, cuando no pueden negarla la invisibilizan bajo el argumento de que son «problemas de pareja o familia»; más adelante, cuando sale a la luz se duda de la credibilidad de la víctima; a continuación, si avanza el proceso, se responsabiliza a la mujer por haber hecho algo que ha provocado la agresión del marido o pareja; y, finalmente, si todo sigue hacia delante, surgen las justificaciones sobre el agresor bajo los argumentos de que estaba bajo los efectos del alcohol o las drogas, de que tiene algún tipo de trastorno mental, o de que ha sufrido una pérdida de control o arrebato en el seno de «una fuerte discusión». Todo ello no es una elaboración individual, sino el contexto que genera el machismo para minimizar la violencia que los hombres ejercen contra las mujeres.

Por eso el riesgo es el machismo, y mientras no se erradique habrá riesgo para las mujeres e impunidad para los hombres.