Opinión

Mentiras que duelen

Carlos Rozanski KorchmaroffExjuez de la Cámara Federal de Argentina

5 marzo 2020

La historia de la infancia es una historia de maltrato y abuso. Durante siglos, la forma más sencilla de dejar en la impunidad infinidad de crímenes fue a través de una simple frase que es: «Los niños mienten».

En las últimas dos o tres décadas ha habido avances significativos en la investigación del fenómeno y fundamentalmente de las principales características y consecuencias de esos delitos. Esos avances han partido especialmente de dos espacios disciplinarios: la psicología y el derecho. En el ámbito de la psicología, fundamentalmente respecto de las referidas características y consecuencias del fenómeno y desde el ámbito del derecho, toda la regulación que se vincula a dar garantías a las víctimas de delitos y, en general y muy especialmente, de delitos sexuales cometidos contra niñas, niños y adolescentes.

En ese sentido la psicología ha brindado elementos decisivos a otras disciplinas, fundamentalmente al derecho. Pero como todo avance en ciencias sociales, ha generado reacciones, como sucede en todos los ámbitos de la ciencia en la cual se produce un avance.

Se trata de una reacción negativa ante un avance positivo, denominada Backlash. De ese modo, quienes resultan perjudicados por los avances, en general los abusadores y sus defensores, así como quienes defienden la pedofilia, comenzaron a diseñar estrategias para contrarrestar dichos avances.

Al no ser ya suficiente la simple afirmación de que los chicos mienten, se dirigieron los ataques hacia las madres protectoras, acusándolas de generar los relatos de los niños. Así fue como Richard Gardner, el más conocido y dañino precursor de estas maniobras, inventó lo que denominó Síndrome de alienación parental. Sostuvo en 1985 este médico pedófilo norteamericano, que había madres que le «lavaban el cerebro» a sus hijos para que creyeran que habían sido abusados.

Sobre esta patrañera, en 1988, el investigador Jon Robert Conte –citado por Sonia Vaccaro en su conocido libro El pretendido Síndrome de Alienación Parental–, escribió que: «La Escala de Validación del Abuso de Gardner es probablemente el mayor y acientífico pedazo de basura de todos los tiempos que yo he visto en este campo. Fundamentar acciones legales sobre algo tan débil como esto es sumamente peligroso».

Este engendro, si bien es absolutamente inexistente, tuvo aceptación en muchos países en los que se sigue argumentando hoy en día. Tal vez el secreto de que algo inexistente, diseñado para generar impunidad sobre crímenes horribles, tenga cierta aceptación, se vincule con algunos aspectos de la condición humana. Es decir, con aquellos componentes del imaginario ancestral masculino, que aún continúan arraigados en una parte importante del Poder Judicial de distintos países.

Es quizás la peor cara del patriarcado, la que sigue presente en magistrados y funcionarios de una Justicia que desde sus inicios y hasta nuestros días, fue esencialmente homofóbica y discriminadora de género y edad.

Y hay que agregar que en aquellos países en los que se logró el rechazo de planteos de SAP mediante los que atacaban a las madres, se desplazó la mira hacia las profesionales de la psicología que intervienen ya sea como terapeutas de las víctimas o como peritos de parte o integran los cuerpos forenses. Y así, cualquier psicóloga o psiquiatra que elabore un informe o declare ante la justicia, señalando que se trata de un caso de abuso, será duramente atacada.

Ese ataque comenzará con denuncias ante los respectivos colegios profesionales e incluso ante la justicia penal. Se las acusará de las cosas más horrorosas que puedan imaginarse respecto de las criaturas. En especial, de haber lavado el cerebro de los niños para que acusen a sus padres varones de haberlos abusado. Y en ese marco, si las corporaciones a las que pertenecen las profesionales perseguidas no están a la altura de las circunstancias, el futuro de esas psicólogas estará sellado. Serán sancionadas por mala praxis o cosas peores y serán arrastradas a dudar de su propia capacidad profesional.

Y ninguna importancia tendrá que se trate de acusaciones infundadas y falsas, ya que en el mundo del absurdo abuso de criaturas indefensas, la realidad no tiene importancia.

El desafío ante semejante dolor y daño, es elaborar mecanismos de desactivación de las estrategias destructivas de los perversos, para recuperar la importancia de la realidad. Para que las cosas sean llamadas por su nombre y para que nunca más teorías por completo falsas y retorcidas, vuelvan a dañar a miembros indefensos de grupos vulnerables, a sus madres y a profesionales comprometidos con la defensa de los más débiles.