Performance contra la violencia infantil.- EFE Performance contra la violencia infantil.- EFE

Mentirosas desde niñas

Rara vez los niños y niñas son escuchados en los procesos judiciales. Y cuando los oyen, su relato suele ser puesto en duda.

Barbijaputa

5 marzo 2020

En 2017 tuvo lugar un juicio que es bastante paradigmático de lo que el feminismo denuncia cuando habla de justicia patriarcal.

Una niña de cinco años comenzó a ser abusada sexualmente por el vecino que la cuidaba los domingos por la tarde. El hombre, una persona considerada de confianza por el entorno de la víctima, siguió abusando de ella hasta que la cría cumplió diez.

Durante esos cinco años y después de cada visita, él solía hacerle un regalo. La víctima, a los cinco años, obviamente no era consciente de que lo que aquel hombre le estaba haciendo no sólo estaba mal, que era delito, sino que la haría navegar por un sistema judicial que la interrogaría tantas veces como consideraran hasta que ella demostrara que decía la verdad. La harían vivir aquellos años, ya habiéndolos problematizado unos años más tarde, una y otra vez.

No sabía entonces tampoco que aquel hombre no tenía derecho a acariciarla con lascivia cuando la bañaba. No sabía, a los siete, ocho, nueve años, que los hechos que su agresor había normalizado, como masturbarse sobre ella y hacerle tocamientos, eran actos aberrantes que le robarían parte de su presente y de futuro.

En alguna ocasión, llegó a forcejear con el adulto –confesó la menor ante el juez– porque a pesar de que consideraba una especie de “juego” lo que él le hacía, no siempre sabía encajarlo de forma sumisa. Este extremo, sin embargo, no fue creído por la Justicia. Por una parte, tanto peritos como magistrados, consideraron que el testimonio de la pequeña era plenamente creíble por su “firmeza, convicción y seriedad al declarar”, así que sí, había sido abusada. Pero la Sala desechó la parte en la que la menor decía haber forcejeado e intentado zafarse en ocasiones del pederasta.

¿Por qué creer que una niña, víctima de un pederasta, tiene un testimonio plenamente creíble y, de repente, rechazar una parte de él? Según el razonamiento de los magistrados se debía a que no consideraban compatible que hubiera habido forcejeos con que ella regresara de nuevo a casa de su vecino. No era posible, según el razonamiento de los togados –que obviamente está muy alejado del de una niña de entre 5 y 10 años– que ambas cosas hubieran sucedido a lo largo de cinco años de abusos.

Y cito textualmente de la sentencia: “Una niña de cinco, seis, siete o más años no va voluntariamente a una casa donde su morador la pega, la agrede, la coacciona o la intimida. La niña no era llevada a la casa del procesado, iba ella sola, y la razón de tal asistencia la explicó ella  misma: el procesado le regalaba todo aquello que su padre no le regalaba”.

El resultado de ignorar el relato completo de la niña concluyó con una pena irrisoria para el pederasta: tres años y nueve meses por “abusos sexuales” continuados. Si se eliminaba de la ecuación la violencia o la intimidación, nuestro Código Penal ya no habla de agresión sexual o violación, y las penas caen en picado.

El hecho de que la Justicia no hubiera creído (una vez más) a la víctima era un doble castigo: niegan tu experiencia y además rebajan la pena a quien te partió la infancia en dos. Para más INRI, la pena máxima para el delito por el que sí fue condenado (abuso sexual continuado a una menor) tenía una horquilla aplicable de entre dos y seis años, pero tampoco aquí tuvo suerte la niña, la condena se quedó en poco más de la mitad.

Se desprende de sentencias así que la Justicia espera de la infancia, como víctima, una actitud adulta. Carece de una mirada y una sensibilidad para con las niñas y niños que no es la primera vez que vemos ni será la última. Exigir reacciones y respuestas propias de adultos a una niña, más aún cuando han sido víctimas de grooming y  más tarde de violencia sexual, es del todo fantasioso, por usar un término benévolo.

Cualquier niña puede perfectamente forcejear y querer quitarse de encima a quien la está haciendo sentir violentada y ponerse a jugar al día siguiente con esa persona, ya sea éste un adulto u otro niño.

Lo que tampoco puede esperarse de una niña es que con 5, 7 o 9 años sepa que lo que le está haciendo pasar esa persona querida por su familia es un delito sexual; o que ese adulto no tiene derecho a tocarla; o que debió forcejear con más fuerza y dejarle marcas que perduraran para cuando llegara el juicio.

Lo que sí deberíamos poder esperar del Código Penal y de los magistrados es que contemplen lo nada fantasioso que es predecir que esta, al igual que el resto de víctimas, tiene asegurado un futuro en el que lidiar con secuelas psicológicas de distinta gravedad.

Y también tenemos derecho a esperar que, si la víctima cuenta que, de forma instintiva, hubo partes que no toleró de aquel “juego” –tal como ella creía que era porque así se lo enseñó su agresor– no se llegue a la conclusión por parte de la Justicia de que hay que tacharla de mentirosa, porque eso también es violencia contra ella, y contra todas.

Violencia institucional que se sumará a los problemas de autoestima y psicológicos que la primera violencia le causa o le causará en el futuro, como lamentablemente es norma en estos casos.

La Justicia española, más allá de tener un Código Penal muy relajado en algunas cuestiones y muy duro en otras (se puede castigar con la misma pena un tuit que el hecho de abusar de una niña durante años), está plagada de señores sin perspectiva feminista, que ven “jolgorios” en violaciones, que no creen a víctimas incluso considerándolas plenamente creíbles o que suben al estrado a menores para juicios de divorcios para luego despreciar sus historias. El caso de esta niña es solo uno entre una marea de incontables casos similares o incluso con peores resultados para la víctima.

Es sólo un ejemplo de cómo la violencia sexual te lleva de la mano a la siguiente forma de violencia: la institucional.

Que un hombre satisfaga sus deseos con tu cuerpo de niña te adentrará en un mundo igualmente violento: el sistema judicial, hecho en fondo y forma con el mismo patrón que moldea a la sociedad: el machismo y todo lo que ello conlleva: falta de perspectiva feminista, violencia contra las mujeres, desprecio hacia nuestro dolor, desapego por nuestras vidas, nuestros cuerpos y nuestras experiencias.

A ninguna mujer nos ha violado ningún hombre hasta que este sistema, hecho por y para ellos, te lo confirme.