Opinión

Violencia, trauma y testimonio de las víctimas

Concha López CasaresPsicóloga clínica. Experta en violencia interpersonal y violencia de género

5 marzo 2020

La violencia continuada contra las mujeres adopta formas múltiples y perversas. A veces lo que parece protección o cuidado se convierte en control y opresión asfixiantes. Los hombres maltratadores utilizan el efecto sorpresa, aprovechan los momentos de vulnerabilidad de sus parejas: la maternidad, la falta de empleo, la enfermedad. Los padres maltratadores utilizan las necesidades de apego de sus propios hijos e hijas para violentarles cuando están más indefensos.

Las experiencias traumáticas rompen en pedazos el sentimiento de seguridad. Aparece la hipervigilancia, la evitación, la disociación y se empieza a sufrir ese estado paradójico e incomprensible para uno mismo y para el entorno, donde los comportamientos de pánico coexisten con la negación y la búsqueda de una reparación que nunca llega. ¿Y si hubiera hecho esto? ¿Y si no hubiera hecho lo otro? ¿Y si me hubiera callado? ¿Y si hubiera hablado? ¿Será mi culpa?

En niños y niñas el sufrimiento no tiene salida. Han establecido un vínculo afectivo con padres o figuras paternas en los que confiaron alguna vez. Cuando quienes tienen que cuidarles les violentan, golpean e insultan, los niños y niñas siguen dándoles oportunidades. Pero si una y otra vez reciben violencia y negligencia, el vínculo de apego se rompe y aparecen el rechazo y la ambivalencia. ¿Quién no desea un padre bueno? Su ingenuidad los lleva a confiar muchas veces, hasta que no pueden más y buscan refugio en vínculos seguros. Escuchemos a los niños y niñas. Imponerles vínculos dañinos que no desean es otra forma de violencia contra la infancia y es ponerles en riesgo en lugar de protegerles.

En la violencia contra las mujeres, los hombres maltratadores tienen el apoyo de una sociedad cargada de estereotipos, costumbres y tradiciones que legitiman la desigualdad, normalizan la vulnerabilidad de las mujeres con la brecha laboral y la sobrecarga de los cuidados. La impunidad del maltrato está garantizada en un amplio rango de comportamientos y solo es visible en niveles muy altos de agresión y daño. ‘Tengo que saber lo que gastas porque yo soy quien lo gana’, ‘Tengo que hablarte así porque tú eres muy inocente y la gente te engaña’.

La socialización diferencial de género nos ha enseñado a tolerar con normalidad la ideología patriarcal, especialmente en su formato paternalista y pseudoprotector. Cuando estas interacciones no logran someter la voluntad de las mujeres, hay un amplio repertorio machista que ya sí cursa con hostilidad, intimidación, coacción, amenaza, descalificación, vejaciones y agresiones en todas sus formas, hasta llegar al asesinato de la mujer, y de sus hijos o hijas.

Los hombres maltratadores y violadores de mujeres, niños y niñas tienen patrones de dominación ya muy estudiados que tendríamos que enseñar en la crianza como prácticas de prevención. Por un lado, aislar y controlar a sus víctimas. Por otro, seducir, confundir, atemorizar y devaluar para reforzar la dependencia. La intimidación, el secuestro y la violencia brutal contra sus cuerpos son ya formas de aniquilación hasta lograr dominarlos y esclavizarlos en su propio beneficio.

¿Se puede denunciar hoy en día que un hombre le diga a su pareja ‘si tú no abres las piernas yo no abro la cartera’? o ‘¿Con tu sueldo no pagas ni la comida que te comes, eres una mantenida?’. ¿Creemos que un agresor machista le dice esto a su pareja cuando ella está en condiciones de huir? Obviamente, no. La violencia contra las mujeres se produce diariamente ante nuestros ojos y se promueve con la tolerancia de las costumbres.

Cuando la violencia contra las mujeres llega a los juzgados o a los servicios especializados, vemos solo una parte del proceso. Vemos fragmentos que no encajan en la lógica formal pero sí lo hacen en la lógica del trauma. Judith Herman nos dice que callar y contar es el dilema del trauma. Callar para defenderse del estigma social, para cuidar a los seres queridos, para protegerse de su torturador. Hablar para buscar ayuda, para dejar atrás el miedo, para tener una oportunidad.

Cuando las experiencias traumáticas han sido conocidas y acreditadas, como en catástrofes ambientales o conflictos bélicos, no cuestionamos el comportamiento de las víctimas. ¿Qué ocurre cuando los eventos traumáticos se han sufrido en la intimidad?

Nuestra mente tiende a completar la información que falta. El relato de mujeres, niños y niñas atemorizados o violentados se expresa con fragmentos de lo vivido. Las capacidades espaciotemporales están alteradas y el estrés crónico embota las capacidades mentales. ¿Qué se escucha en los despachos y tribunales de Justicia? Con toda probabilidad un relato incompleto. Escuchamos lo que oímos y lo interpretamos con todo nuestro bagaje personal y profesional.

¿Qué reclamar a la Justicia? Formación en victimología y trauma. Formación para erradicar de preguntas y argumentaciones los estereotipos sexistas, los estereotipos sobre las mujeres migrantes, los estereotipos sobre las motivaciones de la infancia, los falsos mitos. Reclamamos una Justicia libre de prejuicios, justa e igualitaria.