Ilustrado de Diego Mallo y Mikel Jaso

Las extranjeras de fusil y mono azul

Patricia Campelo

12 de abril de 2021

Unos trazos gruesos de carboncillo triangulan el rostro de una mujer con fusil. Contrasta el negro sobre la página ya amarillenta que sostiene el dibujo, esbozado entre humeantes trincheras o plazas en calma. Cualquier escena de la cotidianidad bélica podía acabar en los cuadernillos que la artista inglesa Felicia Browne (1904) rellenó aquellas semanas del verano de 1936. "España es un país para la pintura", expresó en una carta. Bocetos de edificios, de milicianos o el momento en que "una campesina es sobornada por 30 fascistas para que les lleven en ataúdes", escribió encima del dibujo que llena una de las 58 páginas de su última libreta.

Browne fue una de las más de 500 extranjeras de 32 países que participaron al lado de la República durante la Guerra Civil espoleadas por profundas convicciones políticas. Tenía 32 años cuando llegó a Barcelona, el 17 de julio de 1936, con su amiga periodista Edith Bone para asistir a las Olimpiadas Populares. Miembro del Partido Comunista británico, decidió permanecer en España y sumarse a la defensa de la democracia como miliciana, algo que logró tras varios intentos. En la carta que le envió a su amiga Elisabeth Watson, fechada el 31 de julio, comentó que ya había pedido "más permisos que rifles".

El PSUC rechazó su solicitud, pero ella respondió presentándose en la oficina de alistamiento donde, según el periodista del Daily Express Sidney Smith que la acompañaba, gritó: "Soy miembro del partido comunista de Londres y puedo luchar igual que cualquier hombre". El 2 de agosto llegó al frente de Aragón. Veinte días después salió con su unidad para volar un tren con munición rebelde. Nunca regresó. Murió tratando de ayudar a un compañero italiano. "Atacados por una patrulla fascista, se retiraron. Un hombre herido se quedó atrás. Felicia regresó para ayudarlo, pero los rebeldes los acribillaron a balazos", detalló el periodista y escritor británico Tom Wintringham, que trabajaba para el Daily Worker en España cuando Browne fue asesinada, según explica a Público el historiador Tom Buchanan, de la Universidad de Oxford.

Fue la primera víctima mortal británica de la guerra. Su cuerpo nunca fue recuperado. Sus dibujos, en cambio, fueron rescatados por el propio Wintringham y regresaron a Londres, donde se vendieron durante una exposición que recaudó fondos para enviar ayuda médica a España.

La participación extranjera femenina en la contienda se repartió entre las Brigadas Internacionales, que reunieron un nutrido grupo de voluntarias en los servicios sanitarios y como intérpretes, escritoras, fotógrafas, corresponsales o combatientes, y las unidades de choque de las milicias en los frentes. Muchas viajaron a España antes del golpe de Estado y participaron en estos grupos militares. El historiador Gonzalo Berger y la productora Tània Balló, creadores del Museo Virtual de la Mujer Combatiente, han documentado, hasta la fecha, 55 extranjeras en el frente bélico, que se suman a las miles de españolas que vistieron el mono de miliciana y se echaron el fusil al hombro.

El antifascismo era el acicate de las internacionales. "La lucha por el pueblo español era su lucha. El fascismo en España hoy significa el fascismo en Inglaterra mañana", escribió Wintringham en Tomorrow, publicación del Partido Comunista británico, sobre la muerte de Browne, un hecho que impactó en la sociedad británica y aumentó la conciencia por el conflicto en España.

De la burguesía europea a la trinchera

"Algunas abandonaron cómodas vidas en Francia, Inglaterra, Alemania o Italia para venir a una guerra y sufrir las consecuencias. Otras se vieron expulsadas por cuestiones ideológicas en sus países", anota Berger. Según la revista madrileña Estampa, en un reportaje de febrero de 1935, se habían establecido en Barcelona 6.000 judíos, entre ellos, futuros voluntarios alemanes de las milicias, como la doctora Charlotte Margolin, afiliada al POUM poco antes del golpe de Estado y la única mujer médico en el frente de Aragón.

De clase media, con estudios, jóvenes y alto compromiso político constituían los rasgos más comunes. Además, muchas llegaron solas y, en su objetivo, fueron seguidas por parejas o familiares. Fue el caso de Felicia Browne, como recuerda su sobrina nieta Glenda Browne a Público: "Su hermano se unió a las Brigadas Internacionales y, según pude ver en una copia de sus papeles de registro, dijo que lo hacía por el gran respeto que tenía hacia su hermana". Michael 'Billy' Browne también murió en combate en 1936.

Su presencia, sin embargo, en ocasiones impactaba en una sociedad aún despreocupada en asuntos de igualdad de género. La propaganda republicana incluso difundió carteles con dibujos de personal sanitario en los que se podía leer "Respeta a la enfermera. Por cuidarte, dejó a los suyos". Con todo, estas mujeres sacudieron creencias, rompieron roles tradicionales y muchas lograron reconocimiento militar. Es el caso de la alemana Nanny Jeannette Bloch, que recorrió España de batalla en batalla y no cejó ni uno solo de los dos años, ocho meses y quince días que duró la guerra. Divorciada, médica de profesión y miembro del Partido Comunista francés, llegó a Barcelona en agosto de 1936. Según han podido documentar Berger y Balló, partió hacia Baleares con las milicias de voluntarios. Su siguiente destino fue el frente de Aragón, ya como miembro del Ejército Popular de Catalunya. Y en febrero de 1937, Bloch ingresó en la sanidad de las Brigadas Internacionales, donde obtuvo la graduación de teniente.

De la muerte y del sepelio de la alemana Margarita Zimbal se hizo eco la prensa. Página 3 de La Vanguardia del viernes 23 de octubre de 1936, esquina inferior derecha: "En la lucha a muerte que se desarrolla en el frente de Huesca contra el fascismo, cayó herida de muerte por la metralla la heroica luchadora Margarita Zimbal 'Puz'". A las tres y media de la tarde, el coche fúnebre se la llevó al cementerio de Montjüic, donde fue enterrada. Tres años antes había llegado a Madrid huyendo de las presiones nacionalsocialistas. El golpe de Estado la sorprendió en Sitges, y se embarcó con las milicias del POUM a Mallorca. Huesca fue su último destino. Allí una bala le atravesó la espalda mientras trataba de escuchar el corazón de un miliciano que acababa de caer. El contingente de voluntarios internacionales en la guerra se estima en 35.000 hombres y cerca de 500 mujeres que colocaron sobre España la lupa del interés mundial, restaron significado al apellido Civil de la contienda y convirtieron el campo de batalla en el primer intento europeo de frenar al fascismo.

Cuando empezó la desmovilización de las mujeres, algunas regresaron a sus países y continuaron su militancia antifascista, otras permanecieron en España y muchas perecieron en combate. Hoy, su legado no ha trascendido como el de sus compañeros hombres. La artista angloespañola Sonia Boué, experta en la obra de Felicia Browne, cuenta a Público cómo ni siquiera en la Slade School of Art, donde estudió la combatiente, se reconocía su figura 80 años después de su muerte. "Creo que su conocimiento se limita a grupos con interés en la Historia, pero el público general no las conoce", lamenta sobre el descuido hacia estas mujeres, las extranjeras del fusil y mono azul que internacionalizaron la guerra desde la trinchera republicana.