Colas para recibir alimentos en Madrid Varias personas hacen cola para recibir ayuda alimentaria en una parroquia de Madrid el 10 de febrero de 2021. Óscar del Pozo/AFP

El virus que hizo crónica la desigualdad

Jairo Vargas

10 de marzo de 2021

No dejar a nadie atrás. Un mantra que se nos repitió a todas horas, a través de todos los canales, desde que el coronavirus nos encerró en casa hace ya un año. A quien la tuviera, claro. Pero hay una realidad quizás más dramática que la que ha cincelado esta pandemia. A saber: quien dice que no quiere dejar atrás a nadie, quien intenta moldear el llamado escudo social que nos ampare, esa gente de traje y sueldos anuales de cinco o seis cifras que se han confinado en espaciosas viviendas, ellos y ellas ya van implícitamente por delante. Y, tal vez por eso, solo ahora han sido conscientes del nuevo vagón que podía desengancharse, aunque ya había pasado tiempo desde que los últimos estratos de la población se habían quedado varados, sueltos de un tren cada vez más corto, mucho antes de este terremoto sanitario que devino, por segunda vez en menos de un cuarto de siglo, en económico y social.

A Carmen Nava, una boliviana de 31 años con nacionalidad española, el confinamiento le pilló en una buhardilla de 35 metros cuadrados en el Barrio de las Letras de Madrid. A ella, a su marido y a sus tres hijos de dos, tres y seis años, tal y como relató a Público el pasado abril. Ahora, en su nuevo hogar, más espacioso, pero en el extrarradio  madrileño, cuando se le pregunta su opinión sobre otro mantra pandémico, el de que el virus no entiende de clases, nacionalidades ni ideologías, solo puede dibujar una sonrisa irónica, rayana con la indignación. «Me gustaría ver en mi situación a los que dicen eso», comenta la mujer en el salón de un cuarto piso de un bloque de ladrillos desconchados, sin ascensor, justo al lado de la lavadora y del sofá por el que trepan sus dos hijos más pequeños.

Ellos, que pagaban 650 euros de alquiler, opinan que esa realidad ya era perversa antes del virus y que no parece que vaya a cambiar. La crisis derivada de la pandemia les ha empujado casi once kilómetros más al sur, a San Cristóbal de los Ángeles, en el distrito de Villaverde, pero solo pagan 50 euros menos de arriendo. Y sí, han notado la «enorme» diferencia entre el centro y el barrio con la renta más baja y el desempleo más alto de Madrid. No solo en lo estético y en la falta de limpieza de las calles, sino en los recursos y servicios básicos. «Solo para conseguir cita con los servicios sociales he tardado meses, cuando en el centro te dan cita en pocos días. Aquí hay demasiada gente que necesita ayuda y muy pocos recursos para atenderlos», explica Nava. El supermercado más cercano lo tiene a un kilómetro de su casa y tiene que cruzar la autovía de Andalucía para hacer la compra. «Pero lo peor es la inseguridad. Aquí hay redadas de la Policía constantemente y, algunos días, incluso se escuchan disparos», expone. «Hemos mejorado la situación de la vivienda, con más espacio y mejores condiciones, pero hemos empeorado en la zona, totalmente abandonada por los políticos y donde no conocemos a nadie», describe.

Carmen, su marido y sus tres hijos en su nuevo piso del barrio de San Cristóbal, en Madrid, el 4 de marzo de 2021. Jairo Vargas
Carmen, su marido y sus tres hijos en su nuevo piso del barrio de San Cristóbal, en Madrid, el 4 de marzo de 2021. Jairo Vargas

A esta familia, el virus solo le golpeó en lo económico, pero el mazazo fue tan duro como habitual en estos tiempos. Ella trabajaba en una transnacional de envíos de dinero. «No era mal empleo, ganaba 1.300 euros al mes», explica. Su marido tenía un contrato de 17 horas semanales por 400 euros mensuales en una compañía de esos cochecitos eléctricos que se usan y se aparcan en el centro de la ciudad. El confinamiento llevó a la empresa de Carmen a tomar una decisión drástica. No habría ERTE para ella, el suyo fue uno de los tres puntos de Madrid que la empresa decidió cerrar definitivamente por el parón sanitario. Su marido sí fue al ERTE, pero tardó en recibir el exiguo montante. Pasaron calamidades. Sin empleo, sin espacio, «casi sin luz», porque la ventanita daba directamente al azul del cielo, «era como una claustrofobia constante, sobre todo los niños», rememora la familia, que tiene claro que la vivienda también te enferma si no es adecuada. «Lo hemos pasado muy mal, mucha angustia, y la situación sigue siendo difícil, vivimos al día prácticamente», resumen, aunque la reciente reincorporación de su marido al puesto de trabajo y un aumento de la jornada les permite ir tirando con unos ingresos de poco más de mil euros al mes.

Un confinamiento cómodo

Mientras Carmen y su familia vivían los momentos más complicados de sus vidas, a pocas calles de distancia, Javier Durán pasaba un confinamiento muy diferente. «Queda mal decirlo, pero es la realidad. Soy un privilegiado en todo, he pasado el confinamiento en un piso de cien metros cuadrados, con una terraza enorme y sin miedo a dificultades económicas o a quedarme sin trabajo», reconoce en el sofá de su casa, en plena calle Atocha.

«Si a mí me pilla esto con 20 o 30 años me destroza»

Javier, en la cincuentena y sin hijos, es guionista y director de programas de televisión. Sus ingresos son elevados y, aunque su mujer, productora, estuvo sin trabajo durante un año a causa de la pandemia, no ha tenido ninguna dificultad para capear el temporal. «Mi único temor ha sido contagiar a familiares de riesgo como mis padres», explica. No le parecía fácil enfrentarse psicológicamente a la nueva situación, pero cuando lo piensa bien, es consciente de que ha ganado en calidad de vida, «el teletrabajo ha sido una revolución que me ha dejado mucho tiempo más para mí, y sería una lástima que se perdiera después de la pandemia, al igual que es injusto que a muchas personas se las obligue a ir a un centro de trabajo con la que está cayendo», añade.

Javier Durán, en la terraza de su piso, en la calle Atocha de Madrid, el 5 de marzo. Jairo Vargas
Javier Durán, en la terraza de su piso, en la calle Atocha de Madrid, el 5 de marzo. Jairo Vargas

Cuando pudo volver a recorrer las calles, Javier se encontró un barrio algo diferente, «lleno de carteles ‘se vende’ o ‘se alquila’, negocios cerrados y, sobre todo, gente que pide alimentos en las entradas de los supermercados. Eso lo he notado muchísimo», puntualiza. Su resumen es directo: «Viene una hostia brutal, con mucha gente sin trabajo y que va a tardar en recuperarse. Si a mí me pilla esto con 20 o 30 años me destroza. Pienso en la gente que no llegaba a fin de mes antes de la pandemia o en los jóvenes que se han comido dos crisis seguidas y te preguntas si realmente había clase media en este país«, reflexiona.

«La pandemia me cambió de posición, de ayudar a los demás a necesitar ayuda yo»

Carmen no se definía como clase media, pero tampoco pensaba que su situación fuera tan frágil, porque era de las que pedían en la puerta de los supermercados, aunque no para ella, sino para quien lo necesitaba. También es activista de la Asamblea de Vivienda de Madrid, porque sabe de primera mano que ese es uno de los principales problemas del país, el acceso de una vivienda digna, sobre todo cuando te obligan a quedarte en casa. Pero tuvieron que dejar la céntrica buhardilla después tres meses sin ingresos, los mismos que había pagado de adelanto y fianza para poder alquilarla. «Siempre tuve claro que no viviría en una casa si no la podía pagar», apunta. Sobrevivieron y sobreviven ahora gracias a los alimentos de la Despensa Solidaria de Chamberí, donde Carmen colaboraba desde hacía tiempo. «La pandemia me cambió de posición, de ayudar a los demás a necesitar ayuda yo. Y esta es la única que recibimos, porque nos denegaron el Ingreso Mínimo Vital», sentencia. Por eso sigue haciendo turnos varias mañanas en un supermercado de la calle Bravo Murillo para recoger alimentos que donan los clientes, «aunque tarde más de una hora en llegar en transporte público», comenta.

Es la historia que la pandemia ha escrito para demasiada gente. La línea que separa a la clase trabajadora de la exclusión social lleva tantos años adelgazando como consecuencia de los recortes y la precariedad generada en la crisis anterior, que familias como la de Carmen se han convertido en funambulistas con una red de protección social llena de agujeros. Un mal viento te tambalea, una pandemia te lanza al vacío, una recesión económica te deja en los bajos fondos.

La Despensa Solidaria pasó de atender a 30 familias al año a más de cien durante y después del confinamiento, «y estamos hablando de Chamberí, un barrio bien», comenta Miguel, miembro de este colectivo, que ha visto llegar a la despensa a familias golpeadas por el paro o porque no les llega con el dinero del ERTE, el escudo social más fuerte que se ha desplegado en esta sacudida. Según un informe de Oxfam Intermón, esta herramienta ha evitado que más de 700.000 personas hayan caído en la pobreza.

800.000 nuevos pobres

Muchos dijeron de esta pandemia que saldríamos mejores, pero aún queda trecho para el final del túnel y el país ya ha acrecentado su disparatada desigualdad social, cosecha de la gran recesión de 2008 que, para muchos, nunca terminó de irse. Saldremos más pobres y, sobre todo, más desiguales, según el mismo estudio de Oxfam Intermón. Casi 800.000 personas habrían caído en la pobreza severa en España debido a la covid-19, estima la ONG. Son personas que viven con menos de 16 euros al día. Pero la miseria tiene varios niveles. La tasa de pobreza relativa, es decir, el porcentaje de gente que pasa los días con menos de 24 euros habría aumentado del 20,7% hasta el 22,9% en 2020. Son casi 11 millones de personas y, de ellas, el 57% son migrantes, como Carmen y su familia.

El aumento del paro fue «desproporcionadamente mayor» entre los trabajadores temporales, jóvenes, autónomos y Pymes

Según un estudio de Funcas del pasado noviembre, la pandemia económica se ha cebado sobre todo con colectivos de rentas bajas empleados en sectores muy afectados por la covid (turismo, ocio, limpieza, comercio, transporte, etc.). El aumento del paro fue «desproporcionadamente mayor» entre los trabajadores temporales, los jóvenes, los autónomos y los empleados de pequeñas empresas. Es decir, que la crisis se ha hecho más aguda «entre los colectivos que previamente ya tenían o se hallaban próximos a la condición de colectivos vulnerables». Alrededor de 280.000 personas, concluyen estos investigadores, forman parte de hogares que perdieron todos sus ingresos en los meses iniciales de la pandemia, y 1,25 millones de personas vieron los suyos reducirse un 30%. Son colectivos, según advierten, enmarcados en una situación de emergencia social que es preciso corregir, esa «hostia brutal» que mencionaba Javier.

Otra de sus preocupantes conclusiones es que la caída de ingresos se concentró, sobre todo, en los estratos con sueldos más bajos, según un análisis de microdatos bancarios de tres millones de españoles realizado entre febrero y abril de 2020. La cantidad de personas que perdieron todos sus ingresos en esos meses fue notablemente mayor entre quienes tenían sueldos que oscilaban de 900 a mil euros y entre 1.200 y 1.300.

«Todo indica que el impacto de la crisis marca diferencias muy importantes entre los distintos hogares, en parte  porque las medidas de sustitución de rentas en respuesta a la crisis no han llegado a las familias que ya atravesaban graves dificultades económicas por su débil o nula participación en el mercado de trabajo», advierte Funcas.

El hambre hace cola en las ciudades

El resultado ha sido un aumento repentino y considerable de la cantidad de personas que tiene que recurrir a la ayuda de oenegés, asociaciones o bancos de alimentos; el drama de las colas del hambre, que se hizo muy visible tras el confinamiento y que seguirá golpeando con fuerza no sabemos por cuánto tiempo.

Carmen Nava (izquierda) durante su turno de recogida de alimentos donados en la puerta de una supermercado del barrio de Chamberí, en Madrid, el 4 de marzo de 2021. Jairo Vargas
Carmen Nava (izquierda) durante su turno de recogida de alimentos donados en la puerta de un supermercado del barrio de Chamberí, en Madrid, el 4 de marzo de 2021. Jairo Vargas

Según afirma la Federación Española de Bancos de Alimentos (FESBAL), con 54 puntos repartidos por todo el país, el pasado enero atendían a 1,63 millones de personas, casi 600.000 más que antes de la pandemia, y prevén que la cifra aumente. Cruz Roja ha atendido a más de tres millones de personas desde el indicio de la crisis, mientras que Cáritas, que aún no tiene datos definitivos, ya alertó en junio de recibieron un millón y medio de solicitudes de ayuda y atendieron casi a un 60% más de gente. Esta semana confirmaban las cifras, con un aumento del 57% de de peticiones de ayuda. En algunas regiones, incluso se han triplicado. Aproximadamente, medio millón de personas han recurrido al apoyo de Cáritas por primera vez en 2020. Según su Observatorio de la Realidad Social, 258.000 personas a las que dan soporte pertenecen a hogares en los que no entra ni un euro, 75.000 más que antes de la irrupción de virus.

La mitad de las personas atendidas por Cáritas necesita ayuda para pagar el alquiler o la hipoteca

«No es solo para alimentación. Una gran parte de las familias que nos han llegado necesitaban ayuda para pagar la hipoteca o el alquiler«, afirma Javier Hernando, secretario general de Cáritas Madrid. En el balance nacional hasta mediados de 2020, casi la mitad de las personas atendidas por esta organización eclesiástica tenía problemas para mantener su vivienda, y el porcentaje que necesitaba ayuda para pagar el suministro energético era aún mayor. «En Madrid, la desigualdad ha aumentado bastante, ya veníamos de una realidad compleja para muchos, y esta situación no se va a solucionar de la noche a la mañana», apostilla Hernando, que pone el foco en la vivienda y el empleo decente como los grandes retos a los que hay que hacer frente. «El empleo ya no garantiza una estabilidad, ni siquiera una vivienda. Trabajar ya no te hace salir de la pobreza en la que te encuentras, no hay un marco de dignidad apropiado. Ahí es donde hace falta un mayor esfuerzo de la Administración, pero también de las empresas y las entidades sociales», reclama.

Casi nadie saldrá igual de esta encrucijada. De hecho, la desigualdad ya quedaba patente en mayo, cuando el barrio de Salamanca de Madrid,  vestido de Gucci y bandera de España, aprovechaba la hora diaria del paseo para protestar contra el confinamiento y en defensa de la «libertad» frente a un Gobierno «dictatorial». Para los ricos, ya estaba bien de encierro, y todavía quedaba un mes para que el estado de alarma tocara su fin. Las siguientes protestas sociales en la capital no llegaron hasta septiembre, cuando el virus regresó tras las vacaciones estivales. Fueron los vecinos de Vallecas los que se enfrentaron a las restricciones de movilidad por «zonas de salud» que impuso la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso. La Policía cargó contra la población de un barrio con una incidencia del virus que superaba los mil contagios por 100.000 habitantes, igual que otras 37 zonas localizadas sobre todo en el sur y el este de la capital: Villaverde, Vallecas, Carabanchel, Usera; los distritos más vulnerables de la ciudad, según el Ayuntamiento, eran los que más incidencia del coronavirus sufrieron entonces.

Pero la incidencia seguía sacudiendo los barrios humildes de la ciudad: San Blas, Tetuán, Vicálvaro y municipios como Getafe, Parla o Fuenlabrada estuvieron cerrados durante semanas. También se confinó entonces Alcobendas, en cuyo interior se ubica La Moraleja, una urbanización de lujo, la de mayor renta de Madrid y de España, la guarida de las grandes fortunas. Una de sus vecinas, preguntada por la televisión sobre la posibilidad de que se les prohibiera salir de su zona, dejó claras las diferencias sociales cuando a los pudientes también les tocó quedarse en su jaula de oro: «En La Moraleja no estamos mezclados con las personas que viven en Alcobendas en pisos y donde hay más gente por la calle. Esto es una zona tranquila, con muchos jardines, vivimos todos en chalés con bastante terreno y si salimos es para dar un paseo por la zona donde no me cruzo prácticamente con nadie».

Un año después, las esperanzas siguen estando en las vacunas y en los fondos europeos que ayuden a reconstruir una economía zarandeada, aunque para Carmen y su familia, el horizonte sigue siendo sombrío. «Mi objetivo ahora es encontrar trabajo, aunque está muy difícil, hay miles de candidatos para cada oferta que veo. Después, ahorrar hasta que pueda volver al centro, es vital para mí y para mis hijos, pero con los precios actuales de la vivienda supongo que tardaré años», prevé. A Javier, el virus no le ha cambiado mucho la vida, si acaso, a mejor en cierto sentido. Veremos dentro de otro año si la distancia socioeconómica entre ambos se reduce o aumenta.