WikiLeaks y Snowden: cuando la censura se disfraza de secreto de Estado

Reportaje de Yolanda Quintana

Yolanda QuintanaCoordinadora de la Plataforma por la Libertad de Información (PLI)

31 de diciembre de 2021

El 7 de diciembre de 2010, a las 9.30 horas de la mañana, Julian Assange,  informático  australiano y fundador del portal  WikiLeaks,  fue  arrestado en una comisaría de Londres en base a una Orden de Detención Europea. Estaba acusado por las autoridades suecas de coacción ilegal, acoso sexual y violación. Assange se había presentado voluntariamente y sus abogados pidieron su libertad de condicional por falta de pruebas. El juez decretó su prisión preventiva y ya nunca más sería libre. Tenía entonces 39 años.

Apenas unos días antes, el 28 de noviembre, había comenzado la publicación de lo que se denominó "la mayor filtración de la historia".

Era el Cablegate, una base documental de más de 250.000 mensajes del Departamento de Estado de EEUU (su poderoso brazo de política exterior), que habían empezado a ser difundidos desde el servidor de la organización de Assange y de manera simultánea en grandes periódicos de España, Francia, Alemania, Reino Unido y Estados Unidos.

El contenido de estas revelaciones era variado y de gran alcance. Estos cables diplomáticos, catalogados como ‘secretos’, no solo mostraban episodios no conocidos de la acción exterior norteamericana, sino que, sobre todo, aportaban pruebas sobre cómo esta realmente se maneja.

Por ejemplo, en el caso de España, ponía de manifiesto —en detalle— cómo se frenó la investigación judicial española del asesinato del periodista José Couso o las numerosas presiones durante años sobre diferentes Gobiernos nacionales para impulsar una ley en nuestro país de propiedad intelectual a favor de las grandes compañías norteamericanas de entretenimiento (la que fue la Ley Sinde).

El extrabajador de la NSA Edward Snowden es visto a través de un enlace de vídeo en vivo desde Rusia en una pantalla de ordenador durante una audiencia parlamentaria sobre el tema "Mejorar la protección de los denunciantes", el 23 de junio de 2015, en el Consejo de Europa en Estrasburgo.- AFP

El mismo día en que fue detenido, un medio local australiano publicaba un artículo escrito por el propio Assange en el que explicaba sus motivaciones: The truth will always win (La verdad siempre ganará).

El título lo tomaba de una cita del magnate de los medios Rupert Murdoch, quien fuera propietario de medios como Fox News, The Sun y The Times, Sky news o la 21st Century Fox.

Assange, como explicaba  Marta  Padilla  en su libro El kit de la lucha en Internet en el que analiza el fenómeno WikiLeaks, es un maestro exponiendo las contradicciones del sistema y el recurso a esta figura del periodismo más corporativo y conservador no era casual.

Contaba Assange en su artículo que "en 1958, un joven Rupert Murdoch, entonces propietario y editor de The News de Adelaide, escribió: 'En la carrera entre el secreto y la verdad, parece inevitable que la verdad siempre gane'". Hablaba de su padre, Keith Murdoch, el creador del imperio mediático familiar, quien durante la Primera Guerra Mundial expuso la pérdida de vidas en la batalla de Gallipoli, donde las tropas australianas bajo el mando británico fueron abatidas masivamente en un  fallido  ataque contra los turcos. Destapar aquella masacre le llevó a estar detenido.

"Keith Murdoch no sería silenciado y sus esfuerzos llevaron al fin de la desastrosa campaña de Gallipoli",  escribía  Assange. "Casi un siglo después, WikiLeaks también publica sin miedo hechos que deben hacerse públicos", decía.

Entre otros, se refería Assange a las "duras verdades" que WikiLeaks había revelado meses atrás sobre las guerras de Irak y Afganistán. Bajo el rótulo Asesinato colateral, el portal fundado por el australiano había difundido el 5 de abril de ese 2010 el vídeo en el que se mostraba un ataque de helicópteros estadounidenses en Bagdad en 2007, en el que murieron 12 civiles, entre ellos dos trabajadores de Reuters. Esta era la prueba que la agencia de noticias francesa llevaba años exigiendo, sin éxito, al Gobierno de EEUU, apelando al derecho a la información consagrado en la Primera Enmienda.

Unos meses más tarde de aquella filtración, Assange es contactado por el diario británico The Guardian y comienza su alianza con los medios. El 25 de julio de 2010 se difunde la primera filtración conjunta en la que también participan The New York Times y Der Spiegel.

Se trata de Los papeles de Afganistán, 75.000 documentos que destapan la muerte de casi 20.000 afganos.

Luego se sabría que esa información había sido obtenida y filtrada a WikiLeaks por la soldado Chelsie Manning, de 22 años. Se supo más tarde que no había sido difícil de conseguir. Como analista experta en espionaje del Ejército, Manning había tenido acceso a todo tipo de información clasificada. Todo se registraba.

Utilizó CD regrabables con rótulos como "Lady Gaga" para sacar la información de la base en la que estaba destinada. Manning, que fue delatada por otro hacker, iba a estar siete años internada en una prisión militar —con once meses en aislamiento— tras ser condenada en 2013, hasta el indulto que le concedería Obama justo antes de salir de la Casa Blanca.

Para el segundo lanzamiento, en octubre de 2010, Julian Assange ofrece una conferencia de prensa mundial a través de Sky News en la que presenta Los papeles de Irak: son cerca de 400.000 documentos que muestran episodios y datos estremecedores de la guerra sucia del Ejército estadounidense.

Tras su detención días después del Cablegate aquel 7 de diciembre, Assange ya no ha vuelto estar en libertad. Sufrió prisión preventiva, arresto domiciliario, vivió en la embajada de Ecuador y desde 2019 se encuentra en la cárcel de Belmarsh, en el sureste de Londres, donde permanece recluido mientras la justicia resuelve sobre su posible extradición a Estados Unidos, para ser juzgado por violar la Ley de Espionaje.

El periodista y autor estadounidense Glenn Greenwald (C) y su socio el congresista brasileño David Miranda (D), posan para selfies con manifestantes durante una protesta convocada por intelectuales y artistas contra la destrucción de la selva amazónica, en la playa de Ipanema en Río de Janeiro, Brasil, el 25 de agosto de 2019.- AFP

Más allá de las opiniones que nos merezca el personaje, sin duda controvertido, los cargos a los que se enfrenta no tienen otra causa que el hecho de haber puesto en conocimiento de los ciudadanos información relevante y de interés público que permanecía en secreto impidiendo que se conocieran irregularidades graves.

Cuando se trata de informaciones veraces, relevantes y de interés público, prevalece el derecho a saber de la ciudadanía.

La posible extradición de Assange es una amenaza para el derecho a la información, la protección de los alertadores y para la seguridad de los periodistas y medios europeos. De hecho, la situación vivida por el fundador de WikiLeaks ya ha tenido un efecto nefasto para la libertad de prensa por el efecto disuasorio que con toda seguridad ha provocado (lo que en términos jurídicos se conoce como 'efecto desaliento').

Esta persecución contrasta con la idea que defiende la Directiva europea para la protección de whistleblowers, aprobada por el Parlamento Europeo en 2019, que considera que denunciantes o alertadores "ayudan a prevenir daños y a detectar amenazas o perjuicios para el interés público que, de lo contrario, podrían permanecer ocultos"; y añade que, como fuente de información, son "esenciales para que el periodismo de investigación pueda cumplir su función de vigilancia".

Hay quien cuestiona si a Assange debe considerársele o no periodista. Sin embargo, la clave no es que lo sea o no, sino el hecho de que ha publicado información de interés público.

Organizaciones internacionales,  periodistas de todo el mundo y organismos como la OSCE hemos venido proclamando que "defender a Assange es defender la libertad de prensa".

Cuando la justicia británica empezó a considerar la extradición de Assange a Estados Unidos, decenas de firmas de medios y profesionales de todo el mundo  lanzamos  un  llamamiento en el que se advertía que este hecho "sienta un precedente extremadamente peligroso para los periodistas, los medios de comunicación y la libertad de prensa". Muchos grandes medios no se sumaron a los cientos de firmas que reunió este comunicado internacional.

La relación de Assange con la prensa nunca fue pacífica. En su libro, Marga Padilla explica las razones de esta tensión. Mientras que la gran prensa vio en las filtraciones una oportunidad para situarse como líderes en el nuevo entorno digital (los cinco medios del Cablegate acordaron que todo había de publicarse primero en Internet —algo inédito entonces, cuando la edición de papel mandaba—  y vendieron la exclusiva como "un salto más en la revolución digital de la prensa"), el cálculo de Assange era bien distinto.

A juicio de Marga Padilla, lo que el fundador de WikiLeaks buscaba a través de esta "alianza monstruosa" con medios de comunicación —no marginales ni ideologizados, sino de referencia— era visibilizar en qué bando jugaban: "La crisis del Cablegate ha tocado y hundido al periodismo de  investigación  convencional que, de repente, en una semana ha envejecido siglos", explica en su libro Padilla. También puso de manifiesto "la connivencia de la prensa mainstream con la corrupción generalizada". Además, aunque Assange se sirve de los medios, está demostrando al mismo tiempo que ya no son necesarios. Y, por último, les obligó a tomar partido en la campaña de acoso que EEUU emprende contra el portal, con el resultado previsible de mostrarles como un elemento más de un sistema en crisis.

Assange cuestionó por qué solo WikiLeaks estaba bajo ataque (además de su detención antes había sido objeto de boicot por parte de empresas de alojamiento como Amazon y de los principales medios de pago online), cuando otros medios de comunicación como The Guardian, The New York Times y Der Spiegel de Alemania también habían publicado cables estadounidenses.

Esa alianza con grandes cabeceras también le sirvió a Assange para subrayar el papel de servicio público que jugaba su portal. En el artículo que publicó el día de su detención sentenciaba: "Las sociedades democráticas necesitan medios de comunicación fuertes y WikiLeaks es parte de dichos medios".

El fundador de WikiLeaks, Julian Assange, en el balcón de la Embajada de Ecuador en Londres el 19 de mayo de 2017.- AFP

Snowden y la verdad sobre la vigilancia masiva

Los autores cyberpunks nos alertaban en sus novelas de un futuro donde todos somos vigilados y la tecnología se convierte en una amenaza. Esta ficción se vuelve muy real cuando se leen, uno tras otro, los sistemas y técnicas desarrollados por los servicios de inteligencia norteamericanos para construir un sistema de espionaje total.

Conocemos todos estos métodos gracias al trabajo de dos periodistas: Laura  Poitras  y Glenn Greenwald, a quienes Edward Snowden, exanalista de la agencia National Security Agency (NSA) les confió decenas de documentos internos describiendo en detalle todo ello.

Snowden eligió una fórmula más controlada para sus filtraciones: buscaba el trabajo minucioso de periodistas concretos en quienes confiaba por su trayectoria en defensa de los Derechos Humanos y las libertades públicas (Greenwald había sido abogado de la American Civil Liberties Union, una poderosa ONG norteamericana especializada en litigios estratégicos).

Que le llegasen las filtraciones a Greenwald no fue fácil: el periodista estuvo a punto de perder la exclusiva de su vida por no manejar herramientas básicas de cifrado que permitieran —a quien entonces era una fuente— facilitarle de forma segura los documentos secretos en su poder.

Snowden, entonces con una identidad anónima, fue guiando a Greewald, incluso a través de tutoriales realizados ad hoc,  hasta  conseguir que este dispusiera de herramientas de comunicación seguras (entre ellas, un ordenador que nunca hubiese sido conectado a Internet) antes de confiarle en Hong Kong, adonde había huido, la información de la que disponía.

Así hemos llegado a conocer todos los sistemas de rastreo y espionaje desarrollados por la NSA, Greenwald los fue relevando, tanto en medios (primero en The Guardian y más tarde en su propia cabecera, The Intercept) como en el libro donde recopila los principales hallazgos.

Con la descripción minuciosa de estos programas, Greenwald muestra la filosofía 'recogetodo' que impregna las actividades y programas de la NSA: "El mero hecho de tener capacidad para obtener estas comunicaciones se ha convertido en sí mismo en otro fundamento lógico para hacerlo", argumentaba el escritor. "Convertir Internet en un sistema de vigilancia (…) transforma la red en un instrumento de represión", advierte en las primeras páginas de su libro Sin un lugar donde esconderse.

"El secretismo crea un espejo unidireccional: el Gobierno de EEUU ve lo que hace todo el mundo, incluida su propia población y nadie ve las acciones del Gobierno. Es el desequilibrio supremo, el que permite la  más  peligrosa  de las circunstancias humanas: el ejercicio de un poder ilimitado sin transparencia ni rendición de cuentas. Las revelaciones de Edward Snowden trastocaron esta dinámica al sacar a la luz el sistema y su funcionamiento. Por primera vez, personas de todo el mundo pudieron saber el verdadero alcance de las capacidades de vigilancia acumuladas en su contra".

Las revelaciones  Snowden  desencadenaron un debate en todo el mundo sobre la amenaza que supone la vigilancia masiva para las democracias. En Europa se creó una comisión de investigación en el Parlamento Europeo y se aprobaron reformas legislativas.

El mundo tras WikiLeaks y Snowden

Las  principales  historias  periodísticas mundiales de los últimos años, objeto de los más prestigiosos reconocimientos de la profesión y del aplauso internacional, han tenido su origen en filtraciones, una herramienta irrenunciable para que irregularidades y abusos salgan a la luz.

WikiLeaks supuso un desafío al concepto de transparencia y, en particular, a cómo se había gestionado tradicionalmente desde el periodismo. El caso Snowden,  por  su  parte, ha demostrado que el "derecho a no ser molestado", es  decir,  a  no  ser  investigado de forma preventiva, era mera retórica y que los Estados emplean sistemas de rastreo y vigilancia masiva que vulneran el derecho a la privacidad de los ciudadanos, una vulnerabilidad que es aún más crítica para los periodistas y sus fuentes.