Opinión

El rey está desnudo

Ada ColauAlcaldesa de Barcelona

11 de diciembre de 2020

«Ara no toca». Esa era la frase habitual de Jordi Pujol para no responder lo que no le convenía, por ejemplo, las preguntas de los periodistas sobre corrupción. Sin embargo, sería injusto atribuirle a Pujol la exclusiva de una frase tan célebre. En realidad, «esto ahora no toca» es lo que siempre han respondido las élites (políticas, judiciales, mediáticas, económicas) a muchas propuestas de cambio, incluido el debate sobre la jefatura del Estado.

Por ello la ciudadanía debemos agradecer el enorme esfuerzo que hizo la Plataforma de Medios Independientes (entre los cuales se encuentra Público) al impulsar la macroencuesta sobre la monarquía, encuesta que el CIS llevaba 5 años negándose a realizar. Despojemos el debate de toda emocionalidad y hagamos el ejercicio de imaginar a un extraterrestre que aterrizara en la tierra con buena voluntad y preguntara sobre el funcionamiento de nuestras instituciones.

Con la misma contundencia con la que el Gurb de Mendoza identifica la diferencia entre ricos y pobres («los ricos, allí donde van, no pagan, por más que adquieran o consuman lo que se les antoje. Los pobres, en cambio, pagan hasta por sudar»), nuestro extraterrestre podría observar una democracia donde todos los representantes públicos son elegidos por la ciudadanía a excepción de la máxima representación del país, la jefatura del Estado, que se decide por herencia familiar a propuesta de un dictador muerto hace más de cuarenta años.

Hasta ahora las élites habían logrado imponer el «això ara no toca» gracias al mito de la transición, según el cual el heredero Juan Carlos, designado rey por Francisco Franco, logró contener las tentaciones golpistas de sectores minoritarios del ejército. Ese mito tuvo su momento clímax en el 23F de 1981. Le llamo mito porque, aunque pueda contener parte de realidad, nos lo explicaban (a todas horas, en todas las televisiones y tribunas) como si la democracia la tuviéramos gracias a Juan Carlos I, y no gracias a las miles de personas que dieron la vida luchando contra el golpe de estado franquista y la dictadura durante décadas. Miles de héroes y heroínas anónimas, muchas de las cuales aún esperan que las encuentren en cunetas y fosas comunes para honrar su memoria como debería hacer cualquier democracia digna de ese nombre.

Pero el cuadro épico que nos habían pintado empezó a agrietarse, como una pintura de mala calidad, con los casos de corrupción que empezaron a sucederse, uno tras otro, y que afectaban al corazón de la Casa Real (caso KIO, caso Nóos, Botswana, Suiza, el AVE a la Meca…). El héroe campechano pasó a ser un rey juerguista hasta convertirse en Rey Emérito corrupto y fugado, refugiado por una dictadura como es Emiratos Árabes Unidos.

El escándalo ha alcanzado unas dimensiones tan grotescas que ya resulta imposible taparlo, por más fondos reservados que se inviertan. Sobre todo porque el contexto de crisis hace que el contraste sea insoportable: mientras una parte muy importante de la población sufre paro y precariedad, mientras los profesionales de la sanidad se dejan la piel con unos servicios públicos recortados, un rey emérito corrupto vive con todo tipo de lujos en una dictadura.

Y no se trata sólo del emérito: su hijo sabía lo que hacía el padre, se beneficiaba en parte y sigue manteniendo relaciones estrechas con dictaduras asesinas como la saudí. En realidad, se trata de eso: cuando hablamos de discutir la jefatura del Estado saltan todas las élites a decir «això ara no toca» porque estamos hablando de tocar privilegios de una casta que acumula riquezas obscenas y privilegios desde la dictadura. La Casa Real y sus amistades son pocos, pero muy ricos y ocupando posiciones de poder estratégicas.

Hoy plantear un debate sobre la elección de la jefatura del Estado no tiene que ver con visiones nostálgicas de repúblicas pasadas. Se trata de una cuestión de decencia democrática, de fortalecer el prestigio de nuestras instituciones con prácticas mínimas de transparencia y ejemplaridad. Se trata de acabar con rémoras feudales, privilegios e impunidades, para entrar de lleno en un siglo XXI donde la democracia no tenga excepciones ni zonas oscuras. Del «ara no toca» al «sí se puede». Año 2020. Gurb dice que el rey está desnudo.