Tiempo de fiesta, tiempo de retos

«Aunque parezca mentira, en la Catalunya del siglo XXI hay organizaciones festivas que vetan la participación de la mujer explícitamente. Reflexionemos sobre ello»

Si observamos el calendario con detenimiento, veremos que la mayoría de las fiestas mayores de nuestro país se concentran en muy pocos días: en invierno, alrededor de Sant Antoni; en verano, en torno a la Mare de Déu d’Agost. Esta ubicación suele responder al legado heredado de los antiguos ciclos agrícolas y ganaderos: la actividad económica de las comunidades define el tiempo dedicado al trabajo y el tiempo dedicado a la fiesta.

La fiesta es un constructo comunitario que tiene como objetivo redefinir, renovar, crear lazos de buena vecindad, sentirse pueblo, aunque solo sea por unos días. Hay quien defiende su valor identitario –relacionándolo con el concepto de tradición– como el valor absoluto que da sentido a su celebración. No sé si eso es exactamente así, pero es evidente que toda fiesta pone a quien la celebra en un escaparate en el que ser visto por los de fuera o ante un espejo en el que se reflejan los de dentro. Sea como sea, la fiesta actúa como un gran pacto social que se renueva año tras año. Y para que la celebración sea posible, una serie de engranajes, organizaciones, instituciones y personas deben trabajar al unísono.

Todos tienen, a priori, un lugar definido en la fiesta, que, de alguna manera, hace visible ese pacto social. El alcalde está en el balcón con las autoridades; los miembros de las agrupaciones están a punto de bailar; y el pueblo, expectante en la plaza. Esta es, en definitiva, una instantánea de la sociedad, de cómo establece las relaciones entre sus componentes –el de pueblo y el del poder– de forma bastante ostentosa. Cuando el pacto no es posible, parcial o totalmente, afloran respuestas diversas que evidencian que algo chirría y que no todo va como debería. Fiestas alternativas, contrapregones o acciones de protesta indican que el pacto no se ha renovado del todo.

La fiesta no se entiende si no se ve como una manifestación cultural viva, en constante evolución. Aparentemente, los actos de la fiesta mayor, sobre todo los tradicionales, se repiten año tras año sin alteración. Pero esto no es exactamente así. De serlo, perderían interés y sentido, hasta acabar desapareciendo. La fiesta debe ponerse constantemente al día.

La fiesta se enfrenta a los retos que, como sociedad, se nos plantean, y que con urgencia hay que abordar, o al menos reflexionar sobre ellos. Es ahí donde la complejidad de la fiesta se manifiesta, donde algunas definiciones y atribuciones que los estudiosos dan a la fiesta chirrían. Incluso algunas de las que apuntamos más arriba. Por ejemplo: «Todo el mundo tiene un lugar definido en la fiesta». Si esto fuera cierto, nuestras fiestas serían un fiel reflejo de la diversidad humana y cultural de nuestros pueblos. Y no es así: hay quien no está, por voluntad propia o porque sencillamente no tiene sitio. En nuestras fiestas, de hecho, predominan los aspectos culturales de la comunidad dominante, en este caso lo que llamamos cultura popular y tradicional catalana. Este es un tema de máxima complejidad.

Otro reto que hace tiempo se trabaja es el de la sostenibilidad. Los Ayuntamientos y las entidades organizadoras se las ven y se las desean para hacer pedagogía sobre el tema, proponiendo alternativas para generar el menor número de residuos y, sobre todo, cambiando los malditos vasos de plástico de un solo uso por vasos reutilizables. Ahora bien, el gran reto en materia de sostenibilidad está en cómo se gestiona la masificación de la fiesta para minimizar su impacto, que a veces es imprevisible, así como garantizar que la celebración siga con su talante comunitario, evitando que esta se convierta en un mero producto de consumo de ocio, un festival.

El género, otro de los grandes retos, ha entrado en el terreno de la fiesta por la puerta grande. Al menos es muy notorio y visible en estos últimos años. A raíz de las campañas contra la violencia machista, se instalan carpas de información y de acogida en caso de sufrir un abuso o una agresión. Pero queda mucho trabajo por hacer, no sólo en el terreno de la prevención y la protección: también hay que prestar atención a qué papel tiene la mujer en la gestión de la fiesta, y cuáles son los roles que tiene asignados. Es preciso también localizar e iniciar procesos de cambio profundo y transformación en aquellas manifestaciones festivas en las que son excluidas. Porque, aunque parezca mentira, en la Catalunya del siglo XXI hay organizaciones festivas que vetan la participación de la mujer explícitamente. Reflexionemos sobre ello.

Un reto nada menor es el del relevo en las organizaciones que hacen posible la fiesta. Un tema que está estrechamente ligado a si su funcionamiento es democrático o no. Este aspecto es definitorio de cómo se toman las decisiones, de si se impulsan nuevos proyectos, de si se afronta la gestión de forma vertical, transversal, participada… Y todo para evitar el anquilosamiento, garantizando la rotación de personas en los puestos de responsabilidad. Este punto es de máximo interés si tenemos en cuenta que la fiesta en nuestro país se construye, en gran medida, desde el asociacionismo cultural.

Para terminar, abro un tema que cada vez incidirá más en la fiesta, y del que no tenemos ni idea de adónde ni por dónde nos llevará. Antes remarcaba el carácter y el sentido comunitario de la fiesta. Simplificando el término, entendemos por comunidad a un grupo de personas que interaccionan en un espacio común. Es muy evidente, pero la cosa se complica cuando la idea de este espacio se virtualiza. La idea de presencialidad en un espacio físico concreto para celebrar algo queda en entredicho a partir de que se crean comunidades virtuales o a partir de que el uso de las redes sociales permite interactuar en tiempo real con comunidades y espacios reales. Es probable que esta virtualización nos obligue a redefinir la fiesta y su papel, aunque, de momento, esto todavía suene a ciencia ficción.