Hay música (y buena) más allá de la capital

Las salas pequeñas y alejadas del centro de Barcelona aquejan el descuido de las Administraciones y reivindican su impacto en la vida cultural. Con una oferta de conciertos de todos los géneros y para todos los gustos, los escenarios de estos establecimientos son imprescindibles para que surjan nuevas bandas

«Sin ellos no tendríamos cultura de primer nivel, ni festivales, ni los artistas de renombre que han empezado a crecer en estas salas pequeñas». Las palabras las pronunciaba la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, el pasado mes de mayo, en el marco de la presentación del programa Espais de Música en Viu, una iniciativa cultural de la que su Gobierno hace bandera, impulsada para proteger este tipo de establecimientos. La propuesta, aprobada por unanimidad en el pleno, venía a subsanar un abandono latente, el de la música en vivo en formato íntimo. Pero, ¿y las salas más allá de la capital catalana? ¿Gozan de mejor salud?

Fuera de Barcelona hay conciertos de todos los géneros y para todos los gustos. Pero la continuidad de estos espacios se vive bajo amenaza. Las salas pequeñas, sobre todo las que se encuentran lejos del centro histórico de la capital catalana, aquejan el descuido institucional y reivindican su impacto cultural. «L’Hospitalet es como un barrio de Barcelona: ​​muchas calles de nuestra ciudad están pegadas literalmente a ella. Pero sí que es verdad que la música pasa en Barcelona; ​​es normal, es la gran urbe. Puede que aún quede alguien que piense que L’Hospitalet está muy lejos, aunque espero que esto esté cada vez más diluido. Dependemos demasiado de qué artista viene a actuar para que funcione», responde Oli. Así –sin apellido– es como lo conoce todo el mundo en el circuito musical. Oli es programador de la sala Salamandra, en L’Hospitalet, una de las más veteranas del ámbito musical metropolitano.

Oli es de los que piensan que se debería proteger todavía más las pequeñas salas, sobre todo las de fuera de la gran ciudad. «La oferta que tiene el centro de Barcelona, ​​una vez que se acaba el evento de turno, no la tiene nuestro entorno más próximo. Siempre estamos en peligro, cómo no. ¡Vendemos cultura!», exclama el programador.

Militancia y precariedad

Salamandra tiene varias líneas de trabajo para poder conseguir el equilibrio económico necesario para su subsistencia: discoteca, management y producciones externas. La sala, que abrió en 1996, ha logrado incluso giras internacionales, pero, aun así, Oli lamenta que siempre haga falta más apoyo institucional. «Hemos trabajado duro en este sentido y tenemos el proyecto de la Casa de la Música, donde colaboran el Ayuntamiento de L’Hospitalet y la Generalitat». Nacida en 2005, es una coparticipación entre la Administración y la empresa privada para potenciar la música en vivo con formaciones, creación propia, exhibiciones y dinamización de diferente índole.

«Los Espais de Música en Viu deberían extenderse por todo el territorio. En nuestra ciudad, L’Hospitalet, tenemos locales como FACT 14, L’Oncle Jack, Espacio Zowie… Lugares que hacen sus apuestas dentro de las músicas en directo, salas pequeñas, pero que son plataformas importantísimas dentro del circuito de conciertos. Y todas ellas son pequeñas empresas familiares, que ponen mucho cuidado en lo que hacen», atestigua Oli.

Proveer la barra de las cervezas que luego servirá; preparar el escenario, el equipo y las luces; hacer las veces de técnico de sonido durante el recital; y cobrar las entradas a taquilla inversa –cuando el precio lo marca el público a la salida del bolo–. Así es la vida de los propietarios de las salas de pequeño formato, que ejercen de técnico, de taquillero y de barman. Todo para amortiguar el coste económico y poder seguir ofreciendo música en vivo. Estas salas viven entre constantes malabarismos pese a ser el primer escalafón de un circuito de conciertos sin el que la mayoría de bandas no podrían haber dado un primer salto antes de gozar de más audiencia.

Así lo atestigua Carmen Zapata, gerente de la Associació de Sales de Concerts de Catalunya (Asacc). La entidad, con más de 80 locales representados –el 50% de pequeño formato–, reivindica estos espacios como «vitales» para la escena. Zapata realiza un retrato robot del propietario de local pequeño que bien podría responder a las necesidades de espacios como Estraperlo, en Badalona, o L’Oncle Jack, también en L’Hospitalet. Para reivindicar el papel de dichas salas, la Asacc puso en marcha el Club Circuit, un ciclo en el que los grandes artistas vuelven a actuar en salas de pequeño formato. La Asacc también es responsable del Curtcircuit, en el que las bandas hacen giras por los locales que forman parte de la asociación. Además, la entidad lucha para que se cumpla la ley de espectáculos de 2010 y que la Guardia Urbana no intervenga «siempre que ve cables bajar de una furgoneta». Lo que Zapata denomina como la «maldición de los amplis«.

«Hay muchas salas más allá del circuito de Barcelona. Y todas ellas comparten características: tienen vida propia, pero sufren la precariedad del inicio de la mayoría de carreras musicales. Sus propietarios están obligados a ser polifacéticos. Y lo suyo es pura militancia cultural. La sala milita; el propietario milita; y la banda milita. Es por eso que hay que apoyarlas. La cultura de masas, del streaming y los festivales está muy bien, pero también hay que cuidar la cultura de las personas», propone la gerente. Según Zapata, hay que superar la «frontera psicológica» para salir del centro de Barcelona.

Se trata de una frontera física y mental, comparte el experto musical Nando Cruz.Tras 30 años ejerciendo de periodista musical en Barcelona, Nando Cruz se cansó de ir cada día a las mismas salas, con las mismas bandas y las mismas caras. «Mi rutina era siempre igual: profesional y personalmente estaba agotado», recuerda. Fue en aquel momento que empezó a fijarse en «la programación que no sale en los diarios». Cruz dejó de pasar páginas de revistas especializadas y alzó la vista en las calles para ver de nuevo carteles en las farolas, anuncios en los tablones de las peluquerías: volvió a su adolescencia.

El autor de libros musicales como el célebre Pequeño Circo: historia oral del indie en España recuperó el espíritu de descubrir que tenía cuando era joven e iba con su libreta por la calle Tallers, el epicentro de la música alternativa en los años 80 y 90 por su densidad de tiendas de discos –la mayoría ya desaparecidas– apuntando los conciertos a los que ir. Gracias a ese afán nació la serie Otros escenarios posibles en El Periódico, que le ha llevado a más de un centenar de espacios de Catalunya, muchos en el área metropolitana de Barcelona. Bachata, trap gitano o pop pakistaní; todo cabe en esa otra forma de descubrir música, más allá de grandes promotoras y salas convencionales. El periodista asegura que tiene todavía en cartera más de 70 espacios nuevos. «Es inagotable».

La hora de las ‘músicas de fuera’

«He tenido auténticas sorpresas al lado de casa. En Bailén 22, en un antiguo prostíbulo, están las fiestas de El Timbalero. Allí tocaba un salsero, eminencia en su país, y la sala estaba a rebosar. En el Oasis de Mataró escuché músicas del Magreb que hacían que personas de Francia bajasen a escucharla», cuenta Cruz. «Las instituciones deberían fomentar esa diversidad. Esas músicas también son nuestras músicas. Por cuestión de convivencia tenemos que dejar de verlas como músicas de fuera porque vemos a los que las disfrutan como gente de fuera», zanja.

«Una crónica del regreso de los Decibelios desde un bar de Sant Boi, en la comarca del Baix Llobregat donde nacieron, siempre será más interesante. Es donde se puede percibir mejor el orgullo proletario de su música. Un concierto de rock de garaje cavernícola en un camping de la Costa Daurada será más divertido que en un club de rock del Poblenou. ¡Y así todo! Es flipante ver cómo funciona la música en otros contextos. Es extraordinariamente enriquecedor. A veces creo que hay mucha desconexión entre lo que la prensa piensa que es la música y lo que realmente es para muchos públicos», sostiene el periodista musical, que también dirige 10.000 fogueres, un espacio en Betevé en el que repasa la otra agenda musical de Catalunya, la de –cita– «la música de la calle». Para superar el centralismo musical no hace falta más que levantar la vista. Y anotar en una libreta.