El lado oscuro del reparto de comida a pedaladas

La eclosión de la figura del ‘rider’ urbano que lleva comida a domicilio para Glovo o Deliveroo genera inquietud, porque podría estar indicando hacia donde se encamina el mercado laboral. Los juzgados han de decidir si son falsos autónomos

Están por cualquier sitio del centro de Barcelona, a veces reunidos en las inmediaciones de centros comerciales, como Glòries. Se les ve venir de lejos por sus icónicas mochilas de colores vivos, en las que transportan comida preparada en bicicleta a alguien que la ha pedido gracias a unos pocos clics a través de una plataforma digital y que les espera cómodamente en casa. Son los denominados riders urbanos y saltaron a la palestra cuando algunos se unieron para denunciar su condición de «falsos autónomos», cuestión que sigue en los juzgados. En mayo tuvieron que lamentar que un compañero nepalí sin papeles que repartía para Glovo muriera atropellado por un camión de basura. Este hecho, tras el cual los riders quemaron mochilas de la empresa, reforzó en el colectivo la necesidad de luchar por unas condiciones de trabajo dignas.

Una forma de tratar de ponerse en su piel es preguntarles por sus experiencias en días de lluvia, cuando se multiplican los pedidos. Núria Soto, que es la portavoz de Riders x Derechos de la Intersindical Alternativa de Catalunya (IAC), recuerda una de esas noches. «Llovía mucho, no se podía seguir pedaleando, y me envían un mensaje a través del canal unilateral de Deliveroo en Telegram: «Muy bien compañera, busca a otra persona que pueda»», narra. Dicho de otra manera: «Si tú no puedes jugarte la vida, busca a otras personas que te sustituyan», resume Soto, que defiende que en su opinión no hay motivo para jugársela cuando la calle se convierte en una piscina resbaladiza. «Que te traigan la comida a casa es un servicio de lujo, no estamos cubriendo ninguna necesidad básica», sentencia.

Cobrar en función de los pedidos

Según indica Glovo a El Quinze, los riders ganan unos 8 euros de promedio la hora. Si esto se extrapola a un horario de 40 horas semanales, se puede llegar a cobrar 1.360 euros, una cifra por encima del salario mínimo. Los repartidores corroboran la cifra de 8 euros siempre que logren dos pedidos por hora. Hacer más de dos es difícil. Soto ganaba unos 380 euros mensuales por 15 horas semanales y Txiki Blasi, un compañero del sindicato, cerca de 1.000 euros por 30 horas.

No solo van en bici: los hay que reparten en moto, con lo que ganan más, y alguno ya se deja ver en patinete. Pero todos tienen algo en común: son autónomos. Deliveroo defiende que de esta manera los riders pueden «elegir si quieren trabajar o no, así como cuándo, cuánto y con qué compañía hacerlo». Glovo está convencida de que la relación con los trabajadores «se ajusta plenamente a la legalidad», que encajaría en la de trabajador autónomo económicamente dependiente (TRADE) y, como Deliveroo, reclama una regulación.

En ocasiones la teoría dista mucho de la práctica. Sobre la posibilidad de decidir el horario, Soto recuerda que los riders están sujetos al algoritmo de la aplicación de cada plataforma, que les puntúa en función de cómo trabajan. «Decidían en qué franjas te aceptaban. Si no aceptabas el pedido, no trabajabas en horas de alta demanda», asegura. El abogado laboralista Nacho Parra, del Col·lectiu Ronda, resalta que la Inspección de Trabajo de diversas provincias ha considerado que los riders son falsos autónomos y que hay que darlos de alta como trabajadores por cuenta ajena, si bien los juzgados sociales han dictado sentencias contradictorias. La de más rango hasta el momento es una del Tribunal Superior de Justicia de Asturias vinculada a Glovo y que declaró que los repartidores son falsos autónomos. No obstante, es muy probable que el conflicto acabe en el Tribunal Supremo y que dicte doctrina. Parra confía que se pronuncie en beneficio de los riders, ya que, en caso contrario, «se abriría una puerta muy peligrosa para precarizar más las relaciones laborales» y tirar de falsos autónomos se convertiría en algo más sistemático.

Los ‘riders’ buscan una salida

Mientras no se resuelve el conflicto en los tribunales, los miembros de Riders x Derechos en Barcelona han creado Mensakas, su propia empresa de reparto a domicilio. «Ahora habrá una alternativa», celebra Soto. Ya reparten a demanda –Shargo y Stuart son su competencia en este campo–, pero lo más relevante para ellos está por llegar, y esperan que sea pronto: una aplicación de código abierto que les proveerá CoopCycle para ofrecer lo mismo que Glovo o Deliveroo.

En Mensakas quieren ir más allá y proponen, por ejemplo, ofrecer servicios para gente mayor o con alguna discapacidad y que no pueda salir de casa. Soto considera que optar por Mensakas es hacerlo por uno mismo: «Estás salvaguardando el sistema público, la sanidad, las pensiones». Sus repartidores cobran por hora, aunque no repartan. En Deliveroo había un mínimo por hora, pero las movilizaciones restaron beneficios y, entre otros, echaron a Soto y Blasi, que mantienen su pugna judicial con la compañía.

El verdadero negocio está por llegar

Blasi, que también forma parte de Mensakas, cree que para las grandes empresas «el negocio no es lo que hay ahora: vendrá después». Avisa de que aprenden de las costumbres de los usuarios «para incidir de manera muy directa sobre ellos». En suma, Blasi considera que las compañías quieren «cambiar el modelo económico e intentar destruir las leyes laborales» de protección de los trabajadores. «Lo que ayer se llamaba un obrero hoy se llama un esclavo», sentencia, pero frente a ello se han situado los riders. «Hemos empezado a despertar», apunta. Según Eduard Josep Álvarez, profesor de los estudios de Economía y Empresa de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), las plataformas tienen pérdidas para ganar usuarios pero, cuando los tengan afianzados, vaticina que subirán precios, a estos o a los restaurantes.

Según Álvarez, estando en ellas, los restaurantes tienen de media un 30% más de ingresos, pero eso no significa tener más beneficios, ya que están obligados a abonar a la plataforma entre el 20% y el 40% del importe del pedido. Además, advierte de que en la periferia «hay el riesgo de perder restaurantes», porque los que se digitalizan están en el centro, y eso pese a que en Barcelona la cultura de pedir comida está mucho menos arraigada que en otros puntos de Europa y Estados Unidos. Para él, «la única forma de combatir a las plataformas tecnológicas es a través de otras», refiriéndose a iniciativas como Mensakas, con un modelo de negocio más social y que considera que las Administraciones deberían incentivar. También vaticina que a medio plazo habrá una concentración de operadores: Deliveroo se ha retirado de Alemania, y este y Uber han mostrado interés por hacerse con Glovo.

EL AUGE DE LA COMIDA A DOMICILIO

Las principales plataformas son reticentes a dar datos de su implantación en el área de Barcelona, pero sí que los ofrecen del conjunto del Estado, con los que exhiben el auge de la entrega de comida preparada a domicilio. Glovo opera en Barcelona desde su fundación, en 2015. Detalla que hay 7.500 repartidores que «colaboran» con ella en España y que tiene «afiliados» 11.700 restaurantes y pequeños comercios en todo el país. Asegura que sobre el 4% de la población española ha usado sus servicios –unos 2 millones de personas; para hacerse una idea, Barcelona ciudad tiene 1,6 millones de habitantes–. Deliveroo maneja datos más modestos. Explica que «colabora» con 1.500 riders y cerca de 6.500 restaurantes de más de 60 ciudades y municipios de toda España.

TRABAJAR DE ‘RIDER’ EN NEGRO PARA «SOBREVIVIR»

Sebastián es un rider que trabaja para Uber Eats. Así se deduce por su mochila. Pero nada es lo que parece: Sebastián, de 26 años y cuyo nombre real prefiere no revelar, reparte para Glovo usando una cuenta subarrendada por el titular de la misma, quien se embolsa una comisión del 20% de su trabajo. Cuando entrega los pedidos con su mochila de Uber Eats, muchos se sorprenden, porque es en Glovo donde los han hecho.

Se enamoró de Barcelona en un viaje e hizo todo lo posible para mudarse a la ciudad con su novia. Sus estudios no eran homologables, así que decidió estudiar lo mismo aquí. Se sacó el visado correspondiente, pero este no le permitía trabajar, así que no le quedó otra que hacerlo en negro para salir adelante. Hace un mes y medio que es rider. «Al principio, como todo trabajo, es duro», reconoce, y añade que «hay días en que uno se desilusiona», sobre todo entre semana, cuando bajan los pedidos y puede llegar a sacarse solo unos 16 euros en seis horas. El fin de semana puede alcanzar los 70 euros diarios.

«Sirve para sobrevivir. La gente, por necesidad, hace lo que le toque», asevera. Los ocho euros que se puede sacar a la hora son el doble que en otro trabajo en negro. Pero no esconde cierto desasosiego. Tiene que pedalear entre 30 y 50 kilómetros diarios y se ha llevado varios sustos, como cuando se le soltó un pedal a medio camino. «El cansancio lo castiga a uno con mareos y desaliento, pero hay que trabajar. La vida de un migrante no es fácil, pero quería vivir esta aventura», insiste, y reclama «igualdad» para trabajar legalmente, porque él también aporta a la economía. «Como estudiante tengo que poder trabajar y no tener que esconderme por no tener papeles», reclama.

El titular de la cuenta de Glovo, también migrante con permiso de trabajo, ha encontrado un empleo mejor, pero no deja la cuenta para no perder la antigüedad. «Si no trabajas, no puntúas», corrobora Sebastián. Así es el poder de una simple aplicación, y este no es un caso aislado: el rider que falleció atropellado se hallaba en la misma situación. Glovo asegura que denuncia «la cesión o subarrendamiento de cuentas» y que ha desarrollado «mecanismos» para detectarlo. En 2018 desactivó 1.300 cuentas, y otras 461 en 2019. «Su utilización fraudulenta es ilegal», avisan. Deliveroo, en cambio, indica que los riders «tienen libertad de subcontratar su cuenta para el uso de terceros, siempre que garanticen que su sustituto cumple con los requisitos para trabajar en la compañía», como ser autónomo y poder trabajar legalmente en España.