Opinión

El pacto social o las pelis de Scorsese

Lucía LijtmaerPeriodista, escritora y presentadora de Deforme Semanal

4 diciembre, 2018

Cada uno es como es. Hay quien piensa en la Constitución e imagina los leones del Congreso. Hay quien por el contrario escucha el vocablo “constitución” y le viene a la cabeza un grupo de punk. Algo así como KonstituciOn. Cada uno es cómo es, como digo. A mí, cuando alguien habla de la Constitución, de inmediato me viene a la mente “vostès tenen un problema que es diu tres per cent”, Maragall dixit. Será por la catalanidad, será el café, quién sabe.

No tengo memoria de la Constitución del 78. Era yo apenas un zigoto, pero sí tengo un claro y diáfano recuerdo de la tarde del 24 de febrero de 2005. Una media tarde farragosa, recién pasada la hora de la siesta, sí, yo estaba frente al televisor y el PSC mantenía una agria disputa parlamentaria con CiU, retransmitida en directo. Las obras del túnel de la línea 5 de metro,  adjudicadas por el Ejecutivo anterior de CiU, acababan de provocar una tragedia sin víctimas. El derrumbe en el túnel a su paso por monte de El Carmel dejó a decenas de familias a la intemperie, y la sensación de caos y el miedo en el cuerpo de saber que sólo un milagro había evitado una tragedia segura.

El consejero de Política Territorial, Joaquim Nadal, azuzado por la oposición intentaba explicar que habían detectado malas prácticas —corrupción—  en la empresa pública GISA, que se encargaba de la adjudicación de obras públicas de la Generalitat de Catalunya. Y describió: “Existe una enmarañada toma de decisiones, ineficaz estructura interna y un círculo vicioso de la  externalización, concentración de adjudicaciones en unas pocas empresas y subcontratación”. Comenzó así un rifirrafe parlamentario al que los que estábamos delante del televisor, de sobremesa, asistimos electrizados. El portavoz de CiU, Felip Puig, denunció que Nadal había roto el círculo de confianza entre GISA, sus técnicos y las empresas constructoras.“Mire”, le  respondió el consejero Nadal, “quizás hemos roto otra clase de círculo”. El ambiente se hizo llamas.

Artur Mas, en ese momento jefe de la oposición, ante la cada vez más evidente incomodidad de sus compañeros de partido, retó al presidente de la Generalitat Pasqual Maragall a intervenir en el debate si no quería convertirse “en la imagen viva de la impotencia política”. Maragall contraatacó, con: “Ustedes se han picado, se sienten culpables, se sienten señalados por una acusación que nadie les ha lanzado. La historia les pasará factura”. Mas replicó: “Usted tiene la piel muy fina, el orgullo lleno y el  amor propio hinchado. No le hemos hecho ninguna acusación personal”. Y Maragall estalló con la que se ha convertido en una frase histórica. Apenas ocho palabras que lo dinamitaban todo: “Ustedes tienen un problema que se llama 3%”. Recordemos que hasta ese momento, Catalunya era conocida como “la bassa d’oli”, la balsa de aceite en la que nunca pasaba nada, ni marejada, ni marejadilla, ni apenas un barquito que la transitara. Maragall acababa de abrir un melón, que CiU había cobrado comisiones por la adjudicación de obras cuando dirigía la Generalitat y lo hacía a plena luz del día, sin anestesia.

El Parlament de Catalunya se convirtió esa tarde en una carnicería expuesta para todos los ciudadanos. No uso este ejemplo a la ligera. No se trata únicamente de hemeroteca. Lo que vino a continuación me dejó a mí, una espectadora veinteañera, clavada en mi silla. Artur Mas replicó: “Usted ha perdido los papeles. Si debía terminar su turno de esta manera se lo hubiese podido ahorrar. Sabe que nuestro grupo estaba dispuesto a colaborar, a hacer cosas conjuntamente con ustedes, pero ahora mismo acaba de mandar esta legislatura a hacer puñetas y ha roto la confianza”. Mas ponía fin a la participación de CiU en la redacción del nuevo Estatuto catalán. Maragall entonces reculó: “Accedo a su demanda porque Catalunya tiene ante sí cosas muy importantes que hacer y quiero que se  cumplan”. En apenas quince minutos, el Parlament había pasado de ser una soñolienta tarde de invierno a un intercambio de película de Scorsese  —Uno de los nuestros, para ser exactos—, delante de absolutamente todo el mundo, periodistas incluidos. El Estatut d’Autonomia, que daría muchos quebraderos de cabeza en la década siguiente, acababa de ser sellado  frente a un intercambio de información digna de dos trileros con corbata. Huelga decir que Maragall se saldría más o menos con la suya, ya que, aunque el denominado Caso 3 % fue archivado en 2005 fue posteriormente reabierto tras la confesión de Jordi Pujol en 2014 y se encuentra en fase de  investigación en los juzgados.

El contrato social revisable

Yo había crecido con la conciencia de que la Constitución era sagrada. Así se nos crió en los ochenta y noventa, la Constitución era intocable para unos,  pura e inmaculada como una virgen para otros (para José María Aznar, era  como una chica “que hace su puesta de largo”, pero esa es otra historia). Pero nunca como en 2005 entendí que toda constitución, todo texto  legislativo, toda norma jurídica se basa en un pacto. Algunos son pactos honrosos, otros son menos honorables. No es el Estatut el único con claroscuros, ni el único intocable. Una constitución, como todo texto codificado, se basa en un contrato social. Y como todo contrato es revisable. Así que revisemos. Revisemos todo.