Enric Juliana: «La Transición hubiese sido imposible con el lenguaje de Casado y Rivera»

Texto: Sato Díaz / Fotografía: Fernando Sánchez

4 diciembre, 2018

Enric Juliana (Badalona, 1957) es director adjunto de La Vanguardia en Madrid. Uno de los periodistas que mejor desmenuza y analiza la evolución política española con unas características diferenciadas: agudeza en su capacidad de contextualizar lo que ocurre, mirando al pasado y atreviéndose a entrever el futuro; síntesis de lo que pasa en los despachos, en palacio, con lo que sucede en las calles, la plaza; abriendo el objetivo para explicarnos que lo que sucede aquí, no tiene sentido sin entender el tablero internacional.

Recientemente ha publicado el libro Nudo España(Arpa), una  conversación con el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, en el que repasan en profundidad temas cruciales para entender nuestro momento histórico. Le preguntamos sobre su visión de la Constitución y estos 40 años de historia que han pasado desde que fuera aprobada.

En 1978, trabajaba en el periódico Tele/eXprés, un vespertino que se editaba en la capital catalana. Durante aquellos apasionantes años, en lo político y en lo social, compaginaba su labor de periodista en Barcelona con la actividad política y social en Badalona, donde militaba en círculos próximos al PSUC. En los meses previos a la aprobación de la Constitución, pegaba carteles por Badalona en los que se podía leer: “Sí a la Constitución, No al terrorismo”. Votó, por primera vez, en el referéndum constitucional. Voto ‘sí.

¿Qué recuerda del clima político del momento, durante los debates constituyentes?

No se puede olvidar que la Constitución se negoció en tres mesas paralelas. En una estaban los negociadores; en la segunda, los militares con la pistola sobre la mesa; en la tercera, gente encapuchada, también con pistolas sobre la mesa. Estas últimas mesas, sin duda, condicionaban la primera. Cada quince días se producía un atentado en el que moría un militar o un guardia civil, con la consiguiente espiral de elevación de la tensión. Viendo cómo discurre ahora el debate político, evidentemente, con el actual manejo de las emociones, en aquella época habría sido imposible negociar la Constitución.

¿Votó? ¿Qué votó?

No pude votar en las elecciones de junio del 77, porque la mayoría de edad estaba establecida en los 21 años. Sí pude votar en el referéndum constitucional, pese a que la Constitución aún no estaba vigente, que era donde se reflejaba la mayoría de edad a los 18. Previamente, se hizo un decreto ley para rebajar la edad a los 18 años y esto nos da un dato interesante: se prescindió de los más jóvenes para configurar el primer parlamento democrático y se pidió la ayuda de los más jóvenes para aprobar la Constitución. No estaban totalmente seguros de alcanzar un resultado contundente para asentar la Constitución. Voté ‘sí’.

Decía que viendo cómo discurre ahora el debate político, habría sido imposible negociar la Constitución…

Lo que había entonces eran asesinatos, pero había una enorme contención por parte de la mayoría de los líderes políticos y medios de comunicación. Es la situación inversa a la de hoy, cuando no hay violencia política en este país, salvo algunas formas de intimidación. Desde el momento en el que se acabó ETA, no hay violencia explícita en el ámbito político. En cambio, hay un mensaje histérico y cotidiano sobre las emociones de la gente. Sin embargo, el relato oficial habla de una Transición pacífica y modélica. La Transición no fue tan pacífica. Esto está documentado. No sólo hubo terrorismo, hubo otras violencias relacionadas con la extrema derecha y con actuaciones policiales. La Transición no fue una balsa de aceite. Fue un proceso político de tensiones, contusiones y hubo muertos. Muchos muertos. La diferencia es que la política estaba contenida, le tenía respeto a la situación de fondo. Para entendernos, con el lenguaje que hoy utilizan Rivera y Casado la Transición hubiera sido imposible. Si a la amenaza militar y las bombas de ETA le añadimos un lenguaje explosivo… aquello estalla.

Concretamente, ¿cómo describiría el clima político catalán de aquellos años?

En aquel momento el nacionalismo era diferente. La corriente mayoritaria, que la encarnaba Jordi Pujol, estaba preocupada por enarbolar la bandera de la moderación. Una moderación que pretendía que aquellos sectores, sobre todo las clases medias, que habían cohabitado con normalidad con el franquismo, pudieran pasar a su lado, y dijeran: adiós franquismo, hola catalanismo. Hay un aforismo de Miquel Roca que dice: “No es lo mismo haber sido alcalde franquista, que alcalde en el franquismo. Con esta frase se libra de la quema a muchos alcaldes que habían sido alcaldes durante el franquismo y pasaban a formar parte de las listas de Convergència. Luego, había otro componente independentista, pero estaba muy atomizado en diferentes grupos. Aquel no era su momento. Había un personaje de referencia, que creaba cierta unanimidad, Mosén Xirinacs, que tuvo un cierto protagonismo. La hegemonía electoral, no obstante, la tenía la izquierda en una primera fase: socialistas y comunistas tuvieron más de la mitad de los votos en la provincia de Barcelona y casi la mitad si hacemos el cómputo general de Catalunya. Eso se fue rebajando. Era un escenario muy distinto al actual.

¿Qué personajes, desde su punto de vista, fueron claves para que la Constitución se aprobara?

Lo que me ocurre es que veía pasar las cosas en aquella época pero, pese a que me interesaban mucho, tenía la sensación de que no entendía qué estaba pasando. Ahora que parece que tenemos toda la información, tengo también la sensación de que no comprendo lo que está pasando. Posiblemente ese sea nuestro sino, asistimos a momentos importantes y no los acabamos de comprender. Recuerdo la moderación o el pragmatismo del PCE, que estaba preocupado por asegurar la estabilidad y clavar una cuña que separara a UCD de Alianza Popular para que no hubiese un polo conservador muy articulado. En parte, creo que lo consiguieron. UCD negoció puntos de la Constitución que hoy ninguna de las derechas hispánicas se plantearían. En estos momentos, está claro, aunque nadie se atreve a decirlo, que las tres derechas hispánicas querrían revisar algunos aspectos de la Constitución. Es un reproche a UCD que nadie se atreve a verbalizar. En España, el día que Adolfo Suárez perdió la memoria, se decidió santificarlo, pero, ojo, el día que perdió la memoria y ya no podía contar lo que había ocurrido.

De hecho, Alianza Popular se parte en dos en la votación del Título VIII, que habla del modelo territorial. Unos votan en contra y otros se abstienen…

Sí, no solo en el Título VIII. Son muy interesantes los debates parlamentarios sobre la Constitución. Había ponentes de mucho nivel y son unos debates con una reverberación muy actual. Se ve una UCD que no actúa en clave conservadora, pues las cosas hubieran sido muy diferentes. Mi impresión es que Suárez fue una persona que se enamoró de su personaje. Suárez es nombrado por el rey para acelerar la Transición, porque su entorno y él se dan cuenta de que si el proceso es demasiado lento, la tensión social puede ser excesiva y ponerse todo en riesgo. Suárez lo consigue. Pero se enamora de su trayectoria, ese Suárez de centro-izquierda que retrasa la entrada de España en la OTAN, que abraza a Yasir Arafat y que, de alguna manera, desafía a los poderes hasta que, un día, se encuentra que tenía que presentar la dimisión. Ese hombre, que en aquel momento es detestado por la derecha y es santificado el día que pierde la memoria, insisto.

Ha hablado del nivel y preparación de los ponentes constituyentes. ¿Otro contraste con la política de hoy?

Sí. La política profesional no existía en España, la única profesionalidad política la tenía el Movimiento Nacional, esa especie de falangismo administrativo que se había generado en este país, y en muy poca medida el PCE. Los cuadros políticos salen, por lo tanto, masivamente de la administración y la universidad. Entra en política yo diría que la crema de la sociedad. Participar en el momento fundacional democrático era ilusionante en términos morales y daba un buen crédito profesional. Los momentos fundacionales tienen la capacidad de atraer a los mejores. A partir de ahí, la política se ha profesionalizado mucho y no podemos asegurar que atraiga a los mejores.

40 años después, si fuera médico y la Constitución, paciente, ¿qué estado de salud le diagnosticaría?

No tan malo como a veces se dice. Creo que la Constitución Española no es negativa. Fue un pacto en el cual quien perdió la apuesta fue el sector conservador. Es decir, Fraga jamás habría aprobado la Constitución. Al final la aprobó porque tenía como misión atraer al sector más conservador al campo democrático y con la abstención en el Título VIII que ha sido siempre muy comentada. Está claro que el sector más conservador no consiguió sus objetivos. La Constitución es básicamente un pacto entre cuatro grandes grupos. Esa UCD pragmática, que busca su propio espacio y no tiene consciencia de provisionalidad y le llega a disputar al PSOE el centro-izquierda. El segundo factor es el PSOE, que aspira a convertirse en el partido principal de la democracia en España, lógicamente. El tercero, el PCE, que en lugar de situarse en la posición de defender el dogma, adopta posiciones pragmáticas, es decir, buscar unir fuerzas con el PSOE para arrastrar a la UCD y aislar a Alianza Popular. Por último, los nacionalistas, en los que juega un papel principal Convergència, que intenta jugar ese papel de ser un partido operativo e interesante que decíamos para las clases medias catalanas. De alguna manera, como el PNV no estuvo en la ponencia constitucional, tenía el encargo de representar también las aspiraciones del PNV. Luego, entre ellos tuvieron sus diferencias, los nacionalistas vascos consideran que no acabaron de representarles bien.

La correlación de fuerzas estaba más a favor del entendimiento que ahora. Cuesta mucho ver a estos actores llegando a acuerdos de calado en estos momentos.

Me pregunto si esa correlación de fuerzas existe ahora y, efectivamente, creo que el escenario es muy distinto. Creo que la correlación de fuerzas, entonces, no era tan conservadora como a veces se pinta. Lo que sí había eran condicionantes históricos muy potentes. Uno de ellos era la Guerra Fría, otro es que había una facción del Ejército que no se escondía en enviar mensajes inquietantes.

Cuando se discutía el artículo 2 de la Constitución, llegó el mensaje del ejército de que había que dejar clara la indisoluble unidad de la patria. El artículo 2 es un poema, ahí están condensadas todas las contradicciones de ese momento. Dice, en dos ocasiones, para que quede bien claro, que la unidad de la patria es indisoluble. A su vez dice que España está formada por nacionalidades y regiones, es la primera vez que una constitución en España introduce un doble concepto que describe la realidad territorial del país, pero no se define qué es una nacionalidad o una región, ni quiénes conforman las nacionalidades o las regiones. ¿Por qué dice dos veces lo de la indisoluble unidad de España? Porque había unos señores, con la pistola encima de la mesa, que querían que eso quedara bien claro. ¿Por qué aparecen las regiones y nacionalidades? Porque había otros señores que querían que quedara reflejada la pluralidad. Ahí está la contradicción. Los condicionantes fueron muy importantes.

¿Ve posibilidades de reformar la Constitución a corto plazo?

La Constitución, y esta es otra característica importante, está abierta a la interpretación, pero es muy difícil de abrir a la reforma. Exige un mecanismo de mayorías para reformar lo sustantivo, luego hay otras cosas que se pueden reformar con facilidad, como vimos hace unos años. Pero, a su vez, es interpretable toda ella, eso es importante porque no todas las constituciones europeas son así. No es lo que se llama una constitución militante, no exige una adhesión incondicional. Toda ella se puede someter a revisión. Hay otras constituciones europeas que tienen partes irreformables, que si se quieren revisar hay que hacer otra constitución nueva, pero la de España no.

Hay quien opina que lo que se debería hacer en España son sucesivas reformas puntuales para ir haciendo una cierta gimnasia. Primero, para desacralizar la reforma constitucional e ir testando posibles consensos. No me parece un mal planteamiento. El otro día leía que la constitución alemana creada en el 49 se ha reformado 150 veces. No veo el momento en el que haya un gran consenso para una reforma. Cuando en el CIS se pregunta por si se está a favor de una reforma constitucional, el porcentaje de personas que se muestra a favor es relativamente alto, pero las discrepancias sobre qué puntos hay que reformar son muchas. Parece que donde más se coincide es en que hay que reformarla para blindar y proteger los servicios públicos y el Estado del bienestar.

Las cortes constituyentes españolas también tuvieron otra peculiaridad: había decisiones que ya se habían tomado previamente y que el constituyente no podía cambiar: una de ellas es la monarquía y otra es la relación con la Iglesia. Se dejaron cosas importantes por debatir para redactar la Constitución…

Hay algo que no podemos soslayar, no se produce una ruptura. La Junta Democrática fue el primer organismo unitario de la oposición al franquismo. En el punto primero de su programa convocaría unas cortes constituyentes; en el segundo, la amnistía; en el tercero, la restitución de los estatutos de autonomía de la II República; en el cuarto, un referéndum sobre la forma de Estado. Este era el programa de la oposición democrática, pero la correlación de fuerzas no lo permite y, en vez de imponerlo, lo tienen que pactar.

Hay un momento clave. La oposición tiene esta plataforma y el tardofranquismo es lento. Entonces, se da la sensación de que la oposición podrá conseguir acumular fuerzas paulatinamente hasta llegar a un momento de desbordamiento, sobre todo en Madrid y Barcelona, y más contundente en el País Vasco. Ante esta sensación, Suárez actuó con gran rapidez y hace la Ley de Reforma Política en el 77, el camino para ir a unas elecciones, y la somete al referéndum.

La correlación de fuerzas quedó fijada por la Ley de Reforma Política. La oposición llamó a la abstención y no fue muy elevada. Es decir, Suárez gana, en cierta medida, a los partidos de la oposición. La correlación de fuerzas era la que era y sólo había un canal de televisión que estaba controlado por el Gobierno del Estado. Durante la Transición no estábamos en una situación revolucionaria.

¿Por qué el pacto de silencio mediático y social sobre la monarquía durante tantos años?

Se articuló un consenso político muy amplio respecto a que la democracia iba asociada a la monarquía. Esto tiene el apoyo de la izquierda, del PCE, y de una manera muy explícita, del PSOE. Además, el 23F concluye con un fuerte apoyo a la imagen del rey. Eso el PSOE, una vez llega al gobierno, lo asiente fuertemente. Hasta que llega la crisis económica.

La crisis económica, si la miramos bien, lo que ha hecho es descarnar todo el sistema, toda la cultura política basada en los acuerdos de aquellos años, estos acuerdos se basaban en que este sistema sirve para preservar el bienestar. Cuando el bienestar entra en crisis, todo entra en crisis. Si además, como se ha visto, el sistema de partidos tiene notables oxidaciones, todo suma. Eso pasa con el rey emérito y con el sistema de partidos.

A esto hay que añadirle un cambio generacional. Yo creo que los de nuestra generación debemos esforzarnos en explicar lo que pasó. No veo a la monarquía en riesgo. Me parece que, en lo que se refiere a la monarquía, su duración dependerá de la capacidad de la propia institución de conectar con los sectores que disienten de la monarquía. Ese es el punto clave.

¿Tiene cabida Catalunya con el título VIII de la Constitución?

Catalunya no sólo estuvo dentro de la Constitución, sino que fue un factor que garantizó la aprobación de la misma. Eso hay que explicarlo bien. Es verdad que en el referéndum, en el que voté que sí, la tasa de participación fue de las más altas en Catalunya. También es cierta otra cosa, que un año antes el Gobierno español preconstitucional, pero ya surgido de unas elecciones democráticas, había aceptado la Generalitat, reconoce una institución de la república, la activa y la persona que estaba representándola en el exilio, Tarradellas, regresa a Barcelona reconocido como president. Entró en un coche descapotable a Barcelona como si fuera Kennedy.

Creo que la sociedad catalana se siente representada en el debate constitucional, entre otras cosas, porque hay dos ponentes que, además, son muy activos: Jordi Solé Tura y Miquel Roca. Creo que esto es importante y ayuda a entender una parte de la crisis política actual en relación a Catalunya: aquí ha habido una cierta traición de lealtades. Puesto que el sistema democrático español se asentó sobre la base de un acuerdo específico con Catalunya, en el momento en el que se propone la revisión del Estatut, se cometió un tremendo error al activar respuestas políticas y sociales impropias de quien ha establecido un pacto con Catalunya. Eso no quiere decir que el Estatut fuera indiscutible. Ahí la derecha española traicionó el pacto de lealtad del 77 y empieza el incendio catalán. Luego todo se complica, no quiero eximir de otras faltas de lealtades, que las ha habido, también en Catalunya.