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Cuando vi(vi)mos la revolución

Un acontecimiento como mayo de 68 ha dejado una estela artística que se mantiene viva. Temas como la autonomía individual, la negación de la autoridad o la abolición del trabajo han estado presentes años después en películas, libros y canciones.

Henrique Mariño

29 mayo, 2018

Todo el mundo estuvo en París en mayo de 1968 porque ese mes de aquel año era el lugar donde había que estar. Luego supimos que muchos no se habían parapetado en las barricadas del Barrio Latino, como luego otros tampoco bailaron su último tango en Perpiñán. Poco importa, porque bastaban el cine y los libros para sellar el pasaporte hacia la revolución. Incluso sus hijos, décadas después, han podido meterse en la piel de sus padres gracias a películas recientes que evocan aquellos días.

Bajo los adoquines de Soñadores (2003) retozaba un trío apasionado y fraternal. Bernardo Bertolucci retoma en su tórrido homenaje al 68 la dicotomía amor y agitación que ya había planteado Jean-Luc Godard en Todo va bien (1972).  Curiosamente, uno de los protagonistas de Soñadores, Louis Garrel, actuaría en otra película comercial con aquel París de fondo, Los amantes habituales (2005). Dirigida por su padre, Philippe Garrel, en esta ocasión la pasión surge tras el desencanto. Es la historia narrada por los perdedores. Olivier Assayas trata en la autobiográfica Después de mayo (2012) el cine revolucionario tras la revolución a través de un estudiante empeñado en rodar una película y cambiar el mundo a un tiempo, sin perder de vista la chequera de sus padres. Y Olivier Ducastel y Jacques Martineau abordan en Nacido en el 68 (2008) la herencia gay de la primavera del amor. Hay más filmes de carácter evocador en los que París es el protagonista, el escenario o la excusa — Louis Malle ajusta cuentas con el pasado burgués en Milou en mayo (1990), donde los ecos lejanos de la algarada llegan a través de la radio—, aunque algunos críticos han desechado esta filmografía por distante, superficial o estereotipada.

Menosprecian estas cintas por ceñirse al cliché del joven rebelde que aspira a la libertad sexual, sin ahondar en aquel movimiento sincrético o, si lo prefieren, en aquella olla a presión en la que bulleron las corrientes anteriores, desde el pacifismo hasta el feminismo, con el resultado —o caldo— que ya conocen o incluso han probado. Temas como la autonomía individual, la negación de la autoridad o la abolición del trabajo están presentes en L’an 01 (1973), de Jacques Doillon, quien propone —a partir del cómic de Gébé y acompañado en la cámara por Alain Resnais y Jean Rouch— la construcción de una nueva sociedad en clave de comedia.

Pero si queremos despojarnos de todo artificio, es necesario retroceder al año de marras, donde los cineastas negaron el propio cine, no sin antes eliminar su nombre de los créditos: el celuloide como un estudiante, como un obrero, como un revolucionario más. Previamente, la nouvelle vague había anticipado la libertad, tanto de la cámara como del individuo, anclados a un cine burgués y al sistema capitalista. Así, el filme premonitorio de Godard La Chinoise (1967) ejerció de catalizador del mayo parisino con sus cachorros maoístas con ganas de subvertir el sistema. Sin embargo, a partir de las revueltas, el director aparcó la ficción para grabar los Cinétracts (1968) junto a sus colegas Chris Marker, Jean-Denis Bonan, Gérard Fromanger, Jean-Pierre Gorin, Alain Resnais o el citado Garrel.

“Estos breves documentales son el equivalente a los carteles y los grafitis. No van dirigidos al circuito cinematográfico habitual, sino que son proyectados en fábricas ocupadas, universidades y comités de acción. Producción hecha en el propio acontecimiento, donde éste habla por sí mismo”, explica David Cortés, comisario del ciclo La imagen sublevada. Cine anónimo y colectivo en Mayo del 68, proyectado en el Museo Reina Sofía. La obra colectiva Lejos de Vietnam (1967), otro antecedente del cine político que se cernía sobre Europa, tampoco atribuía cada entrega a su respectivo autor, entre los que figuraba William Klein, responsable del fiel documento Grandes tardes, pequeñas mañanas (1968). Cámara al hombro, plasma el ambiente de la sublevación, tanto en la calle como en las asambleas, animado por los Estados Generales del Cine, que habían nacido a propuesta de Cahiers du Cinema con el objetivo de desafiar la industria cinematográfica.

La producción, a cargo de grupos de cine militante como Dziga Vertov (Un film comme les autres) o Medvedkin (Classe de lutte), fue ingente. Propaganda audiovisual facturada en un entorno sin jerarquías que dinamitaba la estructura del séptimo arte. “Negar la firma es un gesto muy radical porque niega la historia del cine oficial, hasta el punto de que hoy no entran en los cánones”, añade Cortés. Los directores ceden sus cámaras a los trabajadores en huelga para que graben su lucha desde dentro. “No es que los cineastas se pongan al servicio de los obreros, sino que entablan un diálogo con ellos y cuestionan su propia mirada”, matiza el historiador del arte. Peppermint Frappé también es mayo del 68, aunque fuese rodada antes por Carlos Saura.

Aquel año no llegó a ser estrenada en Cannes por el motín del jurado y los realizadores en solidaridad con el director de la Cinemateca Francesa, a quien el Gobierno pretendía echar de su puesto. El caso Langlois dio el salto de la pantalla vacía a la página en blanco, que comenzó a impregnarse del olor a quemado, a humo y a gas lacrimógeno. Sartre, Althusser, Debord o Marcuse, cuyo pensamiento flotaba en el ambiente, cederían el testigo en las estanterías a las crónicas de la batalla, revisadas en su cincuenta aniversario.

Richard Vinen se plantea en 1968. El año en que el mundo pudo cambiar si aquello terminó en derrota o en compostura. El título original, The Long ‘68, toma la medida a un mayo más largo que el francés, cuyo calendario abarca Vietnam, el black power, las muertes del Che y Luther King, la píldora anticonceptiva, Praga, el potere operaio y la bandera arcoiris. También opta por el panóptico internacional Ramón González Férriz en 1968: El nacimiento de un mundo nuevo. Una concepción universal de la revuelta aplicable a la música, por lo que se impone dirigir el oído hacia el otro lado del charco para abarcar la BSO de París, que suena a chanson fuera de Francia y, paradójicamente, a rock, psicodelia y hippismo dentro.  La chavalada rompía con los padres —biológicos o de la patria— al ritmo de Dylan, Doors, Joplin, Beatles, Hendrix o Rolling.

Una nueva identidad forjada además por la canción protesta de Joan Báez, Paco Ibáñez, Raimon, Violeta Parra, Víctor Jara o Mercedes Sosa, sin renegar de la producción propia, alumbrada en plena calle al calor de las letras inflamables de Claude Nougaro, Évariste, Jacques Dutronc, Léo Ferré o Julien Clerc.  “Olvidad el 68”, pide Cohn-Bendit en Forget 68, un libro de entrevistas de Stéphane Paoli y Jean Virad donde llama a enfrentarse a nuevos retos que no existían entonces, como la globalización o el cambio climático. Mirad el presente a través de unas lentes progresivas, viene a decir Dany el entonces Rojo, y no con las gafas de Trotsky.