Yo estuve en el mayo de París

Marga, José Luis, Elvira, Antonio, Rosa y Cayetano estuvieron en el mayo francés de 1968.

Alejandro Tena

29 mayo, 2018

Son luchadores que cruzaron la frontera para poner en  jaque al Gobierno de De Gaulle y crear un espacio de lucha antifranquista en París. Ocuparon el Colegio de España y combatieron codo a codo, adoquín a adoquín, con los estudiantes franceses.

Marga Fernández. 73 años. Santander

Marga Fernández
Marga Fernández

«Fui una de las españolas que vivió el mayo parisino. Llevaba unos cuantos años residiendo en la capital francesa. Probablemente desde el año 62, año arriba, año abajo. Mi familia y yo tuvimos que marchar al exilio por la persecución política que sufría mi padre, esa es una certeza que si recuerdo bien. El año 68 para mi evoca demasiadas cosas buenas, no sólo por aquella corta revolución, sino porque mi marido y yo acabábamos de mudarnos con otra pareja después de un año de casados. El piso estaba en Cardinal Lemoine, en pleno barrio latino, la zona donde acontecieron la mayor parte de las movilizaciones.

Es cierto que se habla de Mayo del 68 como un acontecimiento encerrado en un tiempo concreto, sin embargo, los rumores y el descontento social ya se venía palpando meses antes. Esa manía que tiene el tiempo de difuminar los recuerdos impide que os pueda dar fechas concretas, pero si que puedo relatar el día que todo empezó para mi. Era primeros de mayo y estaba en casa con mi pareja escuchando por el transistor la narración de unas agitadas manifestaciones en señal de protesta por la detención de un grupo de estudiantes. De pronto, llamaron a la puerta. Se hizo el silencio. Cuando abrimos, mi hermano apareció con el rostro preocupado. “¿Que ha pasado?”, pregunté.

El ambiente comenzó a caldearse y la gente empezó a lanzar objetos contra el furgón de la policía que se llevaba a los compañeros detenidos. Los adoquines se despegaban del suelo con una facilidad impensable y mi hermano, contagiado por la rabia, lanzó uno, con la mala suerte de impactar directamente en el conductor de la camioneta. Cuando nos lo contó, no tardamos en sacarle de París, al menos hasta que se calmasen las protestas.

Desde entonces me sumé a las múltiples manifestaciones estudiantiles, igual que lo hicieron los obreros y trabajadores franceses. Nuestra rutina diaria cambio por completo durante algo más de quince días, en tanto que no hubo jornada que no saliéramos de casa para participar en las movilizaciones. Según íbamos caminando por las avenidas, veías como la gente colgaba las radios de las terrazas a todo volumen con la intención de informar a los compañeros de lo que estaba sucediendo. Hoy abres internet con el móvil y te enteras de todo, pero por entonces había que utilizar recursos atípicos.

Durante un pequeño momento casi nos lo creemos. “Las cosas están cambiando”, nos decíamos los unos a los otros. Pero todo se diluyó muy rápido. Conforme se fueron uniendo los sindicatos y partidos y se fueron negociando algunas de sus reivindicaciones, las calles comenzaron a vaciarse. Todo lo que antes estaba a nuestro favor se desprestigió por completo y el carácter transversal y antiautoritario de nuestra protesta fue tergiversado por los poderosos para poner a parte de la opinión pública francesa en nuestra contra.

Aunque todo terminó muy pronto, el 68 francés me sirvió para no parar de luchar. El verano de ese mismo año me volví para España con mi marido y allí nos sumamos a las protestas antifranquistas. Cambiamos las calles de París por las de Barcelona, pero mantuvimos ese espíritu antiautoritario que logró reformar las mentalidades de gran parte de la población europea.»

José Luis Carretero, Cuenca (70 años)

José Luis Carretero
José Luis Carretero

«No sé muy bien por qué, pero recuerdo el día exacto que llegué a París. Fue un 9 de mayo de 1968. Estaba siendo sometido a una dura persecución política en Madrid debido a mi activismo universitario. En España las calles también se inundaron de manifestantes que corrían delante de los grises sabiendo que la represión no era un juego. Precisamente por ello decidí salir del país y viajar a la capital de Francia, donde conocía a algunos compañeros exiliados. Recuerdo que llegué prácticamente de noche y directamente fui a la Sorbona, donde me sumé a una manifestación. Entre las voces y los gritos escuche una voz procedente de un megáfono que me resultaba familiar. “Atención, compañeros…”, decía. No tardé ni dos palabras en saber que era mi antiguo compañero Antonio Pérez. Avancé hacia él, le saludé, me presenté a quienes no conocía -la mayoría españoles- y continuamos con la rutina de la protesta como si no fuera tan siquiera curioso, que hubiera aparecido de la nada.

Los españoles estábamos muy cohesionados y sabíamos de la importancia de aquel momento. Si bien, las protestas de París se enmarcaban en un contexto propio, nosotros eramos conscientes de que debíamos hacer algo diferente. Queríamos tener nuestra propia reivindicación antifranquista dentro del movimiento mayista, pero ¿cómo? Eso mismo estuvimos debatiendo después de ocupar la Sorbona. Finalmente surgió la idea simbólica de tomar el Colegio España y convertirlo en nuestro bastión.

Esto quizá sea anecdótico, pero guardo en mi retina el recuerdo del camino hacia aquel lugar. No por nada en especial, sino porque fui con otros dos amigos en un tres caballos conducido por el escritor Fernando Arrabal. Todo un personaje. Cuando llegamos allí, ocupamos el centro y mi amigo Antonio y yo escalamos por el tejado, que era una especie de cúpula inclinada para colgar una bandera roja y negra. Roja por los trotskistas que nos acompañaban y negra por el grupo ácrata mayoritario.

Los días se fueron sucediendo y el ambiente revolucionario comenzó a apagarse. Yo continué manifestándome, pese a que por momentos pensaba que todo aquello no iba a ningún lado. Finalmente, me detuvieron y me concedieron 24 horas para marcharme del país, pudiendo elegir la frontera belga, ya que en España estaba en búsqueda y captura. Sin embargo, logré quedarme unos días más en Francia preparando mi regreso clandestino a España.

Después de 50 años de aquello, viéndolo con perspectiva, creo que Mayo del 68 fue la primera revolución-espectáculo. Un acto con muchas luces y sombras, que logró poner en evidencia la crisis del modelo político capitalista, pero que apenas llegó a nada. Fue el preludio de las efímeras revoluciones modernas.»

Elvira Posada, Asturias (75 años)

Elvira Posada
Elvira Posada

«Creo recordar que era 1967. Yo estaba en Euskadi sumergida dentro de las crecientes protestas obreras. Ya había terminado la carrera y estaba empezando a ver la cruda realidad con mis propios ojos cuando recibí una llamada desde París. Me ofrecían una beca para estudiar un doctorado en derecho laboral en el Instituto de Ciencias Sociales de París, un centro pionero en su funcionamiento pues se permitía el acceso a gente que no tenía estudios previos con el fin de que así pudieran incorporarse a los cuadros sindicales.

Este lugar fue fundamental para mi. No sólo a nivel de formación. Sus características, sus profesores y alumnos, vinculados al activismo de izquierdas, y la visión crítica de la sociedad que allí había fueron determinantes en el desarrollo del Mayo francés. Hay que entender que una de las premisas principales que pude aprender nada más llegar a aquel lugar fue que la universidad debía estar abierta a todas las clases sociales y perder para siempre su carácter elitista. Esto, sin duda, fue uno de los factores principales que detonaron las revoluciones mayistas.

¿Por que nos movilizábamos? Es una pregunta que me hacen a menudo. Allí no se intentó tomar el poder, como muchas veces se ha dicho, en tanto que fue una pequeña revolución antiautoritaria donde se trató de buscar el empoderamiento general de las personas sobre su realidad y sus necesidades. Se podría decir que se luchó, entre otras muchas cosas, por una democracia real y por el fin de un modelo político ligado a una época antigua.

Es cierto que en el centro de los recuerdos se pueden agarrar con mucha más fuerza las imágenes de las barricadas y los jóvenes avanzando a paso firme por el barrio latino, pero para mí fue muy importante el carácter intelectual y asambleario del momento. Todo lo decidimos mediante círculos de debate y círculos de acción. De hecho, el momento más importante para los españoles que nos encontrábamos en París -la okupación del Colegio España- se decidió de manera consensuada.

En cuanto a la violencia, fue un acto de defensa por parte de estudiantes y obreros. No recuerdo enfrentamientos directos y tampoco detenciones dentro de la gente con la que yo me movía. Lo que si hubo fue una fuerte represión a los extranjeros. Esto se pudo ver con la detención de Daniel Cohn-Bendit, un alemán de origen judío que lideró el movimiento mayista al que las autoridades trataron de deportar. Ver que corrías el riesgo de ser deportado a España nos hizo a muchos andarnos con cuidado, sobre todo a aquellos que estaban en busca y captura por parte de las autoridades franquistas.»

Antonio Pérez, Extremadura (72 años)

Antonio Pérez
Antonio Pérez

 Algunos de mis compañeros habían sido detenidos en Madrid, otros se habían visto obligados a marcharse del país y yo no fui menos. En febrero del 68, después de varios registros en mi piso debido a mi participación activa en el movimiento estudiantil madrileño, me vi en la necesidad de emigrar a París donde estaban ya algunos amigos del movimiento ácrata.

Llegar tan pronto a la capital francesa me permitió adaptarme a la ciudad y al creciente movimiento estudiantil. Si bien es cierto que mayo fue el mes de mayor convulsión, París era una ciudad agitada por los movimientos antiautoritarios desde 1967. El primer levantamiento que yo pude ver, fue el 22 de marzo, en Nanterre. Desde entonces las calles empezaron a presagiar lo que ocurrió en mayo.

En ningún momento soñamos con tomar el poder, ni mucho menos. Hay que entender, ante todo, que quiénes participamos en las movilizaciones mayistas teníamos una concepción política absolutamente antiautoritaria y libertaria. En su mayoría eramos ácratas y trotskistas, lo que resume a la perfección las premisas históricas de aquel movimiento. Nuestros objetivos no eran ni mucho menos instaurar una comuna. Cómo mucho aspirábamos a que una persona lejana a nuestra ideología como el socialista Pierre Mendès-France sustituyera a De Gaulle. Sin embargo, ni tan siquiera logramos conseguir eso.

He dormido en los bancos de la Sorbona, he estado en las barricadas y vi volar los adoquines. Pero mayo del 68 no fue sólo eso. No se luchaba únicamente contra el Gobierno y la Policía francesa. Había otros frentes que parecen haberse olvidado, en tanto que quienes estuvimos allí, vimos con nuestros ojos la oposición radical del Partido Comunista Francés, que ya comenzaba a entrar en decadencia. También tuvimos que enfrentarnos con grupos violentos como los denominados Barbouzes, facciones de extrema derecha, respaldadas por el propio poder.

Es por todo ello que el conocido como Myo del 68 no fue tan idílico cómo se ha tratado de narrar ahora en muchas ocasiones. El clima de tensión fue tal, que dentro de las protestas obreras se sucedieron algunas de las denominadas huelgas salvajes, como la del día 13 de mayo en Nantes. Unas huelgas  que no eran otra cosa que levantamientos en contra de los propios sindicatos que no aprobaban los levantamientos populares.

Para mi fue una experiencia necesaria y no muy diferente a lo que ya había vivido en España durante el activismo estudiantil del 67. Me llevé de aquel mes cicatrices de las que me siento orgulloso y amistades políticas que en muchos casos, con el paso del tiempo, pasaron a ser personales.

Rosa Martínez, Madrid (70 años)

 

Rosa Martínez
Rosa Martínez

Yo fui a París en el 68. Me encontré con todo bastante avanzado. Ya se había ocupado el Colegio España y los sindicatos estaban comenzando a negociar mejoras laborales con las autoridades, lo que significó que parte del apoyo obrero que aquella revuelta tuvo se fuera disipando. Sin embargo, a mí París me marcó de por vida. No tanto por lo que viví allí sino por lo que tuve que sufrir al regresar a España ese mismo verano. Pero vayamos por partes.

¿Por qué fui? Porque sí. Perque vull, que diría el cantautor. Muchos de mis amigos de la universidad se habían visto obligados a marchar después de ver como las autoridades franquistas empezaban a efectuar detenciones entre conocidos. Así que me fui porque sentía que tenía que irme. Tenía que ver lo que estaba pasando en Francia con mis propios ojos y estar con los míos.

Imagino que lo que puedo contar se acoge a todos los tópicos y narraciones del mayo del 68 francés: adoquines por los aires, gases lacrimógenos, detenciones, feminismo, la Sorbona, los estudiantes unidos a los obreros, los hippies frente a los antidisturbios… Todo queda en las fotografías.

Aunque lo que vi allí fueron los estertores de lo que pudieron experimentar mis compañeros, recuerdo que estuve viviendo con amigas en un colegio mayor, no recuerdo cual, y que nuestro hábito diario era acudir a manifestaciones, tapándonos como podíamos los ojos y las narices para protegernos de los gases de la Policía. Recuerdo, también, las reuniones con los compañeros para saber cómo íbamos a actuar. Unas reuniones que fueron determinantes para entender lo que me ocurrió al volver a Madrid.

Tras varias semanas, todo aquello se había apagado por completo. Habían detenido a algún compañero nuestro y decidimos que lo mejor era regresar a España. Una España que estaba también en pleno bullicio contestatario: ETA acababa de cometer su primer atentado. Tanto es así, que nada más llegar, me detuvieron. Me trasladaron a un piso franco en la Calle del Correo donde me interrogaron antes de enviarme a la Dirección General de Seguridad, que estaba en la Puerta del Sol. De allí, fui trasladada al País Vasco. Pensaba que jamás regresaría. Estuve semanas recluida y sometida a constantes interrogatorios por parte de Roberto Conesa. No hay detalles que expliquen aquello. Pero, ¿por qué me detuvieron?

Mi estancia en París y mi participación en el Mayo francés, al igual que el de otros españoles, había suscitado sospechas en las autoridades franquistas que pensaban que nuestros planes buscaban planificar el asesinato de Franco. Finalmente, tras comprender que no tenía nada que ver con aquello, decidieron soltarme. Me montaron en un tren a Madrid y como si no hubiese pasado nada.

Cayetano Núñez, Madrid (69 años)

 

Cayetano Núñez
Cayetano Núñez

Yo llegué a París a finales de mayo. No recuerdo el día ni la fecha, pero sé que lo que yo vi, que en cualquier caso era impactante, no fue ni la mitad de convulso de lo que fueron los primeros días en los que las ocupaciones de edificios se sucedían junto a las noches de insomnio en las barricadas. Después de salir de la cárcel de Carabanchel por unas protestas universitarias supe que tenía que irme lejos de España. Y Francia era un lugar estupendo, no solo por la convulsión social que había por entonces, sino porque tenía muchos compañeros allí. Logré conservar mi pasaporte después de la detención, así que, a diferencia de otros españoles, tuve suerte y pude salir con facilidad del país.

Nada más llegar a París, después de encontrarme con algunos de mis compañeros, la Policía desalojó el Colegio España, que era el lugar que habían elegido los españoles para asentarse durante la revolución. Pese a que el ambiente estaba decayendo y cada vez había menos gente en las protestas, se decidió ocupar el Colegio Argentino, donde nos establecimos y donde yo estuve viviendo varios días.

Conforme se fueron aprobando algunas de las medidas pedidas por el sector obrero de la revolución – los llamados acuerdos de Grenelle–, las calles fueron vaciándose hasta tal punto que sólo quedábamos en las calles los ácratas y los hippies. Esa es la verdad del fin del mayo francés. Se dice a menudo que aquellos momentos fueron extremadamente violentos, sin embargo, yo recuerdo aquello como una violencia de contención defensiva. De hecho, la Policía no lanzaba pelotas de goma, al menos que yo recuerde. Lo que lanzaban eran granadas lacrimógenas y aturdidoras con la intención de que los manifestantes nos quedáramos perdidos entre el humo para así detenernos.

Al llegar el verano, el fulgor de mayo se había apagado por completo, más allá de algunas manifestaciones esporádicas que se sucedían a diario, y en España todavía había mucho por lo que luchar, así que decidí volver. Mi regreso coincidió con el primer asesinato de ETA, unas semanas atrás, por lo que me detuvieron y me llevaron a la Dirección General de Seguridad, donde estuve varios días preso. A mi compañera Rosa, que hoy es mi mujer, también la detuvieron nada más llegar. Pero a ella se la llevaron a un cuartel del País Vasco.

El mayo del 68, no obstante, no se puede reducir solo a París. Al menos, yo lo entendí como algo global. Un grito de rebelión contra un modelo político, social y económico absolutamente caduco. Es cierto que la llama de las movilizaciones, en el caso de París, se apagó pronto, pero lo que ocurrió aquel año en París, así como en España, EEUU o Praga, logró cambiarlo todo: desde la moda a la visión de la sexualidad, pasando por las industrias culturales. También es cierto, que desde entonces, al menos así lo creo yo, la izquierda no volvió a ser lo que era.