Fernando Valladares.- EUROPA PRESS

Fernando Valladares: «El planeta nos está dando bofetadas y nos puede estallar en la cara»

Alejandro Tena

26 de octubre de 2020

Fernando Valladares es doctor en Ciencias Biológicas e investigador del CSIC. Se ha convertido en una de las voces españolas más reconocidas en la lucha contra el cambio climático. De una forma pausada, alejando sus palabras de los tecnicismos de la ciencia, el experto trata de profundizar en lo que supondrá para el ser humano la pérdida de biodiversidad o el deshielo de los polos. Valladares es optimista, pero reconoce que el tiempo se agota y la naturaleza ya nos está dando los primeros avisos.

Se acaba de confirmar que desde 1970 se ha perdido el 68% de las poblaciones de animales vertebrados, ¿qué supone esto?

Esto confirma el escenario más triste y preocupante de la tendencia de las últimas décadas hacia lo que llamamos la sexta extinción mundial. En este caso, estamos ante una extinción empujada por una única especie, los humanos. De cara a su impacto real, esto significa que se están perdiendo procesos ecológicos y funciones biológicas de interacciones entre especies.

¿Cree que esta pérdida de biodiversidad tendrá grandes repercusiones en los seres humanos?

El planeta nos va dando bofetadas. Está todavía por ver si la pérdida de biodiversidad nos llegará a estallar del todo en la cara. Espero que no, porque nos está dando suficientes avisos para que podamos despertar y evitar ese tortazo final. Precisamente, cuando vemos que la desaparición de especies termina desembocando en una zoonosis y una pandemia, lo que vemos es que la pérdida de biodiversidad nos da una bofetada de realidad. Parte de los factores que han desencadenado esta situación que vivimos del coronavirus tienen que ver con la forma en la que alteramos los ecosistemas, nuestra falta de cuidado. Lo más importante es que estamos perdiendo funciones ecológicas y todo esto acaba comprometiendo nuestro sistema socioeconómico, nuestro bienestar, nuestra salud y la forma en la que vivimos. Necesitamos reaccionar pronto como sociedad. No basta con que algunos científicos y determinados colectivos lo narremos y lo sintamos, tenemos que cambiar nuestra relación con la naturaleza para evitar que nos dé más bofetadas.

Como biólogo e investigador, ¿cómo está percibiendo la rapidez con la que avanza la crisis climática?

Nuestros estudios de campo corroboran que hay una dinámica exponencial. Esto es algo bastante tremendo porque quiere decir que las cosas van cada vez más rápido. Por ejemplo, nosotros hemos seguido mucho los eventos de sequía y sus impactos sobre los ecosistemas, y antes, en una tesis doctoral, que de media dura cerca de cuatro años, apenas se registraban sequías intensas. Ahora, sin embargo, vemos que todas las tesis doctorales que estudian estos fenómenos registran una o dos sequías. Además, no sólo percibimos una mayor frecuencia, sino que se trata de procesos cada vez más intensos, con olas de calor mucho más grandes. Si antes las sequías se daban cada cinco o seis años, ahora tenemos evidencias de que se repiten cada uno o dos años.

¿En qué medida influye el modelo socioeconómico en esa pérdida de biodiversidad y degradación de los ecosistemas?

Creo que es la clave y el origen último de los problemas que vemos hoy. A nivel global, tenemos una actitud muy depredadora y poco sostenible con la naturaleza. Consideramos que está a nuestro servicio de una forma muy simplista y la explotamos de una manera unidireccional sin dar tiempo a que se renueve. La economía capitalista y el crecimiento continuado hacen que no demos tiempo a que los procesos ecológicos se puedan dar con naturalidad. Cuando extraemos elementos, materias primas, cuando explotamos la naturaleza, lo hacemos de un modo creciente y cruzamos el límite de la sostenibilidad.

Lo estamos viendo en muchos campos: en el uso de los acuíferos, en la explotación de especies salvajes como las ballenas, en la deforestación de bosques… No sabemos poner freno al sistema de consumo. Tarde o temprano, aunque vivamos en el ecosistema más productivo del planeta, entraremos en números rojos y estaremos en deuda ecológica.

¿Cree que es posible una transición ecológica basada en un crecimiento verde o es una quimera?

Creo que tiene ingredientes positivos y está orientada en la dirección correcta, porque se ha puesto la sostenibilidad como objetivo a alcanzar. Sin embargo, se queda un poco corta en ambiciones. Precisamente por intentar contentar a todo el mundo, a todos los sectores económicos, el Green New Deal es poco valiente y poco decidido. Por desgracia, estamos en una situación en la que no podemos permitirnos no ser valientes. Hoy por hoy, lo que está sobre la mesa es insuficiente. Es bienvenido, bienintencionado y va en la buena dirección, pero es insuficiente.

A veces el problema climático se percibe como algo lejano que no afecta a la sociedad. ¿Por qué ocurre esto?

El cambio climático, a diferencia de otras amenazas, es un concepto muy abstracto, lo que dificulta que la gente pueda percibirlo en su día a día. Uno puede intuirlo, estimarlo, pero no puede sentir que es una amenaza real. Se trata de un problema complejo y difícil de comprender, sin embargo, el cambio climático nos unifica a todos a una velocidad sorprendente. Esto es algo en lo que hay que hacer hincapié. Por ejemplo, cuando vemos el deshielo de una masa del Ártico, aunque parezca algo lejano, ese fenómeno termina desencadenando procesos que acentúan dinámicas meteorológicas en otras zonas del mundo, como por ejemplo las gotas frías de la costa mediterránea en España.

¿Cree que para generar más conciencia hace falta introducir una perspectiva ecológica en todo el currículum académico, tanto en colegios como universidades?

Totalmente. En España ya hay iniciativas como Teachers for Future (Profesores por el Futuro), que tiene cerca de 2.000 centros escolares donde los profesionales de la enseñanza hacen horas extra para educar a las nuevas generaciones en este problema, que es duro, pero es que es real. No hay que ser catastrofista, pero hay que alertar y estimular para que los jóvenes sean conscientes y sean capaces de proponer acciones. Llevamos treinta años hablando y escribiendo sobre el cambio climático, pero en la práctica hemos hecho poco.

Habla de no caer en catastrofismo, pero ¿cómo lo evitamos cuando la propia ciencia dice que la crisis climática es irreversible? ¿Se puede encontrar un equilibrio entre el catastrofismo y el pasotismo?

Más que equilibrio buscaría otro lenguaje. Si simplemente te limitas a contar la cruda realidad del cambio climático ya vas a parecer catastrofista. No se trata de endulzar la realidad, pero sí de elegir el lenguaje adecuado. Tenemos mucho que aprender de los profesionales que trabajan en emergencias humanitarias, que saben comunicar. Los medios de comunicación tienen que desarrollar ese lenguaje.

También hay quien piensa que la tecnología nos va a salvar de este problema.

Yo soy optimista de nacimiento, pero soy racional. Hay razones para el optimismo, pero hay muchas más para el pesimismo. El optimismo hay que trabajarlo y no se puede ser un optimista desinformado y compulsivo. No podemos pensar que la tecnología nos sacará de todos los apuros, hay que despertar a aquellos que piensan así. Creer que la tecnología nos va a salvar de todo, que siempre habrá una vacuna para una pandemia, que siempre habrá un dique que frene las inundaciones, es algo que nos adormece y nos estupidiza como sociedad

¿Cómo convencer a la ciudadanía para que cambie su forma de relacionarse con el ecosistema cuando, año tras año, fracasan las cumbres climáticas y los gobiernos no actúan?

Estamos acostumbrados a entender los cambios sociales como algo que viene de arriba hacia abajo, que es planteado por los políticos para cambiar las formas de vida de los ciudadanos. Sin embargo, nos olvidamos de todo lo que podemos hacer actuando desde abajo. Los jóvenes lo están haciendo. Cuando adolescentes de dos mil ciudades se pusieron de acuerdo para una marcha por el clima, demostraron que las cosas se pueden hacer desde abajo y hacia arriba