Xavier Domènech.- LAIA ROS

Xavier Domènech: «Las soluciones pasan por nuevos pactos constituyentes»

Alejandro Torrús

26 de octubre de 2020

El exsecretario general de Catalunya en Comú Podem Xavier Domènech (1974) acaba de publicar Un haz de naciones. El Estado y la plurinacionalidad en España (1830-2017) (Península), una obra en la que analiza la construcción del estado liberal español y la conecta con los conflictos del presente, fundamentalmente el catalán

¿Qué es España?

Una rareza. Por una parte, es una realidad histórica, un Estado y un proyecto nacional, evidentemente. Pero, por otra parte, este proyecto nacional convive con otros proyectos nacionales como el de Euskadi o Catalunya. Ahí está el debate que en otros tiempos se conoció como el Ser de España. Hay un elemento de tensión o contradicción constante en la medida que el proyecto nacional español contiene y ha contenido históricamente una realidad plurinacional.

¿Y Catalunya?

Una nación. Y eso es una realidad difícilmente discutible a pesar de que la Constitución se refiera a ella como una nacionalidad histórica. El concepto propio de nacionalidad histórica tiene una ambigüedad patente que lleva a esta problemática. En el debate constituyente del 78 no se quiso afirmar que País Vasco, Catalunya o Galicia eran una nación porque se temía que el reconocimiento como naciones conllevase a la asunción de su propia soberanía, pero salvo en el País Vasco, en ese momento histórico, no había proyectos de independencia y los que había eran muy minoritarios. Pero, fíjate, el hecho de que hubiera una discusión y que finalmente decidieran incluir la palabra nacionalidad ya refleja que tenemos una realidad plurinacional.

Ese modelo del 78 del que usted habla parece agotado como vía para garantizar la convivencia de los diferentes proyectos nacionales que hay en España. ¿Hay vías para encontrar nuevos caminos?

Creo que aquí se juntan varias realidades o crisis que afectan al modelo del 78 y que conviene explicar. La primera es la crisis del modelo territorial y del Estado autonómico. Este nivel tiene múltiples expresiones. En las elecciones 2019 se batió el récord de diputados y diputadas que no pertenecen a ningún partido estatal español sino que pertenecen a partidos que defienden proyectos nacionales alternativos, regionalistas o incluso partidos de ámbito provincial, como fue el caso de Teruel Existe. Este dato muestra que hay un problema grave de la arquitectura territorial del Estado.

Ahora bien, ¿cómo se manifiesta esta crisis del modelo autonómico? Pues en 2014 se tenía que haber renovado por ley el sistema de financiación autonómica, estamos en 2020 y después de varios gobiernos de diferente signo no se ha renovado el sistema. Las autonomías están en un momento en el que han tenido que asumir los costes de políticas de los recortes de la crisis de 2008, ya que tienen transferidas las políticas sociales, y ahora han tenido que asumir una situación tan cambiante y complicada como la crisis de la covid-19 con un sistema de financiación agotado. Esa crisis del estado autonómico también tiene que ver con Catalunya. Y después, en otro ámbito, también hay una crisis plurinacional y de soberanías que está teniendo varias vertientes desde los 90 hasta ahora. Estuvo el ciclo del Plan Ibarretxe, después está el ciclo del procés y ahora hay un nuevo ciclo donde estamos viendo crecer las opciones nacionales y soberanistas. Todos estos factores apuntan que el pacto territorial del 78 está roto. Pero no solo ese. Yo creo que el conjunto de pactos del 78 está agotado y en crisis manifiesta.

En 2019 se batió el récord de diputados nacionalistas, pero no hace tanto que Podemos consiguió doblar esa curva de incremento de diputados nacionalistas y convertirse en una fuerza importante en territorios como Galicia, Euskadi y Catalunya. De hecho, usted encabezó la lista de Podemos que fue la más votada en Catalunya para las elecciones de 2015. A mi entender, este dato muestra que la vía independentista o soberanista no es la única posible para canalizar políticamente la crisis territorial o, como usted dice, el agotamiento de los pactos del 78.

El ejemplo de las elecciones de 2015 y 2016, como dices, es muy claro. En la medida en que hubo un proyecto que se situó en una mayor justicia social, una mayor redistribución de recursos, una renovación de la democracia y que reconoció una realidad plurinacional… El resultado electoral fue muy diferente. Fue muy bueno. Creo que eso fue un mensaje muy potente de una parte del electorado catalán de su voluntad y deseo de caminar hacia un nuevo pacto. Ese mensaje, sin embargo, no fue recogido por el Gobierno de España, entonces del PP. Sí lo entendió, al menos en ese momento, Pedro Sánchez, que habló de Catalunya como nación y de España como país plurinacional. Sin embargo, hace ya tiempo que no le escucho decir nada. similar. Por tanto, creo que es evidente que hay posibilidades de reconstruir un nuevo pacto, pero el paso previo es reconocer que el pacto del 78 está roto. La no aceptación de que necesitamos un nuevo pacto plurinacional conlleva a la agudización del conflicto. Ahora mismo, tal y como se dibuja el mapa político español, solo veo dos alternativas. Por un lado, las que conforman las tres derechas. Por otro lado, una mayoría progresista y plurinacional. Y las mayorías plurinacionales deben tener correlato en las políticas que se hacen o de lo contrario esas mayorías tienen tiempos cortos o fecha de caducidad.

El independentismo catalán ha crecido con la idea de que España es irreformable. Y no sé en qué punto está usted. ¿Cree que se puede cambiar España de manera que se asemeje más a la realidad plurinacional que usted defiende?

Tanto el catalanismo (que no el independentismo), el galleguismo, el andalucismo o el nacionalismo vasco (este último con más matices) aparecieron en un momento histórico muy concreto, que es el último tercio del siglo XIX. El dato de que tengan una cronología común muestra que hay un problema común: España y su proyecto nacional fallido. El caso catalán es muy evidente. El fracaso del sexenio democrático (1868-1974) y de la I República (1873-1874) conllevó un desplazamiento del catalanismo político, que pasó de la idea de cambiar y reformar España a la idea de construir Catalunya. Dirigentes muy importantes de la I República, como Pi i Margall, pasaron a ser padres del catalanismo político. Ahí comenzaron a constituirse partidos o espacios que son solo catalanes y se dieron los pasos necesarios para lo que será el catalanismo del siglo XX. Esta lógica implicaba construir Catalunya para tener más fuerza y poder transformar España.

El catalanismo se movía en una dialéctica de aspiraciones reformistas. Esta dialéctica, de frustraciones y logros, es un elemento clave para entender el nacimiento de proyectos nacionales alternativos a la idea imperante de España. Eso fue así en el siglo XIX y en el XX. La situación que tenemos ahora es diferente. El independentismo catalán, o una parte sustancial del mismo, no basa su relato en una defensa nacionalista identitaria sino en la capacidad para crear un proyecto nuevo. Cuando se habla de la república catalana se está generando un horizonte de esperanza que permite visualizar una especie de tabula rasa, de volver a empezar y a construir de nuevo. Una situación de esperanza. Mi posición o mi opinión es diferente. Yo creo que las posibilidades de reconocimiento nacional de Catalunya o de construir un espacio de soberanía compartida en un modelo federal, confederal o incluso la consecución del derecho a decidir o la autodeterminación, solo serán posibles si el catalanismo participa activamente en la transformación del Estado español. Creo que tenemos que trabajar de manera conjunta. No veo otra vía que no sea la de trabajar para reformar España.

¿Y es posible?

Claro que es posible. Hay un problema de configuración del Estado español desde la llegada de la dinastía de los Borbones, y muy especialmente desde el siglo XIX, cuando comienza a desarrollarse un capitalismo y un modelo de marcado carácter centralista. Fíjate que somos uno de los países de Europa con una realidad plurinacional y pluricultural más diversa y, en cambio, nos hemos desarrollado como uno de los Estados más centralistas. Y esa paradoja constituye una parte fundamental del problema. Entiendo que hay continuidades históricas que marcan nuestro presente y me parece metafísico decir que no se puede cambiar España o el Estado español. A diferencia de Ortega y Gasset, que decía que España era un ser inmutable, yo creo que sí se puede cambiar.

¿Qué papel ha jugado la Corona en esta crisis territorial?

Es evidente que la misma implementación de la dinastía borbónica supuso la desaparición del modelo anterior, que se caracterizó por un Estado compuesto, es decir, un modelo en el que los reinos o provincias históricas tenían sus propias instituciones y realidades, y el rey tenía que obedecer y respetar esas realidades institucionales. Cuando los Borbones ganan la Guerra de Sucesión (1701-1713) se introduce la homogeneización de parte de esas realidades en los decretos de Nueva Planta (desde 1707 a 1716). El caso de Euskadi y Navarra es diferente porque se respetan los fueros y explica otra historia que llega hasta nuestros días. Muchas veces tratan de decirnos que todo nació en 1978, pero no es así. El propio Estatuto de Navarra se fundamenta en la Ley Paccionada de 1841. Un siglo después, con el asentamiento del Estado liberal, la monarquía pacta con la burguesía y se configura un Estado centralista, sin derechos democráticos y monárquico. Hay una tesis de España como una continuidad histórica como modelo centralista, de élites, que tiene su eje en la dinastía borbónica. Pero también, casi como una gota en el desierto, existe otra tesis, que defendía Herrero de Miñón, padre de la Constitución de 1978, que defiende la posibilidad y la idoneidad de una monarquía plurinacional que respete los derechos históricos de los territorios. Herrero de Miñón perdió y creo que ese debate, dentro de los límites monárquicos, ya no tiene sentido hoy en día.

Quiere decir que el reconocimiento de la plurinacionalidad de España es incompatible con una monarquía borbónica.

La crisis de la monarquía actual es creciente y palpable en toda España. En casos como el de Catalunya es brutal. No recuerdo exactamente el dato, pero alrededor del 70% de los catalanes desaprueban o rechazan la monarquía y le dan un 1 o un 2 de valoración. La crisis de legitimidad de la monarquía actual es tan grande que es muy difícil pensar en una solución que no sea republicana. Las soluciones pasan por ahí. No sé si ahora o dentro de diez años. Durante años se escuchó en España decir a mucha gente, incluso personas progresistas y también dentro de Catalunya, que no era monárquica, que se consideraba juancarlista. Yo no he oído esa frase a nadie para referirse a Felipe VI y eso es un problema muy grave para él.

¿Se puede plantear la celebración de un referéndum monarquía o república sin incluir un referéndum de autodeterminación para las naciones que conviven dentro del Estado?

El referéndum entre monarquía o república se tiene que dar sí o sí. Porque aún no se ha dado. En el 78 no se permitió y se privó a la ciudadanía del debate necesario sobre la forma del Estado. Ahora sabemos las razones gracias a ese vídeo en el que Adolfo Suárez reconocía a la periodista Victoria Prego que tenían encuestas que mostraban que si se hacía el referéndum perdía la monarquía. Creo que al conjunto del pueblo español se le debe esa posibilidad de poder decidir sobre algo tan importante, y más cuando es obvio que existe un problema de legitimidad y de funcionamiento. A partir de ahí, si ese referéndum se da y gana la opción republicana, creo que es evidente que hay que empezar un proceso constituyente que abre nuevos debates y nuevos referendos; y uno de ellos es el derecho a decidir.

Tengo la sensación de que uno de los miedos que se plantea a la idea de formular un referéndum entre monarquía o república es precisamente que justo después de ese Catalunya, Euskadi o Galicia pedirán un referéndum de autodeterminación. Y eso hace que la derecha o incluso parte de la izquierda española pueda sentir miedo a abrir ese melón.

Entonces, ¿qué hacemos? ¿Renunciamos a la república por miedo? Ese pensamiento reflejaría la impotencia de unas izquierdas españolas que no asumen la posibilidad o necesidad de construir nuevos pactos que generen nuevos consensos porque les da miedo que el resultado final no les guste. Ya no hablamos de la impotencia sobre una hipotética Catalunya independiente, sino sobre la propia impotencia para generar un proyecto de izquierdas y plurinacional para España. Yo entiendo que ese miedo exista, pero solo conduce a una melancolía sobre un pasado que nunca fue. No hacer algo o no abrir un debate porque puede llevar a situaciones incómodas es la política que siguió Mariano Rajoy. Y no atacar los problemas te acaba llevando a situaciones de conflicto abierto. La pregunta que yo creo que hay que formular es la siguiente: ¿Usted quiere una república? Pues bien, hay que llegar a pactos y hay que tratar de convencer a una mayoría.

¿Es un problema la falta de referentes históricos y oportunidades para poder ensayar un modelo de Estado diferente al actual? Quiero decir, tanto la I como la II República duraron muy poco en el tiempo y apenas hubo tiempo para construir un modelo diferente.

Es cierto que faltan referentes históricos, pero no es excusa. ¿En 1978 España tenía referentes democráticos en su historia? Pues apenas tenía, pero pudo conformar una democracia aunque fuera con el Ejército reescribiendo algunos artículos de la Constitución sobre la indisoluble unidad de España. Por eso creo que ese argumento no nos sirve. Cuando se configuró una mayoría alternativa para expulsar a Mariano Rajoy del poder se abrió una puerta que permite un Gobierno progresista en la actualidad. Cuando se configura una mayoría de esas características tienes que ser consciente de que esa mayoría te lleva, a la larga, a nuevos pactos. Si no se quiere o no se puede mantener esa mayoría, ¿qué nos queda? ¿Ser gobernados por las tres derechas? ¿Por Vox? Las posibilidades para gobiernos de izquierdas pasan por la asunción de una plurinacionalidad y eso conlleva pactos, nuevos proyectos y cambios profundos.

Esa mayoría de la que habla sí que puede tener un referente histórico claro: el Pacto de San Sebastián de 1930, que a la postre fue germen de la II República.

De la misma manera que el Estado liberal español es centralista e implementa un capitalismo desigual, la alternativa desde el siglo XIX es republicana, democrática, federal y comunista-socialista. Esa es la matriz original de las izquierdas españolas aunque después se transforma y el PSOE, por ejemplo, tiene otra matriz. Es una matriz donde caben las izquierdas españolas y los proyectos nacionalistas periféricos. El Pacto de San Sebastián que mencionas se fundamenta en el reconocimiento del derecho a la autodeterminación. Hay una negociación entre catalanes y españoles y se fundamenta prácticamente en eso. El primer estatuto de autonomía es el catalán y se funda en el modelo de autonomía que tuvo lugar en los debates del año 31 y 32. El primer modelo de Estatut dice en su preámbulo que se hace el Estatut como ejercicio del derecho de autodeterminación de Catalunya porque, y esto es importante, el derecho de autodeterminación no es solo la independencia sino el derecho a decidir cómo relacionarse con el resto del Estado. Esta mayoría de la que hablamos ha permitido grandes cambios y avances en España. Es la mayoría de la II República y es la mayoría antifranquista. Pero en ese momento también se defendía la autodeterminación. Cada vez que se ha conseguido una mayoría alternativa potente ha habido un pacto previo con Catalunya. Sucedió en el pasado y creo que es el camino para el futuro.

¿Estamos todavía a tiempo o las izquierdas españolas han perdido ya la oportunidad de seducir a individuos y colectivos que han engrosado las filas del independentismo?

Han pasado muchas cosas en los últimos años. Ha habido mucho tiempo perdido y no se puede saber con seguridad. Pero sí estoy seguro de una cosa y la puedo expresar con rotundidad. Solo hay posibilidad de cambios a través de los pactos. La alternativa a no hacer nada es y será el reinado de la derecha española. Eso es seguro. Uno no puede dejar de hacer lo que cree necesario por miedo a que lleguen cambios no deseados. Si eso hubiese sido así la Humanidad no habría avanzado. Las izquierdas españolas que defienden un modelo de convivencia tienen la responsabilidad de defenderlo hasta el final y eso significa llegar a nuevos pactos constituyentes