Luis Trigo (en el centro, sujetando un sombrero), en un entierro laico en Mondoñedo en abril de 1936./ ARCHIVO FAMILIAR Luis Trigo (en el centro, sujetando un sombrero), en un entierro laico en Mondoñedo en abril de 1936./ ARCHIVO FAMILIAR

El maquis silenciado

Cuando nací, los abuelos de mi madre ya habían muerto. De Mariano se hablaba mucho en el pueblo. Pasaría mucho...

Lucía López51 años

23 diciembre, 2019

Cuando nací, los abuelos de mi madre ya habían muerto. De Mariano se hablaba mucho en el pueblo. Pasaría mucho tiempo, en cambio, para poder escuchar los relatos sobre Luís. Siempre envueltos en un halo de misterio y secretismo. Cosas de familia. Cosas de casa.

Mi madre acudió al rescate de la tradición oral y se topó con un tesoro. Mujer culta, lectora ávida y voraz devoradora de la historia, Fernanda Cedrón Trigo me transmitió el conocimiento sobre la Memoria Histórica y mi propia familia, que había permanecido sumida en el silencio durante años. Ella era la nieta del médico de Chantada, Mariano Cedrón, y de Luís Trigo Chao, una de sus grandes pasiones. Si les digo que fue conocido como O Gardarríos, apodado así porque antes de la guerra había trabajado como guardia de la venatoria, quizás les suene. Un mito de la guerrilla antifranquista en la Mariña lucense.

Cuando murió Franco, yo tenía siete años y me puse muy contenta porque suspendieron las clases. Entonces, las cosas se compraban a plazos, ya teníamos la mesa camilla y justo ese día nos traían las dos primeras sillas. Todo era alegría, acompañada de una rara sensación tanto en casa como fuera. Murmullos y contención. La gente estaba a la espera y evitaba expresar lo que sentía, pendiente de la radio y la televisión. Mamá nos comentó: “Parece mentira que lo diga yo, pero no le deseo una agonía tan terrible ni a mi peor enemigo”.

Lección 1: sin rencor

El 23-F la casa estaba revuelta. Mi padre trabajaba fuera y mi madre no paraba de hablar en voz baja, aunque nos llegaban algunas palabras sueltas: “maletas”, “huir”, “Portugal”. La abuela, desconfiada, le advertía: “¡Fernanda, estas cosas no se pueden decir por teléfono!”.

Sin embargo, mi madre no paraba de darle vueltas a la cabeza y, pese a ser una mujer echada para delante, estaba muy asustada. Sus cuatros hijos éramos conscientes de que algo grave estaba pasando.

Lección 2: alerta y reacción

La primera vez que oí hablar de Gardarríos fue en boca de mamá. Mis abuelos se querían casar, pero él no sabía dónde encontrar a su futuro suegro para pedirle la mano de su hija. Desesperados y conscientes del peligro que supondría contactar con aquel popular maquis, convertido ya en un símbolo para el pueblo, alguien le susurró a mi abuelo en la oreja si era él quien moceaba con mi abuela.

Tras la respuesta afirmativa, recibió indicaciones para que tomase el coche de línea a Lugo. En una de las paradas, aprovechadas por los pasajeros para estirar las piernas, se le acercó discretamente un cura. Era Gardarríos, quien había bajado del monte para aprobar el matrimonio. Me quedé atónita con la anécdota, aunque luego supe que frecuentaba bailes, tabernas y partidos de fútbol, arriesgando su vida.

Los guerrilleros Neira, Gardarrios y Trancas
Los guerrilleros Neira, Gardarrios y Trancas

Pese a que en Bachillerato no estudié la Guerra Civil ni el franquismo, mi madre nos enseñó que la II República no terminó en 1936. También me ayudó a cuestionarme si lo que escuchaba en la calle era bueno o malo: sí, en la Transición había mucha gente que añoraba la dictadura. Sabía tanto que, a veces, cuando nos echaba una mano con los deberes, terminaba aturdiéndonos. Pero gracias a ella se rompió el silencio que reinaba en casa.

Porque mi abuela, María del Carmen Trigo Penabad, fue una superviviente. Jamás ha hablado, ni de su padre ni de lo que sufrió. Cuando tenía dieciséis años, fue encerrada con su madre, su hermana Digna y sus tías Nieves y Virginia en un campo de concentración de Ribadesella. Cuando las soltaron, tardaron días en regresar, caminando sin calzado ni abrigo. Por mucho que le preguntasen, mi abuela sólo respondía: “¡Gracias a Dios, no nos trataron mal!”. En realidad, debió de ser una experiencia horrible que siempre se guardó. Nadie sabe qué pasó allí…

Tampoco hablaba de su padre, Gardarríos, por mucho que mi madre se interesase por él. Mi abuela no superó aquel miedo ni en la Transición. Una vez me vio en tele durante una manifestación de estudiantes y casi le da un ataque. A sus ojos, teníamos antecedentes, aunque sólo fueran sanguíneos: ella sabía que los hijos de los rojos eran tan rojos como sus padres.

Mi bisabuelo había pasado de ser uno de los impulsores del PSOE y la UGT en el norte de Lugo a convertirse, una vez en la clandestinidad, en un héroe justiciero que castigó a dos falangistas tristemente famosos por su crueldad represora. Sin embargo, la familia terminó pagándolo. Un hijo fue obligado a combatir en el bando nacional, luego lo machacaron con palizas y terminó suicidándose. La Guardia Civil aparecía en casa de noche, obligándolas a permanecer en el patio mientras ponían todo patas arriba. Así fue hasta que lo mataron en una emboscada, junto a su compañera Antonia Díaz, en 1948. Pero mi abuela, aquella niña descalza y en camisón que sufría en el patio los rigores del invierno durante los registros, nunca superó el miedo. Ella quería olvidar. La felicidad que rezumaba la cara de mi madre cada vez que homenajeaban a Gardarríos, porque al fin se había hecho justicia, era invisible en la de mi abuela.

Cuando Fernanda preguntaba y la gente respondía, estaba rompiendo el silencio. Durante años, contrastó testimonios y fue tirando de la madeja. Sin embargo, jamás logró horadar el mutismo de María del Carmen. Una hija ante un muro amordazado. Detrás, el testimonio más directo se había quedado mudo: el de su propia madre.

Lección 3: el silencio, ese que hace las heridas crónicas

Fernanda se empeñó en conocer la verdadera historia de su abuelo. Los comienzos no fueron fáciles: cuatro hijos seguidos, trabajo en casa y fuera, una esforzada crianza. Cuando nos hicimos mayores y empezó a investigar por su cuenta, nos contaba con pasión cada pequeña pista, confirmación o avance. Hasta que poco a poco reconstruyó la biografía de Gardarríos.

Lección 4: romper el silencio

Una fecha inolvidable, porque fue ilusión en estado puro: 15 de mayo de 2001. Los maquis le reclamaban al Gobierno que los reconociese como “luchadores por la libertad”. Ellos querían figurar en los libros de aquella historia no estudiada. La presencia de los guerrilleros en el Congreso, a cara descubierta, supuso un despertar que me llevó a implicarme en la causa republicana.

El maqui Gardarrios
El maqui Gardarrios

Mientras yo conocía al luchador antifranquista Camilo de Dios, mi madre hacía lo propio con quienes habían vivido en primera persona el asesinato de mi bisabuelo y con descendientes de familias represaliadas. Conocer a Quico, el maquis del Bierzo, cambió su vida, porque conectaron mental y revolucionariamente.

Escuchar a Francisco Martínez es una suerte, pues poca gente expresa tan bien la lucha por la libertad y el dolor de ver asesinados a sus seres queridos. Él lo sigue contando, sin rencor alguno, para que todas aquellas muertes no fueran en balde.

Si para Fernanda fue importante conocer a Quico, para mí fue deslumbrante encontrarme con Odette, su hija. Una persona de gran valía que posee en Francia un archivo impresionante con testimonios sobre la guerra y la posguerra. Ella mira con ojos de mujer lo que recuerda su padre, porque la perspectiva de género es fundamental. Combatiendo el olvido femenino, sus ponencias resultan insuperables.

Lección 5: las ideas no se pueden matar

Soy feminista. Y creo que debería estudiarse la historia de las mujeres que acompañaron a mi bisabuelo y sufrieron por estar a su lado: mujer, hijas, compañeras, enlaces y guerrilleras. Ellas también fueron unas heroínas. Si mi madre recuperó a Gardarríos, mi deuda es rescatarlas a ellas. Mujeres que, sin comerlo ni beberlo, participaron en la historia de la resistencia, aunque muchos quieren callarlas todavía hoy. Cuando lo consigamos, pasaremos a la lección 6, a la 7, a la 8… Porque siempre habrá más.