Un gallito y un gallina

Javier Durán52 años

23 diciembre, 2019

El padre de mi padre, mi abuelo paterno, fue un cobarde. Un gallina, literalmente; se escondió en el interior de una doble pared que construyó en el gallinero de su casa durante los años de la Guerra Civil. Nunca supimos el coste emocional de su supervivencia, pero sobrevivió; sobrevivió para criar a una familia numerosa, mi familia.

El padre de mi madre, mi abuelo materno, fue un valiente. Porque hace falta valor para empuñar un arma en una guerra. Militó en las filas nacionales y luchó en la Batalla del Ebro, la más sangrienta de la Guerra Civil. Mi abuelo sufrió esa sangría brutal en sus propias carnes, uno de los cientos de miles de muertos de esa masacre fue su propio hermano.

Si nos atenemos a la Historia de España, así en mayúsculas, la Guerra Civil la ganó el padre de mi madre; y también ganó otra guerra posterior casi igual de importante, la guerra del relato.

Cuando éramos pequeños y visitábamos a mis abuelos, mi abuelo materno sacaba el álbum de fotos y nos enseñaba una foto suya de esa época con pose marcial, con un arma y vestido con su uniforme militar; y lo hacía con el orgullo que da haber estado, y por supuesto seguir estando, en el bando vencedor. Una instantánea de lo que fue la posguerra para los ganadores.

Mi abuelo paterno no tenía ninguna foto de “hazañas bélicas” de esa época que nos pudiera enseñar con orgullo. Su enseñanza, que pasó a su hijo, y que mi padre me pasó a mí, fue simple: “Hijo, nunca tienes que destacar; ni por arriba, ni por abajo”. Una instantánea de lo que fue la posguerra para los perdedores.

Un gallito y un gallina. Las dos Españas. Mis dos familias.

En mi familia, el único bando en el que se hablaba del “tema” era en el vencedor. En el bando familiar de los vencidos aprendimos pronto que había una palabra prohibida que no podía usarse bajo ningún concepto: “Guerra”. Era como participar en el juego de mesa Tabú.

Aun así, nuestras abuelas, nuestras tías, madres… nos educaron en unos valores que no eran los imperantes, con la esperanza de que nuestro futuro fuera algo mejor que su pasado.

¿Y cuál ha sido la herencia que me han dejado? Podría haber heredado la altura de mi abuelo materno, un hombre imponente, o los increíbles ojos verdes de mi abuelo paterno; pero en cambio heredé los ojos marrones de mi abuelo materno, y la estatura, más bien escasa, de mi abuelo paterno. Y también heredé dos formas de ver nuestro país, completamente opuestas: Orgullo y Prejuicio. Dolor y Gloria.

Y otra cosa que heredé, por ambas ramas familiares, fue miedo, mucho miedo; miedo al otro, al distinto, al diferente, al de enfrente. Y si algo aprendimos en una sala oscura de cine los de mi generación es que “el miedo es el camino hacia el lado oscuro, el miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio y el odio al sufrimiento”. Y de miedo, ira, odio y sufrimiento íbamos bien servidos en muchas familias, como en la mía, en esos años del posfranquismo y la Transición.

La muerte del dictador fue el detonante que hizo que nuestra generación, la de mis tíos, mis compañeros de clase, mis amigos del barrio… encabezáramos nuestra propia rebelión interior contra el Lado Oscuro de la Fuerza que dominó tantas décadas el Imperio. Al principio como, Han Solo, éramos unos escépticos, unos individualistas; pero poco a poco fue despertando en nosotros una conciencia social y de clase. Llegaron a nuestras vidas los movimientos vecinales y obreros, las manifestaciones y las huelgas. Ya sabéis: “Solo no puedes, con amigos sí”.

Mi familia fue durante muchos años como esa imagen de una enfermera que con su dedo índice en los labios pedía silencio en los hospitales, y que además iba reforzada por un mensaje atroz: “El silencio es salud”. Es terrible, pero para una generación entera callar, no contar lo que había pasado durante la Guerra Civil y la posguerra, era la única forma de sanar las heridas abiertas. Y nos preguntábamos, yo me preguntaba, el porqué de ese silencio opresivo, que nos rodeaba cuando mostrábamos interés por la política.

Además, ocurrió un fenómeno muy significativo; de repente, y una vez muerto ‘físicamente’ el tirano, el silencio pasó a ser doble: el silencio vergonzoso de los, hasta ahora, orgullosos vencedores; y el silencio cauteloso de los, hasta ahora, vencidos.

Curiosamente, fueron los hijos de ese silencio los que primero alzaron, alzamos, la voz contra esa falta de memoria, contra esa pérdida voluntaria de los recuerdos que vino tras esa guerra fratricida. Contra esa Desmemoria Histórica autoimpuesta. Ese “hay que olvidarlo todo para que no haya posibilidad de repetirlo”, que tan bien funcionó para algunos durante la Transición.

Siempre me ha parecido bastante injusto valorar el pasado desde los parámetros del presente. Casi ninguno superaríamos la prueba, porque afortunadamente somos animales evolutivos y quiero pensar que evolucionamos, a veces incluso a mejor.

Lo que la experiencia familiar sí me ha dejado muy claro es que los horrores de una guerra son, ante todo, profundamente clasistas. Como siempre, los que sufren ese sinsentido brutal son las clases bajas, de uno y otro bando; los que no tenían nada que perder y, aun así, lo volvieron a perder todo. Los que se tuvieron que esconder para no morir, que matar para no morir.

Muchos lucharon por lo que ellos creían unos altos ideales, pero muchos otros lo hicieron porque era lo único que podían hacer. Fue la terrible época en la que les tocó vivir –y en muchos casos– también morir.

Por todo esto, yo no veo a mis abuelos y abuelas como valientes o cobardes, como vencedores o vencidos, los veo como supervivientes, como integrantes de una generación rota, y en muchos casos perdida, que tuvo que reconstruirse y curarse para poder seguir viviendo y criando a una familia.

Gracias por todo ese sacrificio individual y generacional. Que la tierra os sea leve, y que la Fuerza os acompañe.