Una conversación con nuestros muertos

Alejandro TorrúsCoordinador del especial 'Supervivientes de la Memoria'

23 diciembre, 2019

Cuenta el filósofo Santiago Alba Rico que en España hemos hablado poco con nuestros muertos. Es más, el académico nos insta a hablar con ellos. A dialogar. Con los muertos que tenemos en las cunetas, pero también con los que no. Con los desaparecidos, pero también con los y las encerradas, con los y las que decidieron no meterse en política y también con los que lucharon contra la democracia republicana. Alba Rico nos pide que les preguntemos quiénes son, dónde están y qué hicieron en vida, en qué condiciones vivieron y por qué lucharon. Solo así, una vez hayamos hablado con ellos, tendremos el derecho a olvidarlos, a seguir con nuestras vidas poniendo un punto final a nuestro pasado, que sería ya tierra únicamente para historiadores.

Porque el derecho a olvidar al que apelan los que nos quieren ‘desmemoriados’ es solo una de las caras de la moneda. La otra es el deber de recordar. No hay ni puede haber derecho al olvido sin el deber de recordar. Es decir, no se puede olvidar lo que nunca se recordó. Y no se puede recordar sin dialogar con nuestros muertos para ver qué tienen que decirnos. Y es que dice Alba Rico que la cuestión de la memoria es, prácticamente, la cuestión de la civilización misma. No hay civilización sin diálogo entre vivos y muertos. No hay herencia compartida. La misma civilización no puede existir sin la idea de que hay una continuidad en el tiempo establecida entre generaciones.

Esta publicación que tiene el lector entre las manos pretende ser precisamente eso. Una conversación con nuestros muertos. Los tuyos, los suyos. Un ejercicio de reflexión en el que quince personas se han sentado delante de un papel en blanco para ofrecer al lector la historia de sus muertos que, en muchas ocasiones, no es otra que la historia de los vivos de su misma familia. Como dijo Julio Anguita en un homenaje al Premio Nobel José Saramago en 1999, los seres humanos no somos más que los hijos de nuestra propia memoria.

“Yo soy lo que soy porque viví con mis padres, mis recuerdos, mis historias, mis vivencias. Soy la actualización de un pasado que está vivo. Si me quitan la memoria soy un zombi, un muerto viviente. ¿Y queremos pueblos de muertos vivientes?”, decía Anguita durante su discurso. No le faltaba razón. Durante la Transición se lanzó el mensaje desde las élites políticas de que era momento de olvidar, de dejar atrás a nuestros muertos para construir un futuro que se presentaba como un folio en blanco. Estaban construyendo, poniendo la primera piedra, para un pueblo de zombis andantes.

40 años después vimos que no era cierto lo que nos planteaban. Que el futuro no era un folio en blanco, que los márgenes y las líneas venían delimitados y que esta democracia, más que darnos el derecho a olvidar, nos ha intentado obligar a olvidar y a despolitizar a nuestros muertos. Quizá por eso, 44 años después de la muerte del dictador, estos quince relatos son tan necesarios como lo hubieran sido un 21 de noviembre de 1975, justo un día después de la muerte del dictador. Y más ahora, que las fuerzas herederas de la dictadura han irrumpido con fuerza en el Congreso y citan sin rubor a reconocidos fascistas como Ramiro Ledesma.

Porque para poder olvidar primero hay que haber dialogado, cumplir con el deber de recordar o como señala el filósofo Reyes Mate: cumplir con el deber de Memoria. ¿Pero qué es eso del deber de Memoria? Explica el filósofo Theodor Adorno que los campos de concentración de Auwschitz cambiaron la historia del hombre e incluyeron en nuestra guía de comportamiento un nuevo imperativo: el deber de Memoria. Decía que desde aquella gran barbarie que fue el nazismo, pero también de sus aliados, el ser humano tenía ante sí el reto de “orientar su pensamiento y acción para que Auwschitz no se repita”.

Aplicado al caso español, este imperativo categórico nos obliga a repensar la Guerra Civil, la represión o los campos de concentración donde fallecieron miles de presos republicanos. Nos obliga a hablar con nuestros muertos. Los que murieron allí y también con los que ejercieron de verdugos. A conocer las razones por las que lucharon, por las que se afiliaron a un sindicato, por las que lucharon a favor o en contra de la II República y a tratar de utilizar toda esa información para que la barbarie que fue la represión franquista no se repita nunca. Jamás. Para construir una democracia más fuerte. Con más derechos. Para que una parte de la población nunca más se crea con el derecho de intentar borrar del planeta y de la historia a otra parte.

La antropóloga Marina Montoto explica tres de los efectos positivos que tendría esa conversación con nuestros antepasados. Uno, sacarlos del papel de meras víctimas de la barbarie o, incluso, de simples verdugos, según el caso. Poder dotar su vida de significado, conocer su existencia, sus matices, sus miedos, sus razones. Que nuestros muertos dejen de ser un nombre para convertirse en un sujeto de vida. Dos, cerrar los duelos familiares. Duelos que podemos haber heredado de nuestras madres o padres incluso sin saberlo ni desearlo. Y es que los silencios también escriben la Historia. Por último, saber más de nosotros mismos. Saber de dónde venimos y tener más claro hacia dónde queremos ir. Poder compararnos con algo o alguien para saber si vamos por buen camino como sociedad.

Y todo esto es importante para dejar claro que la Memoria no es Historia, pero que tampoco es únicamente sentimiento. La Memoria también es conocimiento. Es saber. La Historia puede hacer la labor, de una vez por todas, de contarnos cuántos fueron asesinados en la Guerra, los acuerdos con la Alemania nazi y la Italia fascista, la venta de armas de la URSS a la República o cómo las democracias europeas dieron la espalda a la española. Pero la Historia nunca nos contará cómo fue la vida de aquellas personas, sus últimas horas, sus deseos, sus aspiraciones. Las cartas que los presos republicanos enviaban a sus familias horas antes de morir nunca aparecerá en un libro de Historia. Sin embargo, nos cuenta sobre el miedo y el horror mucho más que cualquier manual.

Hay una película que refleja esto último bastante bien. Se trata de Shoah, de Claude Lanzmann. El ejemplo viene de la mano del filósofo Reyes Mate. En ella se ve a un superviviente del holocausto caminar hacia el lugar donde se encontraba la cámara de gas que acabó con miles y miles de sus compañeros de cautiverio. Al llegar, señala el sitio exacto donde se encontraba dicha cámara, pero ahí ya no hay nada. La Historia nos recuerda el número exacto de víctimas que allí fueron asesinadas. Pero la Historia nunca podrá transmitirnos la mirada del superviviente. Su miedo, su dolor, la barbarie que presenció. La mirada del expreso nos aporta un conocimiento que no estará nunca en los libros de Historia. Esa mirada, ese dolor se transmite de un modo u otro de generación en generación. Si muchos de los héroes y heroínas que se enfrentaron al fascismo no han sido olvidados ha sido, en gran medida, gracias a la Memoria y no a la Historia. Ha sido la Memoria de sus familiares la que ha permitido que sus casos, sus vidas, sus historias lleguen hasta nosotros. A continuación, os dejamos quince relatos de quince personas que conforman la Memoria de este país. Son quince supervivientes de la Memoria.