Una mujer protesta en la Puerta del Sol, en febrero de 2011, contra el dictador egipcio Hosni Mubarak y lo compara con Adolf Hitler.- DOMINIQUE FAGET /AFP Una mujer protesta en la Puerta del Sol, en febrero de 2011, contra el dictador egipcio Hosni Mubarak y lo compara con Adolf Hitler.- DOMINIQUE FAGET /AFP

Revueltas árabes: de la sublevación al abandono

Mayte Carrasco Periodista y documentalista. Experta en el mundo árabe y yihadismo.

12 de mayo de 2021

La mayoría de los artículos sobre las revueltas árabes hacen balance del pasivo y activo de lo que ocurrió hace una década. Sin embargo, aquellos hechos forman parte hoy de un proceso tan elástico como contemporáneo, tan complejo como el fuego que consumió la vida de Mohammed Bouazizi en Túnez, la chispa de lo que estaba por venir. Ese fuego transformó a millones de ciudadanos en miembros de una “contra-sociedad” árabe sin fronteras; un fuego que sigue vivo en los corazones de los supervivientes y de los más soñadores.

En ese fatídico 2011, las plazas de varios países árabes se ocuparon y se llenaron de color y cánticos como el dégage (¡fuera!). La plaza Tahrir, en el Cairo, la del Reloj, en la ciudad siria de Homs, o la de Kasbah, en Túnez, fueron teatros de representación colectiva en los que los ciudadanos cruzaban la línea roja, se llenaban de entusiasmo; henchidos de valor, se animaban a gritar al unísono “libertad” y a morir por ello. Desgraciadamente, la mayoría de esos decorados acabaron con tristes epílogos teñidos de sangre y masacres.

Millones de árabes se sentían ahogados por las dictaduras, gobernados indefinidamente por familias corruptas con herederos listos para ocupar el trono. Sin miedo, reclamaron dignidad y se enfrentaron al poder autoritario establecido, amparado y reconocido por el establishment internacional. En 2011 seguía en vigor la llamada “excepción árabe”; todas las dictaduras del mundo habían caído en el s. XX en Europa y Latinoamérica, pero no así en el norte de África y parte de Oriente Medio. De ahí que las revueltas no fueran una “revolución sorpresa”.

La sorpresa resultó que, a pesar de todo el sacrificio, no todo fue buenismo y romanticismo; pero eso solo se supo después, para su desgracia. De todas ellas sólo ha triunfado Túnez, la primera dictadura que cayó. Zine El Abidine Ben Ali, el anciano que gobernó 24 años, escapó del país con su familia el 14 de enero de 2011. Hubo una transición complicada, pero transición, y el poder se transfirió a través de elecciones democráticas; lo malo es la pobreza y la división social agravadas por la crisis de la covid-19, que amenaza hoy con malograr todo lo ganado.

Luego vendría lo peor. Empezando por Egipto, que está ahora donde lo dejaron los sublevados en 2011 e, incluso, un paso atrás. Las protestas estallaron el 25 de enero, cuando las turbas de la plaza Tahrir lograron que Hosni Mubarak, tras 30 años en el poder, lo abandonara en tres semanas. Se llegó a vislumbrar un cambio positivo al elegir por primera vez un presidente por la vía democrática, Mohamed Morsi, un moderado islamista. Pero no pudo ser. El 3 de julio de 2013 Egipto regresó a la oscuridad. Morsi fue derrocado por el golpe militar de Abdelfatah al-Sisi, hoy presidente; y murió entre rejas en 2019 de un ataque al corazón. Con Morsi también falleció el impulso que emocionó a millones de egipcios que creyeron y creen en el mito de la libertad democrática “a la occidental”.

El futuro de Egipto se llama Ejército, censura y represión. El empobrecimiento envenena un ambiente antidemocrático con un gobierno de corte marcial en el que las voces críticas se encarcelan o se matan. Durante el golpe de Estado fueron asesinados cientos de egipcios y se realizaron numerosos arrestos y órdenes de ejecución. A cambio, el vecino estado de Israel ha ganado en tranquilidad y, por ende, el resto de la región. También los gobiernos occidentales han dado su beneplácito a una autoridad que lo tenga todo “bajo control”, frente a la posibilidad de un embrión de gobierno islamista que nació muerto.

En el caso de Libia, hoy está tan magullada como el cadáver de Muamar el Gadafi cuando le mataron a palos en Sirte, sumida en una guerra que dura diez años. Como en un guion de película en su primer turning point, Libia fue el escenario de la primera guerra de la  supuesta “primavera”. Las manifestaciones de febrero del 2011 derivaron en choques armados y el excéntrico dictador, que llevaba 42 años al mando, intentó aniquilar a los rebeldes barbudos de las katibas de Benghazi a cañonazos en pleno desierto. Durante siete meses, la aviación de Gadafi y las balas de los mercenarios africanos avanzaron “zanqa zanqa”, calle por calle, como decía la canción tan popular en aquellos días.

Gadafi no contaba con que los rebeldes recibirían el apoyo de una coalición internacional de la OTAN, de modo que en septiembre los guerrilleros llegaron a la capital, gracias al fuego de los aviones “Rafale” de Francia, que buscaba mejorar sus negocios en este país rico en petróleo. Muerto Gadafi, hubo elecciones en julio del 2012, pero el comandante golpista Jalifa Haftar reclamó el poder y declaró una guerra contra el Gobierno legítimo reconocido por la ONU que sigue hasta hoy. Mientras, el país se hunde en la miseria, menguan los derechos fundamentales y los inmigrantes que pasan por allí para viajar a Europa sufren esclavitud, cárcel y malos tratos.

En marzo del 2011, le tocó el turno a la joven y cultivada sociedad siria. El también joven y cultivado oftalmólogo y hoy dictador Bashar al-Asad había aprendido de las revueltas anteriores; tanto o más que de su padre Hafez, cuya crueldad superó con creces. La represión fue inmediata y tan brutal que supuso una invitación a miles de jóvenes a unirse a la lucha armada en todo el país. Las milicias, al principio, eran familiares o locales, pero más tarde irrumpieron grupos radicales como Al Qaeda o Daesh (Estado Islámico) para financiarlos y controlarlos, condenando a la oposición siria al descrédito internacional y al fracaso.

Cientos de miles de civiles han sido masacrados, torturados o apresados en esta guerra civil, que  también ha cumplido diez años. La mayoría de los crímenes contra la humanidad han sido cometidos por el régimen de Al-Asad y sus aliados; millones de sirios se han convertido en refugiados; niños inocentes y civiles han muerto en un sacrificio colectivo que ha culminado en fracaso. Convertida en una “proxy-war”, la guerra de otros en tierra ajena, Rusia e Irán apoyan a Al-Asad mientras la oposición recibe el respaldo de Turquía y algunas potencias occidentales.

Hubo otros países árabes, como Jordania, Bahrein y Yemen, que fueron víctimas de las injerencias internacionales. Yemen fue y es epicentro del enfrentamiento entre Irán y Arabia Saudí, que se disputan el liderazgo de la región. En Yemen, por ejemplo, se deshicieron en 2011 del dictador Alí Abdalá Salé, pero eso abrió la puerta a una Al Qaeda que se hizo fuerte en el país; los rebeldes hutíes dieron un golpe de Estado y comenzó una intervención militar de una coalición liderada por Arabia Saudí en marzo de 2015. La guerra civil no solo dura hasta hoy, sino que es “el mayor desastre humanitario del mundo” según la ONU. Hay hambre, cólera y abandono total.

En este escenario, todo hace pensar que el mundo árabe está condenado a elegir entre dictadores con perfil militar o islamistas armados. Mientras, el malestar y las revueltas continúan. Las masas regresaron a las plazas y calles en una nueva oleada de manifestaciones en 2019 en Argelia, Líbano, Irán e Irak, que se espera se reanude tras los confinamientos; la crisis económica despertará sin duda la vieja necesidad de justicia social, progreso e igualdad que anhelan millones de árabes.

Porque, como diría Saint Exupery, estos hombres y mujeres poseen una sola libertad, la de pensamiento, pero en casa y sin protestar.