Opinión

Una vacuna en común

Laura CasiellesPoeta, periodista y escritora

21 junio 2020

Este tiempo de excepción ha sido como una lupa grande puesta sobre una realidad que ya existía. Igual que la fiebre en los cuerpos, con la pandemia han saltado, como alarmas, los síntomas de que también nuestro cuerpo social estaba demasiado débil para un virus como este. La onda expansiva desencadenada por la covid-19 ha sacado a la luz muchas grietas, personales y colectivas, que ya estaban ahí, pero que en la inercia de la cotidianeidad podíamos permitirnos ignorar, siempre que no nos tocasen demasiado de cerca.

Bajo esta lupa sobrevenida, se han hecho evidentes las inmensas desigualdades sociales que atraviesan este país, una brecha que se extrema en una circunstancia como esta, dejando particularmente desasistidos a los y las más vulnerabilizadas. Se pone de manifiesto cómo las políticas de recortes de lo público, muy particularmente en el caso de la sanidad, han debilitado el sistema que debía protegernos. Aflora también la debilidad de los vínculos sociales y comunitarios a la que nos hemos acostumbrado: es ahora cuando parecemos redescubrir la importancia del vecindario, del barrio o el pueblo, de la red.

Y así ocurre con infinidad de aspectos: desde la mala atención a las personas mayores en las residencias hasta nuestra falta de soberanía sobre nuestros datos cuando nos movemos en el mundo digital; desde la importancia de los trabajos de cuidados hasta la aplastante realidad de que hay muchas casas sin ordenador ni wifi.

Y, como en todo momento de crisis, se ven también agrandadas las fisuras y contradicciones de nuestros modos de vida, de nuestras elecciones, de nuestras decisiones. El impacto de un virus pequeñito ha puesto patas arriba lo que habíamos entendido como dado, como campo de juego: las decisiones personales y contratos sociales que definían nuestras inercias e itinerarios.

Lo laboral se vio sometido a una nueva categorización de importancias y prescindibilidades: ¿qué sentido tiene lo que hacemos, qué valor se le da? Los afectos se pusieron en el centro, por ocupaciones y preocupaciones: ¿y normalmente en qué periferia están? Lo social quedó virtualizado: ¿qué es estar cerca, qué es comprometerse, qué es verdad y qué es imagen? El consumo bajó a sus mínimos: ¿qué se revela ahora como exceso?

Por el confinamiento o por su imposibilidad; por la soledad o la compañía ineludible; por la imposible conciliación o la inacción frustrante: quien más, quien menos, todas y todos nos hemos hecho preguntas. Y hemos intuido algunas respuestas. Habrá para quien hayan sido revelaciones de un desajuste en que no había reparado antes. Habrá para quien hayan sido confirmaciones de un diagnóstico que venía de largo.

En todo caso, las reflexiones confluyen en cierto aire de cambio en el sentido común que nos dice que esta ansiedad de los cuerpos individuales y esta fiebre del cuerpo colectivo están apuntando a la raíz: que lo que no podemos es seguir como estábamos.

Lo que en esta crisis ha aparecido como esencial es lo que muchos movimientos sociales y políticos, muchas corrientes de pensamiento y personas lúcidas, vienen diciendo desde hace mucho. Que hay que poner la vida en el centro, dice el feminismo. Que este planeta no aguanta la tralla que le metemos y nos va a estallar entre las manos, dice el ecologismo. Que si no tejemos en común no somos nada, dicen los movimientos vecinales. Que ante cualquier imponderable que desate una crisis, quienes ya estaban peor se quedan sin nada, dice en general la izquierda. Que no se vale todo en el juego egoísta de los intereses parciales, y que hay poner el foco en lo que de verdad importa, dice la ciudadanía consciente.

No, no hacía falta una pandemia para que nos diéramos cuenta de todo esto. Sí, ya estaba ahí. Pero la gran lupa nos ayuda a centrar la mirada donde tantas Casandras venían diciendo que había que hacerlo. Si ahora somos más, bienvenido sea.

Al mismo tiempo, surgen también de la nueva circunstancia nuevas preguntas y dilemas: hasta dónde estamos dispuestos a ceder nuestra libertad y nuestra privacidad; de qué balance entre cuidado y vigilancia somos capaces; qué modos de vida podemos inventar cuando se ralentizan el consumo y la productividad; cómo vamos a movilizarnos en un mundo que quedará tocado por inercias de distancia y virtualidad.

El medicamento contra esta crisis (y la vacuna para la próximas) tendrá que atender a todo eso, a lo que aflora y a lo que surge. Hacerse cargo de qué decisiones y prácticas trajeron hasta aquí y ser capaz de ofrecer alternativas. Cada uno y cada una de nosotras, por nuestra parte, tenemos la responsabilidad de comprender que, igual que en la pandemia, el «sálvese quien pueda» no sirve de nada: también cuando todo esto termine, la posibilidad de salir adelante dependerá de que hagamos lo necesario para el bien común, cuidando particularmente de quienes están en situaciones de mayor vulnerabilidad.

Lo bueno es que, para este medicamento, para esta vacuna, no tenemos que esperar a que la encuentre ningún laboratorio. La inventamos entre todas y todos, en colectivo. Y tenemos muchas pistas sobre los ingredientes. Así que venga, manos a la obra, para que las próximas fiebres no nos hagan tanto daño.

Lee el especial completo  ‘…Y llegó la pandemia’  en este enlace

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