Opinión

Mi propia película de terror

Marta Hernández ArriazaPsicóloga. Víctima de la covid-19

23 junio 2020

Es curioso cómo cuando miro hacia atrás casi no recuerdo haber tenido la covid-19. Solo quedan una opresión en el pecho y los sueños que me invaden por las noches.

Pero, ¿cuándo comenzó todo realmente? Quizá en enero, cuando leí aquel artículo chino en el que se narraban las desgracias que semanas más tarde viviríamos en nuestra familia. Quizá en febrero, cuando decidí llenar poco a poco mi despensa, comprar papel higiénico y un paquete de mascarillas quirúrgicas por un euro. O quizá a principios de marzo, cuando dejé de ir a estudiar a la biblioteca porque estaba muy cansada y el olor a lejía de la sala me parecía insoportable. Aunque, muy probablemente, todo comenzó aquel 8 de marzo, Día de la mujer, cuando quedé con mis padres a comer y mi madre apareció pálida y débil como nunca la había visto. Entonces empezó mi propia película de terror.

La película duró más de un mes. Y en ese mes mi mundo emocional se volvió un agujero negro de miedo, incertidumbre, rabia, pena, ansiedad y desesperación. También impotencia al no entender por qué mi madre estaba enferma y no podía verla, abrazarla, cuidarla. Como tantas veces ella me había cuidado a mí. No entendía por qué a mi padre no le bajaba la fiebre y nadie hacía nada.

Llamaron a todos los números de atención sanitaria de la Comunidad de Madrid sin recibir ninguna visita. Olvidados en su casa y desamparados por un sistema desbordado que te pedía que te quedaras en casa a no ser que te ahogases. Sin saber que, cuando fuera así, sería demasiado tarde. Impotencia al ver que mi abuela, después de 70 años con mi abuelo, no podía cogerle la mano al que había sido su compañero de vida antes de fallecer. Todo por no contagiarse de un virus que, sin saberlo, ella también tenía.

También hubo culpa. Por todas partes. Por no haber insistido a mi padre en que fuera antes al hospital. Por haberles dicho que no tomaran ibuprofeno cuando era lo único que les bajaba la fiebre. Por no haber acompañado a mi madre en esos cuatro días que estuvo sola al ingresar mi padre, abrazada a su abrigo pensando que su marido iba a morir. Por no haber estado a su lado cuando la llamaron para decirle que su padre había fallecido y que su madre estaba sola en una habitación de la residencia sin poder abrazar a sus hijos.

Por haber cogido un taxi cuyo conductor sobrepasaba los 60 años sabiendo que podía contagiarle el virus. Culpa por haberle ocultado a mi padre que yo estaba en casa con mi madre, que su suegro había fallecido y que su propia madre estaba en el mismo hospital que él. La covid-19 nos atrapó en su red de mentiras y culpas de la que poco a poco salimos gracias a nuestro amor. Desesperada, desolada y derrotada. Así me sentí durante muchos días. Sintiendo que cada vez que la vida nos daba un momento de suspiro, al día siguiente nos daba un golpe más fuerte. Así encontré a mi madre al llegar a su casa. Así escuché a mi padre cuando le llamé por teléfono. Así me dijo mi hermana que se sentía tras semanas de ansiedad, sin poder contener la comida, con miedo a perder el bebé. Estar embarazada en tiempos de coronavirus es vivir permanentemente en cuarentena.

Sin embargo, en ese mes también hubo milagros. El milagro de mi hermana diciendo a mi padre que iba a ser abuelo el mismo día que sería ingresado y cuya noticia estoy convencida de que le dio una razón adicional para respirar como un pajarito y salir del hospital quince días después. El milagro de mi amiga que trabaja en un hospital como médico residente de primer año y que se acercó a ver a mi padre poniendo en riesgo su salud para convencerlo de que sí o sí tenía que ir al hospital. El milagro de poder decirle a mi padre que iban a llevarle a despedirse de su madre, que estaba en las Urgencias del mismo hospital. El milagro de que cuatro días después le dejaran compartir habitación con su madre, y de que, con sus pocas fuerzas, pudiera darle todo su amor de hijo. El milagro de que mis tías pudieran entrar a despedirse de mi abuela el día que falleció.

Todos esos milagros nos han enseñado la importancia de las pequeñas cosas: los abrazos, la ilusión al saber que mi padre ha recibido mi carta, escuchar su voz, ver su cara a través de la cámara, rezar con mi madre, el funeral improvisado por videollamada… Tantos pequeños momentos que hasta ahora habíamos dado por supuesto que nos pertenecían.

Y a partir de ahora, ¿qué? Nos quedan todavía muchas semanas de incertidumbre, de reinventarnos laboralmente, de esperar para poder abrazar a mi familia. De ilusión y esperanza por esta nueva normalidad que deseamos llegue pronto y nos aporte suerte. Buena suerte, mala suerte, nunca se sabe. Que nos enseñe también a confiar de nuevo, nos arrope cuando tengamos pesadillas y nos permita caminar sin miedo. Porque de nosotros depende qué hacer con el tiempo que se nos ha dado. Así que recuerda, piensa en positivo, no dejes de reír ni de soñar, que todas juntas lo vamos a lograr.

Lee el especial completo  ‘…Y llegó la pandemia’  en este enlace

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