Imagen de 'Tras los muros', proyecto de Aitor Garmendia

Vivir y morir en el criadero de Europa

Violeta Muñoz

9 julio, 2019

Ojos desencajados, posturas imposibles, hacinamiento extremo, convulsiones. El término “inhumano” cobra nuevas dimensiones en las instalaciones de la boyante industria animal que está convirtiendo la que era la huerta de Europa en un establo de gigantescas dimensiones. España ya produce el triple de carne de la que consume y sólo en 2018 la producción ganadera creció un 5%. ¿Cómo se engordan, transportan y sacrifican la inmensa mayoría de los más de 850 millones de animales que cada año pasan por los mataderos de la industria cárnica?

“Las descargas eléctricas, los disparos de bala cautiva o los baños de agua electrificada, por brutales que parezcan, son procedimientos estandarizados que forman parte de la actividad regular de cualquier matadero”. Así se expresa Aitor Garmendia, pseudónimo del autor del documental Tras los Muros y que ha logrado acceder a 16 de estas instalaciones para mostrar la crueldad que se esconde tras la matanza de vacas, cerdos, corderos, pollos y conejos. Sus fotos y vídeos reflejan prácticas tan espeluznantes como la quema de un cerdo vivo con soplete o el degüello de animales conscientes, prácticas prohibidas por las leyes de protección animal. “El incumplimiento de la normativa es más habitual de lo que nos hacen creer”, prosigue.

Lo corrobora Alfonso Senovilla, miembro de la Asociación de Veterinarios Abolicionistas de la Tauromaquia y del Maltrato Animal (AVATMA): “Es relativamente frecuente el incumplimiento de la legislación con utensilios que provocan descargas eléctricas y que en muchas ocasiones se aplican en zonas no autorizadas como la cara, vulva o testículos para provocar un movimiento más rápido a los animales que son acarreados”. Otra ilegalidad frecuente, según el veterinario, es castrar a cerdos y cerdas ibéricas sin anestesia o analgesia.

Y aún así, ¿es suficiente con respetar escrupulosamente las leyes de bienestar animal? Senovilla cree que no. “La ley permite que un cerdo de más de 100 kilos disponga únicamente de un espacio de 0,65 m2. O que una gallina ponedora dentro de una jaula tenga un espacio equivalente al tamaño de un folio. O que una cerda de reproducción esté durante 20 semanas al año encerrada en una jaula en la que ni siquiera puede darse la vuelta”, explica.

Por otro lado, la acuicultura atrae menos miradas pero presenta cifras impresionantes en España, el mayor productor de la UE. En 2017 se generaron 342.453 toneladas de pescado destinado a fines comerciales, según datos del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca. A finales de 2018 una investigación de la ONG italiana Essere Animali publicó imágenes de varias piscifactorías que mostraban cómo los peces engordan y viven en tanques que llegan a hacinar hasta 300.000 ejemplares. Muchos mueren aplastados, pero no es solo la falta de espacio: cientos son guardados vivos en hielo, atados con una cuerda desde las branquias a la cola o desovados vivos.

La concienciación ciudadana aumenta desde sonadas investigaciones pioneras. Entre ellas, las denuncias contra el sistema de cría y engorde de patos y ocas para la producción de foie, basada en la alimentación forzada mediante tubos para hipertrofiar sus hígados. Buena parte de Europa ha abolido este producto y es noticia por su reciente prohibición en el Estado de California. Otro ejemplo paradigmático es la caza indiscriminada de ballenas, que en el caso de las Islas Feroe se realiza con sierras o cuchillos como fiesta popular y en la que se llegan a sacar los ojos a los cetáceos o se sierran sus mandíbulas.

El problema, en muchas ocasiones, es la masificación. La hacinación de animales para un mayor beneficio económico. Es la economía de escala. Garmendia apunta que algunas plantas cárnicas procesan hasta 10.000 pollos por hora o 10.000 cerdos al día. “No es posible atender a cada uno de ellos, asegurarse de si han sido debidamente descargados, si han llegado enfermos o correctamente aturdidos y degollados. Cualquiera que haya trabajado en un matadero lo sabe”. Para el autor de Tras los Muros, de hecho, buena parte de lo que se conoce como “bienestar animal” no es sino “un fraude” al que recurre la industria para apaciguar la creciente preocupación de los consumidores por el modo en que viven y mueren los animales que llegan a su mesa. “Solo se implementa en la medida en que no incide significativamente en la producción y acaba sirviendo únicamente para edulcorar la imagen de la industria”, dice.

Para el colectivo antiespecista vasco NOR, esas normativas también son “tranquilizadores de conciencia”. “Aunque a corto plazo pueden tener un beneficio (cuestionable visto cómo funcionan), a la larga son parches en un sistema que utiliza a los animales cual objetos”, critica la portavoz, Maialen Sagüés. Garmendia pone un ejemplo: “Es legal aplicar una descarga eléctrica a un animal si éste es destinado a la producción cárnica, pero ese mismo acto puede llevarnos a los tribunales si convive con nosotros”. Por eso entiende que “el marco ideológico bajo el que opera el bienestar animal es contradictorio y no casual”, y subraya que a finales de los setenta se crearon en Gran Bretaña los estándares de bienestar que hoy influyen en las legislaciones de todo el mundo. “Desde su origen quedaron supeditados a los intereses de la industria ganadera”, denuncia.

Para el fotógrafo, quienes exigen que se cumplan las medidas de bienestar animal “deberían primero leerlas». Estoy seguro que muchos se alarmarían. ¿Sabe la gente que es legal triturar pollos recién nacidos vivos?, ¿estampar animales contra objetos?, ¿sumergir la cabeza de pollos en baños de agua electrificada? Todo esto lo ampara la ley. Cuando se exige que se apliquen las medidas de bienestar animal, se está exigiendo que se realicen estas prácticas”, denuncia.

El proceso más polémico, conforme se han publicado investigaciones e imágenes de lo que ocurre dentro de los mataderos, es el aturdimiento. Son técnicas para que el animal pierda el conocimiento y evitar que sufra mientras es sacrificado y se desangra, como exige la legislación europea. “La industria cárnica asegura que con estos métodos los animales no sufren, pero saben que en sus mataderos, debido a diversas causas, la realidad es otra”, critica el fotógrafo.

“Acertar un disparo sobre la cabeza de una vaca asustada que pesa cerca de media tonelada y que se resiste a morir o colocar dos electrodos en ambos lados de la cabeza de un cerdo mientras resbala agitado sobre un suelo bañado de sangre, no son tareas fáciles”. Garmendia asegura que en algunos mataderos se incumple la normativa en presencia del veterinario y denuncia haber visitado dos mataderos de corderos donde los animales, directamente, no eran aturdidos. “En otro se me prohibió el acceso a esa zona específica y en un tercero se me confesó que la razón por la que se aturdía a los animales era la presencia de una cámara”, prosigue.

Además, hay excepciones legales, permitidas por las tradiciones de parte de las comunidades musulmanas y judías, que exigen que el animal llegue al sacrificio con plenas facultades. Consideran el aturdimiento como señal de enfermedad que invalida el sacrificio, según los ritos musulmán halal y judío kosher. La exportación a países que demandan estos productos ha hecho que este tipo de sacrificios se expanda en España. Antonio de Diego es responsable de comunicación del Instituto Halal y explica a este diario que actualmente hay 86 mataderos certificados. En 2010 eran 28. Aunque apunta que el consumo nacional de productos halal está en alza y reconoce que son las exportaciones las que tiran del sector.

El organismo defiende que la mayoría de las normas, “tanto en el plano técnico como en el religioso, permiten el aturdimiento reversible”, es decir, aquel que no provoca la muerte del animal. “Es anecdótico este tema, la gente quiere calidad y los empresarios que sus productos cumplan con los estándares más altos para satisfacer al cliente. Los países que más compran a España son Argelia y los países del Golfo”, explica.

En 2017 AVATMA redactó un informe sobre la matanza de animales sin aturdimiento previo en el que denunciaba estas excepciones a la ley europea por motivos religiosos pero también “no lo olvidemos, por el sacrificio de bovinos de lidia en plazas de toros por tradición cultural”. Quien puntualiza es la veterinaria Virginia Iniesta, coautora de aquel informe y que resume a Público la visión del colectivo: “El bienestar y la protección de los animales deberían estar siempre por encima de cualquier consideración de carácter cultural, artístico o económico y las tradiciones religiosas deberían conciliarse con el bienestar animal de manera que los animales no sufran”.

Aunque la UE sigue contemplando esas excepciones, varios países ya las han prohibido y la experta recuerda que existen instalaciones en España adaptadas para realizar sacrificios por el rito halal con sistemas de aturdimiento, como el Matadero Central de Asturias.

Por otro lado, el colectivo NOR critica que “las campañas contra la industria halal tienen grandes sesgos racistas y xenófobos: En una  sociedad occidentalista y racista como la nuestra se promueven ideas como que los occidentales ‘somos más humanitarios’. Desde nuestra blanquitud, tenemos bastante que revisar en nosotras mismas todavía”, expresa Maialén Sagüés.

Para este colectivo, que también ha llevado a cabo investigaciones sobre las condiciones de los animales en mataderos de Euskadi y en colaboración con Garmendia, “no hay forma ética o ‘humana’ de matar y por tanto no entramos a valorar qué procedimiento es preferible”.

La veterinaria de AVATMA, por su parte, ve preocupante el aumento de sacrificio sin aturdido previo por simple interés industrial: “La normativa actual no obliga a informar del modo de sacrificio en la etiqueta de los productos cárnicos y la carne de animales no aturdidos puede llegar al resto de consumidores sin que lo conozcan”, denuncia Iniesta.

La huella imborrable de millones de animales

La búsqueda de alternativas al modelo de macrogranjas está íntimamente ligada a las consecuencias medioambientales y sociales de explotaciones que se han expandido vertiginosamente por vastas zonas de la Península. “Es lo que llamamos modelo integrado, donde ganaderos o trabajadores no son los propietarios ni toman decisiones respecto a los animales: las grandes empresas cárnicas suministran el pienso, los antibióticos, los veterinarios, se fija un precio y ese ganadero vende los lechones ya criados, son granjas de engorde”, explica Blanca Ruibal, coordinadora de Agricultura y Alimentación en Amigos de la Tierra.

En un sector que exporta dos tercios de lo que produce y en el que cada vez son más protagonistas los grandes animales (cabaña porcina y bovina), “la lógica es que aquí se quedan los impactos, la contaminación del agua, del suelo, los malos olores, los polígonos de macrogranjas en los pueblos, la carne se va fundamentalmente a China y el beneficio se lo quedan unas cuantas empresas”. También tumba la idea de que producen riqueza: “En una macrogranja de 2.000 cerdos se saca un sueldo para una persona, escaso y trabajando de sol a sol”, denuncia.

La experta critica que se trata de un modelo “totalmente desconectado del ecosistema en el que está y requiere muchísima agua en lugares en los que además hay escasez”. Cree que en un momento de emergencia por el cambio climático, el sistema agroalimentario no se está planteando “cambios profundos” y recuerda que aquí no hay alimentos suficientes para estos cerdos, sino que “se importan ingentes cantidades de soja de Brasil, Paraguay, Uruguay, con todo lo que conlleva ese transporte y lo que sabemos del monocultivo de soja para la deforestación y la expulsión de comunidades”.

No obstante, para la activista, hay esperanza toda vez que “a la industria no le están saliendo los planes tan bien como esperaba: Esta idea de ir a pueblos pequeños, vacíos, en los que no queda casi nadie y poner la granja sin que nadie diga nada… La realidad es que se han encontrado con una enorme resistencia por parte de vecinos y vecinas”.

Para buena parte de las voces consultadas la base está en la conciencia ciudadana pero requiere posiciones políticas. Ruibal cree que un Gobierno que se defina ecologista tiene que mirar más allá de la energía y la movilidad, temas clásicamente asociados al cambio climático. “Es fundamental que se pongan los ojos en el sistema alimentario, fuente de emisiones de gases invernadero, de destrucción del suelo, de un gasto excesivo de agua. Es una tarea que queda por hacer”, asegura Ruibal.