María Pascual en la máquina de aparar que tiene en su casa.- BEATRIZ LARA

María Pascual: "Alguna noche me ha tocado velar para terminar la faena"

Mujeres que nacieron en el mundo rural vieron sus municipios industrializarse en las décadas de los 40 y 50. El caso de María refleja cómo, en este contexto, la economía sumergida se coló en las casas de los ilicitanos.

Beatriz Lara

3 de mayo de 2022

En el patio de su piso en el barrio ilicitano del Pla, María Pascual acaricia una de sus plantas, una areca, mientras explica: "Me la regalaron, le salen unas flores muy bonitas". Al fondo está la mesa que servía de soporte a la máquina de coser que fue su compañera tantos años. A esa máquina ahora la sustituye una máquina de costura: "A la otra se le quemó el motor". Su hija Loli siempre la encuentra hilvanando algo, pero con la máquina nueva ya no cose.

A sus 91 años, María ya no ve apenas y, hasta que su otra máquina se quemó, cosía a tientas, con la confianza que dan décadas de oficio y conocer bien la herramienta. Cuando habla mezcla valenciano, su lengua materna, y castellano, con el que se comunica con su marido Manuel, de 86 años y originario de Catral, una localidad de la provincia de Alicante. Ambos viven bien gracias a la pensión que él recibe por trabajar décadas como bombero, aunque también ha sido agricultor, camionero... Tras toda una vida trabajando, primero en el campo y luego en el calzado, como aparadora domiciliaria, ella no cobra nada: jamás cotizó por su trabajo.

María nació en el campo de Elche en 1930 y fue al colegio hasta los 14 años. Su padre, Antonio, que trabajaba en Riegos de Levante, la animó a ello; quería que sus hijos e hijas pudieran desenvolverse en el mundo sin que los engañaran como a su mujer, que era analfabeta. Aunque ahora sus problemas de visión la limitan, siempre ha sido una persona curiosa y ha leído mucho. De niña, compaginaba sus estudios con las tareas del hogar y de la tierra, y pronto mostró interés por aprender a llevar la máquina de coser que su madre tenía en casa. "Un mecánico que fue a repararla dijo que esa máquina servía para coser y para bordar; a mí aquello se me quedó en la cabeza". Cerca de donde su padre tenía la tierra, una vecina se dedicaba a aparar. "Yo nunca había visto hacer zapatos".

María pidió permiso para ir a casa de esa vecina a aprender cómo hacer calzado. En Elche, el aparado es tradicionalmente un oficio de mujeres que se transmite de generación en generación, que se aprende en las casas de las vecinas, las amigas de las madres o las propias madres. Sin embargo, como aún sucede en muchos oficios, existía quien trataba de aprovecharse de las aprendices: "Cuando veo cómo se hace algo, enseguida aprendo a hacerlo. Esa mujer quería que estuviera cuatro años con ella de aprendiz. Que le hiciera faena sin cobrar nada. A los dos o tres meses me marché y no volví", rememora María.

En esas pocas semanas, aprendió lo suficiente como para animarse a ir a la ciudad en busca de faena. "Entonces en el campo no había ninguna aparadora. Mi padre me dijo que había perdido el tiempo, pero le contesté: 'Lo que sé, ya lo sé'". Con sus conocimientos sobre cómo trenzar yute para hacer carrereta para alpargatas, fue a una fábrica situada en la zona que ahora es el barrio del Pla: "En esemomento tendría 14 o 15 años; cuando llegué, pedí faena y me dieron un par para hacer. Cuando volví me dijeron muy sorprendidos: '¿Tú has sabido hacer esto?'", cuenta orgullosa. En esa misma fábrica pidió retales de paño, compró una bobina de hilo y una aguja y se fue a casa a aprender a bordar.

En Elche era común que algunas personas sacaran faena de las fábricas y las repartieran entre jóvenes que se buscaban la vida: "Fui a pedir faena a una mujer en el Raval y le dije que sabía llevar la máquina, pero no bordar. Me dio una docena para que probara. Como ya había estado practicando con los retales, me salió que ni planchada. Cuando se la llevé me dijo: 'Me has engañado: me has dicho que no sabías y traes la faena de pincel'. Esa mujer también me enseñó a hacer borlas [las bolas decorativas de hilo o pelo que adornan algunos zapatos]; tras hacer la primera me dijo: '¡Me has vuelto a engañar!'. Era verlo y sabía hacerlo".

En aquella época muchas mujeres cosían calzado, aunque la actividad no estaba profesionalizada: "Que sepan llevar la máquina hay muchas, pero aparadoras pocas", recuerda María que le oyó decir a alguna encargada de fábrica, una forma de decir que muchas veces el calzado se trabajaba por personas que no eran especialistas y se producía con una calidad muy baja. En ese contexto, la habilidad de María con la faena enseguida destacó. Se presentaba como una aprendiz o como aparadora con poca experiencia, pero solía dejar sorprendidos a aquellos para los que mostraba su pericia. La habilidad de María para aprender todo lo que tuviera que ver con el calzado también le generó rivalidades. Recuerda cuando aprendió a tejer en telar, algo que también se le daba muy bien; una compañera se enfadó con ella cuando llamaron a María a trabajar en lugar de a ella: "Dejó de hablarme y ya no me ha vuelto a hablar más".

Sin embargo, María no se conformaba con lo que ya sabía hacer. Cuando unos vecinos nuevos se instalaron cerca de donde vivía, descubrió que la mujer tenía una máquina; le emocionó encontrar a otra aparadora que también viviera en el campo. Fue a su casa y le ofreció trasladar allí su máquina para poder aprender de ella. Aquella mujer fue más honesta: "A los dos días me dijo que por qué había ido a que me enseñara a hacer zapatos, que los hacía igual que ella". Así que se fue a buscar faena a las fábricas: "Entonces todas tenían letreros: 'Hacen falta aparadoras'". María trabajaba en casa, tanto cuando vivía en el campo como cuando se mudó a la ciudad: al principio se llevaba la faena en bicicleta, y más adelante se la llevaban en coche. A veces tenía que poner ella el hilo, y reconoce que no ganaba como si trabajara en la fábrica. "Pagaban la faena muy barata; he hecho a peseta el par. Otras veces con 100 pares me sacaba 50 o 60 duros. Yo me conformaba con ganar para el pan, para comprarle ropa a los niños...". Alguna vez tuvo que secuestrar la faena para que le pagaran por su trabajo, que compaginaba con el cuidado del hogar y de sus dos hijos; otras veces le pedían plazos imposibles: "Alguna noche me ha tocado velar, pero pasar noches enteras despierta no".

"Yo he hecho carrereta para alpargata, he bordado, he hecho calzado de caballero, de señora, deportiva, botas militares... De todo. Siempre estaba buscándome faena". Como en muchos hogares ilicitanos, María transmitió su oficio a su hija Loli, que al principio no quería aprender: "Empezó a estudiar secretariado, pero se cansó. Cuando le dije que aprendiera a hacer zapatos me dijo: '¡Sí, porque tú hayas sido aparadora voy a ser yo aparadora! No me gusta'". Pero al final Loli aprendió —fue aparadora hasta
pasados los 40 años, cuando decidió cambiar de oficio en busca de algo que asegurara su jubilación; ahora tiene 58—, su padre Manuel le compró una máquina e incluso buscaron a madre e hija para ir a trabajar a un taller: "Teníamos que llevar nuestras máquinas. Les dije que ni yo ni mi hija íbamos a ir a ningún taller. Entonces yo le trabajaba a una fábrica que era muy buena: pagaban la faena muy bien y el material era divino". Loli vivió en su piel el trabajo en la fábrica; María recuerda que le dijo que no iba a durar más de 15 días y no se equivocó: "En la segunda semana ya se quejaba del frío que pasaban en el local en el que estaban. Le pagaban poco y el material con el que trabajaban era muy malo. Las
compañeras tenían máquinas viejas y tijeras que no cortaban. Se volvió a trabajar en casa".

María cuenta que siguió trabajando incluso después de casarse su hija. "Mi hijo me encontraba un domingo por la tarde en casa trabajando; no hacían nada en la tele, me aburría y me ponía a hacer faena. Me decía que qué hacía trabajando, que si no tenía para comer. Yo le decía: 'Sí, pero no sabes lo a
gusto que estoy yo aquí'. Siempre me ha gustado buscarme faena".