Opinión

De la Revolución Rusa a la Revolución Francesa

Joaquín EstefaníaPeriodista. Ha publicado el libro 'Revoluciones. Cincuenta años de rebeldía (1968-2018)', en Galaxia Gutenberg.

29 mayo, 2018

El recorrido ideológico de la mayor parte de los protagonistas de los movimientos sociales del último medio siglo ha ido en sentido inverso a la historia: en ésta primero fue la Revolución Francesa (año 1789) y luego la Revolución Bolchevique (1917). En mayo del 68, el primero de esos movimientos sociales, los estudiantes y los obreros que trataron de cambiar el orden establecido, se reconocían casi todos del marxismo; los primeros, de los diferentes marxismos heterodoxos (maoísmo, trotskismo, luxemburguismo, guevarismo…); los obreros, encauzados mayoritariamente en las filas del Partido Comunista francés y de la Confederación General de Trabajadores (el sindicato que todavía era la correa de transmisión del primero) seguían las directrices que llegaban de Moscú. Esto causó una contradicción creciente entre los estudiantes y los obreros que, a la postre, debilitó el laboratorio social que supuso mayo del 68: los jóvenes que venían de la universidad y los liceos abominaban del comunismo que representaba Leonidas Breznev y su séquito moscovita.

Es muy difícil que los participantes en el movimiento antiglobalización, que tuvo su cenit a finales del siglo pasado; los indignados de todo el mundo, que se multiplicaron en las calles y en las plazas, a partir del año 2011; o las mujeres que mayoritariamente pidieron la palabra el 8 de marzo de 2018 se definan como marxistas y alcen su voz con consignas como “todo el poder para los soviet”. Más bien han hecho propios los valores de la Revolución Francesa de casi dos siglos y medio antes: libertad, igualdad, fraternidad. Ser consecuentes con esos valores significa hacer realidad el principio de ciudadanía: una persona es ciudadana si es triplemente ciudadana: tiene los derechos civiles (libertad de expresión, de manifestación, de pensamiento…), los derechos políticos (poder elegir a sus representantes o ser elegida si ella se presenta), y los derechos civiles o económicos (unos estándares mínimos de bienestar y de seguridad conforme a cada época).

Esta transformación ideológica desde 1968 hasta nuestros días es perceptible en el contexto en el que se han desarrollado los movimientos sociales. Al revés que en el mayo parisino (y en los años de plomo inmediatamente posteriores), los jóvenes que protagonizan las revueltas están huérfanos de referentes: no tienen una ideología cerrada en la que sustentar su práctica política (son transversales; entre ellos hay marxistas, socialistas, anarquistas, ecologistas, situacionistas, etcétera, y son capaces de trabajar juntos, no como antes, cuando la historia de los partidos y los movimientos políticos y sociales era la historia de sus escisiones, a veces por motivos nimios). Tampoco tienen una clase social en la que sentirse representados (son interclasistas; hay gente de las capas subalternas, pero también de la burguesía), ni un partido político que sea su vanguardia (como pudo ser el Partido Comunista de China, que vivió sus quince minutos de gloria entre las barricadas del Barrio Latino de París), ni un país o un régimen en los que referenciarse (la Cuba de Fidel Castro, la China de Mao…).

La clase obrera como sujeto transformador había aparecido en la historia a partir de 1848 (el año en que Marx y Engels publican su Manifiesto Comunista para dotarla de un corpus ideológico), cuando una serie de revueltas, muchas de ellas protagonizadas por el incipiente proletariado, intentaron acabar con el Antiguo Régimen. 120 años después, los jóvenes compitieron en las calles con ese mismo protelariado, ya maduro, acusándolo, paradoja de las paradojas, de haberse aburguesado y de tener cosas que perder. No deja de ser curioso que cuando en estas efemérides de los acontecimientos del año 1968 aparecen análisis de lo sucedido en París, Praga o México, se obvie el experimento más explícito de tratar de convertir a la juventud en el sujeto del cambio: la creación del Partido Internacional de la Juventud (los yippies) en EEUU. Dos personajes llamados Jerry Rubin y Abbie Hoffman tomaron consciencia de que, en aquellos años, los jóvenes eran la primera gran minoría electoral en Estados Unidos. Ambos habían ido antes a entrevistarse con el Che Guevara, que les animó a combatir en “el vientre de la bestia”, y trazaron una alianza con los Panteras Negras. Tiene menos importancia saber qué quedó de aquello que subrayar la exaltación de la juventud como la edad del activismo.