3 de mayo de 1968. Estudiantes se manifiestan en La Sorbona. AFP 3 de mayo de 1968. Estudiantes se manifiestan en La Sorbona. AFP

La juventud que cuestionó la sociedad de clases

Jóvenes de todo el mundo protagonizaron un gran pulso al poder en la primavera de 1968. En Francia, estudiantes y nuevos obreros compartieron en las calles anhelos y barricadas.

Ana Bernal-Triviño

29 mayo, 2018

Fueron el desafío al poder establecido. Los protagonistas de mayo del 68. Los que marcaron el comienzo de una revuelta que hoy día se tacha de utópica pero que hizo tambalearse al propio Gobierno. La Francia de la época se encontró con una explosión de estudiantes universitarios. Entre 1960 y 1965 se duplicó el número, pasando de 215.000 a más de 400.000, fruto de las reformas de finales de los años 50 inspiradas en el principio de igualdad de oportunidades.

La cultura fue el caldo de cultivo que alimentó los ideales de protestas, creando una nueva manera de comunicarse y entenderse. Las letras de las canciones de Bob Dylan, Léo Ferré, Jim Morrison o Johan Baez sonaban en sus habitaciones. El movimiento hippie y contracultural empezaba a apoderarse de sus conversaciones. Los libros de filosofía se pasaban de mano en mano con las ideas de Wilhelm Reich y La revolución sexual, o La sociedad del espectáculo de Guy Debord, además de las ideas marxistas de Althusser. Entre ellos, fue obra de cabecera Les étudiants et leurs études, de Bourdieu y Passeron, que desde 1965 cuestionaban al sistema educativo francés, la dependencia a la desigualdad social de origen y ponían sobre la mesa el poder de las élites.

Llegaban también las imágenes que la prensa y las televisiones difundían con otros estudiantes que en Berlín, Tokio, México, Checoslovaquia, Roma, Brasil, Vietnam o EEUU se levantaban como portavoces de la crisis social. Todos ellos definidos como movimientos independientes y contestatarios, críticos con su realidad y en defensa de mayores libertades políticas. Demandaban tener voz propia y un espacio de poder hasta entonces negado. Por eso, la historia subraya que Francia no fue el inicio, sino un eslabón más de una cadena de estudiantes que echaban un pulso al poder. También estaba el eco de Argelia, que significaba para los jóvenes franceses lo mismo que la guerra de Vietnam para los norteamericanos: desenmascarar el país. Era un movimiento de rebelión de carácter existencial “que se politiza”, según señala el historiador italiano Mammarella.

La jerarquía quedaba destruida en unas aulas donde todo se cuestionaba. Señalaban lo arcaico, los patrones y la rigidez del sistema universitario para demostrar que aquellas ataduras también amordazaban a la sociedad francesa de entonces, que parecía aletargada entre aquellas circunstancias. “La France s’ennuie” (Francia se aburre) fue uno de los titulares de Le Monde a comienzos de 1968. La crítica a la cultura de consumo, la burocracia, el autoritarismo, el conservadurismo y la represión se sumaba a su mensaje de antimilitarismo, antiimperialismo y la demanda de la libertad sexual e individual.

Carga policial contra los estudiantes que se manifiestan en el boulevard Saint Michel del Barrio Latino, el 16 de junio de 1968 en París, tras la evacuación por la policía de los estudiantes de la Universidad de Paris-Sorbonne. / AFP PHOTO / ARCHIVES
Carga policial contra los estudiantes que se manifiestan en el boulevard Saint Michel del Barrio Latino, el 16 de junio de 1968 en París, tras la evacuación por la policía de los estudiantes de la Universidad de Paris-Sorbonne. / AFP PHOTO / ARCHIVES

La socióloga Virginie Laurent remarca la diversidad de izquierdas que se aglutinan tras el movimiento, y que ello provoca una “variedad de reivindicaciones”. Desde las reformas de la universidad a través de nuevas infraestructuras, métodos de evaluación y relación estudiantes- profesores, a una “liberación del sujeto, en un ambiente que se quiere más hedonista, así como en una mayor participación de la sociedad en todos los campos: familiar, educativo, político, sindical y empresarial”, matiza Laurent. Fue el asunto de una generación y fue una nueva clase que deseó e intentó romper con lo existente.

Dice el historiador francés Winock, en 1963-1973: los locos años de los jóvenes, que es un momento donde la juventud “conquista su identidad de clase de edad”, donde se crea una nueva forma de ver el mundo y de enfrentarse a las normas. En L’Humanité del 3 de mayo del 68, el Partido Comunista Francés, a través de George Marchais, denunciaba que “estos falsos revolucionarios deben ser desenmascarados vigorosamente porque, objetivamente, sirven a los intereses del poder gaullista y de los grandes monopolios capitalistas.”

Pero a pesar de las críticas, su discurso pasó de las aulas universitarias a los corrillos en los cafés, a los murmullos de las fábricas y a los gritos en las calles y plazas. La clave estuvo en los obreros jóvenes que compartían anhelos y barricadas con los estudiantes en la calle, y que se contagiaron de aquel espíritu. Los dos movimientos se alimentaron entre sí. La manifestación universitaria fue pieza clave como empuje para una clase obrera que recogió el testigo reivindicativo y abanderó una nueva fase de la propia revuelta. Ese carácter transversal fue su éxito, donde se mezcló el desencanto de los universitarios y el descontento de los trabajadores. Fue así, con la unión de clase y del movimiento obrero, cuando se alcanzó la mayor presión y poder social.

En principio, sin el apoyo de los sindicatos, que habían registrado en los últimos años un descenso en su afiliación. Los obreros más jóvenes son los que llevaron aquel espíritu a sus propias fábricas y se manifestaron frente a sus propios directivos, rompiendo las jerarquías. Así se convocó la huelga general del 13 de mayo, que paralizó la producción del país y que los propios trabajadores extendieron días más allá. Mayo del 68 no habría sido posible sin universitarios y sin las demandas de la clase obrera.

Luchaban para poder luchar, y el primer carácter de revuelta cultural se definió, con el paso de los días, como político. Aquellos universitarios reivindicaron más autonomía, pluridisciplinariedad y participación al sistema educativo francés, pero pasaron el debate de una universidad de clase al cuestionamiento de la sociedad de clases. Fue el despertar de una juventud que creaba una nueva conciencia y que impulsó a denunciar lo que, por el momento, la sociedad francesa había silenciado.

Nanterre enciende la mecha

El epicentro de mayo del 68 se encuentra en la universidad pública de Nanterre, abierta a las afueras de París cuatro años antes. Pero antes de aquella emblemática fecha, el ministro de la Juventud, François Missoffe, acudió allí para inaugurar unas instalaciones deportivas el 18 de enero. Entre los jóvenes que lo recibieron con abucheos, uno preguntó por qué en su informe sobre las preocupaciones de la juventud francesa no aparecía la sexualidad. Missoffe le respondió que si tenía problemas sexuales tenía la piscina para aliviarse. “Es lo que solían decir las juventudes hitlerianas”, respondió el joven. Era Daniel Cohn Bendit, Dani El Rojo, quien se convertiría en líder de la revuelta.

La clase obrera fuerza a mejorar sus condiciones

Por primera vez, las protestas no estuvieron encabezadas por los sindicatos. Fueron estos los que se sumaron al clima creado por los universitarios y obreros. En la Francia de 1968 unos dos millones de franceses vivían con el salario base, las jornadas de trabajo se alargaban y los sindicatos se sentían con menor poder. La unión de la clase obrera fue crucial para la mayor huelga general en Francia, que fue secundada por casi 10 millones de trabajadores, bajo el grito de “Ouvriers et etudiants tous ensemble”. De aquel clima de protestas nacieron el 21 de mayo los acuerdos de Grenelle, llamados así porque era el nombre de la calle del Ministerio de Trabajo. El Gobierno de Pompidou cedió y respondió a las demandas. Los logros por las protestas se transformaron en un incremento del salario mínimo, reformas al alza en los salarios de los funcionarios y del sector privado, reducción de la jornada laboral, revisión de los convenios colectivos, más estabilidad y formación, ayudas para familias y se reconocieron secciones sindicales de empresas. Pero aquellos logros no fueron bien recibidos por toda la clase obrera, que los consideraron tibios.