Ilustrado de Diego Mallo y Mikel Jaso Ilustrado de Diego Mallo y Mikel Jaso

Astrea no siempre fue ella

Andrea Momoitio

12 de abril de 2021

Astrea García Barrios es un inquietante misterio. Ahora tendría que tener 107 años, pero está muerta. No lo corrobora ninguna esquela que lleve su nombre y el Registro Civil no reconoce como legítimo mi interés por hacerlo. Las pesquisas para saber algo más sobre ella resultan torpes e infructuosas. No. En este texto tampoco van a poder resolverse ni los misterios ni los silencios que rodean su vida. Ella misma contó en El Diario de Burgos que había nacido con la lucha. De su madre, ni rastro. De su padre sí sabemos que era uno de los fundadores del PSOE y de la UGT en La Arboleda, un enclave minero imprescindible para entender una Bizkaia que ya no existe para nadie. Allí me cuentan que una mujer de Burgos —probablemente ella— llamaba todos los años para comprar lotería de navidad de la Casa del Pueblo.

Astrea nació Astrea, pero murió Esther sin que sepamos por qué no recuperó su nombre cuando formalmente se recuperó la democracia. Era una niña —y ese niña adquiere una diminutez mucho mayor cuando la vemos vieja en las fotos— cuando empezó a trabajar de costurera en Barakaldo. Poco más se sabe de esa época. Esther todavía entonces era Astrea, un nombre que debió de ponerle su padre en honor a una diosa que otorga justicia en el mundo de los hombres aunque ella, siempre, pelease por los derechos de las mujeres. Es una de las fundadoras de la Agrupación de Mujeres Antifascistas [AMA], que inició su andadura en enero de 1937; participó en la creación del Círculo Femenino de Bilbao y, en algún momento, fue nombrada delegada de la sección femenina de la Juventudes Socialistas Unificadas [JSU] de Bizkaia. Escribía, al menos, en Revista Mujeres, Euskadi Roja y Renovación.

Ella nunca se anduvo con chiquitas: ni patriarcado, ni fascismo; ni en casa, ni en los partidos, ni en las calles, ni en las fábricas, ni en ningún lado. La detuvieron en las revueltas que se dieron en torno a lo que se ha conocido como la Revolución de Asturias, en 1934; y poco después, en algún momento de 1935, viajó a la Unión Soviética sin que podamos confirmar cuándo exactamente, con quién ni para qué. Tras el golpe de Estado franquista de 1936, Astrea formaba parte del Batallón Amuategui, de la Columna Meabe, de la que formaron parte muchos integrantes de las Juventudes Socialistas Unificadas de Bizkaia. En las columnas de las JSU no era del todo extraño encontrar mujeres milicianas aunque parece que Astrea se dedicaba a labores como comisaria política. En esa misma época pudo haber trabajado como enfermera en el Hospital de Sangre del Alto de Urkiola, sin que podamos encontrar tampoco ninguna referencia más a sus labores sanitarias. Ella misma declaró haber acudido al frente de Ochandiano aunque, más allá de sus palabras parcas en el ya citado periódico local, no encontremos ninguna referencia más a su participación en ese frente.

Lo que sí sabemos, a ciencia cierta, es que el 17 de febrero de 1937, un miércoles cualquiera, estaba en el número 3 de la calle El Arenal, en un edificio emblemático del centro de Bilbao. Astrea acudía a una reunión en la que se iba a debatir si era necesario reorganizar la contienda en torno a un mando único en el frente vasco. Era la delegada de la sección femenina de la JSU, pero representaba también en aquella reunión a AMA porque Luisa Julián, la representante estatal, no pudo llegar a la cita. Lola Lóbula ha publicado, en Alacant Obrera, varios textos que recogen la trayectoria de Astrea e inundan de misterio su historia. Eso sí: para misterio, el obús.

Ese miércoles, una pieza de artillería, recuerdo de alguna batalla, explotó dejando varios muertos y heridos sin que nadie supiera exactamente por qué. Aquel día se recogió el cadáver de Trifón Medrano, uno de los principales dirigentes comunistas de la época, y Astrea perdió una pierna. Entonces, a pesar de que el incidente no tuvo gran repercusión mediática, algunos medios sí publicaron que Astrea estaba a punto de casarse. Parece que Astrea dio a luz a una criatura, aunque sobre ésta solo existen conjeturas. Podemos intuir, si es cierto que estaba a punto de casarse entonces, que podría estar ya embarazada. Tras el incidente, sobre el que ella no hizo nunca grandes declaraciones, fue atendida en el Hospital de Basurto y, según sus propias palabras para El Diario de Burgos, poco pudo "hacer después, sólo acompañar a la gente".

Algo más que acompañar sí que hizo. Unos meses después, según se publica también en Alacant Obrera, "el 1 de mayo de 1937, un altavoz circulante por las calles de Bilbao, lanzaba ráfagas de discursos pronunciados [por Astrea] entrelazados con la Internacional y con el Himno de Riego". Este mismo año, frente a ciertos sectores que criticaban la toma de las armas por parte de las mujeres, Astrea desvelaba su postura en la revista Mujeres: "La mujer reclama hoy con más insistencia que nunca (...) su puesto en la lucha contra la barbarie. No sirva la disculpa de la no preparación femenina para ciertos menesteres; la mujer como el hombre que es antifascista, no ve, no puede ver, obstáculos de profesión cuando estos obstáculos sirven para abrir el paso a su enemigo común: el fascismo. ¿Es que el 19 de julio nuestros compañeros conocían el manejo de las armas? No; y, sin embargo, fueron al frente; el tiempo ha puesto en ellos la práctica… de la misma forma lo hará la mujer".

Parece que Astrea, con el paso de los años, intentó restar importancia a sus aportaciones a la lucha. En 2009 decía también que no se creía merecedora de ningún reconocimiento aunque acudió a la sede del PSOE a recogerlo: "No me merezco el homenaje porque todo lo que he hecho en mi vida ha sido por gusto y porque era lo que quería. Nada me ha supuesto un sacrificio". Aunque algún sacrificio sí hizo también: tras la caída de Bilbao, dejó su tierra para marcharse primero a Cantabria y después a París, aunque parece ser que, en algún momento de 1938, estuvo también en Catalunya. Puede ser que  legara a "Barcelona confundida entre la oleada de refugiados del Frente norte que entraban en la zona republicana por Francia", dicen en un artículo en el mencionado periódico alicantino. Ya en Francia, ella y su compañero, Lorenzo, estuvieron refugiados en la Casa de España antes de recorrer juntos el país galo.

Finalizada la Guerra Civil, decidieron asentarse en Melgar de Fernamental, una pequeña localidad burgalesa en la que su compañero ejerció de médico. Lola Lóbula intuye que pudieron haber contado con el apoyo de alguien, porque "a nadie se le escapa que no hubiera podido modificar su identidad, en plena capital del Estado franquista, sin la ayuda de algún falangista o similar". Puede que ella se dedicase a la enseñanza. No puede confirmarse, pero no es difícil de entender que quedar relegada al papel de 'esposa de' tuvo que ser complicado para Astrea. Entonces, eso sí, ya era Esther: "Doña Esther", me dicen algunas vecinas que la conocieron y que, intuyo, no saben que antes había sido Astrea. Puede que muriera en Burgos y, tal vez, cautiva y desarmada.