Ilustrado de Diego Mallo y Mikel Jaso

El hijo de Julia

Conchi Cejudo Miranda

12 de abril de 2021

Julia Lázaro Echevarría nace en Pamplona en 1916 y muere en Madrid en 1940. Los escasos datos escritos que se conservan de su biografía están repartidos entre los distintos archivos que guardan la historia de la Guerra Civil y la dictadura en España. Así es la memoria de este país, dispersa y frágil. Quien ha visitado algún archivo reconocerá la rabia y la tristeza que generan cientos de hojas amarillentas escritas a mano y a máquina, unidas por grapas oxidadas y llenas de sellos. Demasiadas páginas, encabezadas y firmadas con gloriosos saludos entre asesinos, están llenas de acusaciones sin pruebas. El conjunto traslada al lector al horror de una época, días y años en los que la vida de miles de hombres y mujeres cambió para siempre. También la de Julia. Sin embargo, la memoria es obstinada y, a pesar de la escasa información que se conserva en los legajos que llevan su nombre, podemos reconstruir una pequeña parte de su historia.

La maquinaria de la muerte franquista está perfectamente engrasada al terminar la guerra. Entre 1939 y 1944 son ejecutados en Madrid 2.856 hombres y 80 mujeres. Julia tiene 24 años y es la única mujer en su saca. Junto a otros presos, el 24 de agosto de 1940, es conducida a las tapias del Cementerio del Este de Madrid. Sus compañeras en la cárcel de Ventas se estremecen al escuchar los tiros de gracia. Aquella noche contaron 20. No sabemos cómo vivió Julia sus últimos momentos. Quizá se llevó las manos al vientre, vacío, quizá pensó en su padre y en su hermana, o quizá recordó a sus compañeros de batallón. Aquel verano, todos, familiares y camaradas llenaban las cárceles y los centros de detención que se improvisaron por todas partes en Madrid al terminar la guerra.

Todo se había desmoronado. Sin embargo, solo unos años antes, es fácil imaginar a Julia desfilando orgullosa por las calles de la ciudad con su fusil y su mono de color azul. Como tantas otras mujeres, da un paso al frente y se alista en el 5º Regimiento de las Milicias Populares para hacer frente a la sublevación fascista. En la fotografía de la ficha de ingreso número 08365 se ve a una mujer joven, de rostro rectangular, nariz gruesa, labios finos. Su gesto es decidido. Estado civil: soltera. Edad: 20 años. Profesión: sastra. Organización: Partido Comunista y Unión General de Trabajadores.

El himno del 5º regimiento explica cómo se formó: "(...) El dieciocho de julio, en el patio de un convento, el Partido Comunista fundó el Quinto Regimiento (...)". En el patio y en el Convento de los Salesianos de Estrecho se hace instrucción militar, hay talleres de ropa y calzado, se enlaza con organizaciones políticas y autoridades, se administran cuarteles y servicios sanitarios, se diseñan carteles de propaganda y se celebran fiestas. Las primeras unidades organizadas por el regimiento son las Compañías de Acero. Su destino es defender el frente y sus miembros saben manejar dinamita, fusiles, ametralladoras y granadas de mano. Están preparados para combatir y eso es lo que hace Julia. Su gorro de miliciana es el de la 3ª Compañía del Batallón de Acero. En ella se entonan canciones como esta: “(...) En el crisol de ese acero, se funden en un afán, el proletario, el obrero, el arisco guerrillero y el invicto capitán. ¡Las compañías de Acero, son de acero y triunfarán! (...)”. Lo más probable es que Julia estuviese en el frente hasta su detención en septiembre de 1939. Para entonces, ya suenan lejanos los ecos de los cánticos. La guerra había terminado y la represión se recrudecía. Unos meses antes, en abril, el padre y la hermana pequeña de Julia habían sido detenidos. Robustiano Juan tenía 49 años. Había trabajado como electricista en los diarios El Sol y La Voz y se había afiliado a la UGT a mediados del 36. María era sastra, como Julia, y con solo 21 años ya era viuda de un teniente del Ejército republicano. El portero del edificio de la calle Don Pedro 1, donde vivían, les denunció a ambos por ser cómplices de un robo. Serán acusados de auxilio a la rebelión.

En septiembre detienen a Julia. Cuando la llevan a la cárcel de Ventas, su hermana, al igual que miles de mujeres en todo el país, ya conoce el hambre, el hacinamiento, la enfermedad y las torturas. Muchas presas transmitieron de forma oral, de generación en generación, lo que vivieron. Otras pudieron plasmar en texto sus vivencias y las de sus compañeras. Una de ellas fue Juana Doña. En su novela Desde la Noche y la Niebla. Mujeres en las cárceles franquistas relata un episodio clave de la historia de Julia: "Hacía unos días habían detenido a Julia Lázaro. La dejaron en Gobernación nueve o diez días. Allí la violaron nueve policías. Viene en un estado lamentable e inmediatamente la llevan a juicio y la condenan a muerte. Mientras espera la ejecución, se da cuenta de que se ha quedado embarazada de sus violadores". Julia habría sufrido torturas en los calabozos de Gobernación en la Puerta de Sol. La temida Brigada Político-Social ya era conocida por sus brutales interrogatorios. Ahora Julia no viste mono azul ni empuña un rifle. El fascismo ha vencido y ella espera un hijo en la cárcel. Su ejecución se
retrasa. En su expediente aparece una anotación que explica lo que sucedió después: "8 de junio de 1940: En el día de ayer a las 4 de la mañana ha nacido un niño, hijo de esta detenida, al que se le pondrá el nombre de Juan Emilio Lázaro Echevarría". Esta nota validaría el relato de Juana Doña, porque Julia da a luz a un niño justo a los nueve meses de su detención y porque, además, le pone sus mismos apellidos. Apenas siete semanas después del parto, fue asesinada en el Cementerio del Este. Lo que sucedió con su hijo aún es una pregunta sin respuesta.

Juana Doña menciona en su libro un nombre que permaneció grabado en la memoria más dolorosa de muchas mujeres, María Topete. Era una de las ejecutoras de las ideas del psiquiatra Antonio Vallejo-Nájera, quien defendía separar a los niños de sus madres presas para reeducarlos y liberarlos de las deficiencias heredadas a través del supuesto gen rojo. Tras el nombre de María Topete, además de una extensa red de cómplices movidos por intereses económicos, se esconde un sistema organizado de robo de niños que operó durante décadas en cárceles, hospicios y maternidades con la complicidad del régimen. Hasta 30.000 menores podrían haber sido apartados de sus madres y sus familias. Juana Doña cuenta cómo María Topete dio orden de que se le entregara el hijo de Julia nada más nacer: "El niño fue llevado a una inclusa, los hospicios se estaban nutriendo en estos meses de criaturas que nunca sabrían que eran hijos de la tortura y el repudio". Ningún documento conocido lo atestigua y es aventurado decir que habría sido víctima de esa red organizada de robo de niños. Sin embargo, no le fue entregado ni a su tía María, ni a su abuelo Robustiano Juan, ambos todavía en la cárcel cuando el niño nació y Julia fue asesinada. Los dos fueron condenados a seis años y un día de prisión y salieron en libertad a finales del año 41.

El hijo de Julia Lázaro Echevarría tendría hoy 81 años. No se sabe cuántos días pasó en el regazo de su madre, si alguien lo adoptó o lo compró, si todavía vive. Sabemos que un régimen fascista le impidió conocer la risa de su madre, que lo arropara por las noches, que pudiera contarle por qué decidió empuñar un fusil para defender sus ideas cuando en España estalló el terror, o los sentimientos encontrados que supuso para ella sentir su corazón latir después de ser torturada y saber al mismo tiempo que no podría verlo crecer. Quizá ni siquiera supo quién fue su madre. Su madre fue Julia Lázaro Echevarría, una joven de 24 años que quizá, antes de morir, se llevó las manos al vientre, y pensó por última vez en él.