Romper el silencio cómplice para combatir la violencia machista

«La lucha contra las violencias machistas no puede recaer solo sobre las potenciales víctimas y las supervivientes»

Sentarse ante el ordenador otro 25 de noviembre –Día de la Eliminación de la Violencia sobre la Mujer– y no saber ya ni de qué escribir ni qué decir mientras los medios se hacen eco de los exabruptos de la ultraderecha que cuestiona incluso el concepto de «violencia machista». En las últimas elecciones generales, ellos aumentaron su representatividad parlamentaria. Pero las muertas siguen ahí, reales por más que las nieguen. Y esa dolorosa realidad sumó el 25-N otra mujer asesinada, en Tenerife, que me obliga y nos obliga a vencer el hartazgo y la desesperanza.

Las compañeras de Feminicidio.net han registrado en lo que va de año 94 feminicidios y otros asesinatos de mujeres en todo el Estado. De esos crímenes, 16 fueron cometidos en Catalunya, siete en el área metropolitana de Barcelona. ¿Pero qué nos dicen estas cifras? ¿A quién hacen referencia? ¿Cuál es el verdadero relato que esconden?

Los números son solo la máscara de las que ya no están. Muertas indóciles, si le robamos el término a Cristina Rivera Garza. Muertas que no han sido silenciadas, mujeres asesinadas que se convierten en semilla de resistencia y transformación, a pesar de la regresión que nos acecha. Ellas, las que gritan desde la ausencia, nos acucian para que sigamos denunciando esa masculinidad necropolítica que promueve la objetualización y la desvalorización de las vidas de la mayoría de la humanidad: mujeres, personas LGTBIQ+, migrantes y racializadas, empobrecidas…; todas ellas desacordes e insurgentes frente al modelo BBVA: blanco, burgués, varón, adulto y, a ser posible, heterosexual.

Esta semana, mi querida Rebeca Lane recordaba en Twitter que un 25-N fueron asesinadas en la República Dominicana las hermanas Mirabal, «mujeres afrocaribeñas en lucha contra la dictadura [de Trujillo]. Esta es también una fecha de lucha política contra el militarismo». Hace un par de años, en el manifiesto que firmamos las investigadoras feministas por la paz con motivo de la huelga del 8 de marzo, escribimos lo siguiente: «Denunciamos el militarismo y el armamentismo que condenan a la humanidad a una vida insegura y violenta, extrayendo recursos de servicios básicos como la educación o la sanidad para beneficiar la industria militar. Denunciamos las masculinidades violentas que promueven un orden social heteronormativo que excluye del espacio público y del poder las voces e identidades disidentes con el patriarcado, y que promueven una política que normaliza la discriminación y la violencia».

Este podría ser un buen acercamiento a lo que significa «masculinidad necropolítica» y cómo esta anida en lo público y en nuestro imaginario colectivo. Porque el militarismo y el armamentismo van más allá de los conflictos bélicos, más allá de contextos de alta violencia. La securitización y el discurso del miedo campan a sus anchas en campañas electorales, informativos y ficciones televisivas y, por qué no, en tertulias de taberna y conversaciones familiares.

En este sentido se han dirigido durante años las campañas de «prevención» de la violencia machista. Unas campañas basadas en el miedo y en las que siempre hemos sido nosotras las que debíamos contar, denunciar, romper con el maltrato, actuar por nuestras hijas e hijos, reaccionar, darnos cuenta, buscar la salida… Y esto, por supuesto, es cuanto menos agotador. Por eso se agradece que este 25-N nos hayamos encontrado al menos con dos campañas –ciertamente complementarias– que por fin ponen el foco en ellos, en los hombres.

Una, de la Concejalía de Feminismos y LGTBI del Ayuntamiento de Barcelona, que, bajo la etiqueta #ElPresenteEsFeminista, insta a los hombres a no callar ni tolerar actitudes machistas que se dan en su entorno y romper con las complicidades y la tolerancia social en las que se resguardan los agresores. La otra, del Gobierno de Navarra, que, tras el lema «¿Qué estás haciendo tú?», interpela directamente a los hombres y los invita a deconstruirse y a que revisen los privilegios que les otorga el sistema patriarcal.

La lucha contra las violencias machistas y el feminicidio es una cuestión de justicia global que no puede recaer solo sobre los hombros de las potenciales víctimas y las supervivientes. Es necesario que lo sigamos repitiendo: el silencio, compañeros, os hace cómplices.