Cultura de base amenazada

La mayoría de los centros de creación, autogestionados y que promueven la participación ciudadana, en la capital catalana, tienen problemas para garantizar su supervivencia

El Antic Teatre de Barcelona corre peligro, y no por falta de público o de propuestas artísticas interesantes, sino por problemas con el contrato de alquiler. Hasta diciembre de 2019 la mensualidad era de 1.500 euros, pero la propiedad exige ahora cobrar 7.500 euros al mes para renovar el contrato y que el proyecto pueda seguir unos años más en el edificio. La amenaza de las subidas del alquiler hace años que se pasea por la ciudad. Pasó con la Sala Muntaner, La Poderosa o el Espai POE(tic), entre otros.

Solo en 2019 cerraron dos salas de teatro de Barcelona por la misma cuestión. Es lo ocurrido con La Vilella, un pequeño teatro con capacidad para 70 personas fundado en 2013 y situado en el barrio del Poble-sec. Liderado por la compañía Sargantana, La Vilella contaba con una programación innovadora y luchaba por ofrecer mejores condiciones a los creadores fomentando la investigación, pero no contaron con el apoyo suficiente y el teatro tuvo que cerrar el pasado 16 de diciembre.

Incertidumbre en la Nau Bostik

Otro espacio cultural autogestionado es la Nau Bostik en el barrio de la Sagrera. El proyecto nació en 2015 y está ubicado en unas naves que llevaban diez años cerradas en previsión del proyecto urbanístico para el área de la futura estación ferroviaria de La Sagrera. A la espera de una nueva financiación para la zona, los promotores de la Nau Bostik pudieron pactar con los propietarios para realizar actividades culturales en estos espacios mientras no se active su reconversión. La gestión, amparada por los vecinos y liderada por Xavier Basiana –que lideró la recuperación de la antigua Nau Ivanow en 1998– se basa en el voluntariado y la exhibición de muestras de vídeo, conciertos, exposiciones de arte, obras de teatro, coworking… En la Bostik apuestan por la cooperación, el mecenazgo y el intercambio de ideas.

«Nosotros llevamos ya cinco años, y la Bostik se ha convertido en un equipamiento muy popular y muy comunitario. Ahora lo que reclamamos es que nos digan algo sobre lo que ocurrirá con este solar y sus naves. Cuando pedimos subvenciones al Ayuntamiento, no nos dan nada porque el solar no es municipal. Hasta ahora nos hemos autofinanciado y somos uno de los centros más potentes de La Sagrera y Sant Andreu. El 23 de marzo tendremos una reunión, a ver si salimos de la incertidumbre. Las instalaciones empiezan a necesitar una reforma, sobre todo los techos», cuenta Jorge Sánchez, miembro del equipo gestor de la Nau Bostik.

Todas las fuentes consultadas coinciden en apuntar que la ciudad de Barcelona adolece de una falta histórica de espacios públicos en los que desarrollar proyectos culturales, y que falta reivindicar el tejido de proyectos cooperativos. Aun así, persisten iniciativas independientes y autogestionadas como el Say it Loud, un festival no comercial que programa artistas de primera fila internacional y que tiene como referente a la librería La Ciutat Invisible, que es un buen ejemplo de proyectos culturales.

El Antic Teatre corre peligro

El Antic Teatre se encuentra en un edificio privilegiado de la Ribera –muy cerca del Palau de la Música– y cuenta con distintas salas y un estupendo jardín convertido en terraza que es punto de reunión para vecinos, estudiantes y artistas. El proyecto que Semolina Tomic arrancó en el año 2007 es un espacio cultural que, además, ha conseguido construir una comunidad inclusiva y participativa muy arraigada en un barrio golpeado por la gentrificación y la especulación urbanística.

«Vivimos en la incertidumbre, pero no pararemos de luchar. Ahora estamos haciendo reuniones con políticos. Dicen que tenemos que tener confianza, que propondrán un calendario de trabajo y que estudiarán el caso; aseguran que tienen la predisposición para salvar el proyecto. Pero nosotros tenemos una desconfianza brutal, porque hasta ahora hemos estado abandonados por las instituciones. Además, está el tema de la transparencia en los presupuestos: queremos saber qué cuesta una producción, y no hay manera. De los 150 millones del presupuesto, solo cuatro millones se destinan a subvenciones públicas, el resto va para convenios, contratos, consorcios…», cuenta Semolina Tomic a este semanario al salir de la reunión con Joan Subirats, el máximo responsable de cultura en el Ayuntamiento de Barcelona el pasado lunes 2 de marzo.

«Estamos hartos de vivir en una precariedad brutal haciendo espectáculos que giran por el mundo. Pero parece que no existimos, no tenemos ninguna visibilidad. Nosotros sufrimos una desigualdad respecto a otros espacios y pedimos tan poco en comparación a lo que reciben otros… ¿Cuántas librerías, tiendas de cómics o locales culturales se han cerrado por el problema del alquiler? Los propietarios quieren subir el alquiler a precio de mercado, es una situación extendida y sin embargo no quieren que hablemos públicamente del tema. Aunque de la nueva Sala Beckett empezaron a hablar en 1999, y con nosotros ¿qué pasa? ¡La cultura de base es invisible! Y ya sé que el proyecto es lo que importa y que podríamos ir a otro lugar, pero el espacio es muy importante para los vecinos: si desaparece el Antic, en el barrio no queda nada», argumenta Tomic, que ha conseguido levantar un centro cultural y social comprometido con la situación social actual, muy atento a las vulnerabilidades y la perspectiva de género.

«Nuestras abuelas van de gira», cuenta Catarina Costa mientras habla orgullosa del proyecto comunitario que realiza en el Antic Teatre. Ella lleva ocho años trabajando en el Antic. Es de las Azores, pero, cuando conoció el proyecto de Semolina Tomic, se identificó con él y decidió quedarse. Imparte cursos de comunicación audiovisual y multimedia, y a veces también se ocupa de la taquilla. Frente a la incertidumbre sobre el futuro de este espacio, la joven asegura que toda la comunidad del Antic está sufriendo: «Yo creo que no puede morir. Hay proyectos que han nacido aquí y que han inspirado a la ciudad entera, como los proyectos artísticos comunitarios con los vecinos. Aquí intentamos crear un impacto social».

Y es que el Antic Teatre es un espacio abierto a todos los creadores y se caracteriza por ofrecerles buenas condiciones. El 80% de lo obtenido en la taquilla va para los artistas, un trato mucho más beneficioso que el ofrecido por salas como la Beckett o el Tantarantana, unos espacios que cuentan con un gran apoyo económico por parte del Consistorio de la ciudad.

Que las políticas culturales legislen y amparen a un sector eternamente arrasado por la precariedad es el desideratum de los responsables de este tipo de espacios. La mayoría se sostienen con ingresos propios, pero, frente a grandes reformas en las infraestructuras o subidas astronómicas en el precio del alquiler, piden que las instituciones se posicionen y reconozcan la función pública de unos centros creativos que trabajan por la cohesión social.

Equipamientos de todo tipo

Si bien en Barcelona existen grandes infraestructuras culturales que acogen pequeños festivales e iniciativas independientes –el Hangar es un buen ejemplo de ello–, también hay equipamientos con directrices erráticas, como l’Arts Santa Mónica –que sigue sin director y sin rumbo fijo– o nuevas fábricas de creación levantadas con dinero público y que invierten muchos recursos en facilitar el cruce de disciplinas y los intercambios artísticos –como la Fabra i Coats o La Escocesa.

Sin embargo, la situación que vive el Antic Teatre evidencia que la política cultural municipal es lenta de reflejos cuando se trata de facilitar soluciones a espacios que han demostrado el arraigo y el beneficio para su barrio. Este semanario ha preguntado al departamento de Cultura del Ajuntament de Barcelona sobre su intervención en el futuro del Antic Teatre, pero en el momento de cerrar el reportaje no había llegado la respuesta.

«Si centros como este desaparecen, la ciudad terminará convirtiéndose en un parque temático para los turistas», concluye Catarina Costa, del Antic Teatre. Su afirmación reverbera en medio de un barrio tomado por las franquicias, las cadenas  y los apartamentos turísticos. Elementos que confirman que uno de los daños colaterales de los embates del turismo y la especulación urbanística es la desaparición de los elementos que definen la identidad de un territorio.

Un edificio con mucha historia

El Antic Teatre se encuentra en un edificio de 1650 que antes albergó el Círculo Barcelonés San José, un espacio que empezó desarrollando actividades relacionadas con la educación para adultos y niños de la clase obrera, y actividades culturales y de ocio. Esta institución era una respuesta a la creación de ateneos obreros laicos, libertarios y revolucionarios que afloraban y que desafiaban el orden establecido. Hoy, el Antic Teatre quiere acercarse y reivindicar aquellos ateneos, sin olvidar que, de alguna manera, gestiona parte de la memoria del Círculo Barcelonés San José salvaguardando sus archivos.