¿Podría originarse un coronavirus en Catalunya?

Los murciélagos son portadores del Covid-19 y en Catalunya existen varias colonias de este marsupial. Desde el cambio climático al progreso socioeconómico, muchos factores influyen en el contagio y la propagación de virus de este tipo

El coronavirus vive en los murciélagos prácticamente desde que el mundo es mundo. Pero hasta hoy solo ha habido tres epidemias: el SARS en 2006, el MERS en 2012 y el coronavirus actual o Covid-19. ¿Por qué el contagio masivo de los últimos años? ¿Por qué dos de estos virus se han originado en China? ¿Podría originarse un brote en las colonias de murciélagos de Catalunya?

Para empezar, no todos los coronavirus son iguales y no todos los murciélagos portan el mismo virus. Se han contabilizado 1.300 familias diferentes de este mamífero. Jordi Serra Cobo, doctor en biología, lleva años investigando las colonias de murciélagos en la cuenca mediterránea y en el Amazonas. Tanto a Catalunya y Baleares como al otro lado del Atlántico, los murciélagos son reservorio del alfa coronavirus. Este, en caso de contagio a humanos, provoca un simple resfriado. Los beta coronavirus, que son los que han producido las tres epidemias que conocemos, «son complicados» y se han encontrado solo en murciélagos del sudeste asiático.

En cualquier caso, rara vez es el murciélago el que transmite la enfermedad a los humanos. Normalmente hay un intermediario, como el armadillo, la civeta o, en el caso del virus MERS, el dromedario. Estos animales «entran en contacto reiterativo» con los murciélagos y el virus acaba por adaptarse a ellos, como en el caso de la civeta, que caza murciélagos a las puertas de la cueva donde se refugian las colonias. Al establecer el humano una relación frecuente con la civeta, el virus acaba por amoldarse también a las personas.

Destrucción de bosques

Lejos de teorías de la conspiración, el profesor de la Universitat de Barcelona y miembro del Instituto de Investigación de la Biodiversidad señala dos factores fundamentales que no dejan de cambiar desde principios de este siglo y que pueden llevarnos a futuras enfermedades más complicadas que las conocidas hasta ahora: la destrucción de la masa forestal, el aumento del poder adquisitivo en el sudeste asiático y las costumbres culturales.

«Estamos acostumbrados a valorar los cambios ambientales como pérdida de biodiversidad, pero también hay repercusiones en el ámbito de la salud», aclara Serra. La pérdida de la masa forestal provoca que cientos de animales, entre ellos los murciélagos, se queden sin refugio y tengan que adaptarse a entornos urbanizados. «En los últimos 30 años, el sudeste asiático ha perdido el 40% de sus bosques», recuerda el biólogo.

Su área de especialidad es el estudio de las zoonosis, las enfermedades infecciosas transmitidas por animales a la especie humana. Con la reducción de las barreras naturales que existen entre la fauna silvestre y la gente, se multiplican las posibilidades de que enfermedades propias de los animales se adapten a las personas. Por suerte, en España el proceso ha sido al contrario: debido al abandono del campo y la concentración en las ciudades, la masa forestal ha crecido en los últimos años.

En Europa, donde la separación entre la fauna salvaje y los núcleos de población todavía es muy grande, el contagio es más difícil. «Hay menos contacto y, sobre todo, no es reiterativo», analiza Serra.

El factor socioeconómico

En la epidemia de ébola de 2013, familias desplazadas por las guerras en el África Occidental llegaron a zonas remotas y selváticas, donde entraron en contacto con el patógeno al comer, entre otras cosas, murciélagos. Detrás de ese contagio, había pobreza y guerra. En el caso del coronavirus, los factores se invierten: el crecimiento económico de China y el aumento del poder adquisitivo de sus habitantes les permite acceder a manjares como la civeta, que hasta hace unos años «podían comer solo unos pocos», rememora el experto.

Serra incide en que también debería limitarse el consumo de especies sin control. «Aquí nadie se come un murciélago», afirma tajante. Tampoco se consumen animales salvajes, como sí es costumbre hacerlo en China y otros países asiáticos. Antes, la civeta se cazaba en el bosque y se llevaba viva a los restaurantes, donde aumentaban las posibilidades de contagio. Pero, con ese crecimiento de la riqueza, ahora existen granjas en las que se «cultivan» estos animales, por lo que la transmisión entre ellos es más fácil.

El aumento de la riqueza también desemboca en otro fenómeno: el incremento de la movilidad. Antoni Trilla, jefe del Servicio de Medicina Preventiva y Epidemiología del Hospital Clínic de Barcelona lo explica así: «Durante la epidemia del SARS en 2006, había 1.000 millones de viajes anuales dentro de China; hoy hay 4.000 millones». La circulación del virus aumenta de manera exponencial.

Peligrosa emergencia climática

Los murciélagos cumplen una función ecológica fundamental: protegen a los humanos de muchas enfermedades porque son depredadores de insectos. En Catalunya, solo la colonia de Sant Llorenç del Munt consume 36 toneladas de insectos al año. «Nos ayudan a luchar contra las plagas; en realidad, juegan a nuestro favor», cuenta Serra. Pero si los humanos cada vez nos adentramos más a zonas salvajes en las que antes no habíamos entrado, nos exponemos a virus desconocidos. Sobre todo porque la entrada de la especie humana en entornos silvestres es de forma masiva. «Hay científicos de gran reputación que predecían una epidemia como esta hace años», afirma el biólogo, «así que infecciones casi globales como esta se van a dar y repetir».

Cuanto más lejos llegamos, más desconocidos son los patógenos a los que nos exponemos. «Los cambios ambientales tienen sus repercusiones y, cuando vas estudiando, te das cuenta de que todo está relacionado y de que tenemos que ser conscientes de que todo lo que hacemos tiene consecuencias», advierte Serra. No quiere ser alarmista, sobre todo porque la epidemia actual no tiene efectos graves, pero sí pide avances en la conciencia y el impacto que para la salud tienen esos cambios: «Entre la destrucción de las reservas naturales y su repercusión pasan muchos años y no lo estamos asociando; es importante que empecemos a fijarnos en eso».

LAS COLONIAS DE MURCIÉLAGOS EN CATALUNYA

Los murciélagos llevan 64 millones de años en la tierra. Son uno de los mamíferos más antiguos. A pesar de ser portadores del coronavirus, cumplen una función imprescindible en el ecosistema, porque comen toneladas de insectos. Sobre las colonias de murciélagos, es imposible calcular cuántos ejemplares hay en Catalunya: «Hay más de 25 especies y cada una tiene un grado de amenaza y una etología distinta», aclara Jordi Serra Cobo, doctor en biología. Los científicos han identificado hasta 17 especies en la zona de l’Alt Ter, que, con la urbanización de zonas naturales, cada vez tienen más dificultades para encontrar refugios y cuevas naturales donde criar. Según la Diputació de Barcelona, una gran cavidad del municipio de Mura, en el Parc Natural de Sant Llorenç del Munt i l’Obac, acoge la colonia más grande que se conoce en Catalunya de la especie del murciélago de cueva (Miniopterus schereibersii), con más de 17.000 ejemplares. I la especie más grande de Europa (Nyctalus lasiopterus) tiene también una importante colonia –la única de Catalunya– en la Garrotxa, situada en la Fageda d’en Jordà.

El Departament de Territori, Medi Ambient i Sostenibilitat quiere conocer a fondo estas comunidades de murciélagos del país y se han instalado sensores en 15 cavidades de entre las 51 más grandes de los espacios naturales, como por ejemplo en la sierra del Montsec, les Guilleries, Collsacabra, Alta Garrotxa y los parques naturales dels Ports, Cap de Creus, Cadí-Moixeró y las cabeceras del Ter y el Freser. Los trabajos científicos los llevan a cabo los técnicos del Museu de Ciències Naturals de Granollers, con el apoyo del grupo de montaña de los Agents Rurals.

Además, se han invertido 27.000 euros en construir un refugio para murciélagos junto al río Ter, en Ripoll, y mejorar otros dos en Bescanó y Girona, de los que la Diputació de Girona ha financiado el 90%. El objetivo es perfeccionar su hábitat y favorecer la reproducción de este «pesticida natural», que además está protegido.