Opinión

Mayo del 68, cincuenta años después. Lecciones aprendidas

Unai SordoSecretario General de CCOO

17 mayo, 2018

Los adoquines volaban sobre las barricadas del Barrio Latino de Paris la noche del 10 de mayo de 1968. Miles de jóvenes, estudiantes y trabajadores, aguardaban el asalto definitivo de más de tres mil policías de las Compañías Republicanas de Seguridad. Una noche de fuego y violencia se desató en el centro burgués de Francia. Después de la noche de las barricadas el espectáculo era dantesco. Los tanques ocuparon París al día siguiente.

Los estudiantes llevaban más de mes y medio de movilizaciones a partir de una chispa fortuita que surgió en la Universidad de Nanterre, y que luego prendió con fuerza en la Sorbona. Al amanecer del día 11 de mayo, bajo un paisaje de desolación, el Ministro del Interior declaró: “las calles han quedado despejadas al tráfico”.

Sin embargo, tan solo dos días después, el Partido Comunista de Francia y la Confederación General de Trabajadores, que se habían mantenido al margen de las protestas, convocaron una Huelga General.

El 13 de mayo de 1968 se inició el mayor movimiento huelguístico de la Europa occidental tras la Segunda Guerra Mundial. Una manifestación de cientos de miles de personas desbordó las calles de París, los estudiantes tomaron la Sorbona. Los trabajadores de Sud Aviation en Nantes, los de Renault en Cleon, Flins, Le Mans y Boulogne Billancourt ocuparon las fábricas, la mayor parte de Francia quedó paralizada.

Durante los siguientes días se sumaron a la huelga los controladores aéreos, los trabajadores del carbón, del transporte, del gas y la electricidad y los periodistas de la radio y la televisión. Cerca de diez millones de trabajadores se pusieron en huelga, una huelga fundamentalmente política que socavaba los pilares de la República Francesa. En muchas de las fábricas ocupadas los debates fueron adquiriendo un tono cada vez más revolucionario, comenzó a plantearse la cuestión del poder obrero en las empresas, poniendo verdaderamente en cuestión la autoridad del Estado y generando un auténtico vacío de poder.

El gobierno francés aceptó el 25 de mayo abrir negociaciones con los representantes de los obreros en huelga y con los representantes de la patronal.

Las negociaciones concluyen el 27 de mayo con los Acuerdos de Grenelle, en los que se pactó un incremento del 35% en el salario mínimo, del 12% de media para todos los trabajadores, una sustancial reducción de las horas de trabajo, la rebaja de la edad de jubilación, así como mayor poder de organización y negociación para los sindicatos. Sin embargo, millones de trabajadores en huelga rechazaron el acuerdo, parte del movimiento acusa a los sindicatos de claudicación.

El 30 de mayo el Presidente de la República, Charles De Gaulle, se entrevista con el general Massu en Baden-Baden, se teme una ocupación de Francia por el ejército. Finalmente De Gaulle convoca elecciones en el plazo de un mes, que vuelve a ganar la derecha; la Federación de la Izquierda Democrática y Socialista de François Mitterrand perdió la mitad de sus diputados, sin embargo el PCF alcanzó el 20% del electorado. Durante el mes de junio los conflictos laborales continuaron, pero poco a poco las ocupaciones de fábricas fueron remitiendo.

Para muchos fue una Revolución fallida que cambió sus vidas para siempre, para otros un conflicto laboral de tal magnitud que puso en tela de juicio elementos estructurales del sistema económico y político dominante en Francia tras la Segunda Guerra Mundial.

Mayo del 68 marcó un antes y un después en el conjunto de la izquierda política y social de Europa. Significó que la agenda política de la izquierda se abrió de par en par a muchas otras cuestiones como el feminismo. Nuevas formas de subjetividad colectiva aparecían con un potencial de transformación evidente, y hacían más compleja la vertebración social basada exclusivamente en los elementos objetivos vinculados a la posición en el proceso productivo y el conflicto capital-trabajo.

Mayo del 68 evidenció, como ha pasado en España con el 15-M de 2011 o con las recientes movilizaciones feministas del 8 de marzo, que la izquierda política y social tiene que interpretar correctamente estos elementos de identidad transformadora. En algunos casos puedan responder a pulsiones reactivas, a veces con escasa coherencia ideológica o dificultades de permanencia organizativa; en otros son producto de un bagaje intelectual acumulado que cuestiona fundamentos de poder público y privado, como es el feminismo. Ambas situaciones son fundamentales para armar una disputa por la hegemonía cultural en sociedades complejas y fragmentadas por años de práctica y pensamiento neoliberal.

De la misma manera, las variadas identidades colectivas deben entender que las hegemonías culturales que no disputan la distribución de renta y poder, y por tanto influyen en la determinación material de las condiciones de vida, corren el riesgo de lo efímero en el mejor de los casos, y de la instrumentalización cortoplacista por el poder en el peor. En CCOO somos conscientes de ello y por eso consideramos compatibles y complementarias nuestras formas clásicas de legitimidad y acción en el mundo del trabajo, con las nuevas confluencias necesarias en la sociedad.