Desfile del 1 de mayo de 1968 en París durante el Día del Trabajo organizado por la CGT y el Partido Comunista en París. JACQUES MARIE - AFP GETTY IMAGES Desfile del 1 de mayo de 1968 en París durante el Día del Trabajo organizado por la CGT y el Partido Comunista en París. JACQUES MARIE - AFP GETTY IMAGES

Los dormitorios de las chicas

Si parca es la presencia del feminismo en mayo del 68, más pobre resulta aún su relato

Cristina Fallarás

29 mayo, 2018

Escojamos una nativa digital cualquiera y digámosle “Mayo del 68”. Lo primero que hará –ella, sus coetáneos y los que vendrán– será buscar el dato en Wikipedia. Ya, claro que existen sesudos ensayos y suculentos análisis sobre aquello… Wikipedia.

Si una entra en la página que la enciclopedia digital dedica a Mayo del 68 y la recorre entera no encontrará ni una sola vez la palabra feminismo, ni la palabra feminista, ni siquiera la palabra mujer. Aparece dos veces la palabra obrera, como adjetivo de huelga. Tampoco aparece la palabra escritora ni revolucionaria. Dentro del apartado denominado “Contexto cultural”, se citan los siguientes nombres: Beatles, Rolling Stones, Bob Dylan, Léo Ferré, Wilhelm Reich, Herbert Marcuse, Raoul Vaneigem, Guy Debord, Pierre Bourdieu, Jean-Claude Passeron y Louis Althusser.

Sin embargo, todas las crónicas publicadas sobre la ‘revolución’ citan el feminismo, para añadir que siete años después se aprobó en Francia el derecho al aborto. Pero ninguna ahonda en la idea más allá de mencionar una “revolución sexual” que, visto lo visto 50 años después, necesitaría una seria redefinición. Todas las narraciones citan a Simone de Beauvoir, y acto seguido añaden que era pareja de Jean Paul Sartre.

Ha pasado medio siglo, poco a poco vamos retratando la violencia que somete a las mujeres, su exclusión de los órganos de poder, de las instituciones y las narraciones de la realidad. Poco a poco va resultando evidente el candor de ciertos ‘avances’ que se arrogaron los protagonistas y relatores de aquel mayo francés. Tenebrosamente.

Liberación sexual

Hace una década, cuando aquel mayo cumplía cuatro, el filósofo y sociólogo francés Edgar Morin respondía así a una pregunta del periodista Jose María Martí Font (Babelia, 19/4/2008): “¿Qué es lo que cambió en las costumbres? Las relaciones en el interior de las familias. Hubo una evolución, a través del movimiento feminista, que estaba en vanguardia. No es por azar que, poco después, incluso bajo un Gobierno de derechas, Simone Veil consiguiera sacar adelante la ley sobre la interrupción del embarazo, una ley clásica de la reivindicación feminista”. Sin embargo, a la hora de situar el papel de la ‘liberación sexual’ en aquella revuelta, su respuesta es la siguiente: “Se puede decir que [la represión sexual] fue un elemento desencadenante de Mayo del 68, ya que en Nanterre la chispa partió de la prohibición de que los chicos entraran en los dormitorios de las chicas”. Y añade: “Pero hay que decir que no hubo reivindicaciones sexuales. Las grandes reivindicaciones relacionadas con el sexo, el movimiento de liberación de  la mujer o el movimiento de autonomización de los homosexuales, aparecieron después de Mayo del 68, como consecuencia”.

Ese dato, el de “la prohibición de que los chicos entraran en los dormitorios de las chicas” aparece en todos los relatos sobre la época. Lo más sorprendente es que se utiliza para fundamentar la idea de “revolución sexual”, incluso para ligarla a las libertades sexuales de las mujeres. Otro de los ‘protagonistas’ de mayo del 68, quizás el protagonista, Daniel Cohn-Bendit, suele poner siempre el mismo ejemplo: si en 1968 una mujer casada quería abrir una cuenta corriente en Francia, debía contar con una autorización escrita de su marido.  Y sí, la inmensa mayoría de lo que conocemos de aquellos días está relatado por hombres. Hombres capaces de ligar la idea de feminismo con el hecho de que los estudiantes varones puedan acceder a los dormitorios de sus compañeras.

El feminismo, en otro lugar

En su escrito Tres pistas para intentar entender Mayo del 68, el filósofo y catedrático de Filosofía del Derecho, Moral y Política Francisco Fernández Buey admite “si por movimientos sociales nuevos entendemos lo que por entonces empezó a llamarse ‘nuevo feminismo’, o ecologismo o pacifismo, hay que decir enseguida que el mayo francés del 68 tuvo muy poco que ver con eso. Basta para probarlo con ver los documentos escritos y orales que han quedado de las asambleas de Nanterre y la Sorbonne: ahí hay muy poco feminismo, casi nada de ecologismo y, desde luego, nada de pacifismo”. Y señala dónde están, en su opinión, los orígenes del feminismo al que aludimos, así como del ecologismo y el pacifismo. “Hay que buscarlos en otros sitios: en las universidades norteamericanas, en las manifestaciones británicas contra la guerra (organizadas por el Comité Russell, entre otros), en los discursos de Luther King y en la Universidad Libre de Berlín”.

Si bien es cierto que El segundo sexo, de Simone de Beauvoir (Gallimard, 1949) puede considerarse una obra seminal de la llamada ‘segunda ola’ del feminismo, ligarlo a una supuesta revolución feminista en mayo del 68 resulta fantasioso. Dicho foco debería desplazarse, en los años 60 y 70, a Norteamérica, incluyendo luchas más amplias por los derechos civiles.

Un recorrido llamémosle pop por los restos de cualquier ‘revolución’ suele dar los mejores frutos. O sea, lo que permanece. En el caso de mayo del 68 permanecen la “pareja de Sartre”, las habitaciones de las chicas, un puñado de hombres que cantan o piensan, y la idea de que un ‘nuevo feminismo’ nació –por la simple razón de que años después se permitió abortar– allí donde ninguna mujer narra. O que las mujeres abrieran una cuenta corriente, como sucedió en España, monsieur Cohn-Bendit, siete años después del 68 y con el dictador aún vivo.