Trabajadores en las pasadas obras en el Congreso de los Diputados.- FERNANDO SÁNCHEZ Trabajadores en las pasadas obras en el Congreso de los Diputados.- FERNANDO SÁNCHEZ

La era del precariado

Julia mira a su padre y siente el paso del tiempo. Siente la evolución de una sociedad cada vez más...

Alejandro Torrús

2 octubre, 2018

Julia mira a su padre y siente el paso del tiempo. Siente la evolución de una sociedad cada vez más marcada por el mercado y las grandes corporaciones. También, y sobre todo, por el mercado laboral, que no deja de ser un eufemismo para no hablar de mercado de personas, que queda realmente feo. Por una parte, Julia siente que tanto su padre como ella pertenecen a ese grupo social que ambos llaman ‘mano de obra barata’. Sin embargo, Julia también se siente y se entiende de un modo muy diferente al de su padre. A veces piensa que a pesar de sus similitudes, de haber nacido en el mismo barrio y de haber vivido en el mismo bloque, ambos pertenecen a dos mundos completamente diferentes. Por una parte, Julia envidia la estabilidad que tuvo él, que solo ha trabajado en dos fábricas de automóviles en 40 años de vida laboral mientras que ella ya lleva 12 empresas en sus 10 años como profesional entre becas, trabajo de autónoma y contratos temporales y a tiempo parcial. Por otra, a Julia le da vértigo la idea de pasar toda una vida en el mismo trabajo en una cadena de producción. Ocho horas diarias. Mismos gestos, misma rutina.

Con este panorama delante, Julia ni se plantea firmar una hipoteca. Le angustia también que la ausencia absoluta de estabilidad no le permita ser madre. Al menos, en las condiciones que a ella le gustaría. Julia siente un profundo abandono por parte del Estado. Solo en su época universitaria, cuando recibió una beca, sintió mínimamente el apoyo. Para todo lo demás sentía que ese Estado, al que los políticos llaman social, no estaba. Ni para ser madre ni para mitigar los efectos de los contratos temporales ni para formar una familia. Pero hay más diferencias entre ella y su padre. A Julia, por ejemplo, le sorprende muy mucho que su padre se presente como trabajador de la marca de coches en cuestión. No entiende que adquiera su identidad del trabajo que desarrolla. Ella, por ejemplo, se define en sus redes sociales como ecologista y feminista, que son las causas que le ocupan gran parte del tiempo en el que no está trabajando por dinero.

Luis y Julia son trabajadores de dos épocas diferentes. ‘Mano de obra barata’ de dos fases diferentes de un sistema económico capitalista. Si Luis encaja a la perfección en el concepto de proletariado, el caso de Julia es diferente. La situación que vive Julia encaja mejor con el de ‘precariado’, un término que une el concepto de proletario con el de precariedad. Julia es mano de obra barata, sobrecualificada, cuya vida laboral está marcada por la inestabilidad. Contratos temporales, a tiempo parcial o por obra. Unos meses y a la calle. A volver a empezar. A la caza de una oportunidad. A competir por un puesto de trabajo digno. A competir contra todos. Contra el vecino, contra el migrante, contra las condiciones de trabajo en China. Y el Estado del bienestar… cada vez más desaparecido. No sabe, no contesta.

El capitalismo que pactó con las fuerzas del trabajo dando lugar al Estado del bienestar pasó a la historia a finales del siglo XX y principios del XXI. A nivel global, la década de los 80 marcó el inicio de una nueva fase del capitalismo. La globalización y el impulso del neoliberalismo en todo el mundo cambiaron las reglas del juego. Sobre todo para los trabajadores. «El debilitamiento de los sindicatos, el desmantelamiento de la regulación estatal del mercado de trabajo y la destrucción de los beneficios de bienestar social han hecho másinseguros los puestos de trabajo y más graves las consecuencias del desempleo en todo el mundo capitalista», explica el economista Charli Post, profesor de Sociología de la Universidad de Nueva York.

La nueva fase capitalista ha visto crecer exponencialmente el número de trabajadores considerados precarios. De hecho, Adoración Guamán, profesora titular de Derecho del Trabajo en la Universitat de València y doctora por las universidades de París X-Nanterre y València, destaca que lo interesante del concepto precariado es que incluye en un mismo concepto a personas de todo el mundo desde «trabajadores de plantaciones, a maquiladoras, trabajadoras/es rurales, mineros,riders, diseñadores web, kellys, cajeras/os de supermercado con tres másters, arquitectas precarias, investigadores con salarios de miseria y contratos temporales y desempleadas».

La diferencia entre las condiciones de trabajo de Luis, como miembro del proletariado, y de Julia, como ejemplo de precariado, son tales que han llevado al británico Guy Standing, doctor en Ciencias Económicas por la Universidad de Cambridge, a considerar que estamos ante dos clases sociales diferentes. El precariado, por tanto, constituiría una nueva clase social que aún no tiene consciencia de su propia existencia, pero que se está configurando a nivel global, desde las potencias occidentales aIndia o China.

«Hemos pasado de la sociedad salarial y del referente del trabajador de varón blanco con carrera laboral estable a tiempo completo, salario paulatinamente al alza y recubierto de un conjunto de derechos vinculados a la relación laboral, a otro tipo de sociedad precaria, marcada por el desempleo, el empleo no estable, el empleo no digno, por la aceptación de empleos por debajo de la cualificación, por un empleo no suficiente para obtener prestaciones de la Seguridad Social, por un salario no suficiente para vivir, por un horario no compatible con la vida familiar, personal y militante. Todo ello se conjuga en la inseguridad vital permanente, en una precariedad que, evidentemente, transciende lo laboral para incrustarse en las distintas facetas de nuestra vida», explica a Público Adoración Guamán. 

Los cambios en el mercado laboral se aprecian a la perfección en la modificación de las estructuras empresariales. Pongamos una vez más de ejemplo los cambios básicos de la empresa automovilística en la que trabaja Luis. A principios de la década de los 90 prácticamente todos los empleados disfrutaban de un contrato indefinido y a tiempo completo. Con la llegada de los 2000, sin embargo, la empresa comenzó a reducir las plantillas fijas y a incrementar la fuerza del trabajo marginal, de carácter precario y flexible. En caso de crisis, la plantilla podía así «reestructurarse», como gusta decir al jefe, rápida e inmediatamente. El ejemplo práctico se vivió en la crisis global de 2008.

Los contratos de trabajo fijos se redujeron a los puestos clave de la empresa y todo lo demás se fue rellenando con mano de obra temporal, contratos de obra o trabajadores que llegaban de Empresas de Trabajo Temporal. Ahora, la empresa solo tiene el 50% de los contratos fijos que tenía hace apenas 15 años y gran parte de las tareas que se realizaban en la fábrica han sido externalizadas a otras empresas con peores condiciones de trabajo, algunas de ellas en países en vías de desarrollo. Así, una misma fábrica alberga, de repente, trabajadores de primera y de segunda categoría. Incluso de tercera. Los primeros, tendrían todos sus derechos en un contrato indefinido, mientras que el resto aspiran a él mientras transitan por la empresa con un sinfín de nuevas figuras legales.

Trabajadores en una obra en el centro de Madrid.- FERNANDO SÁNCHEZ
Trabajadores en una obra en el centro de Madrid.- FERNANDO SÁNCHEZ

La flexibilidad laboral llegó de la mano, no obstante, de la globalización e integración de las diversas economías del mercado mundial. Si en los 80 había alrededor de 1.000 millones de trabajadores o personas en busca de empleo en las denominadas economías abiertas, a mediados de los 90 había cerca de 2.500 millones, según datos de Guy Standing, con la incorporación de la Unión Soviética y sus países satélites, China e India. Como consecuencia de ello, los salarios reales del mundo industrializado descendieron y los gobiernos adoptaron medidas para hacer «competitiva» su mano de obra. España, por ejemplo, vivió hasta ocho cambios en la regulación de trabajo entre 1992 y 2012. Gracias a ellas, la economía española, y también la británica, ha combinado en los últimos años el crecimiento en el empleo con un descenso en el salario medio.

En este sentido, la profesora e investigadora en Economía Aplicada en la Facultad de Económicas de la Universidad Complutense de Madrid Bibiana Medialdea denuncia que conseguir un contrato laboral en los países desarrollados «ya no supone ninguna especie de pasaporte de ciudadanía, garantía de ingresos y derechos básicos». «Ahora, en esta época neoliberal, el empleo deja de ser garantía de vida digna«, subraya Medialdea. La profesora, de hecho, también nos advierte de que la formación del precariado es un proceso global, que sucede tanto en China como en Francia aunque el camino recorrido hasta llegar al presente es bien distinto. En Occidente, la pérdida de derechos por el camino es evidente, mientras que gran parte de los trabajadores de los países del Sur nunca han tenido acceso a estos derechos. Ahora, tal y como analiza Adoración Guzmán, existe una línea tendente hacia la «convergencia global» entre el Sur y el Norte. Desafortunadamente, esa convergencia en derechos es «a la baja» y se basa en asumir el paradigma «de informalidad y e hiperexplotación que caracteriza las relaciones de trabajo en muchos lugares del Sur Global».

El precariado, ¿una nueva clase social?

Las diferencias entre el proletariado y el precariado son evidentes. Ahora bien, ¿son suficientes para hablar de una nueva clase social? En opinión de Guy Standing, sí. En la del resto de economistas contactados por Público, no. Los economistas Eduardo Garzón, Adoración Guamán y Bibiana Medialdea reconocen las diferencias, pero también destacan las similitudes que, en su opinión, permiten hablar de una misma clase trabajadora con diferentes condiciones laborales fruto de diferentes fases del capitalismo. Así, el economista Eduardo Garzón explica a Público, que el precariado «es un segmento más de la clase trabajadora». «Los precarios son la parte de la clase obrera más atizada por las políticas neoliberales que buscan flexibilizar las condiciones de trabajo. Son los perdedores de la globalización, pero forman parte de la clase trabajadora», incide el autor de Desmontando los mitos de la derecha. Garzón, también señala como peligroso querer separar a la clase trabajadora en, al menos, dos partes: «Generaría una competitividad entre dos grupos al considerar que tienen intereses diferentes y/o enfrentados cuando desde mi punto de vista comparten los mismos intereses y se enfrentan a los mismos desafíos».

En esta línea, el estadounidense Charli Post considera que proletariados y precariados son la misma clase obrera y que el objetivo de esta nueva etapa capitalista sería acabar con los logros sociales que consiguió el proletariado. Una especie de flashback a finales del siglo XIX cuando se extendió un liberalismo salvaje no regulado que provocó el empeoramiento de las condiciones de vida de los trabajadores de occidente y el crash de 1929. «El neoliberalismo ha devuelto a la clase trabajadora a su situación típica bajo el capitalismo: la precariedad», explica el profesor de la Universidad de Nueva York.

La pérdida de derechos de segmentos importantes de la clase trabajadora de los países de Occidente marcan un punto de inflexión en la historia reciente de las democracias. El sociólogo alemán Oliver Nachtwey, de hecho, habla de un cambio de época: de la etapa de la «modernidad social», vinculada al crecimiento de los dorados 60, a la etapa de la “modernidad regresiva” del siglo XXI. En la obra La sociedad del descenso. Precariedad y desigualdad en la era posdemocrática (Paidós, 2017) el autor de la escuela de Frankfurt explica que en este nuevo período se han roto las promesas de ascenso social habituales en la sociedad capitalista y en las que han crecido buena parte de los ciudadanos. Promesas que llegaban desde la publicidad y también desde el sistema educativo. Todos daban por hecho que tendrían mayor calidad de vida que sus padres. Sin embargo, ahora los ciudadanos se encuentran con un ascensor que desciende o que, al menos, se tambalea. Y no solo a nivel individual. También en un plano colectivo con la pérdida de derechos sociales y la reducción del Estado del bienestar europeo, que cada vez se asemeja más al norteamericano.

«El relato del progreso, que no atiende a ideologías, ya no resulta fiable«, escribe Nachtwey, que señala que hoy día se encuentran síntomas de regresión en la «democracia parlamentaria, en el mercado laboral y en el sistema educativo», ya que un título universitario ya no tiene el mismo valor que el que tenía hace unos años. «En muy poco tiempo hemos llegado a una lucha de clases abiertamente dirigida desde arriba para recortar de inmediato las reivindicaciones y derechos de los ciudadanos», escribe el alemán.

El riesgo del populismo y del neofascismo

La nueva época y la creación del precariado supone una serie de riesgos importantes. Por una parte, Standing advierte del peligro de que parte de este nuevo precariado acabe en manos del populismo y de la extrema derecha. De hecho, este economista ya advirtió antes de la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos de este peligro. «Las tensiones en el seno del precariado impiden reconocer que es la estructura socioeconómica la que provoca sus calamidades comunes. Muchos se ven atraídos por políticos populistas y mensajes neofascistas, algo que ya se constata claramente en toda Europa, Estados Unidos y otros lugares», escribía Standing en el año 2013, a la vez que advertía de la necesidad de que aparezcan nuevas organizaciones sociales y políticas que respondan a «los temores, inseguridades y aspiraciones» de este precariado global.

Por lo tanto, Nachtwey dibuja en esta nueva etapa un más que posible renacimiento del conflicto social en el que el sujeto revolucionario aún está por formar. La tradicional apelación a la clase obrera ha perdido la potencia y la capacidad de décadas anteriores para apelar a una mayoría social. La solución parece pasar por la articulación y agregación en pie de igualdad de una serie identidades que hoy día atraviesan la sociedad y que tradicionalmente han estado subyugadas al concepto de clase obrera que, injustamente, marginaba a mujeres y migrantes. Un ejemplo de la fuerza de estas identidades es el feminismo, capaz de articular hoy día grandes protestas de masas.

El reto para la izquierda, dice Nachtwey, pasa por saber imaginar un futuro diferente a nuestro pasado y presente: «Ahora mismo faltan visiones plausibles y utopías movilizadoras«, que denuncia que la mayor parte de la izquierda política está atrapada buscando un regreso al pasado que ya no es posible. El nuevo sujeto revolucionario, por tanto, aún está en formación. Sin embargo, ya se sabe cuál será una de sus características principales: la inestabilidad laboral y la temporalidad. Precarios del mundo, uníos.