La periodista polaca Katarzyna Kobylarcyk.- FERNANDO SÁNCHEZ

Katarzyna Kobylarcyk: "Puedes asesinar, pero no puedes matar la verdad"

La reportera polaca Katarzyna Kobylarcyk ganó el premio Ryszard Kapuscinski 2020 por una crónica periodística con tintes literarios sobre las heridas de la Guerra Civil española. La obra se llama ‘Costras’, ha sido publicada por la editorial Crítica y se trata de un libro de historias de víctimas de la violencia política.

Alejandro Torrús

27 de julio de 2022

La reportera polaca Katarzyna Kobylarcyk ganó el premio Ryszard Kapuscinski 2020 por una crónica periodística con tintes literarios sobre las heridas de la Guerra Civil española. La obra se llama ‘Costras’, ha sido publicada por la editorial Crítica y se trata de un libro de historias de víctimas de la violencia política. La mayoría, eso sí, se trata de familias republicanas que todavía buscan los restos de sus seres queridos. No obstante, la obra tampoco rehúye el dolor de las víctimas que perdieron un familiar a manos de fuerzas republicanas. Se trata de una suerte de collage de vivencias, tragedias y, muy especialmente, dolores e injusticias todavía por subsanar.

La primera pregunta es obvia y estará usted harta de responderla. ¿Cómo llega una periodista polaca a un libro sobre Memoria en España?

Pues todo comenzó en 2009. Estaba en España y vi que había una exhumación cerca de Burgos y quería ir allí para escribir un artículo. Pensé que sería una de las últimas fosas de la Guerra Civil que quedaban por abrir. Pensaba que en un país como España, europeo y democrático, todas las heridas de la guerra estarían saldadas. Pero, para mi sorpresa, se trataba de una de las primeras fosas que se abrían. Me sorprendió muchísimo el dato. Pasé muchos días en aquella exhumación observando y entrevistando a los familiares de las víctimas. Regresé a casa con muchas más preguntas que respuestas.

¿Qué se preguntaba?

La pregunta más importante que me hacía es por qué tan tarde. Por qué habían dejado pasar tantos y tantos años sin hacer nada por exhumar los cuerpos que todo el mundo sabe que están en las cunetas. También me preguntaba por el miedo, por cómo es posible que el miedo se haga presente tantos años después. Me ha sucedido varias veces que a pie de fosa he podido hablar con familiares directos de víctimas, personas mayores, que después me han llamado por teléfono, se lo han pensado mejor y me piden que no publique nada.

¿Tiene respuesta para esas preguntas que se formulaba?

De la necesidad de responder esas preguntas surge este libro. El reportaje que iba a publicar nunca se publicó y poco a poco fui haciendo más entrevistas, conociendo más casos e historias y dando forma a este libro, pero no tengo respuestas claras. Mi país, Polonia, también es un país marcado por la guerra y la represión. Sabemos perfectamente qué efectos y consecuencias tiene la represión en la población, pero el caso de España es sorprendente.

¿Por qué le sorprende tanto el caso de España?

Es que España es un país de Europa, con una fama de una transición ejemplar y que ahora mismo es el país de las playas bonitas, de la alegría y de la buena comida. No esperas que el país del sol tenga una historia llena de tinieblas.

¿Cómo fue descubriendo estas tinieblas y este miedo?

Me sorprendió mucho conocer a familias que tenían a un familiar de un bando y a otro familiar en otro y que todavía hoy en las comidas o cenas familiares siguen sin poder hablar del asunto. Me parece muy extraño que haya temas del pasado de un país que no puedas hablar con tu propia familia porque hasta las familias están divididas. Y ahora, además, hay que sumar que hay una juventud que puede no entender nada y ni siquiera entender por qué este asunto crea problemas en la familia.

En su obra se muestra muy bien, además, que si en España hay un movimiento por la memoria es por las familias y por las asociaciones que nacieron de la sociedad civil.

Es que fue así. Fueron los familiares los que dieron forma a este movimiento. Fue Emilio Silva el que hizo todo lo posible para exhumar a su abuelo y el que después ha continuado trabajando para que el resto puedan exhumar a los suyos porque el Estado no ayudaba. Era una injusticia absoluta. Y esto es curioso. Cuando se preguntó a la sociedad española en el CIS quién tenía que hacerse cargo de las exhumaciones hubo una mayoría abrumadora que contestó que tenía que ser el Estado y no las familias.

Ha comentado que su primera exhumación fue en 2009 en un pueblo cerca de Burgos. Siempre digo que uno no puede imaginar qué sucede alrededor de una fosa hasta que no lo vive en primera persona. Que es una sensación indescriptible. ¿Recuerda aquel momento?

Yo había leído mucho sobre exhumaciones pero en la antigua Yugoslavia. Allí es diferente. Discúlpame la expresión, pero allí los muertos están más recientes y leía sobre el estado de los cuerpos y me parecía que iba a ser muy duro en España. Sin embargo, es diferente, claro. Aquí han pasado 80 años. Aquí ya no queda nada. Solo huesos y algún objeto y, por tanto, en ese aspecto ya no es de entrada una vista tan desagradable como la otra. La primera vez que estuve en la fosa aluciné, sí. Recuerdo que el equipo que exhumaba nada más verme me preguntó que quién era, si buscaba a alguien y si quería entrar en la fosa. Les dije que no, que no y que sí. Me explicaron todas las características de la fosa, de cómo sería el enterramiento... Fue muy pedagógico y se notaba que el equipo de exhumación cuidaba cada detalle. Fue toda una sorpresa.

Después de ver una exhumación, ¿entiende que haya gente que no quiera abrirlas?

Conocí a un grupo de memorialistas, que eran de izquierdas, que decían que no, que es mejor no abrir las fosas porque constituían pruebas de los crímenes del franquismo. Bueno, yo no me atrevo a decirle a una víctima lo que tiene que hacer con su familiar enterrado en una fosa común. Sí que creo que todas las víctimas merecen el mismo respeto y que si se decide no exhumar hay que dignificar el lugar y señalarlo. No se puede permitir que se destruyan más fosas.

Me refería a las derechas en España.

Bueno, eso es difícil de entender. No me entra en la cabeza que alguien pueda querer decidir sobre qué se hace con una fosa donde no tiene muertos ni familiares ni que quieras decirles a víctimas que no pueden buscar o sacar a sus seres queridos. Yo creo que no deberían tener nada que decir.

Para su libro también ha entrevistado a familiares que son víctimas de violencia revolucionaria.

Sí. Visité algunas de las tumbas y muchos mausoleos. Muchas veces incluso sus nombres aparecen en placas instaladas en las iglesias de cada pueblo a los caídos por Dios y por España. Por eso creo que no deberían ser ellos los que dijeran qué hay que hacer con los rojos. Sí que creía que ellos tenían que tener su espacio en el libro porque es mi obligación como periodista dar voz a todos. Yo no puedo decir a una víctima que en mi libro no tiene cabida.

Tengo anotadas varias cosas de su libro que me llamaron la atención. Una es la conversación de Fausto Canales, que tiene a su padre en el Valle de los Caídos, con un monje benedictino.

Cuando me lo contó Canales me pareció una historia maravillosa. Canales le preguntó si le permitía visitar la cripta donde están los restos de su padre, que fueron robados por el franquismo para trasladarlos al Valle. El monje le dijo que le comprendía porque él también perdió a su padre en la guerra. Se contaron sus historias y la historia de sus padres. Para mí esa escena dice mucho. Estuvieron frente a frente, se comunicaron, puede que se entendieran, pero en ningún momento hubo reconciliación.

A veces se pide a las víctimas que se reconcilien y no es justo. La reconciliación y el perdón es una cosa personal y el Estado tiene la obligación de procurar verdad, justicia y reparación. No se puede perdonar a golpe de BOE.

Completamente de acuerdo. También creo que hay mucha gente que solo necesita una declaración contundente del Gobierno que diga que sus familiares eran inocentes y que nunca debieron ser asesinados.

Tengo anotada una idea de su libro que me llamó la atención. La nota dice: “Madres, abuelas, luto”.

Este tema es el menos tocado de la memoria histórica española. Es el tema de las mujeres. Los periodistas y los historiadores tienden a tratar a las mujeres como testigos de los crímenes contra los hombres y no. Las mujeres tienen su propia historia más allá de sus maridos o padres. No podemos olvidarnos de esas mujeres y de la represión cruel que sufrieron. Es un tema en el que hay que trabajar mucho más todavía.

Ahora sí, la entrevista va llegando a su fin. Me decía antes que no tenía respuestas a las preguntas que se planteaba, pero seguro que alguna conclusión ha sacado de su propia obra.

Sí. Han pasado 80 años desde el asesinato de estas miles de personas y aquí estamos hablando de ellas a pesar de que durante décadas no se podía hablar ni una sola palabra del asunto a riesgo de sufrir represión. Sin embargo, aquí estamos. La verdad no se ha destruido. Se conservó en las almas de la población, en la memoria particular de cada uno y después, muchos años después, las memorias particulares afloraron y se fueron poniendo en común. Y para mí es la conclusión. Puedes asesinar, pero no puedes matar la verdad.