El filósofo Emilio Lledó, en 2014, reflexiona sobre la pandemia del coronavirus. — Kiko Huesca / Efe El filósofo Emilio Lledó, en 2014. — Kiko Huesca / Efe

Emilio Lledó: «El miedo invisible que provoca el coronavirus es feroz por la amenaza de lo irreal»

Henrique Mariño

10 de marzo de 2021

Emilio Lledó (Sevilla, 1927) en principio no quería hablar del «miedo invisible», pero termina haciéndolo porque resulta inevitable sustraerse de esta «amenaza de lo irreal». No obstante, en este paseo literal y por momentos literario, el catedrático emérito de Historia de la Filosofía hace frecuentes altos en el camino para conversar con Aristóteles, Homero, Cervantes, Kant o Walter Benjamin, con quienes lleva dialogando durante buena parte de sus 93 años de vida. 

No extrañan, pues, los títulos de sus libros, como Imágenes y palabras o Fidelidad a Grecia (Taurus), reflejo de su pasión por el verbo, sobre todo clásico. Su currículo es apabullante —Premio Nacional de Ensayo, Premio Nacional de las Letras Españolas, Premio Princesa de Asturias—, aunque su humildad lo lleva a describirse como alguien que tiene curiosidad por aprender y por entender. Un filósofo, miembro de la Real Academia Española, que bucea en el origen etimológico de la pandemia mientras rumia qué significa el coronavirus.

Durante esta odisea, usted ha vuelto a Homero. Nos hemos quedado en casa, pero ¿regresaremos a ella?

Siempre hay que regresar a casa, a lo que uno es. La casa propia es el ser que nos constituye, una mezcla de libertad y de enfrentamiento ante el mundo, que no te lo dan hecho, sino que se presenta como posibilidad. Puedes estar en él e ir construyendo tu propio ser en ese estar. Debemos descubrir una nueva perspectiva del bienestar de los individuos —una frase hecha magnífica: bien y estar— más profundo y más radical, al que yo llamaría bienser, aunque la palabra todavía no esté admitida por la RAE.

Como otras que suele emplear, caso de mentirizar, inexperimentado o retrasador —aplicado al uso de las nuevas tecnologías—, pese a que usted es miembro de la Real Academia Española.

El lenguaje es algo vivo. Ya que en el castellano existe el bienestar —por el que seguimos luchando—, por qué no utilizar ese término aun más profundo: el bienser, que tiene que ver con la educación, con la libertad y con la reflexión sobre el lenguaje. Tratemos de que la mente no se nos paralice en una serie de conceptos claves que nos encierran y nos impiden fluir, lo que yo llamo grumos mentales. Eso tiene que ver con esa estructura esencial de la vida humana que es la educación.

Creo en la frase de Kant: «El ser humano es lo que la educación hace de él». Es una tesis esencial que no debemos olvidar, porque la educación consiste precisamente en sacar de nosotros esa posibilidad de pensar. Esto debería ser asimilado profundamente por quienes organizan nuestro sistema educativo, porque no se trata solo de impartir determinadas materias, sino también de ir descubriendo lentamente los contenidos de la vida, de la cultura, de la justicia, de la verdad y del bien. Y eso se logra a través de la libertad con que la educación nos alimenta.

Ya que tira por ahí, vamos a…

Está muy bien eso de «tirar por ahí» [risas]. ¡Déme ideas o perspectivas nuevas!

¿Prefiere ofrecer respuestas o seguir haciéndose preguntas?

Siempre prefiero seguir haciéndome preguntas, por si cuajo o coagulo las respuestas —como muchas veces se hace en la educación o en la política— esa coagulación significa la muerte, que es el gran final coagulado de una vida. A quienes tenemos ya cierta edad —o ciertísima edad— nos interesa estar siempre más en las preguntas que en las respuestas.

«La educación consiste en sacar de nosotros la posibilidad de pensar. No se trata solo de impartir materias, sino también de descubrir los contenidos de la vida, de la cultura, de la justicia y del bien»

Preguntas, por supuesto, que no estén obnubiladas, oscurecidas y distorsionadas, sino que broten de uno mismo. Porque a veces las preguntas que nos hacemos pueden ser el resultado de nuestra ideología o de nuestra ideologización. Y también de la paralización, que a veces puede provocar unas respuestas que nos hemos o nos han metido en la cabeza. Entonces, ya no se ve el mundo más que a través de ese espejo resquebrajado que son las respuestas de la pseudopolítica, la pseudoeducación y la pseudocultura. 

Es curioso que en griego la palabra cultura (paideia) no solo significaba «enseñar a los niños», sino que también tenía que ver con la propia cultura. Es decir, con lo que constituye ese prodigio al que realmente tiene que tender el ser humano: un horizonte de justicia, de verdad, de belleza, etcétera. Suenan a música celestial, pero son las palabras esenciales que han constituido la vida del hombre. Al igual que los presocráticos descubrieron el agua, el fuego, la tierra o la luz como elementos de la materia, los elementos de la cultura son el bien, la justicia… Lo que no sea ir hacia eso es una falsificación y un deterioro de la vida. 

Al principio mencionaba la muerte, tan presente en nuestros días. ¿La palabra escrita es la criogenización del pensamiento? O sea, que gracias a su obra usted será inmortal, aunque su voz suene ahora cálida y no congelada.

Eso de la inmortalidad suena a algo importante [carcajadas]. Es un tema que saldrá solo si tiene que salir [¿solo con o sin tilde?: la importancia de la tilde en solo…]. Durante estos días extraños, yo… Por cierto, ¿no tienes la sensación de que nos han quitado un año de nuestras vidas? ¿O de que ha desaparecido?

«Siempre hay que confiar en el futuro, pero no en un futuro cuajado, hilado o entregado por los poderes de la política»

Durante la pandemia, he releído algunos cantos de la Odisea y es prodigioso que a día de hoy yo pueda dialogar con ellos. Eso quiere decir que la palabra —que ha llegado a mí escrita— es un diálogo continuo. También ocurre con la obra de escritores contemporáneos, pero sobre todo me refiero a los autores clásicos, quienes están vivos. Y eso sí que es una forma de inmortalidad, de la misma manera que me siguen iluminando las conversaciones entre Quijote y Sancho, con quienes establezco un diálogo. 

Es posible porque son palabras verdaderas, porque hay otras que se escurren o —mejor dicho— que resbalan sobre nuestra personalidad y nuestra conciencia. Sin embargo, en el fondo de ese resbalar la palabra verdadera es como un río que nunca se seca, que nunca se paraliza, que nunca se coagula, que nunca se congela… En ese sentido, es maravilloso que exista la palabra escrita, porque si no se habría esfumado el gran diálogo que podemos mantener con la cultura y con la vida. Solo existiría el latir inmediato del presente, una palabra que en el fondo no es más que un eco de ese lenguaje en el que nos hemos encontrado, que constituye la cuna en la que hemos nacido.

¿Qué le dice hoy la palabra futuro?

Siempre hay que confiar en el futuro, pero ese futuro tiene que figurar dentro de la posibilidad. No un futuro cuajado, hilado o entregado por los poderes que conforman la estructura de la política. Por eso es tan importante la educación: no vale solo con tener estas ideas, sino también que haya instituciones que nos den alimento y permitan que esa libertad que buscamos sea realmente posible. No basta con decirlo, hay que realizar… Y, en el caso de la educación, son los colegios, los institutos y las universidades.

Públicos, como siempre ha defendido.

Claro, por eso es tan importante la prensa de la libertad, que ayuda y colabora a abrir esa conciencia para que no se paralice en los grumos mentales que nos impiden vivir, en el sentido intelectual, racional y verdadero de la vida humana. Es maravilloso que Aristóteles diga en Política que el ser humano es zoon lógon échon [o zoon politikón]. Un animal que mueve la lengua, no solo para saborear manjares, sino también para emitir un aire semántico que nos crea y que nos da lo que constituye la vida humana: el logos, o sea, el lenguaje. De ahí el peligro de la educación, de la cultura o del imperialismo paralizantes o paralizadores.

Ha mencionado el papel crucial de la prensa. Sin embargo, ¿cree que la sobreinformación en los medios y la algarabía en las redes sociales nos hacen más ignorantes? O sea, cuanto más nos parece que sabemos, ¿menos entendemos?

Sin la menor duda. Nunca ha habido tantas posibilidades de informarse como ahora: periódicos, radios, televisiones, libros… No sé lo que son las redes sociales, porque no me he metido nunca en ellas —aunque lo intuyo—, pero ese exceso de información puede provocar una deformación radical de la mente humana. Corremos el peligro de estar más solos y vacíos que nunca, porque esa información debe ser viva.

En ese sentido, la educación tendría que fomentar el sentido crítico, ese cemento que asienta los ladrillos del inexpugnable muro que debería ser la libertad de expresión.

Por supuesto. La libertad de expresión es fundamental, aunque ya no entiendo muy bien en qué consiste si solo sirve para decir majaderías.

¿La libertad de expresión, sin libertad de pensamiento, a qué se reduce?

La libertad de expresión debe contener la libertad de pensamiento. ¿Para qué me sirve la libertad de expresar lo que sea si no es una libertad fluida, libre, humana o sencilla? No se trata de saber mucho o poco, porque hay gente que posee una gran erudición, pero tiene cuajado el pensamiento. No podemos negar la libertad de expresión, aunque, por favor, ¡expresad de verdad! Tiene que ser expresadora de la libertad de pensamiento y de cultura, así como de la fluidez, como el río de Heráclito en el que no podemos bañarnos dos veces [«porque ni el hombre ni el agua serán los mismos»]. En cambio, hay personas que lo hacen continuamente, porque el río fluye, si bien permanecen en el pocito que les han construido… tal vez para paralizarlo.

Adéntrese en el bosque legal: ¿el insulto, la ofensa y el odio deberían ser libres?

No, porque son inhumanos. No estoy de acuerdo con la locución «el hombre es un lobo para el hombre». Lo será para quien sea un hombre lobo… El problema es que en la vida hay una cierta defensa del yo y del ego. Uno no debe poner su propia vida por delante, sino por dentro. Por delante hay que poner la convivencia con los demás, pese a la incultura, la violencia y la ferocidad de las guerras, que a veces te quitan la alegría.

«La libertad de expresión es fundamental, aunque ya no entiendo muy bien en qué consiste si solo sirve para decir majaderías»

En los últimos tiempos me ha llamado la atención cómo se cultiva en los medios de comunicación la tristeza, por ejemplo la que generan los temas relacionados con los migrantes. Eso es verdad, mas hay un exceso de información al respecto y un defecto clarísimo al no informar sobre las causas que producen la miseria. ¿Por qué emigran? ¿Cuáles son los motivos? ¿Qué sabemos de las carencias y negaciones, provocadas muchas veces por los países que los lanzan fuera? Nuestro deber es investigar las causas y procurar la verdad y la justicia. Suena a un ideal lejano, pero no podemos renunciar a él. 

El hombre no es un lobo para el hombre, porque el principio del amor y la amistad es muchísimo más poderoso y ha creado más verdad que esa locución errónea, una de las grandes monstruosidades que hay que superar. Comprendo que parece utópico, aunque precisamente lo utópico es la búsqueda de un camino, no solo no tener camino. Hay que serlo cuando lees la prensa y ves la monstruosidad continua con la que nos cerca el mundo de hoy, un mundo que lee, piensa, escribe y cae o se enreda en las redes sociales. No renunciemos a la esperanza, porque la filia y la justicia son mucho más importantes que el concepto de la lobeznez humana.

Ni siquiera la pandemia del coronavirus le ha quitado la esperanza. ¿Nos ha dado algo?

Confío en que sí. En primer lugar, nos ha dado esperanza, porque todos esperamos salir de esto. Recordemos que pandemia significa todo (pan) lo que cae sobre el pueblo (demos). La esperanza es importante, porque quiere decir que el mundo no está coagulado. Imagínate que el mundo fuera una eterna pandemización, algo que puede suceder si no hay libertad de pensar ni de entender. O si ni siquiera hay voluntad de hacerlo, porque esa intención se te puede paralizar y, a continuación, creer solo lo que te interesa a ti o a un grupo determinado de la sociedad.

Recurre constantemente a la metáfora de la coagulación cuando su riego cerebral, con 93 años, es envidiable.

Oye, camino de los 94, ¡eh! Aunque es verdad que los cumplo a finales de año [risas].

Siempre gira la cabeza para mirar hacia a los griegos, hasta el punto de que el año pasado reeditó Fidelidad a Grecia. Infelizmente, hemos vuelto a la máscara: una tragedia.

En Eurípides, Sófocles y Esquilo ya estaba presente lo más duro. Sin embargo, había una luz siempre latiendo. Una luz de esperanza, de salir de eso, a pesar de la dureza con la que se construía esa maravillosa representación, que en el fondo era una parte de la educación de los griegos: abrir y enseñar. Pese a la violencia que desprendían algunos personajes, siempre figuraba la posibilidad de dar un paso adelante. Es decir, el optimismo dentro del terrible pesimismo de los actos que conforman la tragedia humana.

¿Teme un virus que acabe con la cultura y la educación? Si fuera así, ¿vislumbra una segunda y una tercera ola?

Al contrario, porque sería la muerte total. Ahora bien, podría haber un virus coagulado en determinadas instituciones —como una mala educación— que fuese eliminando toda la esperanza que da la cultura de la libertad.

¿Por qué la educación ha sido arma y escudo de los sucesivos Gobiernos?

En principio, porque se apodera de la mente de los niños. En los críos, incluidos mis nietos, he visto la maravillosa frescura de esas mentes de tres o cuatro años. Si te apoderas de esos chavales, en una escuela mal orientada y paralizadora, estás aniquilando la cultura, la esperanza y la vida.

En cambio, las humanidades se ven forzadas a hincar la rodilla, véase la asignatura de Filosofía.

Me parece monstruoso que sean relegadas las humanidades, ese mundo de la literatura y las lenguas, objeto de nuestro diálogo continuo, porque somos descendientes del latín y del griego. Sin ese mundo de humanidad, una cultura absolutamente pragmática ni siquiera podría calificarse como cultura. Como decía Walter Benjamin, convencer a los estudiantes de que no están en la universidad para aprender, sino para ganarse la vida, es la forma más siniestra de perderla. Una idea esencial.

Según usted, lo importante no es el aprendizaje, sino la capacidad de pensar.

Sin la menor duda, porque el aprendizaje puede consistir en aprender algo puramente coagulador y paralizador. Y la cultura es fuente, la cultura es río, la cultura es vida…

Es filósofo y miembro de la Real Academia Española. No extraña si consideramos el lenguaje como cimiento del pensamiento.

Bueno, la palabra filósofo no quiere decir «amante de la sabiduría», sino «curiosidad por entender». El sofós podía ser un hombre que supiera hacer zapatos. Filosofía era curiosidad, tendencia, pasión, interés… Estoy intentando evitar decir amor, aunque también lo es, entendido como deseo de entender.

Le preguntaba si el lenguaje es el cimiento del pensamiento.

Sin ninguna duda. Pero el lenguaje es algo vivo, que debe ser dialogado y repensado, porque las palabras a veces pueden paralizarse de tanto repetirse. Me llama la atención cuando alguien dice: «Hay que poner sobre la mesa». La pobre mesa esa se va a acabar rompiendo… Tiene tal cantidad de cosas encima que se le van a tronchar las patas. No hay que poner nada sobre ella, sino que hablar y dialogar. 

Y con tanto «dar un golpe en la mesa» terminará rompiéndose antes.

Claro, claro [risas]. Esta mañana volví a escucharlo en las noticias mientras desayunaba. También se habla mucho de generar: Ya sabes: «Hay que generar cultura»…

Tiempos de lenguaje bélico y productivo, en el sentido económico de la palabra. ¿Se imaginaba que pudiese regresar a nuestras bocas el «toque de queda», un término que remite a ese racimo de conceptos castradores, desde el estado de alarma hasta el de excepción?

¡Para nada! Yo viví la guerra civil en Madrid, porque mi padre era militar y estaba destinado en el regimiento de artillería de Vicálvaro. Cuando nos bombardeaban los Junker —que llamábamos pavas—, nos mandaban salir del colegio y nos tumbábamos en el suelo. Vi muertos y heridos, o sea, la realidad de la guerra. Sin embargo, no había visto esta amenaza continua. La pandemia, digo, esta cosa extraña en la que no observamos violencia aparente, porque vamos con las mascarillitas puestas y en la ciudad hay más silencio que nunca.

Su generación escuchó el sonido del combate y palpó el hambre de la posguerra. En cambio, ¡qué torno tan diabólico para modelar este miedo invisible, propio de un alfarero perverso!

Un miedo invisible que puede resultar más feroz porque es más solapado que el ruido de las bombas, que era bestial pero real. En cambio, esta amenaza de lo irreal, paralizante y paralizadora, no la había vivido jamás.

Habíamos escuchado bellas definiciones de patria, como la patria es la lengua o la infancia, hasta que volvimos a la bandera.

Eso es patriotismo de trapo. Lo que tiene que expresar realmente la patria es la libertad que somos capaces de crear.

¿Qué neologismos lo inquietan?

«Frente al patriotismo de trapo, la bandera es algo vivo que debe estar construyéndose continuamente»

Sin ir más lejos, el mal uso de la palabra patria. La usan como una bandera de determinados intereses, cuando es algo siempre abierto a través de la reflexión, de la cultura y de la educación. Frente al patriotismo de trapo, la bandera es algo vivo que debe estar construyéndose continuamente. Esa es la verdadera patria que hacemos y en la que nacemos, por eso siempre hablo de lengua matriz. Haber nacido en un determinado país no depende de ti, porque te han nacido tus padres. Lo importante es la lengua que tú construyes.

Por cierto, ¿sale a pasear?

Una hora todos los días. Es fundamental.

¿Hacia dónde caminamos? 

A veces voy al parque del Retiro, pero prefiero pasear por el barrio, porque me gusta ver las caras de la gente.

Me refería hacia dónde camina la sociedad…

Esa respuesta ya es más difícil [risas]. Podríamos pensarlo, aunque nos llevaría un poco lejos. 

Y, además, la hora de este paseo llega a su fin.

Espero, en todo caso, que la sociedad no camine hacia la paralización de la cultura.

Cuando se han difuminado tantas certezas, ¿cuál es ahora la meta?

La meta es el verdadero patriotismo: crear cultura y libertad. Y hacer de este país lo que ha demostrado con sus grandes escritores, desde Cervantes hasta Galdós. Yo he leído el Quijote no sé cuántas veces y dialogo a menudo con su autor, porque ese libro es una riqueza y una pasada. Una expresión bastante buena, por cierto, porque «una pasada» quiere decir que estás superando el cuajamiento del lenguaje paralizante y el Quijote es una continua liberación, liberalización o libertación del lenguaje.

¿Podría revelar alguna confesión inconfesable que le haya hecho Cervantes?

El diálogo y la esperanza. O sea, el diálogo de esperar que la realidad pueda tener una visión cervantina, porque el Quijote es una teoría de la esperanza y de la libertad. Tengo siete u ocho ediciones subrayadas porque me inspira continuamente. E inspirar quiere decir que me abre y que me crea la patria y la esperanza. Y esperar es importante.