Lara Ramírez, Israel Garzón, Gema Jiménez, tres jóvenes entrevistados por 'Público' durante el mes de marzo.- JAIRO VARGAS. Lara Ramírez, Israel Garzón, Gema Jiménez, tres jóvenes entrevistados por 'Público' durante el mes de marzo.- JAIRO VARGAS.

Los jóvenes de la generación covid: más precarios, más tristes, pero siguen soñando

Beatriz Asuar

10 de marzo de 2021

Mientras la sociedad señala a los jóvenes como responsables del aumento de los contagios, hay toda una generación que sufre consecuencias de dos grandes crisis. Un año después de la declaración del estado de alarma hay una tristeza generalizada, más precariedad y ansiedad. Pese a todo, los jóvenes no pierden la fuerza que caracteriza a esta etapa de la vida: ven un futuro negro, pero sueñan con oportunidades para avanzar.

Jorge ha vivido siete meses en casa de sus padres, escondiendo quién es realmente. La pandemia retrasó hasta dos veces la operación que Lara tanto esperaba. Israel perdió su trabajo y ha vivido durante un año con el miedo de no tener nada que darle de comer a su hija. Ana aún vive casi en confinamiento domiciliario por temor a contagiarse de covid-19, tiene una enfermedad crónica. Gema no para de trabajar y aún así no tiene suficiente para independizarse. Todas estas personas son jóvenes muy diferentes, pero tienen en común que sufren las consecuencias de dos grandes crisis. Miedo, rabia, ansiedad, tristeza o impotencia son emociones que salen a relucir cuando conversan sobre su vida y su futuro.

Hay consenso entre los expertos sobre el hecho de que la cuarta gran ola de la pandemia será la de la salud mental. Por eso el discurso del diputado Iñigo Errejón desde la tribuna del Congreso, poniendo en el centro estos problemas, se hizo tan viral por las redes sociales. Hay un «ambiente de tristeza» generalizado, señala Javier Urra, doctor en Psicología, escritor y Defensor del Menor entre 1996 y 2001. La etapa de la juventud tiene características propias que provocan que se vean más afectados por las restricciones sociales.

El 38% de los jóvenes se siente muy desesperanzado sobre su futuro

La encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) sobre salud mental del pasado 4 de marzo muestra con datos cómo los jóvenes están siendo los más afectados. El 12% de los encuestados (de edades  comprendidas entre 18 y 24 años) dice haberse sentido deprimido, decaído o sin esperanza muchos días frente al 10% que manifiesta lo mismo pero en el abanico de entre 35 y 44 años. Este porcentaje va bajando según avanza la edad. Algo similar pasa con los sentimientos de desesperanza respecto al futuro. El 38% de los entrevistados de entre 25 y 34 años los ha tenido frente al 22,3% de aquellos que están entre los 55 y 64 años.

La Confederación Estatal de Asociaciones de Estudiantes (CANAE) publicó otro estudio recientemente, dirigido a estudiantes de enseñanzas secundarias obligatorias, no obligatorias y primeros años de la universidad, en el que destaca que la salud mental es la preocupación principal del 72,1% de las personas encuestadas. La presidenta de la organización estudiantil, Andrea G. Henry, afirmaba en la nota de prensa en la que se difundió el informe que los estudiantes «definen este año con tres palabras: agobio, estrés y ansiedad».

Ester González, psicóloga de El Puente Salud Mental Valladolid y de la Confederación Salud Mental de España, enumera algunas particularidades de por qué la juventud se ve más afectada: han visto totalmente «interrumpida» la etapa y la manera en la que se forja la personalidad con el confinamiento, la paralización de las clases presenciales y las restricciones sociales. Los problemas crecen con la estigmatización de la juventud. Tanto Urra como González coinciden en poner nombre a este fenómeno, juventufobia, y en afirmar que esto provoca un sentimiento de culpa incluso entre muchos jóvenes alejados de los llamados  «irresponsables» durante la pandemia.

Entre los jóvenes hay historias duras que están teniendo un claro efecto sobre su salud mental. Es el caso de Jorge (nombre ficticio), un joven gay de 21 años de un pueblo rural de Canarias que no es «visible» en su casa. Jorge intentó contar a sus padres que no era heterosexual meses antes de que comenzara la pandemia, pero la respuesta de su familia fue que en el pueblo le rechazarían, que no iba a ser feliz y que nunca podría tener familia. Tras esta conversación comenzó a tener una «doble vida» y a ocultar en su casa su verdadero ser.

Antes de la pandemia vivía en una residencia de estudiantes para ir a la Universidad de Medicina. Allí ya era visible. Pero cuando volvía a casa de su familia dejaba de ser esa persona. Con el confinamiento domiciliario de marzo tuvo que dejar la residencia. «Viví de marzo a octubre en casa de mis padres. Al principio tenía la sensación de que iban a ser dos semanas. No pensé que fuera a ser tan duro. En casa tengo que esconder comentarios o actitudes. Ha sido un desgaste emocional. Cada día pensaba (y aún lo pienso) en el momento de ser feliz y de ser yo en todos los sitios», cuenta a Público en una videollamada.

Jorge ha ido varias veces a terapia psicológica. Ahora se siente más reprimido tras todos estos meses y vuelve a ella. Tiene una sensación de «abandono absoluto» respecto al mundo porque «ahora solo importa la covid-19». No lamenta solo que tenga que esconder quien es, también tiene diversidad funcional visual, y le afecta que se le atribuya a esta generación «todo lo malo». Aunque no es el único con esa sensación. Gema Jiménez dedica sus días al trabajo, pero aún así no gana lo suficiente como para independizarse. Es periodista y señala la precariedad del sector, donde se suelen encadenar prácticas y contratos temporales. Ella se siente afortunada porque sabe que hay muchos jóvenes en una situación peor, aunque vive igualmente en su piel las consecuencias de la crisis de 2008 y, ahora, de la covid-19. «Nos criminalizan, pero somos una generación a la que no nos dejan ni soñar. Da mucha rabia ver esos discursos cuando hay jóvenes responsables y con talento por todos lados», dice a Público durante una entrevista al aire libre en Madrid.

Gema Jiménez: "Somos una generación a la que no nos dejan sin soñar".- JAIRO VARGAS
Gema Jiménez: «Somos una generación a la que no nos dejan sin soñar».- JAIRO VARGAS

Urra explica cómo estas sensaciones de abandono se mezclan con la preocupación por sus situaciones laborales. «Ven un futuro oscuro porque no hay trabajo y no pueden alquilar ni un piso. Hay entre los jóvenes un sentimiento profundo de injusticia», explica mediante otra videollamada a este medio. El experto en menores recuerda cómo durante el confinamiento se puso el foco en la infancia y en los colegios, cuando se popularizaron las afirmaciones que señalaban a los centros escolares como grandes focos de contagio. Los meses han demostrado que esto no es así y ahora se dice que son los jóvenes los que hacen que crezcan los contagios cuando «irresponsables hay de todas las edades». «Se sienten incomprendidos porque les gustaría hacer las cosas propias de su edad. Todo esto tiene coste emocional», lamenta.

La gran precariedad lleva a un 15% de los jóvenes a creer que la economía no se recuperará nunca

Aunque no es raro que los jóvenes tengan este sentimiento de injusticia. Antes de la pandemia la precariedad ya lastraba su futuro, pero la pandemia les ha hecho aún más pobres. La tasa de paro de los menores de veinte años se ha disparado por encima del 54% y la de los jóvenes entre 20 y 24 años al 35%. Esto lleva a que hasta un 15% de los jóvenes crea que la economía no se recuperará nunca, según el Estudio Social de la Pandemia del Centro Superior de Investigaciones Científicas. Este informe afirma que uno de los colectivos más dañado económicamente por la pandemia es el de los jóvenes y que uno de cada cuatro menores de 30 años cree que tendrá muchas dificultades para conservar su trabajo o nivel de ingresos. En ese sentido, el estudio también confirma

Israel Garzón es uno de los jóvenes que se quedó sin trabajo en el último año. Es gitano, tiene 23 años, vive con su esposa. Tienen una hija de un año y tres meses. Poco antes del confinamiento decidió cambiar de trabajo para mejorar sus condiciones laborales. Cobraba 530 euros por un supuesto contrato de media jornada en hostelería, aunque asegura que hacía más de 40 horas semanales. Por eso intentó probar en un nuevo bar que estaba más cerca de su casa. No fue bien. Ya era marzo y el mismo día en el que empezó, tras una conversación con el jefe, firmó una carta de cese voluntario. Entonces no lo sabía, pero al firmar el cese voluntario y no ser despedido, pese a que la realidad era que el jefe no quería contar con él, no tuvo opción a cobrar el paro. Una semana después comenzó el confinamiento y la mayor preocupación fue poder alimentar a su hija. 

Es un caso muy dramático, de esos que González reconoce que generan más «ansiedad y depresión» entre los jóvenes. La magnitud del problema apunta a los recursos socioeconómicos que tenga su familia. Israel siente que no habrían tenido nada de comer si no hubiera sido por la ayuda de sus padres y por la casa vecinal de su barrio, La Peseta. Recibió una vez alimentos de Cáritas, otra de Cruz Roja, pero lo que más le ayudó fue el tejido vecinal que, como en otros barrios madrileños, se ocupó durante el confinamiento de dar de comer a las personas que recurrían a las «colas del hambre». Sus padres le ayudaban como podían, pero los dos estaban en un ERTE. «No entraba nada de dinero a casa porque hemos pedido todas las ayudas posibles y ninguna nos ha llegado», insiste. La esperanza está puesta en su nuevo trabajo. Al día siguiente de entrevistarse con Público firmaba un contrato en otro bar. Veía, tras un año, luz al final del túnel.

Israel Garzón: "Mi mayor preocupación durante un año ha sido tener comida para mi hija".- Jairo Vargas.
Israel Garzón: «Mi mayor preocupación durante un año ha sido tener comida para mi hija».- JAIRO VARGAS

Lara Ramírez es una joven transexual que tenía programada la operación de senos y la vaginoplastia para marzo. La operación más esperada y que fue cancelada por la pandemia; se reprogramó tras el confinamiento domiciliario, pero se contagió por la covid-19. «Me generó mucha ansiedad porque era lo que más había esperado durante años. Al fin me operé en verano», cuenta a este medio en una terraza de la capital. Ahora sigue sintiendo que no puede lucir y disfrutar de su cuerpo como le gustaría por todas las restricciones y limitaciones de movilidad, pero se siente mucho mejor. Ya solo le queda cambiar de género en el DNI. Aunque este sentimiento no es el único que se agravó en la pandemia. Reconoce tener desesperanza por su futuro. Estudia interpretación, donde es difícil encontrar trabajo y, como ella misma señala, aún más para las personas trans.

Lara Ramírez: "Me retrasaron la operación de vaginoplastia por la pandemia y, la segunda vez que iba a tenerla, me contagié".- JAIRO VARGAS
Lara Ramírez: «Me retrasaron la operación de vaginoplastia por la pandemia y, la segunda vez que iba a tenerla, me contagié».- JAIRO VARGAS

Ana Rueda tiene una cardiopatía congénita. En la primera operación perdió capacidad en un pulmón y, después tuvo escoliosis, algo que impide que el otro pulmón funcione bien. Por esto debe tener oxígeno las 24 horas del día. Tiene un cuidado extremo para no contagiarse de covid y, durante la realización de este reportaje, tuvo mucho miedo de haberse infectado y de que esto derivara en una neumonía porque comenzó a tener síntomas. Cuando realizamos la entrevista por videollamada acababa de recibir el resultado negativo de la PCR. «Menos mal porque soy de riesgo y no me puedo permitir una neumonía», cuenta con alegría.

Los jóvenes sienten miedo, rabia, tristeza e incluso enfado por sus situaciones

Ana es una de las jóvenes que -según González- han visto interrumpida completamente su forma de relacionarse entre iguales. Vive con su madre y en el confinamiento ninguna salía ni siquiera a la compra. Su hermano se encargaba de todo. «En cierta manera no me vino mal porque estaba pasándolo fatal con una pareja que tenía y cuando llegó el confinamiento domiciliario ya me atreví a cortar», recuerda. Pero esta situación se le está haciendo más «pesada». El miedo que ha sufrido como persona vulnerable durante y la falta de información se junta con las ganas de estar con sus amistades y, a la vez, con el no sentirse cómoda cuando lo hace. «Miedo, rabia por la situación, tristeza e incluso enfado», explica que ha sentido a lo largo del año de pandemia.

Una de las cosas que más ayuda a Ana es el uso de la tecnología y las redes sociales. Gracias a esto muchas personas han podido estar en contacto en los meses más duros con nuestro entorno social. Aunque ninguno de los entrevistados ha tenido un problema de adicción, los psicólogos consultados señalan que se ha observado un aumento de este problema entre los jóvenes. Las dos caras de la misma moneda.

Según Urra, todos los problemas han crecido. Es decir, si una persona sufría de ansiedad o depresión antes de la pandemia, ahora más. Si un joven tenía adicción a las tecnologías, a las drogas o al juego, ahora más. González también cree que ha aumentado el problema sobre todo con las redes sociales y entre los jóvenes con menos apoyo social. Y cree que no hay señales de que esto mejore ahora. «No se está atendiendo a la salud mental y a largo plazo no parece que vaya a desaparecer ese sentimiento de desesperanza o incertidumbre entre los jóvenes. Esto puede generar un malestar psíquico que desemboque en problemas de salud mental y hay que trabajar ya de forma preventiva porque cuando hablamos de salud no hablamos de la parte psíquica», lamenta la psicóloga.

El suicidio, el gran tabú

Anna Cannet, vicepresidenta de la Asociación para la Prevención del Suicidio y la Atención del Superviviente (APSAS), explica que todo lo vivido durante la pandemia -soledad, poco contacto social, pérdidas del hogar y de familiares, miedo, paro o pobreza- son «factores de riesgo» para que aumenten los suicidios. Pero no hay datos, pues estas cifras y su evolución se publican con dos años de retraso. Los últimos datos son de 2018. Por eso analizar si los efectos en la salud mental han desembocado en un aumento de suicidios o no en nuestro país es imposible en la actualidad. Este hecho es, a la vez, una pérdida de oportunidad para trabajar la prevención.

El número de suicidios en personas menores de 25 se ha multiplicado por tres en los últimos 30 años

Para Cannet, es «evidente» que una situación como la que hemos vivido provoca que «aumenten los problemas de salud mental» y que puedan crecer los suicidios. APSAS tiene su sede en Catalunya y ahora están formando a profesores de institutos y orientadores, junto al departamento de Educación de la Generalitat . La evidencia es que durante el turno de preguntas, o incluso después, contactan muchos centros que han tenido intentos de suicidios o suicidios de adolescentes. No saben qué hacer y esto es un gran problema«, lamenta la doctora en Psicología.

Los datos previos a la pandemia ya mostraban que el suicidio en España es la principal causa de muerte no natural y, según datos de APSAS, representa más del doble de los muertos por accidente de tráfico. «Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), las muertes por suicidios han alcanzado una cifra récord que se mantiene desde 2011». En este sentido, los jóvenes preocupan especialmente pues viven una etapa  «muy convulsa» y «complicada en la que hay pocas cosas que se tengan claras», con intentos o ideas sobre el suicidio. Según señala Cannet, hasta el 25% de los jóvenes que mueren por suicidio habían tenido un intento previo. Además, según los datos del Ministerio de Sanidad, el número de suicidios en personas menores de 25 años se ha multiplicado por tres en los últimos 30 años y cada año fallecen más de 300 jóvenes por esta causa.

Los datos previos a la pandemia también indican que había más intentos de suicidios por parte de chicas, aunque mueren más los chicos (75%). Según la experta, esto se explica por factores como que a los hombres -por culpa del patriarcado- les cuesta más hablar de cómo se encuentran, les cuesta llorar,  y porque utilizan métodos más lesivos como el ahorcamiento. Además, la etapa en la que hay más intentos entre la juventud es la comprendida entre los 14 y 16 años, aunque la edad en la que se llegan a producir más suicidios es en torno a los 21 años.

Falta concienciación y recursos públicos para tratar la salud mental

¿Qué podemos hacer para abordar este tema que sigue siendo un tabú? Cannet lo tiene claro: hablar de ello sin tapujos. «Hay que preguntar, saber si alguien tiene este pensamiento de forma recurrente porque si se llega a pensar en un plan se debe contactar con especialistas de salud mental. No se habla de ello. La muerte ya es un tabú, pero el suicidio es un paso más allá y, en parte, porque habla de nuestros propios miedos. Se cree que hablar de los suicidios va a generar que haya más, pero es todo lo contrario».

Pese a toda esta situación, tanto los expertos como los jóvenes entrevistados tienen claro que el problema no está en esta generación. Por un lado, faltan concienciación y recursos públicos para tratar la salud mental. Pero, por otro, se necesitan más oportunidades para que puedan desarrollar sus vidas plenamente. Los sentimientos de impotencia se mezclan con las ganas. Están esperando a salir a divertirse, pero también a trabajar, independizarse, desarrollarse, tener un futuro y vivir con dignidad.