Menores no acompañadas Llegar a Melilla permite a las menores no acompañadas recuperar parte de su infancia y retomar sus estudios.- DANAI DAWAHER

Migrar para volver a ser niñas

Casi cien menores que migraron solas están acogidas en Melilla. Atrás dejaron una infancia marcada en muchos casos por el autoritarismo familiar y el machismo social que las priva de su derecho a ser niñas. Tras la frontera, la posibilidad de recuperar la niñez se ve amenazada por otros peligros.

IRENE QUIRANTE Y ROSA SOTO / FOTOS: DANAI DAWAHER Y ELENA CAMPOY

5 de enero de 2021

Una mañana, Zaineb acompañó a su madre a Melilla para hacer la compra. Vivía en la cercana Nador y, debido al acuerdo de vecindad, podían cruzar la frontera con Marruecos sin necesidad de visado. Han pasado más de tres años desde aquel día. Su madre le soltó la mano y, cuando la niña quiso darse cuenta, ya no volvió a encontrarla. «Entonces recordé que siempre me decía que, si en algún momento me perdía, tenía que buscar a un policía», rememora la adolescente, de 16 años, sentada en la playa de San Lorenzo de la ciudad autónoma.

Su madre no apareció nunca, pero Zaineb no se lo reprocha. Todo lo contrario. “Mi padre era muy autoritario, agredía a mi madre desde antes de que yo naciera”, explica. Después de que un profesor intentase abusar de ella, la estancia en la vivienda familiar se volvió todavía más insoportable. «Mi padre me acusó de haberle provocado… Para él, yo era la culpable de lo que había pasado», reata. Lo cuenta sin apartar la mirada del mar, mientras sus dedos juegan a hundirse y a salir de la arena. No le permitieron volver a la escuela.

Zaineb está a punto de cumplir 18 años en el Centro Asistencial de Melilla, conocido popularmente como La Gota de Leche. En ese lugar hay actualmente 62 niñas acogidas, además de 59 niños. Otras 32 niñas y adolescentes residen en el Centro La Divina Infantita, y nueve más lo hacen en un recurso de Samur. Según datos del Gobierno local, el total de menores tuteladas por la Ciudad Autónoma asciende en estos momentos a 99.

Zaineb
4. Zaineb sufrió abusos por parte de un profesor, huyó de su hogar cuando su padre se enteró y la acusó de provocar al maestro – IRENE QUIRANTE

El riesgo de caer en la prostitución

El consejero de Familia y Menor, Mohamed Ahmed, señala que, si bien este año han disminuido de forma notable los ingresos de las menores a causa del cierre de fronteras por la pandemia, se está haciendo un esfuerzo para mejorar las condiciones de tutela en todas las etapas. Antes de que hiciera mella el coronavirus, la mayor parte de los recursos se centraba en la primera fase, la de acogida. «Por la condición de mujeres, se ven expuestas a más peligros y son más vulnerables, sobre todo cuando pasan a ser extuteladas», sostiene el político.

Desde la Unidad de Coordinación contra la Violencia de Género de la Delegación del Gobierno en Melilla afirman que, con la colaboración de entidades sociales que trabajan a pie de calle y la Consejería de Familia y Menores, permanecen en alerta para actuar ante posibles situaciones de riesgo y violencias de género que puedan afectar a estas niñas y jóvenes. «Nos preocupa que, debido a su vulnerabilidad, terminen recurriendo a la prostitución o sean víctimas de agresiones sexuales«, apunta Laura Segura, responsable de este área.

Este miedo va a más una vez que las jóvenes alcanzan 18 años. «Desde que quedan en la calle se ven expuestas a todo tipo de violencias», reconoce Segura. La Asociación Pro Derechos de la Infancia (Prodein) conoce bien los peligros a los que hacen frente. “Nos hemos encontrado con muchas chicas que, tras cumplir la mayoría, se ven solas y sin medios para subsistir, y terminan ejerciendo la prostitución en la frontera», lamenta su presidente, José Palazón.

Una desprotección que comienza antes de que tengan que abandonar los centros de menores, según relata el activista. «Estas niñas están sometidas a un acoso brutal porque hay muchas personas que intentan aprovecharse de ellas antes de que cumplan los 18: se encuentran con abusos cuando piden ayuda para arreglar los papeles o cuando intentan buscar un empleo», sostiene. El grado de exposición es tal que, como incide Palazón, muchas jóvenes acaban buscando “un protector y quedándose embarazadas” para evitar ser víctimas de agresiones sexuales.

La ciudad autónoma no cuenta con ningún recurso habitacional para jóvenes extuteladas. Pero desde la llegada de la pandemia, las chicas —y también los chicos— que cumplen la mayoría están siendo alojadas en la Plaza de Toros, reconvertida en una especie de albergue para personas migrantes sin hogar. No obstante, Segura adelanta que, en coordinación con el Gobierno local y organizaciones sociales, se está planteando la creación de un recurso para dar acogida a unas 15 jóvenes y mujeres que puedan estar en riesgo de violencia.

Pánico a las pruebas de la edad

Por todas estas situaciones, uno de los mayores temores de estas niñas y adolescentes tiene que ver con la prueba de determinación de la edad. «Me daba miedo el forense», afirma Omaima, a quien tardaron algo más de tres meses en hacerle este examen. Entidades sociales y organismos como el Defensor del Pueblo han criticado la escasa fiabilidad de estas pruebas médicas por su imprecisión. Cuentan con un margen de error que suele ser de dos años y que,  en ocasiones, convierte a menores en mayores, dejándolas fuera del sistema de protección.

«Estos resultados no se pueden tomar de forma aislada. Tendrían que complementarse con otros estudios sociales y psicológicos que determinan el grado de madurez del menor», manifiesta el presidente de Prodein. Aunque la prueba confirmó que Omaima sí era menor, no estuvo tranquila hasta conocer el resultado. “Otras niñas más pequeñas tuvieron que abandonar el centro porque salía que eran mayores. Tenían que volver a Marruecos sin nada o quedarse en la calle, buscándose la vida”, apunta la joven.

Para muchas de estas chicas, acabar en un centro significa recuperar parte de la infancia y adolescencia. «Desde de llegar aquí me he sentido feliz, sin tantas preocupaciones porque mi familia no me podía mantener», cuenta Omaima. Los cánticos, los bailes, los paseos y las confidencias entre compañeras de casa de acogida son pequeños bálsamos que ayudan a estas niñas a superar algunas de las situaciones que dejaron al otro lado de la frontera.

Para Naima, la llegada a Melilla también supuso, en parte, una reconciliación con la vida. En Marruecos dejó a su madre y a ocho hermanos. Se marchó para ayudar con los gastos del más pequeño, de 12 años, con una discapacidad intelectual. «En los colegios normales no le admiten y no tenemos dinero para pagar los colegios privados», relata la joven. «A mí me encantaba pasar el rato con él… No tenía mucho tiempo, pero siempre que podía jugaba con él para que no se sintiera solo», recuerda.

naima, menor no acompañada
Muchas niñas deben abandonar la escuela y empezar a trabajar para ayudar a sus familias. Como Naima, que sufría acoso constante por parte de los clientes de una cafetería en la que trabajaba- DANAI DAWAHER

Desde niña, Naima trabajaba en la hostelería para ayudar económicamente a su familia. Según relata, a la semana le pagaban en dirhams lo que equivale a 60 euros. Y eso después de jornadas que empezaban a las ocho de la mañana y terminaban a las once de la noche, según cuenta. «Lo odiaba porque hay muchos hombres que acosan y no me podía quejar para no perder el empleo… Cuando me querían tocar, yo tenía que apartarme rápido para que me dejaran en paz», detalla la menor.

Por eso, asegura que se siente mucho más tranquila desde que llegó a Melilla. Tiene garantizada la comida, una cama y no tiene que pensar en gastos. «Me siento mucho más niña de lo que he sido antes«, sostiene Naima. Además, ha vuelto a estudiar. «Eso me hace sentir importante», dice, esbozando media sonrisa. Estos sentimientos también los experimentó Fedwa. Ahora tiene 19 años y reside en Madrid, pero pasó su último año como menor acogida en el Centro Asistencial.

Los 18, un salto al vacío

Fedwa nació y creció en la zona conocida como la Bocana, una especie de aldea costera situada inmediatamente después de la frontera de Beni Enzar. No tiene buena relación con su padre porque no le permitía estudiar y porque, desde que era pequeña, presenció cómo maltrataba física y psicológicamente a su madre. «Ella lo es todo para mí. Me vine con el sueño de conseguir un trabajo y traerla conmigo algún día”, reconoce la joven.

Tiene una risa alocada y una madurez impropia de su edad. Actualmente cursa secundaria en un instituto para adultos, está realizando unas prácticas como camarera de piso y dedica parte de su tiempo libre a echar una mano como voluntaria en un comedor social. Le encanta bailar y subir vídeos a su cuenta de TikTok. Ahora cuenta con cierta estabilidad emocional, pero no le ha sido fácil pasar de ser una menor tutelada a una joven extutelada. En sus muñecas esconde cicatrices de unos cortes que se hizo en un día de desesperación, meses después de que alcanzara la mayoría.

Tras un año tutelada por la Ciudad de Melilla, Fedwa se trasladó a Madrid tras cumplir la mayoría de edad, donde estudia en una escuela de adultos y es voluntaria en un centro social.
Tras un año tutelada por la Ciudad de Melilla, Fedwa se trasladó a Madrid al cumplir la mayoría de edad. Ahora estudia en una escuela de adultos y es voluntaria en un centro social – IRENE QUIRANTE

«He estado muy perdida porque antes tenía un centro al que iba a dormir y no tenía más preocupaciones que los papeles. Pero al cumplir los 18 años te ves sola, y tienes que buscarte la vida por tu cuenta», detalla Fedwa. Con ayuda de dos periodistas que conoció en Melilla consiguió reunir el dinero del billete de barco con el que se marchó a Málaga. Allí pasó por tres recursos de acogida diferentes, ninguno de los cuales eran específicos para jóvenes extuteladas.

En Madrid ha vuelto a empezar de cero después de que la derivasen a una residencia en la que convive con monjas. Al fin siente que ha encontrado algo parecido a un hogar. Y que empiezan a llegar las oportunidades que vino buscando. «No nos viene nada fácil, pero no podemos olvidar el motivo por el que nos marchamos de nuestro hogar. Mi sueño sigue siendo tener un futuro y dar una vida mejor a mi madre», resume Fedwa.