Naima sobrevive gracias a la ayuda de amigos y familiares desde que el cierre de fronteras entre Marruecos y Melilla acabó con el porteo. Naima sobrevive gracias a la ayuda de amigos y familiares desde que el cierre de fronteras entre Marruecos y Melilla acabó con el porteo.

La supervivencia de las porteadoras sin porteo: «Hay días que no sé qué vamos a comer»

Durante décadas, el comercio atípico en la frontera de Marruecos con Melilla ha sido el sustento de miles de mujeres que han cargado con la esclavitud moderna a sus espaldas. La pandemia ha obligado a un final abrupto del porteo que ha dejado a estas mujeres sin su única fuente de ingresos.

IRENE QUIRANTE Y ROSA SOTO / FOTOS: DANAI DAWAHER Y ELENA CAMPOY

5 de enero de 2021

El silencio envuelve el paso fronterizo de Barrio Chino desde mediados del pasado mes de marzo, cuando, en un primer momento, la Delegación del Gobierno de Melilla optó por suspender cautelarmente el comercio atípico y, después, el Gobierno de Marruecos anunció el cierre unilateral de la frontera para evitar contagios de coronavirus de un lado al otro de la valla. Atrás quedaron las largas colas de mujeres marroquíes que esperaban a que los transportistas descargaran en la zona de embolsamiento de vehículos los fardos de entre 40 y 90 kilos con ropa usada o latas de conserva. Bultos que cargaban sobre sus espaldas o arrastraban sobre un monopatín hasta los almacenes ubicados en el polígono tras cruzar el control fronterizo de la gendarmería. El porteo era su única fuente de ingresos, pero ya no existe.

«He perdido mi único sustento y me he convertido en una pedigüeña, vivo de la caridad de los vecinos», es el escueto mensaje que responde Karima, una mujer marroquí de 33 años que llevaba cinco trabajando como porteadora para sacar adelante a sus hijos ella sola desde que murió su marido. Es una de las 4.000 mujeres porteadoras que se han quedado sin sustento con el fin del comercio transfronterizo, según estima la Guardia Civil. Una cifra que la Asociación Pro Derechos Humanos de Melilla (APDHM) eleva a 6.000 con las mujeres que cruzaban los controles de Farhana o Beni Enzar hasta que el porteo fue redirigido en su totalidad a Barrio Chino.

Nueve meses después del cierre de fronteras entre Marruecos y España, la situación para comerciantes y trabajadoras transfronterizas a ambos lados de la valla de Melilla se ha vuelto insostenible. Desde la Asociación Marroquí de Derechos Humanos (AMDH) alertan de la crisis económica y social que ha generado a los estratos más vulnerables de Nador y otras localidades próximas cuya economía depende del comercio con la ciudad autónoma española. «La crisis económica y social en Nador es muy grave y las autoridades regionales no han tomado ninguna iniciativa para revitalizar la economía local después de levantar la cuarentena», compartía Omar Naji, integrante de AMDH, en las redes sociales de esta entidad.

Solas al frente del hogar

El contrabando de mercancías, mal llamado comercio atípico o porteo, era una labor desarrollada especialmente por mujeres marroquíes de edades comprendidas entre los 30 y los 60 años, normalmente solas y al frente de la economía familiar, con niños o personas mayores y dependientes a su cargo, según el perfil elaborado por la socióloga y doctora en Estudios Migratorios por la Universidad de Granada (UGR), Cristina Fuentes Lara. Es el caso de Naima, residente en Nador, que con 32 años está sola al frente de su hogar con tres niños pequeños después de que su marido les abandonara.

Porteadoras esperan su turno para recoger los bultos que trasladarán hasta Marruecos.
Porteadoras esperan su turno para recoger los bultos que trasladarán hasta Marruecos.

«Empecé a trabajar en el porteo hace tres años porque no había más trabajo que este para buscarme la vida y sobrevivir», relata. Ahora no tiene nada y depende de la ayuda de familiares y amigos. «Hay días que no sé qué vamos a comer. Hay otros en los que yo no como para que mis hijos tengan algo más que llevarse a la boca», añade. Nador ofrece pocas alternativas a las mujeres como Naima: «He buscado trabajo como limpiadora, pero buscan a alguien de interna por una miseria y yo no puedo abandonar a mis hijos, no tengo con quién dejarlos».

Los días pasan y Naima no deja de mirar el calendario con la esperanza de que Marruecos abra definitivamente las fronteras con Melilla el próximo 10 de enero para volver a cargar los pesados bultos. «No me queda otra», suspira. Aunque el reino alauí anunció esta fecha de reapertura, se muestra escéptica. Desde el cierre fronterizo, Marruecos la ha ido posponiendo. Uno de sus temores es que abran de nuevo las fronteras, pero que el porteo siga prohibido para evitar aglomeraciones.

Una porteadora anónima ya relataba a Público días antes del cierre de fronteras cómo se vivía esta actividad alegal en primera persona y cuáles podrían ser los efectos del cese indefinido: «Desde fuera, el porteo se ve como inhumano; desde dentro, es una condena, el infierno, pero es nuestra única forma de subsistencia. No tenemos nada más para ganar unas monedas y salir del paso. Si se acaba esto, ¿qué nos queda? En Marruecos no tenemos más opciones».

El abogado y portavoz de la APDHM, José Alonso, ya alertaba de las consecuencias del fin de esta actividad que define como esclavista por las condiciones en las que desempeñan su labor las llamadas mujeres mula: «El cierre del porteo ha derivado en una situación explosiva por todas las familias que sobreviven y dependen de este recurso económico de subsistencia más próximo a la esclavitud que a un trabajo del siglo XXI».

La situación es especialmente desesperada para las mujeres que deben asumir los gastos del hogar y la escolarización de sus hijos, así como las facturas sanitarias. Aixa, con 65 años, llevaba desde el año 2001 arrastrando los pesados bultos de lunes a jueves a cambio de diez euros la jornada para poder llenar la cesta de la compra y pagar las medicinas de su hija, de 28 años con una enfermedad crónica del sistema nervioso, y de su marido, impedido por los elevados niveles de colesterol y diabetes.

Aixa tiene 65 años y lleva 20 trabajando de porteadora para mantener a su marido enfermo.
Aixa tiene 65 años y lleva 20 trabajando de porteadora para mantener a su marido enfermo.

«Los hospitales públicos en Marruecos no ayudan nada y no tengo dinero para uno privado. Sigo luchando para sacar a mi familia adelante, soy la única que lleva dinero a casa», expica. En alguna ocasión pensó en cruzar a Melilla para acudir al hospital con su marido y su hija, como hacen muchas embarazadas que, por miedo a los servicios sanitarios deficitarios de Nador, optan por acudir a la ciudad autónoma. Nunca lo hizo. Apuesta por reivindicar mejoras en su país que eviten que ciudadanas como ella se vean obligadas a depender de otro, aunque sabe que a ojos de su gobernante es invisible.

Con el fin del porteo, depende íntegramente de la caridad y de la ayuda que recibe de una asociación vecinal. «Es desesperante, al principio da vergüenza pedir, pero acabas tragándote el orgullo cuando no te queda otra cosa», suspira. Los años pasan factura y Aixa sufre los achaques propios de su edad, a los que se suman las secuelas de arrastrar fardos que duplican su peso, como prueba la curvatura de su espalda.

Sin formación no hay opciones

El de Yusra es un testimonio atípico. Solo tiene 20 años y estudia un curso de Turismo al mismo tiempo que la carrera de Educación e Inglés en la Universidad de Selouane, entre Nador y Monte Arruit. Desde hace un año, compagina sus estudios con su trabajo de porteadora, el que le permite pagarse la matrícula y el material académico. «Mi padre nos abandonó cuando era pequeña y mis hermanos acababan de nacer. Mi madre y yo sacamos la casa adelante», relata mientras se pone bien la gorra que la protege del sol de media mañana y describe su rutina: «Llego aquí a las siete de la mañana, me pongo en la fila para coger el bulto y arrastrarlo. Sobre las once de la mañana, hora española, regreso a Marruecos. Cuando entrego el bulto me voy a la universidad«. Pero esa doble vida se acabó pocas semanas después de realizar estas entrevista. La frontera echó el cierre para evitar el avance de la pandemia.

Yusra pagaba sus estudios de Turismo con lo que ganaba como porteadora. Con el fin del comercio atípico no sabe cómo pagar la universidad.

Reconoce que el contrabando es un trabajo esclavo al que se dedican quienes no tienen nada, pero la extinción de esta actividad deja en una situación más desesperada en un Estado que no planea una inserción laboral para las personas que malviven de esta economía sumergida: «Sin porteo hay pocas opciones. Las mujeres más mayores se dedican a pedir, viven de la caridad o de cuidar a enfermos, las más jóvenes acaban en la prostitución, casándose o abandonando el país», dice José Alonso, de la APDHM. De ahí que denuncie la urgente necesidad de “brindarles un empleo, una alternativa real” tras la supresión del porteo. Yusra tiene puestas las esperanzas en terminar sus estudios para trabajar de profesora de inglés o de guía turística, pero no sabe cómo hacer frente a los gastos universitarios del próximo curso. Lo último que quiere es renunciar a sus estudios.

La socióloga Fuentes Lara apunta que gran parte de estas mujeres que sobrevivían del porteo han pasado a dedicarse a labores de cuidados de niños y mayores, también de enfermos con covid-19: «No ganan nada, es solo por pura supervivencia, y atienden con mascarillas de tela elaboradas por ellas mismas. Están altamente expuestas al contagio por una actividad que a duras penas les reporta beneficios».

Falta compromiso político

Esta investigadora de la UGR apunta que el Gobierno marroquí espera crear una zona franca en el norte del país, compitiendo con los puertos de Melilla y Ceuta, pero difícilmente los perfiles de las porteadoras encajarán con las actividades de exportación e importación de manufacturas que quieren impulsar. No cumplen con los requisitos de formación y experiencia que requiere el sector.

Fadma es otra mujer porteadora, de 45 años y vecina de Nador que, precisamente, quiere encontrar trabajo en alguna fábrica aprovechando las inversiones que el Gobierno de Mohamed VI está realizando en Nador y sus alrededores con el impulso del nuevo puerto comercial, que ha desbancado al puerto franco de Melilla para la importación y exportación de productos. Sin embargo, sin estudios ni formación específica, sigue desempleada. «Antes de trabajar de porteadora estuve en una fábrica, pero pasaba todo el día y cobraba la mitad» explica. Ahora se conforma con encontrar cualquier cosa que le permita mantener a sus cuatro hijos.

Esta suspensión de la actividad comercial entre Melilla y el país vecino ha llevado a empresarios, comerciantes y trabajadores transfronterizos a organizarse para reclamar su reinicio con el fin de dejar atrás la crisis que padecen. La representante de la Oficina Sindical de los Trabajadores Transfronterizos en Melilla, Atika Jatta, se reunió a finales de octubre con su homólogo de Ceuta en el Parlamento Marroquí para exigir la reapertura de las fronteras del país para retomar los negocios con ambas ciudades autónomas españolas.

Fadma en la frontera entre Melilla y Marruecos durante una jornada de trabajo.
Fadma trabajaba de porteadora porque sin estudios ni experiencia encontraba otro empleo, ahora vive de ayudas de familiares.

En el encuentro participaron miembros de las comisiones de Exteriores y del Interior de la Cámara de Representantes marroquí. «Es la primera vez que una autoridad marroquí nos recibe y se compromete a estudiar y hallar una solución a nuestro caso. Nos dieron un poco de esperanza», apuntó Jatta, trabajadora doméstica en Melilla desde hace siete años.

Mes y medio después de este encuentro, todavía no ha habido ningún movimiento por parte de Marruecos que lleve a pensar en el reinicio de algún tipo de actividad. De hecho, esta reunión se celebró después de que la Unión Marroquí del Trabajo (UMT) convocara una manifestación en Nador que aglutinó a miles de personas reivindicando el la actividad comercial con Melilla y la consecuente apertura de fronteras por parte de Marruecos. La gendarmería disolvió la concentración y las autoridades locales de Nador prohibieron la celebración de otras dos manifestaciones convocadas por UMT y el Sindicato Mediterráneo de Transporte y Profesiones (SMTP).

Las porteadoras son las principales afectadas por el cierre de fronteras con Melilla. Han perdido su única fuente de ingresos y muchas de ellas dependen de su círculo familiar y de la buena voluntad de quien quiera darles unas monedas. Ahora esperan de su Gobierno unas medidas no llegan, mientras buscan alternativas de supervivencia en el sector de los cuidados, quedando expuestas al contagio de covid-19.