A la izquierda, Paz Mendieta con Francisco Vargas en brazos. A la derecha, Ascensión Mendietal.- ARCHIVO FAMILIAR A la izquierda, Paz Mendieta con Francisco Vargas en brazos. A la derecha, Ascensión Mendieta.- ARCHIVO FAMILIAR

Entre bordados y alfileres

Aitana Vargas38 años

23 diciembre, 2019

La encontré entre alfileres, agujas de coser y telas, sentada en una silla de madera y bordando una bufanda para mi tía. Al levantar la vista y toparse con mi mirada, esbozó una sonrisa y exclamó: “¡Aitanita!”. Enseguida sumergió las manos en una bolsa de telas y sacó una de lunares negros sobre fondo blanco. La estiró y me la mostró con gran entusiasmo. “Esta es para hacerte un pañuelo”, dijo.

Aquel fue el último día que la vi con vida. De ello ha pasado un año. Nunca pudo cristalizar su promesa y entregarme aquel pañuelo –pero yo le entregué el mío–. Hace unas semanas me encontré surcando el firmamento en una carrera contra el tiempo tratando de alcanzar su último aliento. A seis horas de Madrid, sobrevolando las olas del océano Atlántico, el tiempo se detuvo cuando supe que no sería posible.

Irrumpí en el velatorio con la maleta en una mano y una cascada de emociones en la otra. Caminé hacia el cristal que nos separaba y fue en ese encuentro con su cuerpo inerte rodeado de coronas de flores cuando su vida se iluminó ante mis ojos con claridad prístina, cuando los momentos que compartimos juntas se proyectaron ante mí y esa Memoria Histórica que algunos españoles insisten en sepultar y acallar sacudió mi espíritu como una intensa ráfaga de viento.

Si a esa despedida yo había llegado horas tarde, ella , Ascensión Mendieta, había llegado a la suya con su padre con 78 años de retraso. Pero, quizá, lo que importaba es que ambas lo habíamos logrado –a destiempo y por motivos distintos– y que el anhelado reencuentro con nuestros seres queridos se había sellado.

Con el alma quebrada, detuve la mirada en el vestido carmín que cubría su cuerpo, el mismo que mis tías le pusieron cuando Gonzo le entregó el Premio a Toda una Vida en nombre de El Intermedio, el mismo que llevaba cuando el juez Baltasar Garzón y la periodista Rosa María Calaf reconocieron su tesón en nombre del Club de las 25.

Ascensión Mendieta junto a su marido, Francisco Vargas, el día de su boda.- ARCHIVO FAMILIAR
Ascensión Mendieta junto a su marido, Francisco Vargas, el día de su boda.- ARCHIVO FAMILIAR

En ese vestido quedaron tatuadas su inquebrantable lucha por rescatar la Memoria Histórica y su legado como la excepcional hija, madre, abuela y sastra que ha sido. Porque creo que, si a mi bisabuelo Timoteo no le hubieran arrancado del corazón de su familia y fusilado contra un paredón, mi abuela habría vivido como lo hizo durante estos 93 años, tejiendo la vida de su familia y amigos con lana y seda de colores y bordando un inmenso tapiz de amor por ellos y por su padre, del que nada, ni siquiera los balazos franquistas, hizo que se olvidara.

Desde las costuras del vestido brotaban recuerdos de mi infancia que me trasladaban de nuevo a su modesto hogar en San Blas: con el pie en el pedal de la máquina de coser confeccionaba ropa para su familia, cogía los bajos de los pantalones y arreglaba descosidos. Una vida entera pendiente de los demás, reparando e hilando los desarreglos ajenos y emanando un cariño que yo aún no he aprendido a expresar.

Con siete años, mis tías me regalaron un cochecito de mimbre para el Nenuco. Mi abuela lo convirtió en una majestuosa carroza con capota, almohadón, colcha, sábanas y un faldón con bordados de color blanco y rosa. Ahora con ese carrito juegan mis sobrinas. A lo largo de los años confeccionó vestidos para mis Barbies y Barriguitas, y me legó una estela incalculable de camisones, faldas, blusas y sábanas. Su último obsequio fue una bufanda fucsia para protegerme del frío que raramente hace en Los Ángeles. “Para que no pases frío allí, hija”, me dijo.

Entre mis idas y venidas a EE.UU., en 2008 me incorporé a la TV de Castilla-La Mancha y me trasladé a su casa. Ella vivía con mis tíos, pero cada día venía a dejarme cena caliente, la casa recogida y la ropa planchada. Al llegar del trabajo había albóndigas, tortilla de patata, sopa de fideos, croquetas o filetes rusos.

Aquel año también vivimos momentos durante los cuales forjamos secretos entre nieta y abuela, en los que la sabiduría de la edad se impuso sobre la perspicacia de la juventud, y las anécdotas y penurias de la Guerra Civil y dictadura franquista tuvieron su protagonismo.

El sistema educativo español se había encargado de que yo no aprendiera la historia española más reciente. Es más, mi primer aprendizaje fue en una clase de historia del arte en EE.UU., donde examiné la Guerra Civil española bajo la mirada del Guernica. Pero a través de los relatos de mi abuela pude reconstruir pedazos del lado más turbio de nuestro país, que ha quedado sepultado y blanqueado en las aulas españolas.

“Cuando sonaban las sirenas, corríamos a un refugio que había en Sacedón, pero no servía de nada. Si caía una bomba, nos mataba a todos”, me contaba entre risas. “Pasábamos mucha hambre y había días que no comíamos. Llamábamos a la puerta de otros vecinos y pedíamos un trozo de pan”.

Con el estallido de la guerra, mi abuela abandonó los estudios. Nunca más pisó un aula, pero aprendió a leer. La misma suerte corrieron sus hermanos, aunque uno de ellos se titularía en Medicina después de jubilarse. La situación familiar se recrudeció en 1939 con el fusilamiento de mi bisabuelo Timoteo, que desde la cárcel le pedía a su mujer, María Ibarra, que le llevara fotografías de sus siete hijos. La muerte de Timoteo sumió en la miseria a sus hijos y a su viuda, que tuvieron que huir a Madrid y hacinarse en casa de un familiar para malvivir del estraperlo. “Por todo lo que mi madre hizo por sus hijos se merece un altar”, comentaba mi abuela.

Antes de que acabara la guerra, mi abuelo, Francisco Vargas, se había sumado a ‘La Quinta del Biberón’. Fue detenido por las fuerzas del dictador y obligado a convertirse en obrero de la construcción del régimen franquista. Con sus manos ayudó a levantar el Valle de los Caídos y el puente de Cangas de Onís. Y por su destreza con el balón de fútbol, le permitían jugar –bajo vigilancia– para un equipo de tercera división del norte de España. “Al regresar de los partidos al campo de concentración, le repartían un ‘chusco’ extra”, relata mi padre, Francisco.

Ascensión Mendieta durante el entierro de su padre, Timoteo Mendieta, asesinado en 1939 por las fuerzas del franquismo.REUTERS/Juan Medina
Ascensión Mendieta durante el entierro de su padre, Timoteo Mendieta, asesinado en 1939 por las fuerzas del franquismo.REUTERS/Juan Medina

Con 26 años, mi abuelo recuperó la libertad. Conoció a mi abuela en el trabajo y, tres años después, se casaron. Ella solía decirme: “Pero, ¿a dónde iba él a la guerra si era un niño? Si no sabía ni coger un fusil”.

En la dictadura, mis abuelos tuvieron cuatro hijos. Primero los criaron en un apartamento del Rastro y luego en un noveno piso en la Calle Hermanos García Noblejas (ahora la Avenida de la Institución Libre de Enseñanza), con un ascensor testarudo que apenas funcionaba y con ventanas de madera acristaladas por cuyas rendijas se colaba el frío. Cuando cortaban el agua y el ascensor se declaraba en huelga, bajaban al depósito de agua y la subían en cubos por la escalera para lavarse, cocinar y limpiar la casa.

A pesar de vivir en un barrio obrero, a sus hijos no les faltó nada que sus padres pudieran darles. Mis tías, Chon y Pilar, que son mellizas, siempre iban “monísimas y conjuntadas”, recuerda Chon. “Mi madre nos hacía los mismos vestidos a las dos”.

En una cena navideña en 2013, le pedí a mi abuela que compartiera la historia del pato. “¿Qué pato?”, contestó ella entre risas pícaras. “¡El que os comisteis, abuela!”, repliqué. De aquel pato nunca le habló a sus hijos… solo a mí, porque simbolizaba las penurias de una generación que salía a buscar con qué alimentar a su familia para la cena navideña y que, si tenía suerte, repartía la caza del día entre dos familias.

El pasado 17 de septiembre caminé sigilosamente al féretro de mi abuela. Custodiada bajo la atenta mirada de mi madre, tías y primos, temblé al acercarme a ella, al acariciarle las manos y al besarla sobre la frente gélida una última vez. Coloqué varias fotografías en el féretro, adorné su vestido carmín con un pañuelo verde bordado por ella y coloqué otro de lunares negros sobre fondo blanco que le había traído desde Los Ángeles.

Fue en ese momento tan intenso que taladra el alma y te comprime la respiración cuando me acordé de nuevo de mis otros abuelos: Paco, Venancio y Dolores. Porque ellos encarnan esa generación silenciada que se desvaneció con la garganta comprimida sobre el pecho y que murió sin reconocimientos. Nuestros abuelos se marchan. Y con ellos sus secretos y las penurias de una oscura época española que jamás debemos blanquear.

Sé que ese pañuelo de lunares no era la despedida que se merecían. Pero sí la mejor que supe darles.