Opinión

‘Deconvientofresco’

Oti CoronaMaestra de Primaria. @Cronopia

23 junio 2020

Cuando se decretó el cierre de los centros educativos, Eva volvió a casa cantando a voz en grito el “Mañana no hay clase, mañana no hay clase, mañana no hay clase” que llevaba días tarareando con la esperanza de que la lotería del confinamiento llegase a nuestro país más pronto que tarde. La pequeña, Jana, estuvo dando saltos de alegría hasta el momento de acostarse:

–¡Nos han mandado a casa de con viento fresco!– gritaba.

Nunca llegó a aclarar si fue una confusión o una de sus ocurrencias, pero decidimos, de forma unánime, que sonaba mejor que esa otra palabreja inventada por políticos, científicos y demás gentes de malvivir. Nosotros no hemos estado de confinamiento. Hemos estado deconvientofresco.

El ataque de euforia les duró hasta el lunes siguiente, cuando les dije que estábamos en medio de una pandemia y no de vacaciones, y me apresté a elaborar un horario para evitar el desmadre absoluto. Eso puede parecer una buena idea pero, tratándose de dos niñas de 14 y 9 años resueltas a toda costa a ser felices, créanme, no lo es.

Desoyendo sus exigencias, súplicas, reproches y amenazas, elaboré una agenda que combinaba actividades de ocio, tareas domésticas, lectura y estudio. Organicé cada franja de actividades en su justa proporción y atendiendo también a mi propia agenda de teletrabajo, de manera que el tiempo fuera provechoso y llevadero para todos. Por supuesto que no cumplimos el horario ni un solo día.

Ilu Ros
Ilu Ros

Eva fue la primera en protestar. Que por qué se tenía que levantar a las nueve en punto. Que qué madrugones son esos. Jana suele estar en danza a eso de las ocho pero, en solidaridad con su hermana, se unió a sus demandas. Me mantuve firme y no cedí. Es importante que, en situaciones de crisis, nuestros hijos tengan claro quién lleva el timón. Quién pone las normas. Quién manda. Si digo a las nueve en punto, es a las nueve en punto y no hay más que hablar.

Bueno, sí que cedí. Es que ustedes no conocen a mis hijas. Al final acordamos a las nueve y media, por lo que Jana se siguió levantando a las ocho como si nada, y Eva en algún momento indeterminado justo antes de las diez. La primera mañana que las tuve a las dos en pie antes de las once me dispuse a teletrabajar contenta, convencida de que, a partir de ahí, mi vida sería coser y cantar. Qué joven e inocente era. Cuánto me quedaba aún por aprender. Qué poco podía imaginar hasta qué punto iban a tambalearse los cimientos de nuestra otrora civilizada familia. Qué importante es inculcar a nuestros hijos los hábitos desde bien chiquititos y llevarlos después de culo toda su existencia para que nunca tengan tiempo de cuestionar nada.

En el día a día de nuestra antigua normalidad, una decía “niñas, a desayunar, que hay que ir al cole”, y las niñas desayunaban y se iban al cole. Y lo mismo para vestirse, o para ir a extraescolares o salir al cine o quedar con los amigos. En la antigua normalidad no se negociaba lo ineludible. Se asumían las actividades cotidianas como quien asume que hay que respirar para estar vivo.

Ese fue el gran error de las primeras semanas deconvientofresco: los niños tuvieron demasiado tiempo libre para hacerse preguntas. “¿Por qué hay que levantarse por las mañanas? ¿Para qué sirve lavarse la cara? ¿Por qué tenemos que comer todos juntos? ¿Por qué hay que peinarse?”. Asuntos que se responden solos si todo está en marcha, pero de respuesta imposible cuando el mundo se detiene. ¿He dicho imposible? No. Imposible no es. Yo encontré una respuesta que a las niñas, al menos por una temporada, les pareció bastante razonable: “Porque lo dice Pedro Sánchez”.

Así que ahí estaban mis hijas, poniendo en duda el orden establecido, convertidas en dos antisistema hippies enemigas de España, obligadas a vestirse, a lavarse, a estudiar y a comer a sus horas porque lo dice Pedro Sánchez. Como era de esperar, pasado el susto inicial me mandaron a paseo y me dijeron que no conocían de nada a ese señor, así que lo fui alternando con Carmen Calvo, Yolanda Díaz y Fernando Simón, según la moda del momento.

Otra dificultad con la que no había contado fue la diferencia de edad. Mientras Jana todavía delinque a ritmo infantil (ya saben: vaciar armarios, robar maquillaje, cosificar mascotas, volcar líquidos en el suelo), Eva ha alcanzado la etapa juvenil. Eso significa que ha adquirido la capacidad de dormir hasta quince horas seguidas si no la despertamos, y que su pauta de comidas consiste en no tener hambre nunca excepto cuando tiene hambre, que le viene toda de golpe. Algunos días está hambrienta una vez, otros días está hambrienta cinco veces.

Es imprescindible tener la despensa preparada para cada una de esas ocasiones. Una adolescente en cautividad sin grandes cantidades de comida a su alcance puede convertirse en una criatura muy peligrosa. Justo por esta diferencia de edad y de ritmos vitales, decidí que estudiasen por separado, cada una en su habitación. Cambié de estrategia la tarde que Eva vino muy contenta a explicarme que su tutora les había preguntado a todos a qué se dedicaban sus padres:

–Mi padre está siempre fuera porque es personal sanitario y mi madre está en casa sin hacer nada en todo el día porque es maestra– asegura que le respondió.

Después de desheredarla, despejé la mesa del salón y dispuse ahí el centro neurálgico de estudio y teletrabajo. Las sesiones dedicadas a las tareas escolares tuvieron desde entonces su propia sintonía: “¿Dónde está mi boli? Quiero ir en bici. Me han puesto demasiados deberes. ¿Por qué hay que estudiar por la mañana? Mis amigos no siguen ningún horario. Mamá, ¿cómo se hace esto? Me he dejado en el “insti” la libreta de eluscutomía. ¿Y mi sacapuntas? Tengo sueño. Es muy temprano. No tengo lápiz. ¿Me dejas tu móvil? Me pica aquí. ¿Por qué no puedo estudiar con música? En el cole me lo sabía. ¡Mamá, mama!

¿Puedo ir ya en bici? Tengo hambre y, por último, el superéxito de la temporada: Mi maestra no lo hace así.” Aunque la convivencia ha sido, en general, muy apacible,Eva y yo tuvimos una buena trifulca el tercer día consecutivo que se negó a quitarse el pijama y a vestirse como mandan los cánones de la sociedad deconvientofresco.

Me aseguró la niña que no se cambiaba porque no tenía pantalones, y entonces vino lo que ustedes están imaginando: “cómo no vas a tener pantalones si te compré tres hace una semana, esto es un sindiós, ni pijama ni pijamo, ordénate el armario, a ver si viene el Señor y se me lleva”. Eva salió bastante airosa de mi montaña de críticas, preguntas y suposiciones –me juró que tenía el armario en orden y que no había pasado una semana, sino más de medio año, desde la última vez que le había comprado ropa–, así que me marqué un maternal “como vaya yo y lo encuentre” y me dirigí a su ropero con ese aire que tenemos las madres cuando sabemos que, sea lo que sea, lo vamos a encontrar.

Tengo la certeza de que aquellos que hemos multiplicado durante estos meses el tiempo con nuestros hijos, hemos descubierto aspectos de su personalidad que desconocíamos, pequeños secretos que ellos guardaban celosamente y que nosotros no habríamos llegado a sospechar, partes de su vida que se nos habían escapado entre las largas jornadas laborales, las idas y venidas de actividades extraescolares y el agotamiento cotidiano. Yo, por ejemplo, descubrí que Eva no tenía pantalones.

Es difícil saber qué recuerdos van a conservar mis hijas de la etapa que acabamos de vivir, y si esos recuerdos van a ser más o menos gratificantes. A Jana le ha parecido horrible no poder salir a la calle, mientras que para Eva y su pijama eterno –sí, siguió yendo en pijama después de que le comprase pantalones– lo de no salir a la calle solo supone ventajas. Les pregunto cuál será el mejor recuerdo que guardarán para el futuro, dando por descontado que me hablarán de la noche que intentaron enseñar a nuestro gato Hamilton a jugar al tres en raya o de cuando pasaron dos tardes enteras tratando de dar con la fórmula de la tinta invisible a base de agua, harina y una palangana. Su respuesta me desconcierta: su mejor recuerdo será que siguen vivas. Puede que ellas, al fin y al cabo, no hayan perdido de vista ni por un instante cuál era el sentido de todo esto.

 

Lee el especial completo  ‘…Y llegó la pandemia’  en este enlace

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