Opinión

Colorín, colorado

Virginia P. AlonsoDirectora de 'Público'

11 de diciembre de 2020

«El destino —para los creyentes en la providencia de Dios— nos había situado a mi
padre y a mí en los sucesivos eslabones de una cadena dinástica, que no tenía
otra razón de ser, repito, que el servicio a España».
Juan Carlos I, septiembre de 1984

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La misma Familia Real, a través de cinco dinastías, ha encarnado en España la institución monárquica desde el año 778. Lo que implica que durante 1.232 años la Corona en este país (con todos los matices históricos al término ‘país’) ha pasado de padres a hijos por la gracia de Dios, primero, y de Franco después.

No merece la pena detenerse a estas alturas en la cuestión de la nobleza hereditaria; en España existen aún innumerables familias en distintos ámbitos —judicial o empresarial, por ejemplo—, cuya consanguinidad e influencia son las que facilitan la continuidad de dichas sagas y su acceso al poder, que al final es de lo que se trata.

Pero sí resulta fascinante observar el relato y su construcción a lo largo de la historia —sobre todo de la más reciente—para ser conscientes de cómo se ha fabricado una ilusión en torno a la monarquía española a base de tejer magistralmente una hazaña narrativa que solo Charles Perrault alcanzaría a imaginar.

El hecho de que los monarcas hayan sido designados por Dios durante siglos y que, aun con esto, la institución haya conseguido llegar hasta nuestros días, da cuenta de hasta qué punto es rentable construir ciertas realidades sobre fabulosas ficciones. También en España, desde luego, donde los padres de la Constitución se tomaron tan en serio la cuestión monárquica que dejaron escrita a sangre y fuego en la Carta Magna la condición de inviolabilidad del rey (A.K.A. impunidad), tal vez para que aquellos que ya no se creían lo de la designación divina no tuvieran tentaciones tan democráticas y anacrónicas como la exigencia de rendición de cuentas.

Cuando Juan Carlos escribió las líneas que abren este texto habían pasado tres años y medio del intento del golpe de Estado del 23-F y casi dos lustros desde el fallecimiento de su padrino político, el dictador Francisco Franco. El monarca estaba entonces en el momento dorado de su reinado y en el mismo artículo, publicado en El País, daba ya por concluida la Transición política —»El proceso democrático en España es un hecho históricamente irreversible. La soberanía nacional está en las manos de nuestro pueblo y nadie osará arrebatársela»— para anunciar el paso a una nueva fase: «Yo, como Rey de España, aspiro a que igual que la Corona fue el estímulo propulsor de la transición, sea ahora también el acicate que empuje en la línea del progreso y de la modernización de España».

Ya se había consumado el mito de la Inmaculada Transición, esa en la que se nos hizo ver el papel imprescindible de Juan Carlos, dibujado como un rey que renunció al poder absoluto que le otorgaba el dictador por su amor a la democracia y a España. Era por tanto el momento de poner los mimbres para un nuevo cuento de hadas: la monarquía como garante de la modernización de un país que acusaba 40 años de candado dictatorial.

Esta nueva historia empezó con el relato de un rey representando los intereses de los negocios españoles en el extranjero. Y continuó con el monarca llenándose los bolsillos gracias a supuestas comisiones multimillonarias y abriendo cuentas opacas y fondos en distintos paraísos fiscales que tenían a su hijo, el rey actual, como uno de sus principales beneficiarios.

El cuento aún no ha terminado, pero en uno de los capítulos Juan Carlos huye a Emiratos Árabes Unidos y en otro intenta hacer una regularización fiscal para evitar que su familia acabe salpicada por el uso de unas tarjetas también opacas cuyos fondos pertenecían a un empresario mexicano.

Un episodio anterior narra cómo el campechano rey se las ingenió para que la luna de miel de su hijo, el heredero, no le costara un ojo de la cara, y decidió pagarla ‘a pachas’ con otro empresario, en este caso uno muy relacionado con la familia Pujol y con los barcos con los que Juan Carlos gustaba navegar.

En otro capítulo, el actual monarca —y por tanto jefe supremo de las Fuerzas Armadas—, recibe cartas de militares retirados llamando a un golpe de Estado y en un ejercicio de noble discreción decide no abrir la boca y dejar pasar el asunto (al menos a fecha de cierre de este artículo).

Casi con toda probabilidad no será el último episodio de esta historia que nos deja un aprendizaje claro: el «servicio a España» del que presumía Juan Carlos en 1984 consistía realmente en la utilización de la Corona para su enriquecimiento personal y en una supuesta evasión continuada de impuestos. Tenemos información suficiente como para cuestionar todas las afirmaciones sobre las que se ha sostenido la monarquía desde 1975 y poder certificar que ese relato ya no se sostiene, que no era más que un cuento chino.

2020 ha sido el año del ‘colorín, colorado’, el momento en el que los mitos en torno a la regia figura de Juan Carlos y su familia se han hecho añicos. Lo que queda por ver es hasta cuándo estará Felipe VI recogiendo los pedazos. Y hasta cuándo estarán los españoles dispuestos a permitirlo.